Cinemanía

Zombis alfa y otras razones para ver ya “Exterminio: La evolución”

Danny Boyle y Alex Garland unen fuerzas otra vez, para explorar en la distopía sangrienta. Pero “Exterminio: La evolución” es mucho más pertinente, retorcida y brutal de lo que nunca fue cualquiera de las entregas anteriores. Bienvenidos al apocalipsis con sello británico

exterminio
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“Exterminio: La evolución” (2025) es una rareza por varias cosas a la vez. La principal es su capacidad para llevar su historia entre el terror visceral y el comentario social sin perder el ritmo. La película vuelve a plantear la misma pregunta que formuló hace dos décadas: ¿qué sucede cuando las estructuras sociales se desmoronan y los humanos, sin reglas, revelan su peor rostro?

La diferencia es que esta vez, la pregunta llega después de una experiencia colectiva mundial que dejó claro que la respuesta puede ser incluso más aterradora que una horda de zombis. Por lo que es evidente que Danny Boyle aprovecha la amarga experiencia de la pandemia del 2020 para plantear varias ideas. Así que esta entrega de la saga no se limita a repetir la fórmula: la reinterpreta con un ojo clínico para el trauma contemporáneo.

Boyle no se contenta con revivir un clásico: lo infecta con un nuevo virus, más simbólico, cercano y despiadado. No es la primera vez que lo hace.

En 2002, “Exterminio” se estrenó un mes después del fatídico 11 de septiembre. De modo que no es casual que la ciudad vacía que recorría el protagonista, evocara imágenes de catástrofes futuras que aún no sabíamos que viviríamos. La película resultó incómodamente cercana. Hoy, en 2025, el contexto ya no es una posibilidad, sino un recuerdo compartido.

Boyle, consciente de ello, no rehúye esta nueva carga simbólica. En vez de entregarse a la nostalgia del éxito previo, propone un reinicio emocional que abraza la experiencia pospandémica del espectador. La historia empieza en una isla alejada de la civilización, donde la amenaza ya no es una sorpresa sino parte del paisaje cotidiano. Allí vive Spike (Alfie Williams), un niño criado entre la rutina de la supervivencia y la sombra permanente de la pérdida. Su aventura hacia el continente marca no solo el inicio de la acción, sino también el de un duelo más profundo: enfrentarse a un mundo que ya no se puede idealizar. En este escenario, los zombis no son el centro del horror, sino sus custodios. El verdadero miedo surge de lo que dejó la humanidad al otro lado del mar: silencio, ruinas, vacío.

La brutalidad en todas partes

La apertura de la película no se anda con rodeos: niños acurrucados ante la televisión, una escena doméstica rota en segundos por el estallido de violencia más brutal. El guion de Alex Garland deja claro desde el principio que aquí no hay espacio para suavizar el golpe. El horror no es progresivo, es inmediato. Y si uno pensaba que la franquicia había perdido la capacidad de incomodar, esta escena demuestra lo contrario. En solo minutos, el espectador entiende que lo que se viene no es simplemente otra historia de infectados, sino una nueva mutación del miedo.

La película explora entonces el rito de paso simbólico. Spike abandona su infancia con cada paso que da fuera de la isla. La travesía hacia el continente no es una simple excursión para buscar medicinas, es un viaje a lo desconocido, una inmersión en lo que queda del viejo mundo. Y ese mundo, aunque lleno de amenazas, también tiene ecos de lo que fue alguna vez una civilización. El puente que conecta la isla con la tierra firme no solo es geográfico: es simbólico. Cada paso lo aleja del refugio y lo aproxima al caos, pero también al conocimiento. El apocalipsis se vive como una adolescencia forzada.

Una vez en el continente, Spike y su padre Jamie (Aaron Taylor-Johnson) se enfrentan a un escenario que parece sacado de una pesadilla con reglas nuevas. Al principio, los infectados parecen menos letales: torpes, lentos, casi patéticos. Pero esa calma es solo una trampa. Boyle no tarda en revelar a los verdaderos depredadores, una nueva casta de infectados que redefine el peligro. Los llamados “Alfas” son la respuesta de la franquicia a su propio mito: más fuertes, más rápidos, más conscientes. No son zombis descerebrados; son cazadores. 

El Alfa principal, en particular, encarna ese nuevo giro con una presencia que resulta más perturbadora por su control que por su rabia. Ya no hay gritos desquiciados, sino una fijación implacable por su presa. Por lo que queda claro que la evolución a la que alude el título no es solo viral, sino narrativa.

Carne nueva

Lo que distingue a esta entrega dentro del universo “Exterminio” no son solo los estallidos de violencia, sino cómo los maneja. Las escenas de acción están tan afiladas como una navaja. Hay cabezas explotando como fruta madura y cuerpos despedazados sin piedad. Pero lo más inquietante no es lo que se ve, sino la velocidad con la que todo sucede. 

Aun así, Boyle no se queda en el espectáculo. Detrás de cada persecución hay una coreografía macabra que homenajea al cine de terror clásico, pero también lo subvierte. El gore, lejos de ser gratuito, está al servicio del malestar emocional que atraviesa a los personajes. Aquí no hay espacio para el heroísmo limpio. Cada victoria cuesta carne, sangre y algo de humanidad. Y es justo en esa mezcla de adrenalina con angustia donde la película encuentra su tono: uno en el que sobrevivir no siempre significa estar a salvo.

“Exterminio: La evolución” no solo propone un descenso al horror físico, también se sumerge en lo emocional con una crudeza inesperada. En medio del caos, hay una ternura escondida que emerge en los momentos más improbables. El vínculo entre Spike y su padre es tenso, sí, pero también está cargado de una complicidad nacida de la necesidad. Jamie no es un padre modelo: es más bien una criatura endurecida por la pérdida, que intenta preparar a su hijo para un mundo donde la debilidad es una sentencia de muerte.

La figura materna, en cambio, está envuelta en una fragilidad casi onírica. Isla (Jodie Comer), postrada y con problemas de memoria, funciona como el motor emocional de la historia. Su enfermedad, aunque sin nombre, es el recordatorio constante de lo que el virus dejó atrás: no solo cuerpos, sino vidas detenidas. Cuando Spike se entera de que puede existir un médico en el continente, la cinta toma un giro inesperado.

Un final incómodo que anuncia secuela

Hacia el cierre, “Exterminio: La evolución” pisa el acelerador en todos los frentes. Las imágenes se vuelven más alucinantes, el sonido más punzante, y la desesperación de Spike se entrelaza con un lirismo visual inesperado. Boyle convierte una persecución mortal por un estrecho puente de piedra en una escena de belleza brutal: el cielo se enciende con colores que parecen salidos de un cuento infantil — violetas, rosas, estrellas como heridas luminosas — , mientras padre e hijo corren por sus vidas. 

Es un momento cargado de simbolismo: el fin del mundo se tiñe de una estética casi mágica, como si la tragedia solo pudiera ser entendida a través del arte.

El guion sostiene esa tensión entre lo grotesco y lo poético con habilidad quirúrgica. Spike no solo huye de los Alfas; también se enfrenta a la revelación más dolorosa: que el horror ya no está afuera, sino dentro de la memoria de lo que fuimos. El doctor Kelson, interpretado con una calma perturbadora por Ralph Fiennes, encarna ese dilema con una serenidad que contrasta con la violencia que lo rodea. 

Su personaje se convierte en guía filosófico del niño, desdibujando la línea entre lo que puede ser salvado y lo que debe dejarse atrás. Cuando llega el final, más abierto que conclusivo, queda clara la verdadera amenaza: lo que elegimos hacer con el dolor. En “Exterminio: La evolución”, la catástrofe no es solo biológica. Es humana. Y quizás, también, inevitable.

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