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La primavera de los irracionales

Elías Aslanian se lanza a descifrar el oscuro mundo de la irracionalidad en uno de los extremos de la concepción de que todo o es de izquierda o es de derecha, esa "contrailustración" que desdeña de la ciencia, que niega la evidencia de los hechos y se entrega al delirio de pretende ajustar el mundo a su "verdad" disparando argumentos falaces a través de las redes sociales

La primavera de los irracionales

“Sostenemos como evidentes estas verdades”, afirmaron los próceres norteamericanos en su acta de independencia: “Que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Era el triunfo, por medio de la revolución americana y sus cajas de té desperdiciadas en el mar bostoniano, de aquellos ideales que Rene Descartes, John Locke, Montesquieu, Voltaire, Adam Smith y otros pilares del pensamiento moderno habían proferido décadas o hasta más de un siglo antes: las mismas ideas, extravagantes en un mundo de inefabilidad papal y reyes con derecho divino, que influirían en otros sismos políticos definitorios como la revolución gloriosa en Inglaterra y la revolución francesa.

Era el triunfo de la Ilustración: ese movimiento ideológico que confiaba en la supremacía de la razón, rechazaba el mito y la superstición por medio del método científico, realzaba el empirismo para entender nuestro mundo (despidiendo la revelación religiosa, las bulas y los dogmas), celebraba al individuo humano, creía en la universalidad del hombre y – en su afán de progreso y su creencia en los derechos naturales e inalienables – ponía las bases para la democracia liberal, los derechos humanos, el Estado laico y la maquinaria y comunicaciones de la revolución industrial.

Los viajes de la élite caraqueña a la Europa de finales del siglo dieciocho y esos textos revolucionarios y prohibidos que brincaban desde las antillas francesas e inglesas hacia la Universidad de Caracas, hervirían el pensamiento ilustrado en la ciudad hasta producir luceros como el doctor José María Vargas (no solo presidente, sino también médico rector que modernizó el sistema educativo universitario del país, colecciono fósiles y vio potencial en el petróleo con décadas de antelación), el gran letrado Andrés Bello (quien estandarizó la forma escrita del español americano), los próceres y pensadores de la Sociedad Patriótica (Vicente Salías, José Félix Ribas, Francisco de Miranda, Simón Bolívar, etcétera) o el primer constitucionalista nacional Juan Germán Roscio y su vanguardista Constitución y proceso electoral parlamentario.

“Si las elites globalistas pusieron a Obama, zurdo, negro, de origen musulmán, nacido en Kenia y padres africanos, gay, casado con un travesti, pedófilo y de dudosa reputación, no es raro voltear el sexo con el mismo guión en la Casa Blanca. Lo revolucionario será ser Presidenta”
Simón, un seguidor cualquiera de Robert Alonso en Twitter

Por aquella herencia de pensamiento ilustrado y la añoranza de una sociedad libre y prosperidad en las élites, dice Tomás Straka en La república fragmentada, la Venezuela petrolera – a diferencia de otros países petroleros contemporáneos– lograría establecer una democracia liberal desde el subdesarrollo: así, como hicieron los frutos de la Ilustración en el mundo occidental, Venezuela –durante varias décadas del siglo XX– vio un incremento masivo del nivel educativo y de alfabetismo de su población de la mano con un decrecimiento de las tasas de mortalidad y malaria (que fue erradicada en 1961). Vinieron las vías de comunicación, el poderío hidroeléctrico del Guri, una nutrida clase profesional, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, instituciones educativas y culturales excepcionales (especialmente comparadas con el resto de la región) y una democracia (con fallas y acosada por el clientelismo y la corrupción) que permitió una sociedad de libertades.

Entonces, llegó nuestra demoledora “contrailustración”: el chavismo, que –a pesar de un discurso que se vendía como ilustrado, exclamando sobre democracia participativa, liberación e igualdad– arrasó incendiariamente con aquel mundo imperfecto hasta convertirnos en un collage de fogatas de leña, devoradores de animales de zoológico, pelotones de exterminio y niños hambrientos que nunca han ido a un aula de clases.

Los conservadores posmodernos

Veinte años después de nuestra transformación en un infértil valle rojo, y por obra y gracia del trauma robusto y la alienación de la dignidad humana que el chavismo hizo de nosotros, nos llega el nuevo pensamiento contrailustrado: irónicamente, y por ello muy lamentable, desde la más intransigente oposición al chavismo. Es un nuevo pensamiento anticientífico y autoritario, esta vez desde la extrema derecha, que abiertamente rechaza los consenso científicos, los medios de comunicación y las libertades civiles y políticas. Lo suscriben y exclaman algunos abogados y ciertos periodistas con Emmys regionales, lo promueven ciertos profesores de la UCV y la Simón Bolívar como también de la Católica, lo esparcen desde hijas de la élite estudiadas en los mejores colegios hasta emigrantes pobres.

Estamos viviendo la primavera de los irracionales; un carnaval de escándalo, exageración y paranoia: el abogado Juan C. Sosa Azpúrua cree que el billonario húngaro George Soros tiene un plan “para destruir la civilización occidental y suplantarla por mutantes sin sexo, ni valores humanos” (por eso, afirma vivir “en la dimensión greco romana”), el profesor Erik Del Búfalo afirma que el coronavirus es un plan financiado por Obama para crear “un globo, un poder sin fronteras”; la actriz María Conchita Alonso difunde videos sin base afirmando que la vacuna cambiará nuestro ADN, el profesor Ángel García Banchs afirma que las elecciones americanas son una batalla entre satanistas-abortistas-democráticos y el poder de Cristo en la forma de Donald Trump y extraños ciudadanos de a pie de la twittosfera afirman que el Chigüire Bipolar es funcional “a la agenda progre” y Sifrizuela es “la ruina de Occidente”.

Un verdadero conservadurismo posmoderno, usando el término de Matthew McManus, que está “caracterizado por toda la hipérbole y desconexión de la realidad que uno podría esperar de un movimiento que emergió en el internet”. Pero, ¿Qué es el conservadurismo posmoderno de McManus y cómo se diferencia de los conservadurismos más tradicionales?

Para McManus, el conservadurismo posmoderno –una vertiente ideológica reciente, creada en las burbujas informáticas de los nuevos medios y las redes sociales– es posmoderno precisamente porque “desdeña la creencia de verdades y costumbres objetivas, ya sean ofrecidas por la ciencia o la ciencia social, y localiza significado en una identidad reaccionaria y sus valores”.

Por ello, a pesar del rechazo de estos hacia el posmodernismo (o “marxismo cultural”, como suelen llamarlo), los conservadores posmodernistas inadvertidamente profesan el entendimiento posmoderno donde la verdad objetiva nunca puede ser plenamente conocida y el pensamiento y discurso (hasta la ciencia) siempre están definidos por el trasfondo y poder de quien las profesa.

Entendido así, McManus nombra cinco características del conservadurismo posmoderno. Primero, el rechazo a los estándares racionales para interpretar los hechos y valores: no hay objetividad más allá de la que venga del mismo grupo ideológico y cualquier conocimiento externo, por ejemplo de los medios o la comunidad científica, es visto como “parcial”.

Segundo, apela a la identidad para crear enemigos externos e internos (los castro-chavistas saboteando las elecciones estadounidenses, el lobby LGBT, los globalistas, los musulmanes que islamizarán a Venezuela según el monseñor Moronta, George Soros, el Deep State, la oposición colaboracionista) supuestamente apoyados por la elite cosmopolita y liberal para así minar la confianza en organizaciones civiles –como universidades, asociaciones científicas y activistas de los derechos humanos– y medios de comunicación.

Tercero, es una ideología contradictoria y reaccionaria: no tiene coherencia, permite cualquier creencia discordante a otra y se basa en su percepción propia tanto de superioridad como de debilidad –somos víctimas de los planes de Soros y los progres pero también les generamos terror.

Cuarta, aunque sea reaccionaria (aspira a instaurar un estado de cosas anteriores al presente) depende y usa tecnologías hípermodernas como las cadenas de Whatsapp, los bots, Google Translate, el intercambio informático instantáneo, Twitter y Facebook. Esto, a su vez, reduce la complejidad de los hechos y del pensamiento: son burbujas de comunicación que reafirman las creencias que han sido reducidas a tweets emotivos y videos de Youtube de dos minutos.

Quinto, busca activamente agrietar “otros estándares epistémicos y meta-éticos”, como el estándar periodístico, el método científico y la literatura académica, para dejar remover legitimidad y credibilidad a las instituciones opuestas y así afincar sus creencias. Un ataque a los estándares tradicionales, expuestos en cientos de tweets contra los medios (“fake news”), la intelectualidad (“la progresía”) y la ciencia (“incoherentes”, “creadores del virus”).

«Estoy hasta ACÁ de la ridícula pandemia globalista, los ridículos e inútiles tapabocas, los ridículos e inútiles PCR y la ridícula y peligrosa vacuna ultrarápida. Me voy a vacilar demasiado cuando Trump tome posesión el 20 de enero y termine de destruir al globalismo»
María Elisa Smith después de la derrota de Trump

 

Aquí, poco ha quedado de los conservadurismos tradicionales –los de Thatcher, Reagan, Bush, Romney y Sarkozy– que se sustentaban en el libre mercado, la moderación política, la preservación de una sociedad tradicional y la promoción activa y global de la democracia por medio de intervenciones extranjeras. En su lugar: una bacanal de teorías de conspiración QAnon y Plandemic y noticias falsas sacadas de grupos de Whatsapp o traducidas por Casto Ocando de The Epoch Times, el medio del Falun Gong, una secta china, conocido por sus noticias falsas y teorías de conspiración de extrema derecha.

Los irracionales

Basta con echar un vistazo a las cuentas de Twitter de los personajes criollos más notorios de esta nueva Contrailustración –de creyentes QAnon, negacionistas del cambio climático y gente anti-vacunas– para percibir cómo el conservadurismo posmoderno, por medio de sus cinco características, ha calado profundamente en nuestras redes sociales criollas (cabe acotar que estos tweets han sido archivados y curados exquisitamente por la cuenta @venecoboomer).

1) El rechazo a los estándares racionales para interpretar los hechos y valores. Por ejemplo, por casi dos meses, el profesor Ángel García Banchs ha transformado su cuenta de Twitter en una diatriba constante y empalagosamente emocional e infundada sobre por qué Trump realmente ganó las elecciones y será nombrado presidente en enero. No importa que no haya pruebas reales de fraude, no importa que el Colegio Electoral le dio la victoria a Biden, no importa que la Corte Suprema (de mayoría conservadora) desestimó las acusaciones de Trump: “No lean medios ñángaras”, dice en su Twitter, “Lean mi timeline.”

A su vez, el abogado Juan C. Sosa Azpurúa afirma sentirse profundamente “insultado como abogado” por la “vergonzosa” decisión de la Corte Suprema, aludiendo su superioridad técnica como abogado venezolano sobre los magistrados estadounidenses: usaron, dice, “un argumento digno de cualquier pirata graduado en una universidad de quinta categoría”. También, Riquirrix –una suerte de drag queen veneca que hasta hace poco se disfrazaba de la Virgen María pero ahora se declara conservador y derechista– habla de los medios como “rojos” y “basura mediática” opuesta al “rubio” que causa “TERROR” en la “izquierda mundial”. Tras ellos, cientos de miles de venezolanos dislocados criticando a la Corte Suprema, desestimando el resultado electoral norteamericano y hasta atacando los medios nacionales: Caracas Chronicles y el Chigüire Bipolar son progres malintencionados, El Estímulo es “propaganda” de George Soros y Prodavinci es “Progrevinci”.

“Si se incendia el país, será culpa de los medios, quienes han mostrado un irrespeto profundo por las instituciones”, dice el escritor Emmanuel Rincón, alegando infundadamente que hubo fraude electoral en EEUU (¡Irónico!).

2) Apela a la identidad para crear enemigos externos e internos: primero, a la identidad judeocristiana, haciendo de la política una yihad, donde el Estado y la Iglesia se hacen uno. Por ejemplo, el padre José Palmar (predicador de rumores y noticias falsas desde hace varios años) afirma que Venezuela ahora vive una fase de “manipulación religiosa” del “narcorégimen chavista” que consiste en la islamización de Venezuela “con el ala aterrorista extremista”.

A su vez, García Banchs afirma que en las elecciones norteamericanas “están metidos Dios y el diablo” y confía que Dios “le dará la victoria” a Trump. Así, desata una serie de tweets de fervor religioso por Trump: afirma que Biden busca legalizar el aborto (sin saber que es legal desde 1973) para “abonar el terreno para el sacrificio de niños por nacer” para Satanás, siendo su candidato, y Trump el de Dios. Por ello, constantemente pide rezar oraciones por la victoria de Trump.

Otras identidades calan: por ejemplo la heterosexual, como cuando Rincón afirma infundadamente que el “lobby LGBT intenta normalizar la pedofilia y legalizar la pederastia”, o la racial como cuando el youtuber Roberto Olivares recalcó la raza de un grupo de criminales a los cuales se refirió a “una jauría de negros malandros”; o cuando la locutora Carinés Moncada afirmó que los activistas de Black Lives Matter hacían brujería y “vibraban” con el diablo. No hay limites: a “los negros salvajes de Trinidad”, afirmaba un nieto de Calderón Berti abiertamente en sus redes, “debemos invadirlos y domesticarlos”. Y ni hablar de la identidad nacional, opuesta al monstruoso “globalismo”.

“Mascarillas, mentiras, engaños, manipulación mediática, abortismo, LGBT, adopción homosexual, pedofilia, personas que se creen perros, gatos, y otros animales, y obligan al otro a que los acepten”, dijo García Banchs: “Satanás cree que está ganando, pero esta guerra ha sido contra Dios, y Él la ganará”.

3) Es una ideología contradictoria y reaccionaria: porque la contradicción parece ser su columna vertebral. Por ejemplo, García Banchs se asume como defensor del libre mercado pero pide frontalmente que el Estado acabe con Facebook y Google (por controlar dinero e información a la vez) y que los medios sean vendidos. María Elisa Smith, la mediática hija del político Roberto Smith, afirma que la depresión y las enfermedades mentales son una “paja posmoderna” inventada por las farmacéuticas globales para drogar a los ciudadanos mientras profesa sobre el poder de las mágicas vibras energéticas y sobre las “enfermedades espirituales”. Muchos otros piden libertad para Venezuela y se juran defensores de los derechos humanos mientras promueven escraches digitales contra venezolanos con Biden y afirman que “la bota militar” es necesaria para Estados Unidos en este momento. De hecho, el supuesto activista por los derechos humanos y la justicia Fernando Amandi afirma que “Chile necesita un nuevo Pinochet. Ya mismo”. Otros, como Jorge Rengifo (Don Corneliano), lo siguen en su celebración del dictador, al son que exigen libertad para Venezuela. Los ejemplos rayan con lo ridículo: un usuario defiende al capitalismo y acusa a Empresas Polar y a los Vollmer de ser globalistas de Soros. Todo simultáneamente.

4) Aunque sea reaccionaria, depende y usa tecnologías hípermodernas: un punto que ni hay que elaborar. Me remito a su afición por Twitter, Youtube y ahora Parler.

5) Busca activamente agrietar otros estándares epistémicos y meta-éticos: como vimos en el primer punto, los conservadores posmodernos criollos no están encariñados con la ética periodística. No sorprende que el analista político Esteban Gerbasi, también con cientos de miles seguidores, afirme que “los Demonios se disfrazan de Medios, Periodistas y dueños de Redes y Plataformas Sociales ‘socialistas’” (irónicamente, en un tweet). Hasta los estándares religiosos éticos son atacados por los irracionales: María Elisa Smith afirma que el islam es respetable (porque sus amigas musulmanas son “mujeres consentidas”) pero el catolicismo promueve el socialismo y el judaísmo “es comunista”, mientras una venezolana cristiana pero new age de extrema derecha (tremenda mezcolanza) afirma que la Iglesia ha sido infiltrada y Francisco es el diablo en sotana.

Aun así, como al periodismo y las instituciones sociales y políticas, nuestros contrailustrados han buscado particularmente socavar a la ciencia: alimentándose del nutrido mar de teorías de conspiración sobre la pandemia y desinformación epidemiológica que ha inundado ridículamente nuestras redes sociales desde el inicio de la pandemia. Las mascarillas son ridículas e inútiles, afirma Smith, y la vacuna es peligrosa. De hecho, dice, la élite global se aprovechó de los casos anuales de neumonía para pretender que había una pandemia de un virus nuevo.

Para el padre Palmar, “los actores del nuevo orden mundial sacrificaron miles de seres humanos con un virus” para sacar a Trump de la Casa Blanca, mientras que Sosa Azpúrua afirma que “luce plausibe” que el coronavirus fue una estrategia para promover el voto por correo y hacer el inventado fraude contra Trump, y María Conchita Alonso se queja de que Facebook le cerró su fan page por compartir una (falsa) cura de la covid-19 que puede salvar vidas. Ni hablar de cómo comparte videos en Youtube sobre los supuestos planes maquiavélicos tras la vacuna: convertida en fábula de terror por los irracionales que se han inventado que nos esterilizará, cambiará de sexo, pondrá chips o nos matará.

De todos ellos, el profesor de la USB Erik del Bufalo lo ha llevado a otro extremo: “el verdadero proyecto del coronavirus”, afirma, es “la gobernanza global de los plutócratas”. De hecho, afirma, es un “un plan global contra Dios y el hombre”. Así, financiado por la administración Obama, el coronavirus es un instrumento de la élite global para crear “un mundo, un virus, un globo, un poder sin fronteras”.

¿Meses, horas y años de fatigantes investigaciones? ¿Una nutrida literatura? ¿Una comunidad internacional descentralizada de científicos e instituciones pasionalmente dedicados a sus áreas? ¿Método científico, falsabilidad, empirismo, reproducibilidad, documentos científicos peer-reviewed, racionalismo? ¡Qué va! Nuestros irracionales, con sus foros de mala muerte y sus videítos en Youtube, conocen mucho más que esos mentirosos científicos.

¡Cuánta arrogancia!

Nuestro conservadurismo chimbo

Pero, si para McManus este conservadurismo posmoderno es resultado del abandono de la clase obrera rural blanca por parte de un libre mercado cada vez más global y desregulado (y la soledad y alienación que esto produce) como también de la ansiedad de sectores cristianos y étnicamente homogéneos por el la liberación sexual y el incremento de las minorías raciales en Occidente, ¿cómo explotó en un país como Venezuela, tan distante de estas situaciones?

El conservador venezolano promedio no sabe quién es Roger Scruton ni Allan Bloom ni mucho menos qué es el integralismo. Es, tan solo, un reaccionario posmoderno que jura defender a la familia tradicional y la civilización Occidental (aunque viva en un rincón olvidado del Tercer Mundo). Para él, y sus verdades subjetivas, los hechos siempre tienen hechos alternativos, los problemas y fracasos son conspiraciones de la progresía, el periodismo crítico es fake news y la derrota en un sistema electoral limpio es un fraude masivo.

No es más que el resultado de años de maltrato sistemático chavista: de un sistema que ha cometido un daño a la condición humana por sí sola, ha alienado nuestra dignidad, ha quitado el aprecio a la vida y nos ha hecho perder la conciencia de nosotros mismos como obreros de nuestro destino. En su lugar, como reacción, hemos adoptado un chimbismo ideológico, wannabe, que busca solucionar la extrema izquierda con la extrema derecha y que no puede proponer ideas propias para el contexto venezolano: tan solo reciclar talking points de Breitbart. Es quien, exhausto y dolido, cree que la solución a la izquierda extrema y autocrática es la derecha extrema y autocrática.

De hecho, por ofertas de salvación militar que jamás llegaron, los irracionales criollos esbozan ahora una identidad dislocada: han hecho suyos los problemas y diatribas estadounidenses y muestran gorras MAGA desde Cabimas o Santiago de Chile. De hecho, sin pies ni cabeza, exigen un Colegio Electoral y una Segunda Enmienda para Venezuela. Más contradicción posmoderna: porque somos nacionalistas, pero queremos ser gringos.

(Cortesía de @venecoboomer)

Lo posmoderno y paradójico de estos pseudo-conservadores criollos es tal que incluso celebran comportamientos autocráticos de líderes de derecha de otros países u otros momentos históricos (como Trump y Orban o como Pérez Jiménez y Pinochet) al mismo son que exigen libertad para Venezuela. Es tan contradictorio, tan dinámico y permisivo, que se puede defender a Putin si se le acusa de interferir en Estados Unidos (es más, celebrarlo, si persigue a los gays) pero odiarlo y despotricar si manda tropas rusas a la tierra pemón.

Por ello, adorando a dictadores como parte de ese mesianismo tan común en Venezuela, nuestro conservador posmoderno promedio era adeco hace cinco años y ahora comparte toda la mamarrachada QAnon y anti-vacunas: pasó de celebrar a Betancourt por su oposición a los Castro a acusarlo de ser un presidente comunista.

Los extremos se tocan: según el intelectual Arthur M. Schlesinger Jr. en The Vital Center, la derecha y la izquierda son un círculo, no una línea. En un lado, la extrema derecha y la extrema izquierda. En el otro, está el centro (los centristas, la derecha moderada y la izquierda democrática), que mantiene a la sociedad unida y libre: siempre vulnerable a los ataques de los extremos.

Hoy, el centro ha quedado reducido a las ONG, activistas democráticos, medios de comunicación y asociaciones e instituciones de la sociedad civil (universidades, academias, gremios). Con el mismo ímpetu autoritario y anticientífico del chavismo, porque los extremos se confabulan en el círculo hasta hacerse indiscernibles, nuestra nueva “contrailustración” busca minar este centro en los sectores de la sociedad donde aun mantiene legitimidad.

Es una oposición compartida al orden democrático-liberal: el chavismo quemó los campos de girasoles. Los conservadores posmodernos están buscando destruir las semillas restantes bajo la tierra chamuscada: rehacer el wasteland a su imagen y semejanza.

Brave New Country

Entonces, ¿qué nos depara como nación, si el chavismo ha reconstruido a sus enemigos a su imagen y semejanza? ¿Si la enfermedad ideológica está pudriendo al cuerpo social?

¡Mirad y desesperad!: como burbujea en las redes un rechazo furibundo, hasta vulgar, hacia la democracia liberal desde quienes juran defender a esa “práctica política en evolución”, en palabras del escritor político Adam Gopnik, “que defiende la necesidad y posibilidad de una (imperfecta) reforma social igualitaria y una mayor (si no, absoluta) tolerancia de la diferencia humana a través de la conversación razonada y (mayoritariamente) sin trabas, la demostración y el debate”. Una práctica imperfecta pero que ha hecho a este mundo un lugar más justo, próspero y libre.

Con ello viene la anticiencia: un rechazo arrogante, de pensamientos mágicos e irracionales, contra esa matriz compleja y hermosa que es la ciencia y que por medio de sus vacunas, documentos, mediciones, exámenes y aparataje extraño ha creado un mundo dramáticamente más saludable, vivo, ecológicamente sano e higiénico que el de nuestros ancestros: repleto de epidemias y pestes, ratas rabiosas, muertes prematuras, overkill ecológico y ataúdes de niños. Somos la excepción de la historia, sus privilegiados: basta mirar las estadísticas y vislumbrar la era más saludable, alfabetizada, rica, pacífica y libre de nuestra especie. Y pocos parecen entenderlo.

Y así –esparciéndose por Whatsapp cual putrefacta metástasis, dejando atrás las burbujas informáticas de Twitter para contaminar a vastos segmentos de la población– levantamos la mirada para encontrar a un padre, a un tío, a un excompañero de clases proponiendo limitar los derechos civiles de clases y grupos sociales enteros o afirmar, sin duda alguna, que los malignos y charlatanes científicos nos esterilizarán con su vacuna o nos volverán “mutantes sin sexo”. Es más, niegan –como si se tratase de ovnis o fantasmas– el drástico crucial cambio climático que acosa a nuestro mundo: aunque California esté en llamas, Mérida se quede sin glaciares y el lago Chad se seque del mapa.

Los irracionales están pudriendo a aquella parte de la sociedad venezolana que no cayó ante las seducciones del chavismo.

Dice el politólogo Edmund Fawcett, que “el liberalismo está atado a ser espacioso. Entre sus logros más notables está crear un tipo de política en el que la discordia ética profunda y los conflictos agudos de interés material pueden ser negociados, apaciguados o mantenidos a raya en vez de ser peleados con una visión de victoria total”: la democracia liberal es la pluralidad, el accountability ante los votantes y la paz. En su lugar, Sosa Azpurúa –con una foto en la que la cara de Trump aparece sobre el cuerpo musculoso de Atlas cargando el mundo– diciéndonos, con adoración caudillista, que “este tercio es nuestro Gladiador contra las bestias peludas de la agenda Progre” y que “este acorazado humano representa nuestra última esperanza”.

No hay espacio, no hay negociación, no hay debate, demostración o conversación razonada: tan solo “intelectuales”, con cientos de miles de seguidores, que ven a las libertades no como un derecho inalienable sino como un privilegio ganado por quienes lo merecen en jerarquías, como lo veían griegos y romanos, quienes no encontraban paradoja entre la esclavitud y la libertad. Es decir, que la insistencia de García Banchs en separar el republicanismo de la democracia no es mera ignorancia política.

Volvamos a la pregunta: ¿qué nos puede deparar como nación ante la primavera de los irracionales? ¿Un Eric Rudolph poniendo bombas en clínicas abortistas, discotecas gays y juegos olímpicos? ¿Un Anders Behring Breivik bombardeando sedes políticas como protesta al “marxismo cultural”? ¿Los nazis instaurando una dictadura militar para evitar el “bolchevismo cultural”, como nuestros irracionales denuncian un tal “marxismo cultural”? ¿Otro Pizzagate gunman? ¿O algo peor?

Quizás, si el centro político no recupera su vigor entre las contrailustraciones, nos depara otro caudillo populista –esta vez de derecha, hablando de patria y familia– que ataque con igual saña al IVIC, reduzca las libertades, pisotee medios de comunicación y periodistas, suprima el voto de grupos minoritarios, tenga prisioneros de pensamiento, justifique más crímenes ecológicos y se codee ya no de despreciables espías cubanos y paramilitares que lideran comunas sino de grupos de interés mineros deseosos de seguir la carnicería ecología o pastores evangélicos y carismáticos anhelantes de cercenar nuestras libertades individuales.