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Día del Periodista: piedras, no papel y tijeras

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04/07/2018
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FOTOGRAFÍA: JUAN BARRETO/AFP

El Día del Periodista en Venezuela dista de ser una celebración. En medio de una situación social, económica y política en número rojos, los profesionales de la información tienen más difícil el ejercicio de su profesión: la censura y la retaliación gubernamental le juegan en contra

Muy contras —a ojos vista contraproducentes, contraindicados, portadores de la contrariedad—, los promotores del socialismo del siglo XXI le llevan la contraria hasta al tango: estos último 20 años ¡son como demasiado! Carraplana económica, torta política y social, violación de los derechos humanos, no comunicación —la respuesta de las audiencias, si no es afín, recibe chitón— y el verbo como escudo y lanza. Caos. 20 años contracorriente. 20 años que pese al lápiz rojo no son un secreto para nadie.

La víspera del día del periodista, ejercer el oficio en tiempos de neotiranía y uniformización del discurso, se asocia a tenacidad por informar pese al afán por el ocultamiento y el silencio de las fuentes, a la búsqueda de espacios alternativos para publicar lo que se calla, a investigaciones hechas con las uñas y contra viento y marea, a ocurrencias vinculadas a ciudadanía y empeño como el Bus TV, noticias en la vía pública, el periodista como expuesto juglar. A riesgo.

En contrapartida, censura y autocensura, control, papel a discreción, cierre de medios, persecución y maltrato, aprobación de leyes que en contraposición a la tendencia mundial pretenden incrementar el costo punitivo por difamación e injuria: el castigo es físico. Cárcel. Encima, un oxímoron: hegemonía comunicacional. Saturación de la voz en off del que manda.

Yo (en), el medio

Contrarios y contrincantes que irrumpieron para la ruptura, desde que se hicieron del coroto en 1998 entendieron que todos los poderes distintivos de la democracia —plataforma desde la cual se encumbran y traicionan—debían ser anulados en el proceso de fagocitosis; así fueron anexados a la causa, el Ejecutivo, el Legislativo —zona en reclamación—, el Judicial y sin duda la prensa, el llamado cuarto poder. “Un proyecto político como el que queremos para Venezuela necesita de otro tipo de prensa, otros medios”, dijo en los albores del nuevo milenio, un día del periodista (27 de junio).

Hugo Chávez, caudillo a voz en cuello, convirtió la palabra en artillería para la construcción de un imaginario épico, el suyo; y para el borrón y cuenta nueva, todo volvería a ser nombrado. Los seguidores, atentos a la voz de mando, tendrían un catálogo de epítetos —“pitiyanquis”, “lacayos”, “cachorros del imperio”, “escuálidos”, “mariconzones”, “apátridas”, “traidores”— como arsenal en la trinchera. Piedras contra  los “otros”. Discurso para arrojar. Descartado el diálogo, bienvenida la neolengua.

Ya en 1994, antes de ganar las elecciones de 1998, había dicho en Cuba que había que polarizar Venezuela. La acción en su puño, la narrativa en su garganta, de su verbo de tijera suelta su grito de guerra con que apoya su plan: “O están conmigo o están contra mí”. La rebautizaría, a modo de refundación —he aquí el primer aspaviento de expropiación—, como república bolivariana de. Se trata, el cambio de nombre del país, de un gesto de apropiación indebida —desde la palabra— equiparable, en contundencia, a la exhumación de los restos de Simón Bolívar, bizarría que comete Hugo Chávez acaso para bañarse en el aura del héroe, acaso para proyectarse como su heredero desde un ritual religioso; él asegurará que lo que intenta es trastear en el ADN del Libertador las causas de su muerte.

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Lo que sale de allí es un nuevo rostro para Simón Bolívar, y una nueva imagen para la revolución que debe entrar por los ojos, además de los oídos, y que se ha endilgado como epíteto el apellido del prócer. Rasgos más mestizos y mercadeables, según los paradigmas del racismo. Lo que resulta del cambio de símbolos y del nombre del país es una nueva nacionalización, con no pocos exiliados.

Garganta hemorrágica que escupirá frases divisionistas, se profieren los más largos discursos oficiales que serán transmitidos como eventos para el consumo masivo, en invasivas cadenas de radio y televisión. Con sus filípicas interminables, Hugo Chávez le pisaría los talones a Fidel Castro, el hombre cuyas arengas han sido las más largas de la Historia, ocho horas el récord. Castro superaría a su pupilo por escasos minutos, aunque Chávez sermoneó muchas más veces en menos años. Maduro a su vez intentará seguirle los pasos perdidos al antecesor. Un estudio de la ONG Expresión Libre contabiliza solo en el año 2016, botón que vale de muestra, el empleo de 179 horas y 58 minutos en cadenas.

Imagen y voz omnipresente hasta 2012, cuando hizo su última aparición pública —aún están en gigantografías y altoparlantes él y sus ojos de bigbrother— anhelando el don de la ubicuidad, no conforme con su locución, Hugo Chávez crea Aló Presidente, show de variedades desde donde despachará en vivo. Habitará. En su performance maratónico increpa, interpela y se presenta como carismático salvador a salvo en el Olimpo.

Amén de las 2334 cadenas de su trayectoria, habrían sido 1656 horas de chistes, sermones, adoctrinamiento a lo largo de 378 programas al aire, o lo que equivale a decir, 69 días seguidos de antipolítica. De una sesgada reinterpretación de la realidad hasta convertirla en lenguaje. Con apoyo en la Ley Resorte que obliga a las radioemisoras y televisoras que transmiten en señal abierta y por suscripción a divulgar las alocuciones de manera gratuita y obligatoria. Ni se diga en tiempos de campaña electoral: los mensajes del PSUV serán divulgados por ser de interés nacional.

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Hugo Chávez, el que grabó en los oídos descontentos de los venezolanos la frase originaria: “por ahora”, cuando falló el golpe de estado que dio el 4 de febrero de 1989, pez en el agua frente a las cámaras, se hará dueño de los rayos catódicos desde donde compartirá tips o tics del manual de estilo del revolucionario salvaje con su muy simbólica expresividad —70 por ciento del contenido comunicacional reside en los gestos y el tono de voz—, y como rutina de la simbología de fuerza, repetirá a la ene el mismo movimiento: hundirá el puño cerrado de su izquierda en el cuenco de la mano derecha que, abierta, recibe el golpe. Contenido que nunca filtraría la ley del odio.

Y son veinte años de posverdad: la mentira que maquilla los hechos a posteriori. Recordar cuando el periodista Miguel Angel Rodríguez, que luego sería diputado —nótese cómo la escena seduce al que la ve—, entrevista en su programa de televisión, en la emisora clausurada Radio Caracas Televisión —nótese el calibre de los procedimientos— a alguien que le dice: “La solución es militar… militar en la democracia y en la perseverancia”. En el Canal del Estado, Venezolana de Televisión, que el gobierno asumirá como propio —nótese lo despintada que está la línea que separa las formas y los contenidos—, se colocará a la largo de la programación el video amputado en la pausa de los puntos suspensivos, y aquella voz dirá solamente, “la solución es militar”, para confirmar así que la oposición ¡planea un golpe de estado!

Los otros, el miedo

Atrás, en el espejo retrovisor, están los años en que los medios de comunicación eran observadores de primera fila, hacedores de contenidos y, sin duda, influenciadores natos. Cuando los partidos políticos hacen aguas, desgastados ante la opinión pública, “los medios tuvieron papel protagónico, en la discusión política”, para bien o para mal, confirma el periodista, escritor y profesor doctorado en Ciencias Políticas, Andrés Cañizales, “veías a los periodistas haciendo el registro de lo que ocurre en las marchas de protesta y a los dueños, encabezándolas, Marcel Gracier, Gustavo Cisneros, sí, Gustavo Cisneros, y Alberto Federico Ravel; y ya sabemos —sin democracia no hay periodismo— que Globovisión fue intervenido”, añade.

“Según cifras oficiales, para agosto de 2016 existían en el país 934 radioemisoras habilitadas (sumando las de Frecuencia Modulada y las de Amplitud Modulada), de las cuales 635 pertenecen al sector privado y 29 al público; las televisoras que transmiten en señal abierta son 117, de las cuales 63 son privadas”, así lo suscribe Espacio Libre, “de acuerdo a estos datos, 698 de los 1051 medios radioeléctricos habilitados en el país pertenecen al sector privado lo que representa 66 por ciento del espectro radioeléctrico mientras que 34 por ciento corresponde al sector público y comunitario”, dicen las cifras del continuista gobierno de Maduro.

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“Ningún gobierno en el planeta contó con tantos medios de radio a televisión como caja de resonancia para sus postulados”, interpreta las cuentas Marcelino Bisbal; “expropiados unos, acechados otros, tantos cerrados, censurados y víctimas de la autocensura muchísimos, serán lamentable parte de la grey que constituye la plataforma armada por estos 20 años de gobierno chavista madurista con canales a favor, para dar soporte a la difusión y reiteración de sus mensajes”, disecciona el panorama, al pie de la camilla donde yacen boqueando los medios independientes. El sistema de televisión digital abierta, que inició transmisiones en 2013, suma 19 televisoras, de las cuales 14 son estatales, 3 privadas y 2 internacionales Rusia Today y China Central Televisión.

“Chávez comienza a soltar prenda en el año 2000 acerca de su visión de cómo debe ser el accionar de los medios de comunicación social; será más claro en 2001”, asesta Marcelino Bisbal. “Pero todavía entonces era casi imposible, ciertamente, imaginar lo que vendría hasta el sol de hoy”. Pronto comienza la pugna y se despejarán las dudas. Hasta la paradigmática fecha del 11 de abril de 2002, cuando le dan un golpe de estado.

Nadie olvida las muertes a mansalva en la gigantesca marcha de protesta del día, noticia de sangre y dolor cuyos datos han sido esquilmados. Nadie olvida tampoco cómo los medios sortearon la imposición de transmitir el discurso oficial mientras la concentración era atacada partiendo la imagen de la pantalla en dos para transmitir una y otra cosa. Con todo y que el registro está, los hechos tienen dos versiones diametralmente opuestas; la oficialista es un video encargado que está colgado en las redes con el que se han hecho conferencias desmontando toma a toma el sesgo y la edición, el Foro Penal, el primero. Es la marcha la que dispara, como si fuera una grabación en retroceso.

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Cuando Chávez regresa al poder, rosario en mano, enviaría a los televidentes el recado de su decidido arrepentimiento; distinto sería puertas adentro. Comienza a fraguarse la intención de alinear los medios de comunicación bajo un mismo sino, plan que incluye soporte jurídico de cuya ejecutoria y cumplimiento se encargará Conatel (Comisión Nacional de Telecomunicaciones), guardián de la libertad como si ésta fuera un papagayo: dándole o no cuerda. Vale decir que los ocho directores que suma hasta ahora Conatel, seis han sido activos militantes del PSUV, amén de que 8 de sus 12 directivos son representantes de ministerios y oficinas de la burocracia.

La Ley Orgánica de Telecomunicaciones, modificada en 2010, será medio para los fines. Establece que el Ejecutivo podrá suspender transmisiones cuando “lo juzgue conveniente para los intereses de la nación” o por motivos de “orden público” o “seguridad”, motivos por los que también podrá suspender o revocar licencias. La Ley de Responsabilidad Social Empresarial o Ley Resorte, por su parte, tomará medidas contra quienes difundan contenidos que fomenten la “zozobra”, “alteren el orden público”, “desconozcan a las autoridades legítimamente constituidas” y “promuevan el incumplimiento del ordenamiento jurídico vigente”.

Ellos median

El 27 de mayo de 2007 tiene lugar un sisma. Lo produce un anuncio inédito, una amenaza lanzada semanas antes y que se ejecuta ese día, fecha que marca un antes y un después en el devenir de las comunicaciones. Impresionante ver cómo la imagen de Radio Caracas TeleVisión, emisora pionera de la grilla venezolana, se desvanecía hasta sucumbir a la oscuridad total. Hasta la Organización de Estados Americanos fue a dar el caso que años más tarde ganó RCTV en el debate sobre libertad de expresión y sus derechos, aunque el gobierno aún no lo admita, ni intente resarcir a la emisora de los daños causados y mucho menos haga caso a las más de 30 recomendaciones que, sobre libertad de expresión, le exhorta a que cumpla la OEA, tales como eliminar el delito de desacato, cumplir con tratados internacionales, garantizar el estado de derecho, apertura, pluralidad. Dos años después de aquella acción habían sido compradas, expropiadas y/o cambiarían de dueño 34 emisoras de radio que transformaron su línea editorial. Hace un año fue borrado de la grilla de la televisión por cable, CNN.

“99 periódicos regionales han sido ahorcados y han tenido que migrar al formato digital”, cuenta Antonio Pasquali. Tal Cual entre los convertidos en blanco. Diez procedimientos en tribunales en contra, a este periódico lo hostigaron con saña. Sin papel —lo controla el gobierno a través de la fundación Alfredo Maneiro—, tiene además prohibición de salida del país su fundador, Teodoro Petkoff, el Haudini que se evaporó dos veces de las mazmorras a donde lo encerraron como preso político, esa sesera caliente que ya una había pedido el gobierno como punto innegociable a la hora de perdonarle la vida al vespertino El Mundo. Sobre El Nacional pende la espada de Damocles. Ya actuó sobre El Impulso. Sigue un largo etcétera.

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Hegemonía Comunicacional. Dos palabras que juntas son contradictorias —la segunda es imposible con la otra—, el Ministro de Información, Andrés Izarra, dejaba en claro el porvenir, aquel día de 2009, cuando anuncia sin pudor y con todo el poder que así, con ese nombre, lo que está por vernir. Marcelino Bisbal no sabe si Andrés Izarra se inspiró en las peligrosas palabras de aquellos intelectuales brasileños que en tiempos de la dictadura de Getulio Vargas deslizaron: “Los medios no pueden ser divertimento y distención, tenemos que tener el control”. Lo cierto es que, aquí, hegemonía equivale a la distribución, para uso obligatorio, de mordazas.

Las redes sociales son el territorio donde se encuentra refugio. “Vemos la realidad fragmentada, los medios adelgazados cuentan de manera sucinta lo que cabe por el embudo de la estrechez, y los portales buscan sortear las guillotinas del control informativo publicando  las verdades contrarreloj”, observa la profesora e investigadora del Instituto de Prensa y Sociedad, Ipys, Mariaengracia Chirinos. El problema es el sistema. Como diría en las redes, el periodista Luis Carlos Díaz Vázquez “la rémora tecnológica que tiene el país no es casual, es pensada, deliberada, decidida”. El intelectual, profesor y escritor Carlos Delgado Flores asiente, “sí, tenemos el peor sistema de interconexión del planeta”.

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Además de que entre 2014 y 2015 se habrían clausurado 2.7 páginas web por día, el sistema, la plataforma, es roñosa. Se habla de velocidades de 10, 12 o más megas de velocidad más allá de las fronteras patrias, mientras aquí vamos a paso de morrocoy, no llegamos a los dos megabites. Por cierto, tampoco hay garantía alguna, si no que lo diga la gente de Armando.Info, con varios de sus periodistas en forzado exilio. Otros medios han recibido intempestivas visitas.

Cuando suman 71 procedimientos entre 2002 y 2017 contra periodistas, cuando ya son 99 las emisoras de radio fuera del aire, 44 medios impresos han dejado de circular — “Sucre no tiene periódicos”, revela Mariangracia Chirinos—, el gobierno “libera a Gilber Caro y a Daniel Ceballos, dos presos políticos, y les exige que renuncien a su derecho a decir, les exige silencio como moneda de cambio”, puntualiza Chirinos, y en su informe la oenegé Expresión Libre asegura que solo en 2016 se contabilizaron 123 casos de intimidación, 61 de censura y 54 de agresión, lo que suma 366 violaciones a la libertad de expresión, el panorama no luce alentador. Pero ¿cómo no persistir?, dicen los colegas con petos antibalas.

“!Y a quien no le guste que se vaya!”, dijo antes de irse aquél que juró violencia: “Vamos a freír la cabeza de los adecos en aceite hirviendo”, esta en particular otra promesa incumplida, gracias a dios. Queda igual el registro por escrito.