El hecho de que Trump, justo él, la persona que está destruyendo el orden mundial que durante ochenta años pacificó Occidente y estableció un sistema regulado por leyes y tratados, por organismos internacionales y cuerpos diplomáticos, se crea merecedor del Nobel de la Paz, tiene algo de broma macabra. Y el hecho de que María Corina Machado, la persona que más sacrificios ha hecho y más anhela que se restablezcan las instituciones, la democracia y las formas civilizadas, haya tenido que desprenderse de su Nobel de la Paz para apaciguar al nuevo bully del hemisferio occidental, no deja de ser paradójico y lamentable.
Trump vuelve a comportarse con el infantilismo de un Kanye West que se cree merecedor de un premio Grammy para el que le falta talento, y María Corina vuelve a demostrar que para ella el premio no era un fin en sí mismo, ni una ambición personal, ni un estimulante para su ego, ni una meta o un propósito, sino un instrumento y un aliciente y un paso más en la lucha por la democratización de Venezuela. Si la mayor utilidad que puede tener esa medalla es envanecer y agradar a quien tiene la sartén por el mango, pues bien empleada estará.
Eso no significa que el gesto cause alegría. Al contrario, la postal que queda es nauseabunda: deja en evidencia al matón envidioso que se queda con la merienda del indefenso, y muestra a una mujer desesperada tratando de revertir con halagos una traición. El desorden del mundo hace que ocurran estas cosas. Son las nuevas reglas de juego que ha impuesto Estados Unidos, y por mucho que esto desconcierte y disguste a los demás países de la región, al menos por el momento no tienen más remedio que entrar en una fase de control de daños para evitar males mayores.
La transición a la democracia de Venezuela depende —no del todo, pero sí en gran medida— de un hombre al que le importa muy poco el Estado de derecho. Trump bromea con ser rey y considera innecesarias las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre. No es que ofrezca pocas garantías para la democracia venezolana, es que tampoco las ofrece para la democracia en su propio país. A estas alturas de poco sirve lamerse las heridas y preguntarnos cómo llegamos hasta aquí. El caso es que la geopolítica empieza a depender de los caprichos y veleidades de un solo hombre, y para los países de América Latina empieza a ser radicalmente importante aprender a relacionarse con Trump.
Parafraseando a Roosevelt, o al menos esa frase que se le adjudica, es un son of a bitch, sí, pero es nuestro son of a bitch. O más precisamente, es el son of a bitch con el que tenemos que tratar y al que tenemos que sobrevivir durante los próximos tres años. Si hay alguien que ha entendido esto es María Corina. Las fichas en el tablero político latinoamericano son las que son y la más poderosa es Trump. Para ganar cualquier partida, incluso para no meterse en un embrollo arancelario o soportar una amenaza bélica, hay que ponerla a jugar de nuestro lado.
Lea el texto completo de Carlos Granés en The Objective