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Ballet Teresa Carreño: no caer más bien volar en grand jeté

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28/10/2015
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FOTOGRAFÍA: ANDREA HERNANDEZ

La danza es elegancia, belleza; un traje brillante, un salto que parece imposible, un brazo que se extiende y se hace infinito. Es también rivalidad, una lesión o columna maltratada. Pero a los bailarines no los detiene ningún dolor crónico o la escasez de espectáculos. La satisfacción que sienten al subir a un escenario los convierte en música, energía e ingravidez

ARGUMENTO

El país se cae a pedazos. Pero ellos no se enteran. Cuando entran a la Sala H, en los sótanos del Teatro Teresa Carreño. Ellos son felices cuando posan la mano sobre la barra que al principio está fría; cuando el piano canta su compás y hacen la primera elevación de piernas; cuando sienten su cuerpo y la ropa está ahogada en sudor; cuando van a subir al escenario de la Sala Ríos Reyna. No importa nada más. “No pertenecemos a un mundo normal. Vivimos en una burbuja, aunque a veces tenemos que despertar, porque somos humanos”, dice una bailarina aun con su ropa de ensayo. No ha tenido tiempo de almorzar, hoy solo comerá una galleta y un café.

Pero no es eso lo que más le preocupa, sino el futuro del ballet, la generación de relevo. “El semillero se está secando. Ya no se crea tanto como antes y los jóvenes se quieren ir del país. Antes había compañías y espectáculos de distintas disciplinas; ahora las temporadas son más lentas”.

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ACTO I

Dani Rojas hacía teatro. No conocía su potencial en ballet hasta que uno de los profesores en el extinto Instituto Universitario de Teatro —en la sede de Barquisimeto— vio su potencial. Lo descubrió. Tenía 16 años. Cuando decidió dedicarse a la danza clásica ingresó a uno de los núcleos que tenía la Escuela Nacional de Ballet; luego entró en contacto con Keyla Ermecheo y el Ballet Metropolitano de Caracas. “En estos países ‘latinomachistas’ uno comienza más tarde en la danza, y eso afecta. Tienes que enfrentarte a tu familia, amigos, porque no está bien visto ser bailarín. Uno empieza después de los 17 años y a esa edad los huesos ya están formados. La idea es hacerlo a los siete u ochos para aprovechar la elasticidad infantil. A diferencia de Argentina, Chile o Uruguay, donde es normal que un niño vaya a una escuela de ballet. Por ejemplo, mis amigos cubanos me cuentan que eran sus papás quienes los llevaban a la escuela”, relata su historia.

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Para mí al principio fue bastante engorroso, sobre todo en lo familiar. Yo en Barquisimeto era el único bailarín varón en la ciudad; después sí surgieron más. Me costeé mis estudios de ballet, pagué mis zapatillas; cosa que era difícil porque solo había una tienda de ballet y no conseguía las de mi talla: normalmente había de niñas. Las mallas también eran un tema. El pensum de ballet es otro asunto. En la provincia el ballet para las niñas es eso que vas a hacer en la tarde para que te diviertas un rato. Muy pocos están enfocados en profesionalizar. Yo creo que le falta maduración. En hora y media de clase no les puedes dar repertorio, trabajo del francés, gramática y nomenclatura para que sean profesionales bien formados. Muchos de los bailarines no saben cómo se escriben los pasos de ballet, cuál es la pronunciación correcta. Hace falta un nivel más profundo”, hace su exhorto Dany.

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Él forma parte del Ballet Teresa Carreño, la única compañía profesional de danza clásica que queda en la capital. Estuvo en las últimas temporadas del Ballet Contemporáneo de Caracas, antes de que fuera desalojado de su sede en el Teatro Alberto de Paz y Mateos en 2009, lo que prácticamente lo llevó a desintegrarse. “Recuerdo que los bailarines y las maestras fuimos a protestar porque nos dejaban sin trabajo. La situación es bastante precaria. Siento que por la plataforma que tiene la Fundación Teatro Teresa Carreño es lo que ha mantenido a la compañía, porque todo se ha vuelto cuesta arriba”.

ACTO II

Son las 5:30 am. Susan Bello se levanta todos los días con una enorme taza de café. Su vicio. 7:00 am. No solo es bailarina, sino también maestra de danza clásica en la Universidad Experimental de las Artes. Dice que está contenta porque el grupo que dirige es bastante consistente. 9:30 am. Debe correr al complejo cultural de Los Caobos para asistir a su primer ensayo. Allí sitúa el cuerpo, se acomoda, se relaja. Comienza la rutina en la barra, allí hacen media hora de ejercicios que van desde elevación pequeños pasos hasta una gran elevación o grand battement. Luego vienen los de control, giros y saltos. Termina la clase con una reverencia al maestro y al pianista. “Es así todos los días de nuestras vidas”.11:30 am. Tiene unos minutos para descansar, bañarse y cambiarse de ropa. “Nos ponemos bonitos para nuestro ensayo. La idea es que uno se sienta arregladito, perfumado, elegante para la pareja con la que vas a bailar. Lo más agradable posible, un brillo en la boca, bien peinadito. Eso te lo enseña la escuela. Es mucha disciplina. Gracias a eso creo que soy tan estricta conmigo, en mi casa, con mi gente”. 2:00 pm. Luego de una hora de almuerzo, vuelve a la sala: “se bailan las piezas que están listas o se repasa lo de la tarde anterior que no quedó muy bien. Ahorita la compañía está preparando el 20° aniversario de El Cascanueces”.

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“En las compañías existen rivalidades porque hay una competencia: yo quiero llegar al nivel en el que está la primera bailarina. ¿Cómo lo hago? Yo voy a aprender todo lo que ella hace. Voy a entrar a todos sus ensayos. Voy a mirarla porque quiero ser como ella. A mí me pasaba con mi maestra: yo quería bailar como ella, saltar como ella, moverme como ella. Pero yo solo tengo ego cuando me subo al escenario, bailo —Susan yergue su espalda, arquea los brazos, estira el cuello, sonríe, como queriendo hablar con sus movimientos y no con su voz— y el público me aplaude. Allí es donde tenemos que demostrar todo nuestro ego. Una vez que salgo de la sala soy una persona normal que hace cola para comprar su comida”.

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Oriunda de Maracaibo, sus primeros pasos los dio sobre tablas de madera, en una sala de ballet. Su madre era bailarina y ella también quiso aprender. Recuerda no solo que su primer sueldo en danza lo ganó a los 12 años; sino también a dos grandes maestros yugoslavos que fueron pilar en su carrera: Sacha Gosick y Nedo Voichic. “Tienes que pasar todo el día en un salón de clases si quieres vivir de esto”.

Pero dedicarse a la danza clásica es también, de alguna manera, dedicarse a atacar el cuerpo: lesiones, fracturas y dolores se padecen a diario sobre una zapatilla de punta. “Yo jamás pensé que iba a sufrir tanto de lesiones de tobillos, en los deditos del pie, que por lo general se rompen a causa de la fricción. He tenido muchos esguinces y se me hizo crónico. Tengo que estar con una rutina y visitar al médico, que me inyecta ozono. Voy dos veces por mes, porque eso me ayuda y me regenera, los dolores del día anterior ya no están. Tengo también una fractura en el coxis que me hice pequeña: al intentar levantar una pierna se me fue la otra y caí sentada. El doctor me dice que es normal que las bailarinas tengamos nuestra desviación de columna porque hacemos un ejercicio muy rudo. Y con los varones a veces es peor, porque al comenzar a bailar tarde no tienen una buena educación de danza: ellos deben ver en dos años lo que nosotras vimos en ocho. Es difícil, pero tienen que aprender porque si no les quitan el puesto o les cortan el contrato. A veces tenemos mucho trabajo y el cuerpo no nos responde, nos maltratamos porque somos perfeccionistas, súper perfeccionistas”.

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ACTO III

Como Gilberto Rodríguez comenzó su relación con el arte desde el patinaje sobre hielo, no se le hizo tan difícil aprender de giros y de saltos. “A muchos de nosotros nos da miedo al principio, pero yo ya había perdido eso porque carajazos más duros que los que me había metido en el hielo no había”. Al principio el ballet se le presentó como un hobbie: su hermano también era bailarín. Él tenía talento y al ser hombre —escasos en la disciplina— recibió apoyo de las compañías. Era adolescente; al darse cuenta de lo difícil que era la profesión, maduró. Ahora no solamente trabaja con en el Teatro Teresa Carreño, baila en Tempo Escuela de Ballet en Santa Paula y quiere más. Quiere que la danza clásica sea en el país una potencia como lo son la música o el beisbol. “Cuba, por ejemplo, es una institución, porque lo han trabajado. Le dieron importancia al ballet gracias a la maestra Alicia Alonso. Ellos exportan bailarines como nosotros exportamos petróleo. Supieron mezclar la metodología francesa, rusa, argentina e hicieron la suya propia. Inventaron dentro de la locura algo muy coherente. Aquí en el país hay bailarines increíbles, lástima que los han dejado ir”.

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Gilberto lamenta la escasez de espectáculos. Pero no se queda solo en el llanto, sigue trabajando. “Estamos medio obstinados de que se nos caen funciones y nos reunimos para hacer otro proyecto: encuentros, un colectivo de artistas que abre espacios para la danza. Porque nos encanta. No hay nada mejor que estar satisfechos en el escenario. Siempre buscamos retos, queremos lograr muchas cosas, es como masoquismo”. La propuesta escénica de Encuentros tendrá su primera presentación el viernes 10 y sábado 31 de octubre en los talleres del Teatro Teresa Carreño.

Y a pesar del panorama complicado, cree que sí hay ballet en el país. Es a lo que le apuesta todos los días. “Y te lo afirmo con una anécdota. Un día iba caminando hacia la sala de ensayo y vi al hermano menor de Karina González, una bailarina excelente que está en el Houston Ballet, haciendo dos saltos que yo no podía creer. Me quedé con la boca abierta. Sí hay talento. En el interior hay niñas excelentes, con muy buena formación. Pero es como algunos venezolanos: todo está regado y ordenarlo es lo que ha costado. Creo que si juntáramos lo mejor de las escuelas esto agarraría una fuerza increíble. Aunque no nos va muy bien, en el Teresa Carreño aun hay gente trabajando para que el ballet no se pierda”.

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