"La Odisea", el dolor de la travesía hacia la redención
Christopher Nolan convierte el regreso de un guerrero en un tratado sobre el trauma que no cura con la victoria. Y el resultado flota entre lo sublime y lo agotador. “La Odisea” es una obra extraordinaria que permite ahondar en el poder de los ideales en medio de épocas complicadas
Usualmente, al hacer una crítica, intento no incluir un ingrediente personal, porque al fin y al cabo, se trata de una reseña sobre una película y suelo creer que eso no incluye a la persona que soy. Pero decidí hacer una excepción en esta oportunidad con «La Odisea». Porque, además de una crítica, también soy una sobreviviente de una catástrofe a gran escala en mi país. Hace casi un mes, Venezuela fue sacudida por terremotos gemelos que dejaron a su paso miles de víctimas, un número todavía desconocido de desaparecidos y un enorme sufrimiento colectivo. Además, un trauma mayor que convierte en una experiencia distinta cada cosa que vivo.
Y una de ellas, es el sentido del arte y mucho más “La Odisea”, la adaptación de una obra que reflexiona sobre el sufrimiento y la redención a una escala total que me sorprendió como espectadora y también, como escritora sobre el cine. En particular, porque Christopher Nolan no cuenta la guerra de Troya. Cuenta lo que viene después, que resulta mucho más incómodo, y analiza ese impacto total a través del miedo, el padecimiento espiritual y la búsqueda para llegar al hogar.
El director toma el poema homérico y lo convierte en un relato sobre hombres que sobreviven a la batalla pero no logran sobrevivir al recuerdo de ella.
Ahí está la verdadera odisea: no la travesía marítima, sino el trayecto interior de alguien que ya no reconoce su propia casa ni a su propia familia. Un sentimiento que en Venezuela ahora mismo podemos reconocer, pero que, mucho más, enlaza y completa la idea de una obra universal que cuenta la historia del dolor en todas las épocas. El director filma el estrés postraumático como si fuera una maldición divina, algo que persigue al soldado después de haber colgado la espada.
También recuerda que el dolor se convierte en una especie de cuidadoso escenario que atraviesa el tiempo. Una sensación de asombro angustiado que transforma la película en algo mucho más sustancioso y elegante que solo una adaptación de un libro clásico. También es un homenaje a la voluntad humana, a las vivencias y cómo cada persona sobrevive al trauma.
Nuestra debilidad
Esta es una pieza fundamental de la cultura universal que Nolan traduce lo mejor que puede. Por lo que hay escenas donde el presente y el pasado se confunden, y apariciones de dioses caprichosos que son una metáfora perfecta de una mente que ya no controla lo que ve. Mientras tanto, en casa, esposas e hijos esperan, envejecen y se preguntan si el hombre que regresará será el mismo que se fue.
Una de las cosas más extraordinarias de “La Odisea” es lograr que ese trayecto sea además, una visión fundamental sobre cómo los seres humanos entendemos nuestra debilidad. En especial, mientras Odiseo (Matt Damon), avanza abrumado por la pena en una batalla silenciosa para encontrar el sentido del tiempo y de su propia identidad. “La Odisea” parte del hecho que todo evento traumático (sea una guerra o un terremoto), divide la conciencia colectiva y la personal en dos territorios distintos.
Christopher Nolan lo entiende bien y analiza la idea de este héroe malhumorado y contradictorio, como un sobreviviente que está dispuesto a lo que sea por encontrar de nuevo su lugar en el mundo. Ya sea enfrentar a dioses, analizar la idea del bien, cruzar mares y batallar con monstruos. Lo cierto es que esta historia es una delicada visión acerca de las heridas invisibles y cómo se curan.
Esta ambición temática, francamente poco habitual en una superproducción de este tamaño, es lo que distingue a «La Odisea» de cualquier otra adaptación clásica reciente. Nolan se atreve a mezclar el espectáculo bélico con un ensayo silencioso sobre la desilusión, y aunque el experimento no siempre cuadra a la perfección, la valentía del intento merece aplauso.
Hay tramos de diálogos que suenan más a discurso que a conversación, pero incluso esas líneas algo rígidas se sostienen gracias al peso emocional que las rodea y a un elenco que las defiende con convicción absoluta. La película exige paciencia: no ofrece respuestas fáciles ni un arco de redención limpio, sino un protagonista que arrastra su propia sombra por cada escenario.
Ese tono, entre solemne y desolado, atraviesa las tres horas de metraje y convierte lo que podría haber sido un simple relato de aventuras en algo más cercano a una elegía. La guerra, sugiere Nolan, termina el día que se firma la paz, pero el conflicto interno de quienes la libraron puede prolongarse toda una vida, contaminando generaciones enteras que ni siquiera estuvieron en el campo de batalla.
Es una lectura arriesgada del material original, pero también profundamente contemporánea, pensada para un público que ha visto suficientes guerras recientes como para reconocer el patrón. Lo interesante es que Nolan no necesita actualizar la trama ni trasladarla a un conflicto moderno para que el mensaje llegue con claridad; le basta con detenerse en los silencios, en las miradas perdidas, en los gestos automáticos de alguien que ya no está del todo presente en su propia vida.
El resultado es una épica que incomoda precisamente donde otras buscarían consolar, y esa incomodidad, sostenida durante tres horas, termina siendo el verdadero argumento de la película más que cualquier batalla filmada con virtuosismo técnico.
El dolor se convierte en una reflexión en “La Odisea”
Visualmente, la película es un despliegue de paisajes que transmiten soledad mejor que cualquier diálogo. El director de fotografía Hoyte van Hoytema filma en formato IMAX y toma una decisión curiosa: evita el azul turquesa de postal que suele acompañar cualquier historia situada en el Mediterráneo. En su lugar, el mar aparece gris, plomizo, casi hostil, como si el agua misma participara del duelo colectivo.
Las secuencias de combate llegan acompañadas de una percusión constante, tambores que laten como si fueran el pulso acelerado de alguien que no logra calmarse. Ese recurso sonoro funciona como hilo conductor emocional durante todo el metraje. Hay ecos evidentes de trabajos anteriores del propio Nolan: una larga espera de tropas frente a una playa recuerda inevitablemente a su película sobre la evacuación de Dunkerque, aunque aquí el tono es todavía más fúnebre. La escala de la producción impresiona sin caer en el exceso decorativo; cada plano en «La Odisea» parece calculado para transmitir agotamiento antes que grandiosidad.
No hay heroísmo triunfal en las imágenes, solo cuerpos exhaustos y rostros marcados por algo que va más allá del cansancio físico. Esta decisión estética refuerza el argumento central: la victoria militar aquí no se celebra, se sobrelleva. El montaje evita golpes de efecto fáciles y prefiere dejar que las escenas respiren, incluso cuando eso implica sacrificar ritmo en favor de atmósfera. Algunos espectadores acostumbrados a un relato bélico más convencional podrían sentir que la película se demora demasiado en su primera hora, pero esa lentitud tiene un propósito: instalar el peso del tiempo antes de soltar el caos.
Y volvamos a la venezolana que acaba de sufrir con su país, una tragedia inmensa. ¿»La Odisea» es una película para un momento como este?
Quizás no, pero es un recordatorio que el arte nos entiende mejor que nadie. Que se sostiene, se envuelve en belleza y se nutre en el tiempo, los espacios y las palabras a través de una travesía interminable en mares oscuros e inciertos. Por lo que sentirse comprendidos por una obra en la Edad de Bronce habla de que, al final, los seres humanos somos lo mismo. Antes o después, estamos hechos para atravesar el miedo y la belleza. Y triunfar.
Un mensaje extraordinario que tú, que le lees, quizás necesitas escuchar ahora mismo.
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