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La democracia antes de Chávez sí hizo

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Buena parte del país que se conoce hoy se sostiene gracias a las obras construidas entre 1958 y 1998, cuarenta años que con sus luces y sombras marcaron el ingreso de Venezuela a la modernidad

Es el producto de la mezcla entre una vieja leyenda negra y una nueva mentira roja. La conseja que repiten por igual los adoradores del general Marcos Pérez Jiménez y los devotos del comandante Hugo Chávez. “¡En la IV República no se hizo nada!”, sentencian con tono cuartelario quienes afirman que en Venezuela hasta la obra civil es militar. “La infraestructura construida en esa época es la que aún hace posible hoy día que podamos disfrutar de servicios de agua, electricidad, transporte, salud y educación. Si desapareciera todo lo construido en esos cuarenta años, me atrevo a decir que seríamos un gran desierto, con algunos ‘elefantes blancos’ como el Helicoide”, responde Celia Herrera, ingeniera civil especialista en diseño de carreteras.

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Junto a sus colegas Manuel Bengaray —ya fallecido— y Eduardo Páez-Pumar, Herrera realizó una lista con las principales obras levantadas entre 1958 y 1998. “De la democracia quedó el puente Rafael Urdaneta, que se hizo en solo tres años y medio y que sigue siendo el único sobre el Lago de Maracaibo, dando conexión regional e internacional; el complejo hidroeléctrico del Guri, que nos llevó a ser los primeros en generar hidroelectricidad; y el Metro de Caracas, que constituyó un ejemplo regional de transporte masivo subterráneo”, subraya la profesora de la Universidad Central de Venezuela UCV).

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El Teatro Teresa Carreño y Parque Central. El primer puente colgante sobre el río Orinoco y el Puente Internacional José Antonio Páez. La Universidad Simón Bolívar (USB). El complejo petroquímico El Tablazo. El Hospital Miguel Pérez Carreño y la urbanización Caricuao. La represa de Camatagua y toda la industria del aluminio. Autopistas, sistemas de riesgo, escuelas y viviendas. El legado material de la llamada IV República es extenso.

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Cara y cruz

El profesor Marino González propone dividir en dos el periodo comprendido entre 1958 y 1998, con la finalidad de medir con justicia la huella que dejó en la historia nacional. “La primera parte sería desde 1958 hasta finales de los 70, que marcó un avance importante. En cambio, la etapa posterior hasta 1998 registró un quiebre de las reglas que sumergió a Venezuela en una dinámica de mucho empobrecimiento”, plantea el experto en políticas públicas.

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La fase inicial tuvo su origen en el programa mínimo de gobierno que, el 6 de diciembre de 1958, firmaron los candidatos presidenciales Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Wolfgang Larrazábal. “Casi todo lo que se acordó allí se cumplió de alguna manera”, recuerda González. El pacto político allanó el camino para la redacción de una nueva Carta Magna, la profesionalización de la Fuerza Armada, la preeminencia del poder civil sobre lo militar, la regularización de las relaciones con la Iglesia, el fortalecimiento de la empresa petrolera y la petroquímica, el impulso de la reforma agraria, la sustitución de importaciones y la ampliación de los servicios de salud y educación, entre otros.

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El investigador apunta que, en sus albores, la democracia venezolana apostó por la planificación y la continuidad de las obras emprendidas en el pasado por los gobiernos de Eleazar López Contreras y del propio Pérez Jiménez, al tiempo que respetaba las “rutinas institucionales”. “No se gastaba sino lo que entraba, el país no se endeudó y se impuso la política de mantener el valor del bolívar, todo ello en un clima político de apertura con una economía en crecimiento y poca inflación”, describe el magíster en ciencias políticas.

González resalta que el mejoramiento de la infraestructura en general vino de la mano de un proceso de formación de recurso humano en centros internacionales de excelencia. “Antes de la creación de Fundayacucho —programa de becas lanzado en 1974— ya se enviaba a funcionarios al extranjero. El capital humano detrás de esas obras era inmenso”, enfatiza el académico de la USB.

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La oscuridad llegó con aquel viernes negro de febrero de 1983, según el analista. La regla fiscal voló por los aires, la moneda cayó, los precios subieron y explotó la deuda venezolana, mientras la fragmentación y los desacuerdos cundían en la arena política. “A partir del viernes negro, empieza una dinámica de empobrecimiento que se extiende durante los 80. Se pierde la brújula y la actividad petrolera no se acompañó con el desarrollo de otros esquemas productivos complementarios. Ese es el antecedente de la crisis bárbara que se registra en los 90”, observa González.

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El contraste

Herrera opina que en esto de las obras públicas, la IV supera con creces a la V República. “Esta ingeniería del chavismo, que un viceministro me definió como fast track, hace pero no toma en cuenta las buenas prácticas, los estándares de aseguramiento y control de calidad, no tiene políticas coherentes, no planifica, diseña, construye, opera ni mantiene”, cuestiona la directiva de la Sociedad Venezolana de Ingeniería de Transporte y Vialidad.

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“Las obras sobrepasan los costos originales, se asignan a dedo y no respetan la Ley de Contrataciones. Asimismo, privilegian a extranjeros y se extienden en el tiempo sin rendir cuentas, causando pérdidas tangibles e intangibles como ocurre con el sistema de transporte masivo de Caracas-Guarenas-Guatire, que debió estar listo en 2012 y ahora es que le falta. Eso somete a los habitantes de la región a dos horas y media de tiempo productivo perdido en colas”, critica la profesora de la UCV.

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Para ilustrar su punto de vista, Herrera cita un par de ejemplos más. “Inauguran una ampliación de la avenida Boyacá y en tres semanas remueven el pavimento completo porque había quedado horrible. Luego, amplían la autopista Valle-Coche interviniendo la canalización del río Valle, que es de lujo, y con apenas dos lluvias tontas en la ciudad ya se produjeron dos desbordamientos de un río del que no hay histórico de haberse desbordado nunca antes en 50 años”.

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González advierte otro fenómeno que se presentó a finales de los 90. “En términos institucionales, el chavismo comienza en un periodo donde se había producido un quiebre producto de las tendencias descentralizadoras”. A su juicio, en esta fase “la administración pública entró en un vacío, se queda el país sin centro técnico y el desarrollo de los recursos humanos se empieza a hacer de manera muy desigual. Entonces, puedes ver servicios de salud en Aragua muy superiores a los de Anzoátegui”, comenta.

El catedrático sostiene que “cuando el difunto presidente Hugo Chávez buscó recentralizar, ya se había creado ese vacío técnico. Este es uno de los factores que explica este marasmo, en realidad, el país tiene un problema serio de administración pública”, alerta.

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Final infeliz

El exsecretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), Ramón Guillermo Aveledo, escribió un libro titulado La 4ta República. La virtud y el pecado que reivindica los logros de los gobiernos civiles e identifica algunas de las fallas de aquellos años. “Se ha diagnosticado que esas cuatro décadas cerraron su ciclo a causa de la corrupción. Creo que la verdad es que su ocaso está más relacionado con el colapso del modelo rentista que no supo superar y con el alejamiento entre los partidos políticos y la sociedad toda”, manifiesta el antiguo dirigente del partido socialcristiano Copei.

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Al momento de hacer su balance, Aveledo llega a las siguientes conclusiones. “En cuanto a convivencia, el haber fue lograrla y mantenerla. Y el debe no valorarla. En cuanto a instituciones, el haber fue organizar poderes equilibrados y ensayar la primera, y hasta ahora la única, experiencia sostenida de poder distribuido, limitado y despersonalizado de nuestra existencia republicana. Y el debe, no desarrollar conciencia institucional. En lo social, el haber fue la transformación radical de Venezuela y la educación de la abrumadora mayoría de los venezolanos. Y el debe, no haber logrado en la medida deseable la integración de esa sociedad nueva y compleja. En lo económico, el haber es la modernización y diversificación del aparato productivo. Y el debe, no haber superado el rentismo para poder generar prosperidad sustentable para todos”.

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Y continúa: “En lo petrolero, el haber es la madurez para buscar y lograr el progresivo dominio de nuestro principal negocio. Y el debe, no haber sacado todo el provecho posible en desarrollos aguas abajo y con inversión de los ciudadanos. En la infraestructura, el haber es una descomunal transformación del escenario nacional y el debe, nuestro inveterado descuido con el mantenimiento”.

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Aveledo considera que el crédito de la IV República es mayor que su deuda. Sin embargo, termina sus cuentas con un dejo de amargura. “El logro más grande los cuarenta años es haber demostrado que podíamos vivir en libertad y en paz, y el fracaso más triste no haber aprendido a defenderla y mejorarla”.

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