Opinión

Los buenos modales son el lenguaje que nunca pasa de moda

Los buenos modales son una de las formas más simples y profundas de demostrar cuánto valoramos a los demás. Son esos pequeños gestos cotidianos los que revelan nuestra verdadera educación: saludar con respeto, mirar a los ojos, escuchar sin interrumpir, agradecer un favor, pedir disculpas cuando nos equivocamos o, simplemente, tratar a los demás con la consideración que todos merecemos

Publicidad
Los buenos modales son el lenguaje que nunca pasa de moda
Foto cortesía |composicion de i magen alejandro cremades

Hace unos días me detuve a leer un artículo de prensa dedicado a la memoria de Tom Stoppard, uno de los dramaturgos más importantes de nuestra época. Me llamó profundamente la atención que, al momento de despedirlo, sus colegas y amigos no destacaran en primer lugar sus grandes premios o su brillantez intelectual, sino algo mucho más sencillo y escaso: lo extraordinariamente educado, amable y considerado que era con cada persona a su alrededor.

Esa lectura me hizo recordar una verdad que a veces olvidamos: los buenos modales son una de las formas más simples y profundas de demostrar cuánto valoramos a los demás. Puede parecer una idea antigua en una época donde casi todas las conversaciones giran alrededor del éxito, la productividad y la imagen que proyectamos hacia afuera, pero su valor sigue siendo incalculable.

Lo que no enseña la universidad

Con el paso de los años he aprendido que hay cosas que no aparecen en un currículo, no se enseñan en las aulas universitarias y tampoco se compran con dinero o reconocimiento.

lìder buenos modales
Foto Gary Barnes / Pexels

Son esos pequeños gestos cotidianos los que revelan nuestra verdadera educación: saludar con respeto, mirar a los ojos, escuchar sin interrumpir, agradecer un favor, pedir disculpas cuando nos equivocamos o, simplemente, tratar a los demás con la consideración que todos merecemos.

Vivimos tiempos donde a menudo confundimos la preparación académica con la educación, pero son conceptos muy distintos. Una persona puede acumular múltiples títulos y, aun así, carecer de algo tan básico como la capacidad de respetar al otro. La verdadera educación no se mide por lo que sabemos, sino por la forma en que utilizamos ese conocimiento para relacionarnos con quienes nos rodean.

Existe una historia de la vida real que ilustra esto de forma conmovedora. Un trabajador de una fábrica de alimentos, al finalizar su jornada, quedó atrapado accidentalmente dentro de la cámara de refrigeración. Era el último en salir y, tras pasar horas bajo temperaturas congelantes, perdió la conciencia. De forma milagrosa, el guardia de seguridad de la planta abrió la puerta y lo rescató. Cuando más tarde le preguntaron al guardia cómo se le ocurrió buscar en la cámara si la fábrica ya estaba vacía, su respuesta fue contundente: “Llevo años en este puesto y él es la única persona que me saluda con respeto al llegar y se despide de mí al salir. Hoy no lo vi despedirse, y sentí que algo andaba mal”. Un simple saludo, un gesto cotidiano de cortesía, le salvó la vida.

El liderazgo que deja huella

Los buenos modales no son una colección de reglas rígidas ni una simple obligación social. Son una expresión viva de nuestros verdaderos valores. Cuando decimos “por favor” o “gracias”, cuando cedemos el paso, cuando prestamos atención a alguien que nos habla o cuando evitamos herir con nuestras palabras, estamos enviando un mensaje silencioso pero poderoso: “Te veo, te respeto y tu dignidad importa”.

A lo largo de mi trayectoria profesional, siempre procuré aplicar este principio con mis colaboradores. Entendí desde muy temprano que dirigir no es imponer, sino acompañar a las personas en su crecimiento profesional, solidarizarme con sus dificultades, tratarlas con dignidad y mostrar vulnerabilidad cuando fue necesario. Entendí que la empatía y la compasión no restan firmeza al liderazgo; al contrario, lo humanizan.

Hoy, la vida me confirma que cuando somos bondadosos y empáticos, el mejor legado que construimos es la forma en que somos recordados. Aún tras el paso de los años, sigo recibiendo mensajes de antiguos colaboradores que no recuerdan una cifra o un objetivo de gestión, sino el trato humano, el respeto y la cercanía de aquellos días. Esas acciones dejan una huella que perdura y confirman que las lecciones más valiosas son las que se enseñan desde el ejemplo.

Un legado para las nuevas generaciones

Quizás uno de los mayores desafíos de nuestra época es que vivimos más conectados que nunca, pero no necesariamente más cercanos. Podemos comunicarnos de forma instantánea con personas al otro lado del mundo, pero a veces olvidamos mirar a los ojos a quien tenemos al lado. Tenemos más herramientas para expresarnos, pero menos disposición para escuchar.

En este contexto, la cortesía adquiere un valor casi revolucionario. Son pequeños actos de humanidad en un mundo que se mueve demasiado rápido.

buenos modales

Como padre y abuelo, pienso con frecuencia en la huella que dejamos a quienes vienen detrás. La herencia más duradera no está en los bienes materiales o los títulos alcanzados, sino en esos valores invisibles que permanecen mucho después de nuestra ausencia.

Nuestros nietos quizás olviden muchas de las lecciones que intentemos enseñarles con palabras, pero jamás olvidarán el testimonio de nuestras acciones. Recordarán si fuimos coherentes, si tratamos a cada persona con respeto y si practicamos la bondad en lo cotidiano.

Al final, el mundo no necesita únicamente personas más exitosas, famosas o inteligentes. Necesita algo mucho más profundo: seres humanos que nunca olviden que la verdadera grandeza comienza en la manera en que tratamos a los demás.

Publicidad
Publicidad