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Amuay: el pueblo aún está cubierto de ceniza

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25/08/2017
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ANDREA HERNÁNDEZ

La explosión de Amuay es la tragedia petrolera más grotesca jamás vivida en el país. Y una de las más graves del mundo. Han transcurrido cinco años después de que el fuego calcinara vidas, que aún hoy humean en quienes las lloran. Sin embargo, las autoridades no incoaron alguna investigación para dar justo castigo a los responsables ni cumplió con las indemnizaciones prometidas. A cambio, Venezuela premió la incuria del entonces presidente Chávez

Venezuela es un país adormilado, mecido en la hamaca de los abusos y arrullado por la propaganda mentirosa. Eso es lo que se concluye al investigar someramente lo que ocurrió en los dos años siguientes al siniestro en el Centro de Refinación de Paraguaná, hoy lo recordamos como la “Tragedia de Amuay”, acaecida el 25 de agosto de 2012.

Lo más prominente del balance sigue siendo la frivolidad —para no decir franca estupidez— con que el entonces Presidente de la República, Hugo Chávez, enfrentó el del accidente, el peor en toda la historia de PDVSA y el segundo más grave del mundo en los últimos 25 años. A pocas horas de desatado el infierno, y sin contar con una mínima investigación de los hechos —que transcurridos tres años, todavía no tenemos—, el jefe del Estado llegó al lugar y no solo refutó lo que decían los vecinos de la refinería con respecto al fuerte olor a gas que se diseminó horas antes de la explosión, sino que también dio una de las declaraciones más absurdas en la historia de la estulticia: “Algún filósofo dijo, no me acuerdo quién: la función debe continuar, con nuestros dolores, nuestros pesares y nuestros muertos”.

Se refería, naturalmente, a Noël Coward, guionista, compositor y cantante inglés que acuñó la frase “The show must go on”, para aludir al principio de que a la audiencia debe dársele espectáculo sin importar las dificultades que se presenten detrás del escenario.

No contento con esta vergonzosa manifestación de ignorancia e insensibilidad, Chávez se permitió entonar en clave de campaña electoral —las elecciones presidenciales serían un mes y medio después— y agregó: “Dice la Biblia: la muerte será absorbida por la victoria. Todos estos muertos, que se fueron físicamente, resucitan cada día con la victoria de la patria”. Esto, su victoria, que daba por hecho, puesto que contaba con la alcahuetería del electorado, absorbería los 47 muertos, 135 heridos y centenares de viviendas arrasadas. No era un más que pálido contratiempo frente a la mole luminosa de su victoria en los comicios.

La prensa oficial se apresuró a decir que con esas palabras el de Barinas llamaba “a mantener el espíritu de superación ante lo ocurrido”. Pero no se detuvo allí. Mientras todavía había gente carbonizada entre los restos deformes, Chávez peroró en cadena obligatoria de radio y televisión y se desbordó en su habitual politiquería culpando a la oposición de lo ocurrido y haciendo promesas que jamás cumplió. Como por ejemplo: la investigación que establecería “responsabilidades donde las hubiera”; el “monumento a los mártires civiles y militares”; las pensiones “para los sobrevivientes y para madres, padres, esposos y esposas de las víctimas”; el fondo de “100 millones de bolívares para resolver la situación de contingencia en las viviendas afectadas, en los comercios, y en las instalaciones del Comando Estratégico Operacional de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB)”, así como para costear el presupuesto de estas pensiones. También atacó a los gobiernos anteriores, a los medios y la oposición.

Insisto, todo esto mientras los heridos gritaban de dolor en ambulatorios donde no había ni suero fisiológico.

El encuestador Luis Vicente León calificó el roto de Amuay y la consecuente respuesta de Chávez como una “dura prueba política para el Presidente”, porque era la primera vez que una campaña se producía en la proximidad de una crisis tan grave como la de Paraguaná. Y, en alarde de ingenuidad, apostó a que: “una vez atendida la emergencia en Amuay, los venezolanos van a pedir responsabilidades”.

Ahora sabemos que no fue así. Nadie lo hizo. Nadie fuera de la prensa y algunos políticos de oposición.

El analista político Nicmer Evans previó que habría una “expectativa de la gente sobre la investigación”. “Chávez va a tener que poner nombre y apellidos a los responsables antes del 7 de octubre —cuando serían las elecciones de 2012—, porque de lo contrario, el accidente podría tener un impacto negativo en su candidatura”, dijo Evans.

Ni dio los nombres, ni hubo investigación confiable, transparente y conocida por el país, ni hubo ningún impacto negativo.

La sociedad aceptó todo. Se tragó todo. Premió a Chávez con la Presidencia en su etapa agónica y fue alcahueta con la designación de Nicolás Maduro, hombre sin preparación ni probidad, para ejercer la máxima magistratura de la República.

Finalmente, Chávez tuvo razón en algo: el show no se detuvo. La prueba es que Rafael Ramírez siguió al frente de Petróleos de Venezuela. Nadie fue a juicio. Y si hubo olor a gas, eso fue solo una percepción. Y con Pudreval aprendimos que un mal olor, por fétido e intenso que sea, no araña al gobierno.