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Parir, literalmente, en medio de la crisis

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19/09/2016
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: ANDREA TOSTA

Traer una nueva vida al mundo siempre desata innumerables miedos en las madres, pero en el país se le agregan variables que resultan angustiosas y que causan incertidumbre. Los nueve meses de gestación se combinan con peregrinaciones por farmacias y clínicas. El bolsillo se vacía a medida que las preocupaciones se apilan

La conjunción entre la crisis social y económica que atraviesa el país y los temores propios y justificados de traer una nueva vida a este mundo puede convertirse fácilmente en un germinador de miedos que las madres venezolanas tienen que aprender a depurar de malezas. La falta de medicamentos es quizás la semilla que más se reproduce entre las procreadoras, y las solicitudes de fármacos, desde el básico ácido fólico hasta otros más específicos, se multiplican en redes sociales, grupos de chats familiares y listas de espera en farmacias.

Verónica Chacín, de Ciudad Ojeda, pidió por meses clindamicina a través de Twitter para su hermana, quien tiene ocho meses de gestación. La mujer padece de bartolinitis, una enfermedad que causa la inflamación de las glándulas que lubrican la vagina situadas entre los labios mayores y la pared vaginal. Al obstruirse el orificio por el que sale el líquido que secreta la glándula, se producen acumulaciones, y si hay infección el bulto se llena de líquido purulento y adquiere mal olor. “Cuando estaba embarazada de su primera hija se le desarrolló la bartolinitis. Se tenía que operar, pero no quiso. Ahora con su segundo hijo volvió y se le infectó. Ahora es peligroso operarla por el bebé. La doctora le mandó la clindamicina y al final lo encontramos con alguien que nos lo vendió en 70.000 bolívares”, cuenta la mujer sobre el fármaco que en farmacias debe costar 500 bolívares, cuando se consigue.

Los gastos y las preocupaciones habituales que vienen con un embarazo se incrementan ante la incertidumbre. “Lo que te pregunta la gente cuando te ve la barriga es ‘de dónde vas a sacar los pañales y la leche’. Los pañales los he resuelto con bachaqueros, la última vez compramos un bulto de 15 paquetes y nos costó 112.500 bolívares. La leche sí no me atrevo a comprársela a los bachaqueros por los rumores de que la llenan de cal y no te das cuenta hasta que el niño se pone mal. Eso decidimos comprarlo afuera, igual que los teteros y el esterilizador, porque aquí eso te puede costar más de 150.000 bolívares y afuera unos 50 dólares”, relata Luciana Santavenere, de 28 años de edad, quien tiene planificado su parto para octubre.

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Las medicinas también le quitan el sueño, pues “son un lío”. Las vitaminas no las consigue en Venezuela y optó por recorrer farmacias pequeñas para conseguir el hierro y el calcio que le recetaron. Por la escasez de medicamentos para recién nacidos, le dijo su ginecobstetra, debe inyectarse Betagen para ensanchar los pulmones del bebé. “Lo conseguí solo en Locatel de la Yaguara. Eran dos dosis de 12 mg, pero ese no se consigue, así que serán tres dosis de 4 mg”. Las matemáticas y la química combinadas con la fe.

Golpe al bolsillo

La salud pública no levanta cabeza. Pocos sienten que el servicio prestado en instituciones estatales pueda “curarlos en salud”. La alternativa, sin embargo, es más que prohibitiva. Acudir a un centro privado puede resultar en el gasto monetario más abultado. Por ejemplo, una cesárea en el Centro Médico de Caracas, cuesta 800 mil bolívares; y en la Policlínica Méndez Gimón puede llegar a 700 mil bolívares, al igual que en la Policlínica Metropolitana.

“Yo dije que no quería hacerlo en una clínica. Voy a tenerlo en Aquamater, en Chuao, que es un parto más humanizado, con una atención más personalizada. Ahí me sale 40% más barato que en una clínica”, cuenta Santavenere.

Los altos precios obligan a algunas madres a moverse incluso de ciudad para abaratar costos sin sacrificar la atención de sus pequeños. La ginecobstetra Patricia Cartía ha recibido en la Clínica San José de Maracay, estado Aragua, a pacientes de Puerto Cabello, estado Carabobo. “Allá les cobran 440.000 bolívares, y aquí están en 240.000 bolívares”. Y así, como si se estuviera peregrinando por los ansiados pañales, comienza el recorrido para encontrar una buena clínica y un buen precio.

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Jenni Barreto, que atendió todo su embarazo en el Instituto Clínico La Florida, en Caracas, necesitaba un centro con terapia intensiva. Sus opciones eran el Centro Médico de Caracas o la Maternidad Santa Ana. Al final consiguió un cupo en la clínica ABG de Guarenas, donde le cobraron 250.000 bolívares por la cesárea. “También hay que decir que las solicitudes de esterilización quirúrgica han aumentado brutalmente por la falta de anticonceptivos orales y dispositivos intrauterinos”, advierte la doctora.

El dilema

Más allá de lo económico, la crianza de los niños en un país convulsionado es una constante que se repite una y otra vez en los pensamientos de las madres. Mientras la sociedad apunta a la debacle, o se regodea en ella, quienes piensan en la siguiente generación se asustan.
“Nosotros nunca habíamos pensado en irnos de Venezuela. Yo no quería ni quiero, pero tener un bebé te cambia. Decidimos esperar hasta el año que viene a ver si comienza a mejorar algo, y si no empezaremos a plantearnos esa posibilidad”, comenta Santavenere.

No es un tema de novatos, ni de jóvenes. La incertidumbre comparte espacio con la placenta. Si el embarazo llega por sorpresa, los “y si” se agolpan. “Tengo 40 años y hace 25 que tuve a mi primer hijo y te podrás imaginar la sorpresa cuando supe que estaba embarazada. Los primeros meses me afectaba mucho la situación del país, los pañales, la leche, las medicinas, que es lo que más necesitan los bebés. Cómo hace uno para decirle que no hay algo. Además, hace 25 años la vida era otra, el país y la cultura eran otros, pero hay que echarle pichón”, cuenta Shirley Carrizo, quien tiene 15 días con su nueva hija en brazos.

Cuando llegó a su primera consulta con el obstetra estaba llena de miedos. Su edad y la cantidad de años que habían pasado desde su primer hijo la hacían sentirse como primeriza. Ahora confía en que la situación del país cambie para que sea un lugar mejor para su bebé. “Para irse del país hay que pensarlo bien, tengo muchos conocidos que se han ido y han vuelto. Si estuviese sola tal vez me voy. Con un niño pequeño se complica. No es que aquí esté bien del todo, pero es mi país, tengo la convicción de que aquí estoy mejor que en otra parte”.

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Especial atención

La psicólogo social Yorelis Acosta es pesimista: “los retos para las embarazadas son los peores: la escasez le ha complicado la vida a todo el mundo. Al hecho de ser madre le sumamos preocupaciones que no debemos tener. Tenemos la agenda y las relaciones sociales alteradas”. Pero la realidad es que las crisis no aturden la procreación. Incluso en los países en los que ha habido las guerras más cruentas, la gente igual concibió hijos. No es un proceso que se detenga.

“Ahí el reto es afianzar las creencias de cómo queremos que nuestros hijos crezcan. En medio de las dificultades hay que mantener los esquemas de valores que deseamos. Además, en medio de todas las ocupaciones que se tienen para mantenerse operativo económicamente, hay que garantizar el tiempo de calidad. Está demostrado que el estímulo más provechoso y contundente para que los niños se desarrollen mentalmente bien es la presencia de los padres”, explica el psicólogo Abel Saraiba.

El especialista advierte que las venezolanas, por el contexto en el que viven, tienen altas probabilidades de padecer depresión posparto. “Ese es un problema común en todo el mundo porque hay preocupaciones sobre el rol que se va a ocupar y hay cambios hormonales. Pero si a eso le sumas la preocupación por la situación del país, la dificultad para conseguir medicamentos, si la persona está tan preocupada por la subsistencia que no se ocupa de su salud mental, puede haber depresión. Se suman muchos traumas, mucho dolor, mucha angustia, y eso es algo que necesita acompañamiento. En esos casos hay que buscar ayuda porque esos primeros momentos no tienen por qué ser una tortura”.

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Además, sobre la crianza, recomienda explicarles a los niños la realidad. Negarles lo que ocurre puede llevarlos a un contraste muy doloroso entre lo que se les hace creer y lo que ven a medida que crecen. “Ante las cosas negativas hay que explicarles por qué están mal. En la medida en que podamos darles a entender lo que les corresponde a su edad les daremos herramientas para crecer en un mundo en el que vean cosas no tan buenas las identifiquen como tal. Las cosas malas los podemos transformar en momentos educables”.

Con los años, dice el médico, la poda de la maleza que comenzó con los miedos del embarazo tiene que ser cada vez más acuciosa y apuntar a lograr un ciudadano que crezca con las mejores herramientas posibles, aun cuando el contexto país poco ayude para lograrlo.