Los últimos años han sido de constantes reinvenciones del género de vampiros y casi ninguna, realmente buena. Pero el director Ryan Coogler da en la diana con “Pecadores” al combinar lo mejor del mito del monstruo y dotarlo de una personalidad única, retorcida e inolvidable
La trágica y visualmente extraordinaria “Nosferatu” de Robert Eggers, mostró al género de vampiros en estado puro. Pero no aportó gran cosa al mito cinematográfico de los monstruos clásicos, más allá de dotar de un poblado bigote al inmortal Orlok (Bill Skarsgård). En 2025, Ryan Coogler se va al otro extremo con “Pecadores” y reinventa no solo a los bebedores de sangre en un escenario por completo original, sino que además dota a sus personajes de una rara complejidad y un sentido del mal único.
Todo con una banda sonora a mayor gloria del blues, aderezado por los elementos de un western clásico que se vuelve rápidamente una película de horror.
Ryan Coogler — que también escribe el guion — logra crear una sensación urgente de que todos los personajes arriesgan algo más que la vida. Ya sea su alma, su amor o solo el local que tanto esfuerzo les llevó levantar. “Pecadores” juega con el sentido de la urgencia para construir una historia que se vuelve decadente, sangrienta y gótica, sin perder un ápice de su originalidad.
Para Ryan Coogler, que incursiona en el terror con mano hábil y una visión estética de asombrosa precisión, la cinta es también una declaración de intenciones. Cada parte está filmada con mimo y el guion es rico en referencias y guiños al género. Y eso no impide que haga sus propios experimentos, hasta crear una banda de antihéroes que se enfrentará a monstruos de pesadillas con un vaso de whisky clandestino en la mano.
«Pecadores» en Mississippi
Hay algo poderoso, retador y subversivo en el hecho de que Coogler imagine al escenario de su película en la Mississippi profunda de 1932. El director convierte los pantanos y poblados destartalados en sombras alargadas y una preciosa colección de figuras al acecho. Pero más que eso, indaga en la naturaleza del mal, sin obsesionarse con lo filosófico y está más interesado en el corazón palpitante — y la sangre derramada — de ávidos enemigos nocturnos.
Para eso, sigue a los gemelos Smoke y Stack (Michael B. Jordan en doble papel), dos bribones de cuidado que regresan al terruño con las ideas revolucionarias del sofisticado mundo del crimen de Chicago.
El dúo es complicado: opuestos a todo nivel, tienen tanto detractores como seguidores fieles, que no dudan en enfrentarse entre sí. Pero al cabo, los chicos malos quieren divertirse, por lo que tienen la intención de abrir un juke joint para su gente. Y lo hacen, con todo el lujo que pueden permitirse, que incluye cerveza y bocadillos fritos.
Hay algo vívido, sexy y retorcido en la puesta de escena de Coogler que saca lo mejor del blues a Capella para anunciar lo que se avecina. “Pecadores” es una síntesis de una época muscular de la cultura negra estadounidense y el realizador la explota dándole a sus personajes — vivos y muertos — la ferocidad del sobreviviente y el deseo del hedonista.
Sangre y sexo
Para cuando Remmick (Jack O’Connell) llegue para encabezar el enfrentamiento entre vivos y vampiros, la película alcanzó un brillo crepuscular y obsceno. Esta no es una película discreta, sino una que indaga acerca del pecado, el deseo y la necesidad de destruir. Pero también, sobre la vitalidad, la complicidad y la sensualidad. Todo combinado con el tono de una trama de gánster rural y los ribetes de una poderosa visión del terror.
Para Ryan Coogler los vampiros son algo más que criaturas temibles. También son la conjunción del bien y del mal en carne humana y sangre inmortal. Entre ambos escenarios, “Pecadores” brilla en sus escenas de muerte y por singular que parezca, también en las que celebra la vida.
Mucha de la energía de la cinta proviene de su capacidad de ser inesperada, impredecible. Eso, al convertir a sus monstruos en una metáfora de la fatalidad y el deseo reprimido. Los vampiros de Coogler beben sangre — y de qué manera —, pero también disfrutan de la cargada atmósfera de un pueblo que se les enfrenta con todas las armas a su disposición.
Paso a paso, esa potencia total, esa capacidad para matar, la metáfora de la colonización en la piel de bestias con rostro humano que disfrutan de matar, convierten a “Pecadores” en una salvaje vuelta de tuerca al género de vampiros. Menos pulcra y más mundana que “Nosferatu”, la cinta de Cooger tiene un sentido de la ferocidad gigantesco y atrayente. Un paso más allá de ser solo una película de terror y sí, una reinvención total del género. De lo mejor del año.
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