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El viaje verde y gris de Keila Vall de la Ville

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04/11/2016
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FOTOGRAFÍA: DAGNE COBO BUSCHBECK

Keila Vall de la Ville es poeta, narradora, antropóloga y también escaladora. Esta es su presentación formal, pero ella es más bien la mujer sensible que cae en paisajes y trepa abismos. Tocar el ser y escribirlo. Sus días los vive en Nueva York pero su mente no se desconecta de su Caracas natal. Presentó su novela Los días animales  y su último poemario Viaje legado

Vino, presentó la novela Los días animales, publicada por OT editores, y el poemario Viaje legado, editado por Bid&co. Se sintió conmocionada, como nunca antes, en el bosque de brazos que la cobijó y aplaudió su prodigalidad creadora, sintió también, como nunca antes, la cierta penumbra del paisaje torrentoso y esmeralda de la idiosincrasia que no solo la conminaba, sino que la seducía y la integraba, vio el Ávila de manera diferente, más cercano y mullido, más vivo y locuaz, y, metiéndolo en la maleta, admitiendo que siempre lo ha tenido consigo, en el pecho —“me lo llevo”—, se fue. A Caracas, hablamos del útero, del escenario completo, de la ciudad febril que en la falda rasgada exhibe trazas de batalla, ni siquiera consideró reducirla a souvenir. “A veces partir/ es quedarse/ estar/ es el viaje”.

Caracas no es parte, es el equipaje. A Caracas la tiene incrustada en la psique, en la risa, en el llanto, en la manera de hablar. Si Caracas muerde, si se hinca, si se clava, si duele, nunca es olvido. Si patalea, si se descota, si rasguña, si bate las pestañas, que también, ella la acaricia, la interpela, la exuda, y le dedica unos versos. “Caminaba la ciudad con mi casa a cuestas (…) Alguna explicación debe haber/ para la guayaba y la sonrisa tropical/ para la violencia monstruo (…) Poética violenta/ forma de acuerdo entre dos cuerpos/ en guerra librada/ sin ver/ Quebrada pero viva”.

Keila Vall de la Ville, fundadora en 2011 del movimiento Jamming Poético y autora del libro de cuentos Ana no duerme y del texto crítico en edición bilingüe Antolín Sánchez: discurso en movimiento, del pixel, al cuadro, a la secuencia, vive, por ahora, en New York donde cursó estudios de Escritura creativa (NYU) y Estudios Hispánicos (Columbia). Su currículo es tan intenso como su trazo en el delicado papel de seda que puede ser su piel. Que no distraiga su figura breve y la fineza de sus modos. La sensible escritora sabe ser tajante cuando escribe, no le teme al verbo morir y a sus secuaces, a las navajas y a los huesos rotos, y no es poco lo que ha promovido, rodado, entendido, soñado, escrito, estudiado, leído y escalado, esto último es literal. “(…) los hombres dicen quebrar para decir asesinar/ignoran que estoy quebrada ya/ rompen el tiempo”.

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A la carrera de Antropología y el magíster en Ciencias Políticas culminados en la Universidad Central de Venezuela —“sí, me faltó Letras, hubiera sido delicioso”—, le suma estas experiencias universitarias en las que se encuentra, por fin, con la palabra: llegadero, tope abierto, cima de la meseta en la que nada como pez en su elemento. La verdad es que fue su líquido amniótico, en ella se crió. Hija de madre cineasta y padre escritor, la palabra la acunó, le dio contexto y forma. Y tanto leyó, por razones académicas, por avidez de enjundiosa lectora, que para efectos de una sana circulación de las ideas —“yo digo que es una forma de retroalimentación”— comenzó a escribir. La intelectual y también deportista premiada —se sentiría como árbol de mango cargado— no pensó que los libros serían su vida. Supo que Antropología es el estudio del hombre y le bastó para inscribirse. Supo que Ciencias políticas estudia el pensamiento y las relaciones con el entorno, y se hizo de un cupo. Pero no imaginó que la palabra la definiría, si ello es posible, sería eje. Con el pasar del tiempo, escribir se convirtió en urgencia fisiológica, como llama a la vocación, Federico Vegas. “(…) La palabra ya no explota /vuela /se esfuma /justo acá/ donde nadie voltea a mirar./ Entonces pausa. /Salto /Pausa. /Me da una risa. La libertad me pertenece”.

Viaje este a la raíz en el que calzaron cosas y se agitaron otras, vio más congoja y sintió más calidez, más pesadumbre y más solidaridad, y entendió más la ciudad donde nació, estudió, se casó y nacieron sus dos hijos; tiene sentido lo de la retroalimentación: la novela Los días animales trata sobre eso: Julia, la protagonista, la escaladora, busca a alguien y termina por encontrarse a sí misma. Keila, escaladora que llegó a ser campeona suramericana, que remontaría el Roraima y los predios de las Cuevas de El Cafetal —“no para desafiar a la muerte o creerme una heroína, o sobarme el ego, más bien escalé siempre con lentitud, con devoción por la belleza del camino más que por coronar la cima”— se siente, mudanzas aparte, más cerca de sí. El puzzle, en apariencia, parece completado, aunque nunca se sabe, mejor.

La sabiduría de remontar atada al arnés la pared de roca —colocando con cuidado el clavo con el que se apoyará para el ascenso—, ha hecho maridaje con la habilidad para superar la página en blanco, esa provocación a la que le da combate con su respuesta de verbo franco, poético, que da zarpazos repentinos, con elegancia y razón. El aprender a qué asirse. El abrir el pecho —lo hace en yoga, lo hace al escribir, lo hace para vivir mejor— la libera y le abre también el pensamiento, “me ayuda en el trabajo”. Escalar es ir soltando y llegar a la cima es un logro que tocas más liviano. Así caen los lugares comunes, los prejuicios, se los traga el abismo.

Autora que adora leer y escribir varios textos a la vez y prefiere la mixtura y la ambigüedad de géneros y la laxitud de las etiquetas y catálogos a los límites, le seducen más que los corsés, la poesía cuando invade como río en conuco la narración, el cuento cuando le ríe los meandros catedralicios a la prosa novelística, la crónica cuando asecha el cuento. Tiene disciplina, eso sí, para desgajarse en el teclado. Antes de que nacieran los niños se despertaba a las cuatro de la mañana, ahora comienza a escribir luego que se van al colegio y el esposo se dedica a sus faenas. La suya comienza en la soledad y la incentiva un recuerdo, una obsesión, una idea fija, una necesidad de explicación. Es que dice que todo es de alguna manera biográfico. Luego de almorzar regresa siempre a lo desbrozado o a lo ya pulido, y luego camina o va en patineta por la ciudad y hace, impepinable, yoga. Rutina diaria, grosso modo, su figura fibrosa, ágil, condensada es también cuento en primera persona.

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Empacada en negro y con textiles que se adhieren con simpleza a su brevedad trabajada y conquistada, de moda urbana va, producen empatía sus frases inteligentes y concisas, embaladas en acento caraqueño y salpimentadas con los modismos de la urbe. Mente lúcida, cuerpo torneado, no cree en corsés políticos, religiosos, literarios ni de ningún tipo —está dicho— y salta a la vista que no le van, su cuerpo espigado susurra no complacencias a la platea sino rebeldías. Un cuido que es el cuido del ser. Cuido que ampara a los suyos. Combina en su gavetero personal los deseos de cambio que tallara en su personalidad la educación crítica que recibió con la necesidad vital de extraerle las mejores respuestas al presente sin fórmulas, sin demasiados apegos. Lucha con la palabra y cree en la paz. Sería una leona defendiendo a sus críos que lleva a guaridas lejanas y entiende la necesidad de construir poco a poco para que perdure. Qué duda cabe, es demócrata.

Con esperanza y en la gran manzana, monitorea la realidad de este valle. Allá come arepas en familia así como comparte cuentos, a los hijos de ocho y seis les lee aún. Lo que escribe lo lee, en cambio, a su marido, cuyo trabajo los mantiene entre ambas ciudades de exacto código telefónico, 212, las ciudades de su destino. “Él es uno de mis lectores favoritos, lee de una manera singular, no es humanista de formación pero es muy atinado en sus comentarios, me sorprende como nadie notando cosas”, dice enamorada. “Es uno de mis seres humanos favoritos sobre la tierra”. Se casaron hace diez años. Quería un rito, sellar el gesto, pero no se casó según ninguna doctrina, “pero fue una boda rebosante de afecto, de emotividad, todos los amigos, hace 10 años”. “Gesto invisible./ No es manto es á to mo/ Espuma de níspero/ pacto y suerte/ Separado del suelo los pies/ Ingravidez/ Chagall/ Así lo bautizo/ efecto Chagall”.

Conocedora a fondo de Venezuela y amante de la naturaleza, el paisaje sería tema de una de sus tesis, el paisaje como condicionante cultural, el paisaje como punto de partida y llegada, el paisaje como traje. Cada regreso es distinto, así como cambian los ríos, y cambiamos todos, la mirada no deja de hallar. “En este viaje me pasó algo mágico en el apartamento, le eliminé al balcón una rejilla de protección y cuando alcé la mirada fue como si el Ávila hubiera dado un salto hacia mí y se plantara en mis narices en todo su esplendor, como si lo hubiera revelado, descubierto”. Novedades del mientras tanto, la caraqueña que deambuló su infancia en Colinas de Bello Monte, que adora la filosofía y la ficción, que ha tenido petroglifos en las yemas además de letras y signos de admiración, que cree que la poesía puede leerse en todo momento y en todo lugar, que tiene blog y ahora mismo confiesa sentirse enternecida —por venir, por irse, por llegar— sonríe ante el asombro que produce aquella vena axilar que emerge de su antebrazo derecho, contenida por la piel, como un grito ahogado. Quieta bajo la superficie, no late; contenida por la piel, luce detenida como una lombriz ciega.

¿Qué vena es? ¿La vena de escritora? ¿La vena abierta de América Latina? “!No, cualquiera menos esa!”, ríe. “Un puño apenas, una herida/y se abre. Te expulsa la membrana como si fueses lluvia, salen los recuerdos catapulta/como gotas sin mojar”. KeilaVall de la Ville, “engendradora de todo lo que es susceptible de ser nombrado, parece haber sido facultada para descifrar lo que guarda la palabra original, desnuda”, dice Patricia Guzmán. “Rodeo al poema/ cuadrúpeda/ doy vueltas/lamo/ mis palabras/ las rodeo/ y sobre ellas me acuesto a dormir”.

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