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Así Billie Holiday, la diosa del jazz, regresa en el cuerpo de Andra Day

Al igual que ocurrió con “Lady Sings the Blues”, la película que estelarizó Diana Ross en 1972, “Los Estados Unidos contra Billie Holiday” tampoco logra abarcar la tortuosa existencia de la legendaria diva del jazz. Pero sobresale su intérprete principal, Andra Day, cantante que en su debut como actriz es favorita a ganar el Oscar, como ya lo hizo con el Globo de Oro.

Así Billie Holiday, la diosa del jazz, regresa en el cuerpo de Andra Day

Si en 1972 Diana Ross obtuvo una nominación al Oscar por interpretar a Billie Holiday en «El ocaso de una estrella» (Lady Sings the Blues), ahora es la cantante Andra Day, en su debut como actriz, quien aspira a la estatuilla por «Los Estados Unidos contra Billie Holiday», encarnando también a esa divina cantante, cuya combinación de vida trágica, inclinación a la autodestrucción y talento sublime resume los fetiches que más tientan a muchos amantes del jazz.

La novedad es que en esta última película el realizador Lee Daniels apuesta por mostrarnos a Holiday desde una perspectiva política, algo más acorde en los días del “Black Lives Matter” que vivimos.

Una escena de la película «Los Estados Unidos contra Billie Holiday».La tesis del filme, no del todo inverosímil, es que los problemas de la diva con la ley se debieron, más que a su adicción a la heroína, a su condición de estrella negra en años de segregación y a su insistencia en cantar uno de sus temas emblemas, Strange Fruit, la terrible descripción del linchamiento a los afroamericanos enmarcado en el racista sur estadounidense, que para más señas fue compuesto por Abel Meeropol, judío y comunista, desatando así la ira del status quo más intolerante:

“De los árboles del sur cuelga una fruta extraña/ sangre en la hoja y sangre en la raíz/ cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña”. Así comenzaba Billie una de sus canciones más legendarias.

Esta reivindicación podría funcionar, pero no del todo. Por un lado, se agradece que el guion de Suzan Lori Parks y el trabajo de la actriz principal esquiven la imagen de una Holiday lánguida y sufriente, mostrándola en cambio como una artista muy al tanto de sus dotes y ansiosa por controlar su carrera.

Billie Holiday es considerada una de las voces femeninas más importantes en toda la historia y el presente del jazz.Pero la relación de la protagonista con Jimmy Fletcher (Trevante Rhodes), el agente del FBI que acabó convirtiéndose en su amigo y, según el filme, también en su amante, nos recuerda que la mejor obra del director hasta la fecha (la serie Empire) es lo más parecido a un culebrón.

Sumemos esto al desaprovechamiento de otros miembros del reparto, como es el caso de Natasha Lyonne, quien podría haber dado mucho más en su rol de la irreverente y mordaz actriz Tallulah Bankhead, otra presunta pareja de la protagonista, lo que hace presumir que no hay género más decepcionante que el biopic oscarizable, como señalan no pocos expertos en el cine de Hollywood.

Confusos saltos temporales

Billie Holiday vivió una existencia tortuosa debido a una trágica infancia, a la mala elección de sus parejas y, sobre todo, a su adicción a las drogas.

Este drama, dirigido por Lee Daniels, realizador afroamericano especializado en películas sobre reivindicación, entre ellas Precious (2009) y El mayordomo (2013), aspira a ser el biopic definitivo sobre esta artista, algo que quedó a medio camino en la ya citada El ocaso de una estrella, recordable a estas alturas casi única y exclusivamente por la participación de Diana Ross, cuando se encontraba en la cima de su estrellato como vocalista consentida de la Motown, la compañía discográfica que financió aquella producción.

De estructura clásica, pero con algunos saltos temporales que provocan cierta confusión en el desarrollo argumental, Los Estados Unidos contra Billie Holiday refleja muy bien la personalidad destructiva que poseía la artista. Su figura, que es tratada con admiración en el relato, a pesar de sus no pocas sombras, destilaba un magnetismo electrizante en sus actuaciones y muchas de sus canciones se recuperan en esta película lo que, lógicamente, alargan su metraje.

Retrato de una época muy complicada para los negros estadounidenses, sobre todo del Sur, es uno de esos filmes que se cuelan perfectamente entre los nuevos requisitos exigidos para las nominaciones a los Óscar por temas de diversidad racial. Aunque en este caso lo hace merecidamente, pues se ha nominado la impresionante actuación de la actriz-cantante Andra Day en el primer papel protagónico de su carrera. El rol ya le ha merecido recientemente el Globo de Oro y la coloca como la gran favorita de cara al premio de la Academia, que solo podría arrebatarle Frances McDormand por Nomadland.

Andra Day también se atreve a cantar, con su voz rota, los temas más emblemáticos de su personaje. Hay que decir que no tiene la inconfundible voz de la Holiday, pero se defiende.

La cantante Andra Day debuta como actriz por la puerta grande. Su interpretación de Billie Holyday es impecable.

Afroestadounidense químicamente puro

Todo es étnico afroamericano (como llama la comodidad de la industria a lo afroestadounidense) en este largometraje, tanto es así que el guion está coescrito por Suzan-Lori Parks, la primera mujer negra en recibir el Premio Pulitzer.

El afán del director Lee Daniels por realizar un acercamiento realista y no tratar a la cantante como víctima, se traduce en que ofrece escenas sórdidas. Algunas de ellas son innecesarias, donde se muestra la parte más lamentable y patética de lo que supone una adicción, mientras está muy bien la puesta en escena del ambiente de los locales de jazz de los años 40.

Por otro lado, queda abrumadoramente de manifiesto que detrás de la persecución a la que se vio sometida la cantante por el FBI, comandada por el jefe de la Oficina Federal de Estupefacientes, Harry Anslinger, estaba claramente establecida una aversión racial.

Una vida azarosa

Eleonora Flanagan, que así era el verdadero nombre de Billie Holiday, fue fruto de la unión de Sarah Julia Flanagan, una joven de 13 años, con Clarence Halliday, guitarrista de jazz que solo le aventajaba dos años más. El músico, demasiado joven e inmaduro para abordar la paternidad, abandonaría a madre e hija a su suerte pocos años después. Eso sí, la pequeña conservaría su apellido, y le dejaría además el que sería su nombre artístico, Bill, porque para él su pequeña parecía un chico y por eso la llamaba con ese apelativo.

Eleonora crecería en el Baltimore de entreguerras, a cargo de su madre, que no al cuidado, puesto que la joven poco podía ocuparse de ella. Negra, pobre y sin estudios, se vio obligada a alternar trabajos de sirvienta y prostitución. Mientras, la niña quedaba a cargo de familiares, conocidos o vecinos, quienes, como es de esperar, se ocupaban de ella poco y mal.

Sería uno de estos últimos, un tal Wilbert Roch, quien la violaría cuando contaba solo diez años, aunque un jurado racista la consideraría culpable a ella, al tiempo que solo condenaría a tres meses de prisión a su agresor. A raíz de este suceso, sería internada en un reformatorio católico, centro del que no saldría hasta tres años después. Por aquel entonces su madre trabajaba en un prostíbulo de Harlem y allí pasaría ella también los siguientes años.

Eleonora logró ser todo lo feliz que las circunstancias le permitían, gracias a un antiguo gramófono, del que emergía la prodigiosa música de Louis Armstrong y Bessie Smith. Ellos serían su salvación. La joven canturreaba y bailaba al son de la misma mientras hacía camas y limpiaba retretes.

Nace una estrella…

Su suerte cambió a partir de su participación en un casting para un puesto de bailarina en el Pod’s & Jerry’s, un clandestino club de jazz de Harlem, donde, tras un estrepitoso fracaso, el pianista del sitio la invita a cantar. Un buen día aterriza en el local John Hammond, consumado cazatalentos, productor de la Columbia, quien decide lanzarla al estrellato.

A partir de allí, la artista en ciernes cambia su nombre por el Bill de la infancia, transformándolo en Billie, y empieza a recorrer escenarios y a grabar. Ahora es Billie Holiday, cantante de blues y consumada intérprete de jazz. Su primer disco, Your Mother’s Son-in-Law, grabado en 1933 junto al mítico clarinetista Benny Goodman, le hace ya un hueco entre los grandes del momento. Asciende rápidamente y muy pronto se torna en una estrella.

Lady Day con Louis Armstrong en sus años estelaresTras esta grabación, le llegó una época de grandes éxitos, durante la cual actuó con artistas de la talla de Teddy Wilson, Lester Young, con quien realizó algunas de sus mejores grabaciones, Count Basie y Artie Shaw.

Su particular timbre de voz y su libertad rítmica hicieron de ella una de las cantantes más personales e influyentes del mundo del jazz; de hecho, a menudo es señalada como una de las mejores intérpretes de la historia del género, junto a Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald. Sin embargo, no supo asimilar el éxito.

Fuera de los escenarios vuelve a ser aquella niña negra dejada de la mano de Dios. Su color de piel le impide el acceso a ascensores y entradas privadas, vetadas a los negros, y pese a su relevancia su sueldo no es ni con mucho equiparable al de los artistas blancos.

Gloriosa Lady Day

En 1935 debuta en el prestigioso teatro Apollo de Harlem, meca de la música afroamericana, y poco después aparece en un cortometraje junto al gran Duke Ellington. Actúa con diferentes bandas y en una de ellas conocerá al que sería su mejor amigo, Lester Young, quien la bautizaría con el apelativo de Lady Day. Protagoniza giras y logra actuar junto a los grandes, entre los que se encuentra su admirado Louis Armstrong.

La década siguiente es sumamente prolífica: graba cerca de 200 canciones, algunas de ellas piezas magistrales del jazz, como Our love is diferent, Love My Man o Fine and Mellow, junto al mencionado Lester Young. Pero al tiempo que madura como cantante empieza a probar psicotrópicos, y junto a éstos aparecen los hombres, que muchas veces son quienes se los facilitan.

Su vida amorosa es tan promiscua como tortuosa. Confiada en encontrar el amor verdadero, se casa en dos ocasiones: en 1941 con el trompetista Jimmy Monroe y en 1957 con el mafioso Louis McKay. Ambos matrimonios fracasan. Billie es ya una adicta.

Detenida en repetidas ocasiones, es encarcelada y pierde la tarjeta necesaria para actuar en los locales nocturnos neoyorquinos de prestigio, lo que la obliga a abordar giras de dudoso prestigio. Consumida por las drogas y alcoholizada, graba sin embargo Lady Satin, con la cual demuestra que su voz ronca y madura continúa siendo bella.

Muerte sola y abandonada

En 1956 había aparecido su autobiografía, Lady Sings the Blues, que en 1972 sería llevada a la gran pantalla por el cineasta Sidney J. Furie. Es el filme cuyo título en español es El ocaso de una estrella y que estelarizó Diana Ross, cinta objeto de críticas que, en líneas generales, no fueron las mejores.

Su vida se apaga progresivamente, hasta que el 17 de julio de 1959, arrestada por consumo de drogas, yace en una cama del Metropolitan Hospital Center de Nueva York, víctima de la cirrosis. Junto a ella se encuentra solo su perro. La muerte la sorprende y Lady Day no puede hacerle frente. Tiene solo 44 años.

Dicho todo esto, y volviendo al ámbito cinematográfico, vale decir que la intención de los productores de Los Estados Unidos contra Billie Holiday de hacer de esta cinta “la biografía definitiva” de la cantante” no logra su cometido, al igual que sucedió con El ocaso de una estrella, el filme sobre la diva del jazz que en 1972 estelarizó Diana Ross.

Víctima del racismo, los excesos y los hombres, esta diosa del jazz murió pobre y sola

Las críticas destacan predominantemente que el director Lee Daniels, en su afán de retratar abiertamente a la estrella en su lado menos glamoroso, consumiendo heroína y envuelta en relaciones tóxicas con hombres que la maltratan o se aprovechan de ella. Pese al interés que pueda tener este material, la historia se queda en la superficie.

Lo señalan de no ahondar lo suficiente en la figura de Holiday ni tampoco del resto de personajes que la rodean. La puesta en escena, pomposa y solemne, no se despega ni un ápice del convencionalismo marcado por los dramas biográficos sobre famosos que Hollywood fabrica en masa, con un guion plagado de situaciones, que no solo resultan demasiado obvias, sino también poco interesantes.

Memorable interpretación

Pero si en algo coinciden los críticos, es que la película merece verse solo por el admirable trabajo de su estrella principal, la magnética Andra Day, en una interpretación sorprendentemente medida, de esas que acaparan la atención del espectador con tan solo un gesto. Y con un personaje con el que era fácil descontrolarse y caer en la sobreactuación, un reto del que sale más que airosa.

Lo que podría valerle finalmente el Oscar de mejor actriz a Andra Day, a pesar de la competencia de peso que tiene en este renglón, como la ya mencionada Frances McDormand por Nomadland. Es que estamos en la era del “Black Lives Matter”, una razón que además de ser la de una causa más que justa, Hollywood parece haber convertido en moda cuando de otorgar premios se trata.