Opinión

Walesa, María Corina, el Nobel y la lucha democrática

Tras conocerse que María Corina Machado obtuvo el Nobel de la Paz se hicieron diversas comparaciones con otros ganadores. Más que con Nelson Mandela, que enfrentó la segregación racial, la similitud más cercana podría ser Lech Walesa, el sindicalista polaco y referente de la lucha democrática contra el autoritarismo

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Lech Walesa obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1983, cuando aún faltaban seis años para la caída del muro de Berlín. Lo ganó cuando su país, Polonia, vivía en medio de la represión bajo la órbita soviética. Sería apenas en 1990, cuando aún faltaba un año para la disolución oficial de la Unión Soviética, que Walesa siendo el líder más reconocido y referente internacional de la lucha prodemocracia alcanzó, finalmente, la presidencia.

Una década después de premiar a Walesa, en 1993, la academia noruega le concedió el Nobel de la Paz a Nelson Mandela. En 1990, había dejado la cárcel donde estuvo por 27 años. Específicamente, este galardón le fue otorgado conjuntamente a Mandela y Frederik Willem de Klerk «por su trabajo por el fin del apartheid pacífico y por establecer una democracia con igualdad racial en Sudáfrica».

Mandela luego se convertiría en presidente de Sudáfrica, en 1994, tras largas y complicadas negociaciones que llevaron al desmontaje del sistema de segregación racial en su país.

Walesa y la lucha sindical-democrática en el eje comunista

Tras la Segunda Guerra Mundial, Polonia quedó bajo un gobierno comunista impuesto por Moscú, y siendo parte de los distintos mecanismos “de cooperación”, como el Pacto de Varsovia (1955-1991), para la defensa militar conjunta que incluía además a otros seis países: Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria, RDA (República Democrática Alemana) y la propia URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

Este comunismo impuesto en Polonia no era solo un modelo económico; era un aparato represivo que controlaba la vida cotidiana. La Policía de Seguridad (SB), dependiente del Ministerio del Interior, infiltraba sindicatos oficiales, vigilaba iglesias y censuraba cualquier expresión de libertad.

En los años 70, en tanto, la economía planificada estatista generaba escasez crónica: colas interminables por pan y carne, mientras la élite partidaria –el Partido Obrero Unificado Polaco (PZPR)– disfrutaba de privilegios.

La Iglesia Católica, bajo el liderazgo del cardenal Stefan Wyszyński y, más tarde, de quien sería el papa Juan Pablo II, era el único refugio de resistencia espiritual, pero incluso allí la SB plantaba informantes. El régimen ya había aplastado revueltas obreras en 1956 y 1970, con una cruda represión que dejó en cada caso decenas de muertos.

Era, como lo ha recordado luego Walesa, un contexto de asfixia. Nacido en 1943 en Popowo, un pueblo rural cerca de Gdansk, Walesa creció en la sombra de la ocupación nazi y la posguerra soviética. Hijo de un carpintero y una ama de casa, abandonó la escuela secundaria para trabajar como electricista en el astillero Lenin de Gdansk en 1966.

En Gdansk, siendo un joven obrero, participó de las protestas de 1970 y fue testigo de la dura represión del ejército polaco, respaldado por Moscú. Los trabajadores del astillero, en aquel año, exigieron mejores salarios ante el aumento de precios. Walesa se quedó sin empleo, pero se salvó de la cárcel a la que fueron enviados centenares de trabajadores. También quedó con vida. Aquella represión de 1970 dejó 45 muertos.

El detonante para la irrupción de Walesa llegó en julio de 1980. Una oleada de paros obreros se produjeron en diversos lugares de Polonia, en respuesta principalmente a la carestía y la escasez. En el astillero Lenin, el 14 de julio de aquel año, el despido de una operaria por su activismo sindical avivó la respuesta. Los trabajadores bloquearon las salidas y eligieron a Walesa, ya con 37 años, como líder de la huelga.

Saltó la valla del astillero, un gesto icónico capturado en fotografías que circularían mundialmente, y tomó el megáfono: «No luchamos por dinero, sino por derechos». Fue también un salto en materia simbólica, su lucha no era solo sindical sino democrática. Lo que comenzó como una protesta local se expandió: los huelguistas demandaron no solo salarios, sino libertad sindical y fin a la represión. El gobierno comunista, ante las protestas en diversos puntos, decidió no reprimir, negoció.

Este pacto, firmado por Walesa en representación de los sindicatos y el régimen comunista polaco terminó por reconocer el derecho a formar sindicatos independientes y el derecho a huelga. Así nació Solidarność (Solidaridad), el primer sindicato libre del bloque soviético.

En cuestión de semanas atrajo a millones de trabajadores. Walesa lo organizó como un movimiento horizontal: comités interempresas, apoyo de la Iglesia católica y una ideología que fusionaba catolicismo social con demandas laborales.

«Solidaridad no era solo un sindicato; era una revolución pacífica contra la mentira comunista», explicaría años después Walesa en su autobiografía, como ha reseñado The New York Times.

El Nobel de Walesa

El 5 de octubre de 1983, el comité del Nobel anunció a Wałęsa como ganador del Premio de la Paz. La cita oficial destacaba su «contribución, con considerable sacrificio personal, a asegurar el derecho de los trabajadores a establecer su propia organización» y su apuesta por el diálogo sin violencia, pese a la represión.

Walesa no asistió a Oslo en diciembre de 1983, por temor a que no lo dejaran regresar a Polonia. Su esposa Danuta recogió el premio y leyó su discurso: «La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia social». El premio en metálico lo donó a la Iglesia católica para combatir la pobreza que asolaba a los hogares polacos.

Para el régimen comunista el premio Nobel a Walesa fue una suerte de ultraje. Los voceros polacos, alineados con Moscú, lo tildaron de «propaganda antisoviética». Pero globalmente, resultó ser un espaldarazo para la lucha sindical prodemocracia de ese país, estando como estaba entonces bajo el yugo soviético. Faltarían años, aún, para que cayera el muro de Berlín y para que la URSS se disolviera, bajo la era de Mikhail Gorbachev, el último presidente soviético.

En aquel período turbulento, donde se avizoraba ya un cambio de época, Walesa acordó con el régimen unas elecciones catalogadas entonces de “semilibres”. Quienes ocupaban el poder no estaban dispuestos a dejarlo rápidamente. En esas elecciones, que no fueron competitivas ya que los comunistas se reservaban para sí la posibilidad de controlar al parlamento desde la cámara baja, el resultado fue igualmente impactante.

Solidaridad arrasó, ganando 99 de 100 escaños en el Senado y 35% en la Cámara Baja, que tenía reservada 65% de las bancadas para los comunistas. El 24 de agosto de 1989, Tadeusz Mazowiecki, quien había fungido como asesor de Walesa, se convirtió en el primer “primer ministro” no comunista en el bloque soviético.

Tras un período turbulento Walesa alcanzó, finalmente, la presidencia en 1990. Pero su paso por el poder, lleno de medidas controversiales, debería ser objeto de otro texto.

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