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Mi protagonista eterna

cuna de lobos telenovela
04/07/2019
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TEXTO: VANESSA ARDILA | PORTADA: TELENOVELA CUNA DE LOBOS

El profesor y poeta venezolano, Rafael Castillo Zapata, en uno de los poemas de Árbol que crece torcido, expresa “A mí la poesía/ me viene de mi madre”. Yo puedo afirmar que a mí la telenovela me viene de mi Mamama. Una vida contada como de telenovela, la que enseñó a ver y valorar cuando la sociedad se contaba a través de las pantallas

Cuando el transporte del colegio nos dejaba a mis hermanas, a mi prima y a mí en la vereda cuatro de Coche, se iniciaba una puesta en escena que se repetía de lunes a viernes entre 1 y 4 de la tarde. Después del almuerzo, seguían las horas de las “comedias”, que eran sagradas e infalibles; entre el olor a tajadas, caraotas y carne mechada, se develaban, en la pantalla del televisor, historias que se sentían como propias porque ella las vivía de esa manera.

Las vivencias y padecimientos de cada personaje, bueno o malo, eran experimentados con tanta firmeza que ella peleaba con la pantalla. Cuando una escena no le parecía creíble o algún punto de giro no le convencía, decía “eso no es así”. Cuando el personaje femenino antagonista hacía algo malo exclamaba, “pero ¡qué perversa esa mujer!”. Cuando la figura central hacía alguna tontería, “pero ¡cómo puedes ser tan zoqueta!”. Cuando el personaje masculino resultaba engañado por una mujer, “eso te pasa por fijarte en esa víbora”. Este palpitar entre historia e historia era ella sentada protagonizando cada emoción que se presentaba en la pantalla.

José Ignacio Cabrujas, uno de los dramaturgos más importantes de Venezuela, definía la telenovela como “el espectáculo del sentimiento”. Para mí, el verdadero espectáculo era verla viviendo intensamente esos sentimientos. Era tan común escucharla contar a cualquiera “sabes que a esa muchacha intentaron matarla y ahora está en el hospital”, a lo que el interlocutor contestaba “pero ¿a quién le pasó eso?”, y ella respondía “A Margarita ¿no sabes quién es? La protagonista de la comedia de las dos de la tarde”.

Ella fue el personaje central de cada telenovela que marcó mi infancia-adolescencia. La elegancia, el estilo y el carácter le eran tan propios que bien hubiera podido representar la escena de Adriana Rigores bajando por las escaleras cuando se presentó nuevamente en sociedad como Ximena Sáenz (La dueña). Nunca olvidaré su expresión de asombro cuando Catalina Creel se quitó el parche para develar que nunca había perdido el ojo (Cuna de lobos).

Cada vez que se acercaba un capítulo final, se le veía nostálgica y melancólica porque una de las “comedias” que tanto la movía estaba por terminar, sentía el deseo inagotable de una historia permanente y yo compartía este sentimiento con ella. Pero, luego, cuando otra telenovela empezaba y la atrapaba, se alegraba y volvían las vivencias y sinsabores de nuevos personajes que asíamos para nosotras, yo a través de sus ojos, yo a través de sus expresiones, yo a través de todo lo que me daba a diario.

Sus vivencias y frases, su capacidad de asombro, de conmoción ante estas historias se fijaron en mí como un abecedario nuevo con el que, sin querer, bauticé mundos e imaginarios sentimentales. No fue sino hasta años después que hice consciente las enseñanzas que me regalaba diariamente con las telenovelas; ella protagonizando todo, ella siendo el centro de mi universo, ella representando a una primera actriz, ella peleando contra las injusticias, ella y su voz melodiosa repitiendo: “Mira, Vanessita, eso le pasó a esa muchacha por zoqueta, no le estés creyendo a todo el mundo, la gente engaña y pueda ser muy mala”, “La decencia va más allá de una ropa”, “No vayas a sufrir por los hombres, ellos no valen la pena”, “No es feo, tampoco es bonito, es un hombre normal”.

Todas estas expresiones hicieron eco en mí, en la carrera universitaria que estudié, en mi capacidad afectiva, en la forma como también me siento a disfrutar de historias de amor en pleno siglo XXI, en mi gusto hacia un género que define buena parte de lo que soy porque ella construyó mi infancia todos los días en silencio.

Desde el deseo pueril más ingenuo, imaginaba que ella tendría el don de la eternidad; pensaba que ella envejecería conmigo y hablaríamos de telenovelas por siempre defendiendo a los buenos y peleado con los malos, jugando a ser maniqueas, jugando con los personajes, jugando con los argumentos. Ella, mi protagonista de hierro, a la que nunca imaginé en un capítulo final, porque ella sería una historia perpetua, partió del papel más importante que desempeñó en mi vida, el de abuela, el de mi Mamama. Su ausencia física me ha despojado por instantes del final feliz porque la palabra fin no se parece a ella, pero si algo me enseñó fue a vivir el dolor de la misma manera en que se vive la felicidad porque no hay otra forma de vivir las emociones; para llegar a la redención es inevitable su tránsito, por eso hay que pasar por la tristeza de la ausencia, de la pérdida, de la partida, de la despedida.

Para mi protagonista eterna debe conjugarse la acción del recuerdo en presente y futuro, sus ciento veinte capítulos serán repetidos no solo en mí, sino en cada una de las personas que tuvimos la oportunidad de presenciar su puesta en escena con el papel más destacado de todos, el de una mujer regia, fuerte, imponente y, profundamente, hermosa. Su historia será convocada por todos aquellos que tuvimos la dicha de disfrutarla y amarla. El final se convertirá, dentro nuestra memoria, en un reinicio permanente de su primer, segundo, tercero, cuarto y sucesivos capítulos.