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Todo se vende, hasta la basura

240817 Cachivacheros FOTO Antonio Hernández
04/09/2017
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FOTOGRAFÍA: ANTONIO HERNÁNDEZ

Todo se vende y nada se bota. Desde que la crisis arrecia lo que antes se consideraba basura o desechos, ya no lo es tanto. Proliferan las ventas informales de artículos de segunda y hasta “tercera mano”

Sobre el mantel en el suelo hay una revista Vanidades con las páginas arrugadas, una chemise verde desgastada, unos pantalones con el bordado descosido, la pintura de una bahía, un cenicero de plástico y un retrato en madera del Rey León que parece haber salido de algún cotillón. No están puestos allí para ser desechados. Todo lo contrario. Jesús Morales lo que pretende es venderlo todo. Y lo hará.

Cada uno de los artículos los sacó de la basura. Lo reconoce sin pena: “Los encontré en Sebucán. Los botan los ricos y yo los vendo. También como de la basura”. Su historia personal es desgraciada. Cuenta que lo perdió todo en la tragedia de Vargas, a sus padres, su esposa y sus hijos. Dice ser panadero pastelero. Lo despidieron hace un año y aún brega porque su empleador le pague las utilidades generadas durante nueve años de servicio. Eso lo llevó a engrosar las estadísticas de la economía informal, y se convirtió en uno de los manteleros que rodean la estación Miranda del Metro de Caracas.

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“El secreto es vender barato”, asegura. Así, la revista cuesta 100 bolívares, el pantalón 7.000; la figura del Rey León 500, el cenicero 300, la blusa 2.000 y el cuadro 3.000. Los precios los fija según el estado en que se encuentren los artículos que consigue. “Nunca me imaginé caer tan bajo, después de haberlo tenido todo”, reflexiona.

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No duda que venderá cada uno de los objetos. “Todo se vende” es una frase común entre los comerciantes de artículos de segunda –y hasta tercera– mano. Un mercado que arrecia desde que la crisis acentuó la necesidad de resolver. De acuerdo con la Encuesta sobre Condiciones de Vida 2016 (Encovi), 81,8% de los hogares venezolanos se encuentran en pobreza de ingreso -en 2014 la cifra era de 48%. Termos, bolsos, correas, relojes, incluso ropa interior y trajes de baño usados. Insisten: todo se vende.

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“Aquí pones una piedra y una piedra te compran”, resume Alex Simancas, que tiene dos años vendiendo ropa usada. Comenzó a hacerlo cuando se vio con una niña recién nacida entre los brazos. “Aquí” es Pérez Bonalde, en la calle La Castellana de Catia, muy cerca de la plaza. En esa cuadra se ha institucionalizado la compra y venta de cachivaches.

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Hay tarantines y manteles. Son por lo menos 50 puestos dedicados a comerciar con lo que antes se donaba, se regalaba o simplemente se botaba. El puesto de Héctor Medina es uno de los más grandes. De él cuelgan correas para carros y chalecos de mototaxistas. En el suelo hay un número incontable de herramientas; pero la ventaja de este tipo de comercio es que no hay que decidirse por un rubro en particular. También oferta zapatos, un televisor, una calculadora de escritorio, planchas, licuadoras, aspas de ventilador, candados, brochas, guantes, controles remoto, decodificadores. En su puesto hay cientos, sino miles de objetos de distinta índole y tamaño. “Usados, pero buenos. Todo está en perfecto estado”.

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Medina comenzó azotado por la necesidad. Un 31 de diciembre, hace dos años, que no tenía nada que poner en la mesa. Trabajaba en una construcción y quedó desempleado. Entre sus posesiones tenía alambre, intentó venderlo todo y le ofrecían poco dinero, así que lo separó en partes y así pudo resolver. De ahí en adelante cualquier artefacto que tuviera en su casa y que no utilizara era bueno para su naciente negocio. En lo que se quedó sin nada de lo suyo, empezó a comprar y luego revender: “A la gente le conviene porque las cosas son más baratas que en la ferretería. Una llave de paso de una pulgada que en la tienda cuesta 60 mil yo la tengo en 30”. Incluso le ha pasado que a su puesto llegan personas de la tercera edad necesitados de algún medicamento y le venden cualquier objeto que les permita recaudar el dinero para adquirirlo. “Luego pasan y vuelven a comprar lo que me vendieron. Tenemos hasta clientes que nos encargan cosas”.

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Pérez Bonalde, Quinta Crespo, las salidas del Metro de Parque Carabobo, La Hoyada y Miranda, el norte de la avenida Fuerzas Armadas y Petare son algunas de las zonas de Caracas en las que es posible mercadear cachivaches.

“¿Cuánto vale esta correa?”, “¿tiene el motor de la licuadora tal o el cargador de la laptop cual?”, “vengo buscando el sapito de la poceta equis de Vencerámica”. Las peticiones de los clientes pueden ser tan rebuscadas y específicas como los objetos a la venta.

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“Antes salías a la calle e ibas a una tienda. Ahora cualquier pedazo de tela no baja de 65.000 bolívares. Hay que morir en estos puestos. Yo nunca en la vida creí que tendría que pasar por esto”, relata Francis Rodríguez, mientras hurga en un puesto de ropa usada en Catia. Rodríguez reconoce que ella misma además de ser cliente también le ha vendido cosas a los dueños de esos puestos: “Tengo tres meses desempleada, era operadora de mantenimiento en una clínica y me despidieron con el último aumento de salario. Tengo que subsistir, así que recogí alguna ropa sin usar que tenía en la casa y la vendí. Me dieron 50.000 bolívares. No es mucho, pero antes no los tenía”.

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Las aceras que rodean el mercado de Quinta Crespo también son zona de compra y venta de cacharros. Lo primero que recogió Crisalida fueron los juguetes de sus niños. Empezó hace dos años porque fue al supermercado y con el dinero que debía comprar alimentos para dos semanas, apenas le alcanzó para cubrir unos pocos días. “Busqué todo lo que no usaba, y cuando ya no tenía nada más en mi casa para vender comencé a comprar y revender. Antes yo decía ‘ay, qué feo se ve’ y ahora mírame; pero no me da pena porque con esto como y completo el alquiler”. Crisalida tiene un empleo formal. Trabaja de 4:00 pm a 12:00 am como camarera de un hotel. Cobra su sueldo, cesta tickets, bono nocturno y horas extras y aun así debe ir todas las mañanas a Quinta Crespo para redondearse. Vende jeans en 5.000, zapatos en 10.000, cholas en 2.000, un estropajo en 1.000 y películas en 300. Hasta frascos de pintura de uña y pantaletas se cuentan entre los objetos que vende a cambio de su sustento.

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“Hasta al marido lo vendo, si me lo compran”, bromea Norys Blanco, también en Quinta Crespo. Si la inflación sigue como va, seguro tendrá que hacerlo.

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