Parque Central, el país que se quería hacer y no se hizo

El tiempo y el desinterés del Estado por preservar el icónico complejo urbanístico caraqueño pasa factura. Filtraciones, basura e indigencia son apenas la cúspide de la pirámide de problemas que afecta lo que en otrora fue una utopía cosmopolita, sueño de un país millonario que hoy se halla en ruinas

Parque Central, el país que se quería hacer y no se hizo

La democracia venezolana cumplía 10 años de haberse fundado y lo celebraba con buenos síntomas de estabilidad y consenso: Rafael Caldera, de Copei, recibía de manos de Raúl Leoni, de AD, las riendas del poder ejecutivo. El hecho fue una expresión de la alternancia en el poder, vital para los regímenes democráticos liberales, sobre todo, después de haber mantenido a raya los intentos desestabilizadores que, tanto desde la izquierda como de la derecha, se ejecutaron contra el sistema restaurado.

Era el año 1969. Hasta entonces, el Estado se había enfocado en acabar con los nichos guerrilleros y en desarticular las conspiraciones militares, vestigios del pretorianismo. Por eso, el fin de esa etapa consolidó el sistema y le permitió atender otros asuntos en los que ya venía trabajando: la modernización del país, que para entonces era modelo en la región. Cambiarle la cara a la capital y transformarla en una metrópoli de ensueño para Latinoamérica estuvo dentro de los objetivos que se trazaron las nuevas administraciones.

Así, en febrero de 1970, comenzó la construcción del Complejo Urbanístico Parque Central, en pleno centro caraqueño.

La planificación corrió a cargo del ingeniero Enrique Delfino y contó con el respaldo del Centro Simón Bolívar. Aunque las razones de su edificación varían según las opiniones sobre la época –pues hay quienes afirman que se trató de una estrategia del gobierno para ocultar las barriadas que se expandían por la ciudad–, la obra convirtió a Caracas en la capital cosmopolita y moderna de Latinoamérica.

Modernidad y barriadas

En los cristales azules de las dos torres, que hasta 2003 fueron las más altas de América Latina, se refleja una mole llena de cuadritos rojos. Son las casas de bloques sin frisar de San Agustín del Sur. Contrastes rurales y urbanos, el resumen del país que intentamos ser y no fuimos.

Parque Central es el epicentro de Caracas. Ningún rincón se escapa desde esa ubicación: El Ávila, los poderes públicos, La Previsora, las avenidas Bolívar, Urdaneta, Universidad. El Helicoide y el Cuartel de la Montaña. Los ojos de Chávez, al tope del Tribunal Supremo de Justicia, vigilan la ciudad.

“Parque Central fue la consolidación de la democracia y convirtió a Venezuela en la vitrina de América Latina”, afirma Mario Buffone, quien es profesor de historia y se ha especializado en las obras realizadas durante el período democrático. Para él, su construcción se enmarcó dentro de planificaciones como el Teatro Teresa Carreño y el Hotel Caracas Hilton, que renovaron sectores la imagen de la ciudad y la trajeron al siglo XX, no solo con propósitos gubernamentales, sino también residenciales y comerciales.

—Aun así, en sus vidrios se refleja la ruralidad que ya crecía justo en la acera del frente, en las barriadas populares de San Agustín del Sur.

—Porque la democracia se centró en la estimulación de la clase media. Como dicen algunos politólogos, la democracia es el gobierno de las clases medias. Sin embargo, mantuvo un doble frente y eso es lo que hace la diferencia con los gobiernos autoritarios: si bien construyó obras gigantes, también era consciente de que tenía que hacer casas para los sectores populares. Y Parque Central es ejemplo de ello, de modernidad y civilidad.

—Cosa que además contrasta, porque se habla mucho de la modernización de la dictadura, pero esto fue ejecutado en democracia.

—La modernización de la dictadura es una cosa que uno pudiera dejar con dos respuestas: sí y no. Sí, porque hubo continuación de las obras de Estado. No, porque la única planificación que conocemos de la década militar, propia de ese período, es el plan ferroviario nacional, que en el libro del profesor José Alberto Olivar dice que data de noviembre de 1950.

La modernización fue más de los gobiernos civiles, porque los gobiernos autoritarios usan el concreto en obras generalmente espectaculares y descuidan las obras pequeñas. Parque Central es una obra colosal, hecha en democracia, que implica la acción gubernamental y de las zonas comerciales y residenciales. Al punto de que estas torres pasaron a ser las más altas de América Latina y el país un refugio para muchos latinoamericanos.

—Parque Central fue el reflejo de eso, porque la modernidad no solo implica el ornamento, es el acceso a los servicios básicos.

—Sí, aunque hay obras espectaculares en los gobiernos venezolanos desde 1936, que, ojo, no son simples ornamentos. El conjunto del campo de Carabobo, que se construyó durante el gobierno de Juan Vicente Gómez es espectacular, sí, pero ornamental. En cambio, la democracia venezolana construyó obras gigantescas y también se dedicó a las pequeñas, como escuelas, hospitales y ambulatorios, en las zonas más apartadas del país.

La materialización de una utopía

A punto de finalizar la década de los sesenta, un grupo de arquitectos le hizo una propuesta al entonces presidente Rafael Caldera. Querían aprovechar la oportunidad de desarrollo habitacional que su gobierno llevaba a cabo para diseñar un complejo urbanístico integral, que mezclara oficinas con viviendas, comercios y equipamientos urbanos tales como capillas, espacios recreativos, deportivos y culturales. Un conjunto que trascendiera el mero hecho de vivir allí y que estuviera a la altura de las grandes urbes del mundo.

“Querían hacer una ciudad dentro de una ciudad. El complejo urbanístico de Parque Central representa la materialización de la utopía moderna de aquellos tiempos”, cuenta Franco Micucci, arquitecto con especialidad en diseño urbano, profesor de la Universidad Simón Bolívar (USB) y miembro de un grupo de investigación que se encuentra realizando un estudio sobre Parque Central como experiencia urbana y arquitectónica.

—Más allá de atender a una clase social, el proyecto se enfocó en un segmento de la población emergente, jóvenes profesionales que necesitaban su primera vivienda, que podían hacer vida en espacios como este, viviendo en una gran ciudad con acceso a espacios y servicios. También atrajo otro público importante: el Museo de Arte Contemporáneo o la sala plenaria como sede de la Conferencia del Mar en 1972. Se consolidó como un punto de gran vitalidad urbana no solo para los que residían en él sino para muchos usuarios del área central de la ciudad. Allí vivieron importantes figuras de la cultura. Se complementó con hoteles y otros espacios cada vez más heterogéneos en función de la calidad y el estilo de vida que allí se daba.

—Entonces, Parque Central no fue mera frivolidad del gobierno, sino que tuvo un objetivo, el de crear un espacio residencial y cosmopolita.

—Parque Central fue una solución inédita para una ciudad que venía creciendo de forma vertiginosa, producto de las migraciones no solo desde el interior sino también de otros países. Y cuando digo que fue inédita no me refiero solo a Latinoamérica, lo fue en el mundo entero. Se trata de un caso de estudio que representa importantes avances desde el punto de vista tecnológico. Un proyecto de vanguardia urbano digno de ser estudiado.

—Hablaba de una ciudad dentro de una ciudad. ¿El plan siempre se centró en el espacio en el que está o se contemplaba una ampliación?

—Si bien el propósito de construir ese complejo tiene que ver con la exploración de opciones habitacionales, con él también se quiso completar el famoso eje de la avenida Bolívar, que había sido iniciado por el propio Centro Simón Bolívar muchísimos años antes y que había permanecido con una serie de terrenos baldíos, incompletos. Eso, de algún modo, representaba una oportunidad de investigar sobre cuál podría ser el futuro para lo largo de esa simbólica avenida, que se extiende hasta La Hoyada.

—Sin embargo, todo pareció haberse detenido allí, ¿por qué?

—El proyecto no se completó en sus fases posteriores porque llegó el Viernes Negro, el 18 de febrero de 1983. La situación económica ralentizó la construcción de la obra y evidentemente las etapas siguientes fueron poco viables, porque también surgieron críticas hacia el proyecto como solución urbanística, independientemente de los valores que todos reconocemos.

—¿Críticas como cuáles?

—Se referían fundamentalmente a la densidad, que para muchos era muy alta y por lo tanto podía representar inconvenientes importantes para el entorno urbano y también para aquellos que tuvieran que hacer vida en el conjunto. Es una crítica que persiste, porque administrar o manejar una infraestructura de esa envergadura no solo depende del diseño arquitectónico, es parte de la gerencia y de la organización social, de la preservación de esquemas formativos y educativos, que permitan que las personas puedan convivir y puedan administrar un proyecto de ese calibre.

Pasillos vacíos

Liduzka Derett tiene la mayor parte de su vida viviendo en Parque Central. Ella, como pocos, sabe que la urbanización no es ni la cuarta parte de lo que fue hace décadas: “En Parque Central los choros no andan de noche, los choros descansan de noche. Hoy prácticamente utilizan el espacio como dormitorio. Allí duermen los mendigos de la zona”.

Del complejo urbanístico que fue la vitrina moderna de América Latina en los años 70 del siglo pasado nadie parece acordarse. Aunque las torres todavía se mantienen de pie, la mayoría de sus pisos se encuentran vacíos y deteriorados. Son como unas cáscaras abandonadas a merced de los recolectores de escombros.

 

 

 

 

Filtraciones por tuberías rotas, ascensores dañados y pasillos a oscuras son apenas algunos de los problemas que enfrentan quienes todavía viven en Parque Central. No transitan por los pasillos por temor a la inseguridad imperante. Se sienten cazados.

“Antes de morir, mi papá, quien fue de los primeros en tener un apartamento allí, me decía mucho: ‘Yo quiero recordar el Parque Central que era bello, no este, donde hay restos de heces humanas y donde las motos se montan en los lugares peatonales. Este no es el Parque Central que yo conocí’. A él lo conocía mucha gente porque hizo vida allí dentro”, cuenta Liduzka.

En sus años dorados la zona gozaba de seguridad. Muchos de los habitantes de la barriada trabajaban en los locales de las residencias. Sin embargo, frente a la crisis humanitaria, fueron muchos los comercios que tuvieron que bajar sus santamarías, mermando el flujo de personas y propiciando el abandono de los pasillos que la creciente delincuencia aprovecha para hacer de las suyas: “Empecé a ver el deterioro de Parque Central cuando dejaron de trabajar los locales en la noche, de un momento a otro la vida nocturna se fue acabando y en su lugar quedaron pasillos vacíos porque la gente decidió irse del país”.

Liduzka ha sabido nadar y surfear en el mar de problemas que padece como habitante de Parque Central y esa, tal vez, es una de las razones por las que no desea irse del lugar: “Mi papá también me decía siempre: ‘Cuando las niñas cumplan 15 años, sácalas de aquí’. Yo no le hice caso, las niñas crecieron, llegaron a ser veinteañeras y a vivir aquí. No me quiero ir porque tengo todo cerca y más ahorita que no tengo carro. Los vecinos solucionamos los problemas, porque el organismo encargado no funciona sin recursos. En cada piso hay un vocero del consejo comunal que resuelve con nosotros”.

Olvidados

Cuando las vaguadas del año 2010 dejaron a más de 30.000 familias sin viviendas en la carretera vieja Caracas-La Guaira y otras zonas de la capital, el entonces presidente Hugo Chávez decidió ubicar a los damnificados en algunos niveles de Parque Central. Los pisos 3, 6, 7 y 8 de la torre Este se convirtieron en los refugios de las víctimas dejadas por las lluvias. Llegaron a ser cerca de 800 familias las trasladadas a los espacios, según apuntó un reportaje realizado por La Razón en el año 2015, que daba cuenta también de las insalubres condiciones de ese refugio improvisado del que fueron desalojados tiempo después.

No era la primera vez que Parque Central se convertía en el foco de un desastre. El 17 de octubre de 2004 un incendio consumió la torre Este. Más de 10 pisos quedaron destruidos por las llamaradas de candela que fueron apreciadas por los caraqueños durante 15 horas. El siniestro comenzó 5 minutos después de la medianoche y afectó a oficinas del Estado: desde los despachos del Ministerio de Interior y Justicia hasta la antigua Oficina Nacional de Identificación y Extranjería (ONIDEX), hoy Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (SAIME).

“Se trata de desastres que, por más que se llenen la boca de haberlos reparado, dejaron las consecuencias que hoy muchos vivimos allí, porque fueron hechos que contribuyeron con el abandono de las torres y, si no se atienden en el corto plazo, podrían terminar como la torre de David, como un rancherío vertical”, dice una vecina que prefirió mantener el anonimato. Sin embargo, reconoce que a pesar de que nunca estuvo de acuerdo con la conformación de los consejos comunales, esos órganos son las únicas instancias que se preocupan por el mantenimiento, ya que Corpocapital, el ente a cargo desde 2013 pareciera haberse olvidado de todo Parque Central.

El Centro Simón Bolívar, fundado en 1947 y encargado de la preservación de los espacios, fue liquidado a principios de 2010. Una de sus últimas decisiones fue instalar una antena en la cima de la torre Este, como símbolo de la espada de Simón Bolívar, elevando su tamaño frente a la Oeste. Entre tantos cambios burocráticos, el deterioro avanza. Mientras que arriba reina la desolación y la basura, abajo la indigencia está en cada rincón: “Esa es la ciudad socialista que ellos querían, una ciudad sumida en el abandono con esos ojos diabólicos mirándote siempre. Caracas les quedó muy grande”, dice la vecina. Y desaparece en el pasillo.