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“Estoy harta de vivir así, Eykell. Eres una cagada”

Wincho_UB
28/02/2019
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TEXTO: ERVIN "WINCHO" SCHAFER COMPOSICIÓN GRÁFICA: JUAN ANDRÉS PARRA @JUANCHIPARRA

 Ahora los zamuros vuelan en línea recta. ¿Qué está pasando aquí? Vamos desde el amor desconfiado del narco, al amor perdido de la familia, al de quien ya no puede más. ¿Y el amor después del amor? Wincho cuenta historias

Amor narco

El amor narco es un campo minado. Recorrerlo es estar dispuesto a volar en pedazos. Y todo puede salir mal. Tarde o temprano, siempre sale mal. Así es este asunto. El amor narco conquista corazones. Pareciera el más grande amor. Conquista países y continentes. Y siempre termina con dos tiros en la cabeza. Mientras dura, no hay nada en el mundo como el amor narco. Nada se le parece. Es como vivir en otro mundo. Es como vivir en un filme sofisticado de Hollywood con un presupuesto aplastante y sin límites. A todo trapo. Así también puede ser el amor narco. De lujo y con gente bella a tu alrededor. Gente perfumada y bien vestida. Bueno, a veces no muy bien vestida. Jenny es de Cartagena. Una súper mami tropical. Sus fotos en Instagram tienen montones de corazones y ha logrado miles y miles de seguidores. Jaime es el único que no se toma fotos con Jenny. No conviene. Es mejor no aparecer. Y eso que llevan juntos más de tres años. Viajan mucho por Colombia y les encanta España. Jaime tiene casa en Madrid y en Málaga. Jenny adora Málaga. Allá le gusta comprar sus bikinis que nadie puede comprar en Cartagena. Los hace a mano una amiga suya. Jaime y ella pasan varias semanas al año tomando el sol y disfrutan del lugar. Parecen estrellas de cine. Y el negocio va creciendo por allá. Muy pronto comprarán un chalet. Toca hacer algo con toda esa plata. A Jenny le gusta una zona llamada Cerrado de Calderón y están dispuestos a pagar más de un millón de euros. La vista da a la bahía. Y pueden ver el yate de Jaime desde la casa. Jaime es reservado. Habla poco. Su mente pasa buena parte del día ocupada con los números y que el negocio siga creciendo. Esa es la orden. Y en este negocio es mejor cumplir con las órdenes y deseos de los patrones. La Jenny frecuenta un gimnasio y a Jaime no le gusta el tema del instructor personal. Eso del “personal trainer”. En ocasiones Jenny ha cometido la torpeza de llevarlo a casa para clases privadas. Y a veces se han tomado la licencia de bañarse juntos en la piscina donde Jenny se permite besos traviesos con el instructor. Lo que Jenny ignora por completo es el cuarto de vigilancia. Todo queda grabado. Jaime gastó buena plata con una empresa que instaló cámaras muy pequeñitas y las controla desde el teléfono. Un peligro este tema de los teléfonos inteligentes. Una verdadera amenaza para nuestra querida Jenny de Cartagena. Jaime le puso fecha al asunto. O mejor dicho, le puso límite a los besos de Jenny en la piscina. Jenny cometió dos faltas. A la tercera se irá con dos tiros en la cabeza. Y Jaime no otorga advertencias. Es de mal gusto hablar de estas cosas. Mejor no comentar.

Vuelo hacia el oeste

Mi reloj indica las 9.55am y mis ojos se topan con la trayectoria de un zamuro que vuela alto en dirección al oeste de la ciudad. El oeste de Caracas. El cielo azul y pocas formaciones lo ensucian. Apenas un par de nubes. Es raro descubrir a un zamuro volando en línea recta. Suelen buscar altura mientras vuelan en círculos. Se dejan ayudar por columnas de aire caliente. Y a veces cada uno reclama su espacio en esa columna. Este zamuro que capta mi atención se desplaza a una velocidad impresionante y pronto desaparece. Se convierte en un punto microscópico y se diluye en el cielo. Algo lo impulsa a tomar esa decisión. Ellos al igual que nosotros, también se valen de la intuición. Y nada es más peligroso que la intuición en mal estado. El mal estado. Y el estado del mal. Es lo que hemos visto recientemente. Y es lo que vemos ya como rutina. Algunos zamuros han decidido cambiar su rutina y volar en línea recta. Y recorrer grandes distancias. De un estado a otro estado. De Carabobo a Falcón. Y de Falcón al Zulia. Veeergación, trimardito, joeputa, este coño malparido, nojoda… Y así de pronto, nuestro zamuro alcanza otro territorio. Otro idioma. Otro lenguaje. Otro estado. También nosotros pasamos de un estado a otro. Pasamos de la ilusión de la democracia al estado narco. Del estado narco al estado de transición. A la economía de transición. Al estado de alarma. Y a la intuición en mal estado. Y quizás sería oportuno ahora recuperar la intuición y estar alertas. Porque siempre es aconsejable mantener cierta distancia entre zamuros. No vaya a ser que nos estrellemos unos contra otros.

Aprenderás a morir

Lo primero que debe tratarse antes de la primera comunión es lo referente a la permanencia del alma en el universo eterno. El universo que conocemos es también pasajero. Nos referimos aquí a ese universo que podemos ver. Ese universo que es escenario de películas de ciencia ficción. Que contiene nuestro sistema solar y otros más. Contiene a nuestro planeta y a todos esos satélites que utilizamos para comunicaciones. Y que más pronto que tarde serán también basura. Basura que habremos de reciclar. Todo esto que podemos ver y acabamos de mencionar, no existe en realidad. La realidad no la podemos ver con los ojos. Ni abiertos ni cerrados. Si acaso, la podemos experimentar en silencio. Y ahí aparece el universo eterno. El verdadero universo. Una vez se explica esto a los estudiantes de catecismo, quizás estén preparados para recibir la comunión. Que es también un ritual sagrado. Y debería ejecutarse en perfecto y profundo silencio. Esto no es así en la actualidad. Y no ha sido así en el pasado. ¿Quién sabe? Quizás pronto aprendamos a apreciar el silencio. Es interés nuestro y de todas las sociedades empezar a promover el valor del silencio. El silencio para acercarnos a nuestra verdadera realidad. La realidad de lo eterno. Y abandonar de una vez nuestro ciclo de nacimiento y muerte. Este ciclo de nacimiento y muerte se ha convertido en un gasto excesivo. En un desperdicio de recursos. Para ponerlo en criollo, se ha convertido en una botadera de real. Y al universo no le gusta que se boten los reales. Es injusto e innecesario. Ya todos conocemos la expresión criolla “se perdieron esos reales”. Es así. Y no deseamos escuchar más esa expresión. Retomando el hilo inicial de este escrito, es conveniente resaltar también lo ilusorio de la muerte. Nadie se muere. Cuando escuchamos al director Tarantino mientras promueve sus producciones y advierte al público, “everybody dies in the film”, nos dice una mentira. Vemos explosiones y disparos, gente que se desangra y un largo etcétera de escenas violentas. Y nadie se muere. Ni durante ni después de la película. Simplemente, adoptaremos otra forma. La forma del universo eterno. Y en momentos de duda, conviene recordar la expresión popular, “sal de ese cuerpo”. Queda demostrado de esta manera que la muerte como la conocemos no existe.

Economía de transición

Ernesto Domínguez perdió la cuenta del tiempo que lleva viviendo en la calle. Hasta hace no mucho trabajó como supervisor en una empresa de vigilancia privada y su sueldo alcanzaba para mantener la casa, una esposa y tres hijos. Sólo uno de ellos, Santiago, le trae comida y algo de efectivo cada vez que se acerca por los alrededores del puente que separa a El Rosal de las Mercedes. Esa es la zona que utiliza Ernesto para rebuscarse alimentos en las bolsas de basura de todo el circuito de restaurantes y puestos de comida que aún sobreviven en las Mercedes. Justo ayer pasó Santiago y le dejó una porción de pasticho y una canilla aún tibia. El pasticho y la canilla son una comida de lujo para cualquiera que deba recorrer las calles de Caracas en busca de sustento. Y los cincuenta mil bolos en efectivo sirven para algunos antojos. Y con este estilo de vida es mejor usarlos para cerveza. Cualquiera haría exactamente lo mismo de encontrarse en la situación de Ernesto. Cada día se le pasa en busca de algo para comer. Y en la noche es mejor elegir bien el lugar para descansar. De la familia, sólo Santiago se ocupa de unos minutos a la semana en conversas breves con el viejo Ernesto. El viejo solicitó un suéter y pantalones nuevos. Los que usa ya no dan para más. Ernesto acostumbraba a estar arreglado y perfumado. A veces lo podemos encontrar en algún baño del Paseo Las Mercedes donde se lava la cara, se enjuaga la boca y se peina frente al espejo. Todo este panorama es simple resultado de un antojo. Resultado de los caprichos de un demente. De un experimento suicida llamado revolución socialista del siglo XXI. De una fantasía dentro de las tinieblas de la mente del comandante. Volviendo a la historia que nos ocupa, el viejo Ernesto perdió su empleo años atrás. La esposa no le dirige la palabra. Por alguna razón, aún están casados. Digamos que por trastornos derivados de la situación del país. Hace ya más de seis años que sus hijos Juan Ernesto y Sandra no pasan a saludarlo. Quizás sientan vergüenza por la situación actual de su padre. Y esta vergüenza es totalmente innecesaria y fuera de lugar. Juan Ernesto y Sandra son víctimas de los prejuicios de nuestra sociedad. Sociedad atrasada y elemental, que sólo puede valorar el éxito en forma de camioneta nueva, papá con plata y empleo que brinde sensación de estabilidad. Y familia que permanece unida. Aunque esta unión no traiga felicidad a sus miembros. Juan Ernesto y Sandra no pueden ver que su padre es una persona valiosa. Que hizo todo a su alcance para darles amor y todo lo necesario. Hasta que su vida se descarriló por las circunstancias de un experimento suicida que descarriló a todo un país. Y a buena parte de la región. Cada semana, Santiago hace las veces de corredor humanitario y lleva ropa y comida a su papá. Santiago aprendió todo del viejo. Fue Ernesto quien pagó sus estudios en la Universidad Católica. Y hasta le compró un Hyundai usado. Hace más de diez años. Cuando la economía no era de transición.

Un día violento

“Hoy no le paso mariqueras a nadie”, es el pensamiento que surge en la mente de Mauricio mientras le pinta una paloma al tipo que deja su camioneta atravesada en el semáforo al final de la principal de Santa Fe. Ahí cerca, antes de tomar el distribuidor y salir a la autopista. Es sin duda, punto de conflicto entre conductores que utilizan esa vía. Yo mismo he perdido el control en incontables ocasiones. Y como resultado de mi falta de temple al volante un señor me ofreció unos carajazos en un altercado callejero. Afortunadamente, no pasó de un intercambio de insultos. Ahora vemos a Mauricio que finalmente logra sortear el clima de tensión que se respira en ese cruce. La verdad, estoy de acuerdo con él. Es una putada pasar por ahí a ciertas horas del día. Nos toca aguantar un poco de tráfico lento hasta la salida de Altamira. Y como es costumbre, antes de llegar a la Carlota el tráfico se aprieta y uno se pone tenso detrás del volante. Es toda una prueba para la psique de cualquiera. A esa hora del día no hay almas evolucionadas en la autopista. Todos somos salvajes. Para colmo, a la altura del Banco del Libro, en la entrada a la avenida Luis Roche, nos topamos con una camioneta recalentada. Una Silverado. Es un perol atravesado en todo el medio. Mauricio está al borde. Sus nervios no dan para más. Sin pensar, baja la ventana: “mueve esa mierdaaaaaa, coñooooo”. El sujeto se queda en shock y no alcanza a reaccionar. Su cara en blanco. No logra expresar su frustración. Mauricio avanza y ya está cerca de la Plaza Altamira. En un instante por arriesgarlo todo, se lanza con la luz roja y un motorizado que viene a toda ostia por la Francisco de Miranda se estrella contra el costado derecho de su Malibu Chevelle modelo 1977. Es un carro robusto. Como una pared. En el tiempo que toma pestañear, la cabeza del motorizado da contra la parte trasera de un autobús. El rostro de Mauricio es un retrato de miedo a lo desconocido. Empiezan a llegar muchos motorizados, se oye un grito de mujer “está muerto, Dios mío…”. La adrenalina invade el cuerpo de Mauricio, su mente es un mar de sangre y la ira busca una salida. Mauricio toma el arma en su guantera, dispara en el pecho a dos motorizados, mientras otros deciden enfrentarlo con los cascos y en un minut, Mauricio recibe en su cara toda la violencia motorizada. La violencia que lo acompañó desde Santa Fe hasta este cruce. La ira temida por todos y que siempre toma la primera salida.

Las palabras de Mercyley

Eykell Villasmil se dirige a la entrada de la estación. Mucha gente lo acompaña. Todos maniobran entre vendedores de mandarinas, aguacates y un tipo destartalado que vende Belmont al detal en una de las entradas de Gato Negro. Mal nombre para una estación del Metro. Mal nombre para cualquier cosa. La cabeza de Eykell es un derrumbe de pensamientos. Problemas con su mujer, los chamos le descubrieron un amorío con una vecina, lo botaron de la obra en la Castellana y unos policías le robaron el teléfono ayer llegando a casa. Un pana le dijo que se fuera hoy temprano hasta Dos Caminos y fuera hacia el norte. La salida que lleva a los Chorros. Están terminando trabajos de pintura en un apartamento y necesitan mano de obra. Ese pensamiento ocupa su mente por segundos. Y Eykell se calma. Siente alivio. Esta sensación es breve. Apenas el tiempo que toma inhalar aire y dar un paso hacia abajo por la escalera que conduce a su muerte. Esto nadie lo sabe. Miles de personas lo acompañan. Pero Eykell está más solo que nunca. Se siente lejos de todo y de todos. Ahora recuerda los ojos de Andrés, el menor de sus chamos, los ojos decepcionados al saber que su papá se empiernó con una vecina. Qué cagada, piensa Eykell. Soy una cagada. Ya se encuentra junto a miles, abajo en el andén. No hay espacio para nadie. No cabe un alma. Desde que llegó ya se han ido dos trenes y aún no logra subirse. Su mente vuelve a traer el rostro del policía que puso un arma contra su estómago. La frustración. Qué cagada. Esa rata me tumbó. Y ahora suenan en su cabeza las palabras de Mercyley, “Estoy harta de vivir así, Eykell. Eres una cagada”. Y él se deja caer delante del tren.