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Jorge Rodríguez padre: mártir a juro

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30/07/2018
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FOTOGRAFÍAS: AVN

Un suceso marca la vida política de los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez: el asesinato de su padre en 1973. Recordado por unos como un revolucionario primigenio, ejemplo a seguir, y por otros como un militante de la izquierda nunca exitosa de otra época, en el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas este 30 de agosto, se cuenta la verdad de Jorge Rodríguez padre, el mito impostado del PSUV que aún sirve de base a discursos y justifica detenciones penales

Fue asombrosa la respuesta que me dio a la aparentemente vana pregunta, de las que se lanzan cuando la entrevista se encrespa. “¿Mi canción favorita? Hay una que me hacía llorar cuando era pequeño, tal vez un poco machista, Carta de Néstor, esa que cantan Los Terrícolas”. Que el psiquiatra y exalcalde de Caracas confesara eso a la revista Exceso, espontáneamente, lucía increíble. ¿Y pudo ser adrede? ¿Cómo que machista? “Repetir los nombres en los hijos puede ser complicado a la hora de construir la identidad propia”, añadiría. La canción dice: “…tienes que tener valor pues si dios te manda un hijo, por lo más grande te exijo, que no le pongas mi nombre para que no sea como yo”. ¿En serio, Jorge Rodríguez?

Pues Jorge Rodríguez (Barquisimeto, 9 de noviembre de 1965) se llama como su padre (Carora, 16 de febrero de 1942), el camarada que precisamente no está en casa cuando a Delcy Gómez, su mamá, se le presenta el parto, ah los violentos sesentas; y además de ser una prolongación de sus genes, es su espejo en el juego de luces y sombras. Aun en el contraste, el progenitor le pisa los talones para la comparación que los equipara o distancia. Aunque el actual Ministro de Información diga que no, y haya insistido más de una vez que detesta el rol de víctima, debió sin duda marcarlo la vida intensa, breve, suficiente del hombre aguerrido cuya biografía concluye de manera abrupta y violenta. La de su progenitor.

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Jorge Rodríguez padre se inicia en el fragor de las luchas estudiantiles. Activista que se coloca en la primera fila de los opositores al cierre de la universidad, protesta desde el Movimiento de Renovación Universitaria contra el “asfixiante” gobierno de Rafael Caldera, el primero (1969-1973). Fundador del MIR –junto con Moisés Moleiro, Héctor Pérez Marcano y Domingo Alberto Rangel–, la organización que nace el 8 de abril de 1960 de una escisión traumática de Acción Democrática, luego que un puñado de jóvenes, él a la cabeza, admite que prefiere al barbudo Fidel Castro que al demócrata de la pipa Rómulo Betancourt.

Luego del fracaso del golpe llamado Carupanazo (9 de mayo de 1962) y de la inhabilitación política a la que son confinados, y no satisfecho con la índole radical del partido rojinegro, a su vez hace tienda aparte con el tajo que rebanan al MIR: el 19 de noviembre de 1973 convoca a los inconformes –con él Fernando Soto Rojas, Julio Escalona, David Nieves- a la creación de la Liga Socialista, “partido revolucionario y de masas”, que abjuró del “feudalismo” y del que fue su Secretario General. La Liga Socialista tendrá un brazo armado, la Organización de Revolucionarios (OR), que se compromete con la razón del fuego.

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Quienes conocieron al maestro normalista Jorge Antonio Rodríguez lo definen como dogmático, tenaz, estudioso, no precisamente un exaltado orador, no el más carismático, no el del verbo más seductor. Lo recuerdan además como un hombre frágil de contextura pero “valiente de cuerpo”, como de él dice Américo Martín, compañero del MIR. Hombre de armas tomar, Jorge Antonio Rodríguez renegó del sistema y exhibió contra todo pronóstico, según testimonios de observadores de primera fila, un increíble talante accesible.

Jorge Rodríguez hijo, el psiquiatra egresado de la Central, el de la lengua atroz y la sonrisa a medias, de la que cuelga una frase deslizada con sorna, es cada vez más inaccesible, y aunque hable de conciliación, y diga que sí, claro, que hay que dialogar, no da muestras de tener la intención de modificar un ápice sus creencias en el fracasado, desnaturalizado, fallido modelo que defiende.

José Vicente Rangel fue quien denunció la atroz muerte de Jorge Rodríguez, el aguerrido combatiente comprometido hasta los tuétanos con el marxismo (de la tendencia leninista maoísta) que tenía apenas 34 años cuando perece a manos de los policías que lo torturan, dejando huérfanos a sus hijos, Jorge, entonces de 11 años, y Delcy Eloína, la actual ministra de Relaciones Exteriores, de 6.

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Décadas después, “el icono de los derechos humanos y hombre de indudable ética” que conduce José Vicente Hoy –como lo califica el psiquiatra al promocionarlo por sus redes sociales-, sería el mentor del hijo, según una leyenda que él, sin embargo, desmiente. “Solo nos vemos cada 25 de julio, en el cementerio, en el aniversario de la muerte de mi padre”.

Jorge Rodríguez padre fue detenido tres veces. Una de esas ocurre en 1972, luego que se enfrenta a las fuerzas que quisieron cerrar la UCV; entonces es apresado por el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (Sifa), desde donde dirige la huelga de hambre de los presos políticos. El hijo, que sí accede al poder –llega a ser Vicepresidente de Venezuela- se ubica en la nomenklatura del PSUV, la camarilla de los que deciden, y avala por manpuesto a quienes ahora asfixian a la UCV y ponen en tres y dos su autonomía.

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Es la detención que hace la Disip el 25 de julio de 1976 la que deviene en fatalidad. Jorge Rodríguez muere por la tortura que le infringen los investigadores que querían a toda costa que cantara, que confesara el paradero del industrial William Frank Niehous, secuestrado el 27 de febrero de 1973.

Operación a cargo del Partido de la Revolución Venezolana (PRV), y cuyo artífice es Carlos Lanz, Niehous es mantenido en cautiverio por la gente de la Liga y probablemente por otros militantes de la izquierda que se suman. “Había que compartir la carga que suponía mudarlo cada cierto tiempo para desorientar a los detectives de la Disip sin levantar sospechas, fue secuestrado en su casa y aparece tres años después, en junio de 1979, en una finca en Apure”, explica un izquierdista desde la barrera, “y debían turnarse en las vigilias, darle alimento y cobrar la plata de la extorsión, vacuna que no se cobró al final sino varias veces mientras duró el secuestro”.

El 23 de julio Jorge Rodríguez no llegó a casa, un apartamento en el bloque 10 del sector UD3 de Caricuao. De una reunión del comité político de la Liga, en la avenida Sucre, es apresado frente al liceo Miguel Antonio Caro, separado de sus compañeros de organización y llevado al retén de Los Chaguaramos. El 24 en la tarde lo sacan para torturarlo y lo regresan el 25 agonizando, cuando ya no hay nada que hacer. El 27 de julio lo dice la prensa.

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La captura, según el decir de políticos que fueron sus allegados, también incluyó a Salóm Mesa Espinoza, Carlos Lanz, Iván Padilla y David Nieves. La versión que se toma por cierta señala a Padilla: agobiado por la tortura, habría cantado. A la pregunta de dónde está Niehous rebotaría la respuesta, dicen, a los otros compañeros para protegerse. Hoy por hoy, Padilla y Nieves, al parecer, no se hablan. Este último, logró por votos en 1976 una curul en el extinto Congreso y salir del calabozo por la inmunidad parlamentaria, como no la respeta el actual TSJ, y mientras exculpa a Rodríguez de estar involucrado en el cautiverio del gringo, acusa al jefe de seguridad de Henry Ramos Allup, Coromoto Rodríguez, de ser su torturador.

Otra suerte, la peor, le tocó a Jorge Rodríguez. Le parten siete costillas, le hunden el tórax y le desprenden el hígado esperando que suelte información: un infarto vendrá en su auxilio.

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Niehous, por su parte, tras haber sido raptado en su residencia, la familia maniatada, permanece, tres años más en cautiverio sin comunicación. Nunca se recuperará del todo de la experiencia, de vuelta a Estados Unidos, considerado por los involucrados en el desmán “un espía del imperio, involucrado en la caída de Allende”, permanecería en Ohio en una casa de atención.

Y los policías irían presos con una condena de 20 años. Aunque Jorge Rodríguez y Delcy digan que aquel acto salvaje ejecutado con saña quedó impune, y enfatice la actual Canciller que su padre nunca ha sido vengado, porque los asesinos de la Cuarta “nunca pagaron por ello”. “Mi padre fue brutalmente asesinado cuando tenía 34 años de edad”, ha dicho con razón, “por la derecha fascista”, apunta Delcy Rodríguez. “¡Tus asesinos son los mismos que hoy agreden al pueblo y amenazan sus sueños de luz y esperanza! ¡La oposición fascista más nunca volverá!”, añadió al invitar al pueblo a asistir al Teatro Teresa Carreño para rendir homenaje a Jorge Antonio Rodríguez. “Aún sus asesinos siguen libres y la Justicia ha resultado ineficiente para castigar a tanto los culpables materiales como intelectuales de este aberrante hecho”, la secundaron en coro desde el PSUV.

“Pero eso no es verdad, que yo sepa sí fueron a la cárcel con una condena de 20 años”, ataja Carlos Raúl Hernández, persuadido de que no es poca cosa un dolor semejante, traumático, no cabe duda de ello; y compara el talante acre de Jorge Rodríguez con, por ejemplo, la postura emocional de Michel Bachelet, a quien también le matan a sus padres en tiempos de Pinochet. Hernández considera que es posible escoger cómo asumir las tragedias, cómo superar las heridas. “Tampoco Luis Miquilena, a quien torturó la Seguridad Nacional y pararon sobre rines durante días en las mazmorras de la dictadura, es una persona amarga… Conozco hijos de gente torturada en aquellas cárceles que no son así”. Jorge Rodríguez no cree representar un personaje hamletiano, el del vengador del padre, así lo ha dicho: “Yo he dado pruebas de que no guardo ningún tipo de resentimiento. Soy amigo personal de la hija de uno de los torturadores de mi padre”, suelta.

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Jorge Rodríguez defendió la lucha armada casi hasta el fin, terrible fin, de sus días. “El Socialismo se conquista peleando”, sería su grito de combate. Y los pesuvistas conectarán con la insurrección de manera natural, como si no hubiera ocurrido la pacificación, caído el muro de Berlín o desintegrado la URSS, creyendo en el mismo método que a medio mundo ha defraudado.

Pero el insurgente, al parecer, experimentaría a última hora, sin embargo, un deseo de recomenzar con otros procedimientos, de resetearse. Sin modificar la teoría, sin ánimos de dejar la ideología, eso nunca, parece que pretendió modificar las formas de lucha para por fin acceder al poder y conquistar los objetivos que fundamentan la causa. Así que inició una prédica a favor de abandonar el fusil, según recuerda Américo Martín distanciado de él desde que asumió el regreso de la montaña y aquél persistía en apostar por ella.

El cambio asumido lo demostrará Rodríguez en aquella visita que le dispensa ¡al cardenal José Humberto Quintero! para que quede constancia de sus nuevas intenciones. Su expresa decisión de sumarse a los que se habían asimilado a la legalidad coincidirá con la circunstancia oscura del secuestro de Niehous.

Por quítame estas pajas, o balas, en realidad no es lo mismo, la izquierda viviría entre otras cruentas circunstancias la de la división; acaso por ello se llamarían célula. “Entonces la vida política en realidad no era muy política, se vociferaba, se hablaba de enemigo, no de adversario… sí, como ahora”, recuerda lo que sería aquel movimiento telúrico, el sismo y sus réplicas, Américo Martín. “Pero éramos no solo pocos, sino más o menos los mismos, del MIR –Movimiento de Izquierda Revolucionaria- salen Bandera Roja, el grupo de Carlos Betancourt y Gabriel Puerta Aponte, que fundan el 20 de enero de 1970 con una tendencia eminentemente rural guerrillerista, y la Liga y OR. Pero en realidad los miembros de uno y otro, en esta caso, eran los mismos, ibas a la acera de enfrente y estabas en OR, regresabas, y estabas en la Liga”, ironiza Rosa Estaba, integrante de aquella tolda rojinegra que se fusionó con el MAS en 1988.

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“La realidad es una cosa increíble, no siempre la vemos, en la izquierda estábamos absolutamente divorciados de ella”, asesta Estaba. “Éramos del MIR y todos pensábamos que el día de las elecciones, las de 1968, iba a ocurrir algo tremendo, algo inesperado, que se iba a armar un zaperoco, fantaseábamos con la sublevación del pueblo en contra del sistema… y no pasó nada que no fuera lo usual: el pueblo venezolano se volcó a la urnas”, sonríe. “Jorge Rodríguez se vino a casa, como todos, que equivale a decir como el puñito que éramos, cuatro gatos, y pensaba que ese día se iba a encender el candelero, ¡qué equivocados estábamos!”, recapacita. “Los venezolanos, que nunca nos prestaron pizca de atención, menos mal, estaban en lo correcto”, suspira la prima de Américo Martín, mujer que dejó de ver a Rodríguez luego de que la causa se volvió plomo, plomo que apunta, y plomo en el ala.

Su cuerpo tenía múltiples marcas de quemaduras ocasionadas por electricidad y cigarrillos, según ha trascendido. Iba a ser enterrado en el Cementerio del Este pero, según apuntan las páginas virtuales afectas al oficialismo, la gerencia del camposanto demostró poca diligencia por lo que se llevó al Cementerio General Sur. Delcy Rodríguez, por su parte, insiste en decir que los responsables de la muerte de su padre han sido vencidos por la Revolución Bolivariana. “Quienes te apartaron del camino no sabían ni saben que abrieron millones de caminos a la redención de nuestra Patria”.

Como camino abrieron los nietos del revolucionario. “Mis hijos siempre me acompañan y se mantienen pegados a mí. Yo no soy padre de fines de semana y no lo digo de forma egoísta”, dijo Jorge Jesús Rodríguez Gómez en 2004. Hace pocas horas partieron de Caracas y se despidieron de Venezuela los tres jóvenes rumbo a Australia. Lucía, la mayor, se llama así también por una canción, esta, la de Joan Manuel Serrat.

Este video documental, publicado en la cuenta oficial de Youtube de la Alcaldía del Municipio Libertador, fue transmitido en cadena nacional el 25 de julio de 2013.