Alain Gómez: música para bailar el alma

Fundador de Famasloop, comenzó a juguetear con sonidos e ideas antes de dominar la guitarra que hoy exhibe en cada concierto. De la imaginación a la extravagancia, y de allí al Cucú Pop, le canta al país que se le desliza entre las notas siguiendo la senda que inició cuando sintió Más cerquita a la muerte

Teniendo como doce años, iba en bicicleta cerca de su casa cuando lo rodearon un grupo de muchachos de más edad. Todo parecía indicar que volvería a su casa a pie, pero volvió con unos desconocidos a los que invitó a jugar ping-pong, los cuales terminaron siendo sus amigos.

Pero no siempre le resulta tan fácil la empatía. En otra ocasión, ya siendo adulto, iba en su carro “con muchas ganas de escribir una canción de amor, practicando lo que iba a decir, y de repente me tocaron el vidrio, me pusieron una pistola en la cabeza y me quitaron el celular. Y la canción cambió. Ya no llegué a escribir sobre lo enamorado que estaba sino sobre lo arrecho que estaba”.

De esta manera nació ‘Choro dance’, pieza incluida en La Quema, el tercer disco de Famasloop, banda creadora del sonido Cucú Pop. Para grabarla invitaron a Onechot. Dos semanas después, cuando la estaban mezclando, les llegó la noticia de que su invitado recibió un tiro en la cabeza que lo tenía al borde de la muerte. Eso les enturbió el ánimo y detuvieron el lanzamiento del disco. Pero el propio Onechot, cuando se recuperó, les dijo: “esa canción va y además vamos a hacer un video y yo voy a salir. Porque la oscuridad que me trajo a esta sala de emergencias se alimenta del miedo y de la autocensura y si teníamos algo que decir, ahora mucho más lo tenemos que decir”.

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La anécdota la cuenta Alain Gómez Reglá desde la sede de Pararrayos, estudio del que es co-propietario junto a Luis Daniel González, donde transcurre su día a día. “Tengo un trabajo aquí de ocho, diez horas, y después comienzo con Famasloop. A veces vengo a las 6 de la mañana a trabajar en Famasloop y a las 10 arranco con Pararrayos. O termina Pararrayos hasta las 8 de la noche y arranco Famasloop hasta las 4 de la mañana”, comenta.

El Reglá le viene de su abuelo, un republicano catalán que protagonizó una revuelta en un barco de la armada española que lo llevó a vivir durante meses en el entretecho de una casa en Santo Domingo, donde terminó refugiándose. Por alguna travesura del azar a él le tocó nacer caraqueño, aunque buena parte de su familia es dominicana.

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Viste jeans, franela y Converse. Lo primero que se advierte al verlo en persona es una barba rojiza que no se adivina en las fotos. Conversa con un tono y un aire tan ligeros que disfrazan sus 36 años. Es músico desde que tiene “desuso de razón”, incluso antes de saber tocar un instrumento. Cuenta que el asunto se remonta a Institutos Educacionales Asociados, donde hizo la básica. Desde quinto o sexto grado, él y otros chicos decían que tenían una banda. Pero era una idea. Casi una ensoñación. Todo el colegio hablaba de una banda que nadie había visto ni oído. Un día, estando en primer año, le mostró la letra de una canción a una profesora de Cátedra Bolivariana. Era una letra sin música. A los días ella le informó, entusiasmada, que había conseguido que tocaran en un acto del colegio.

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Ninguno sabía tocar ningún instrumento. Disponían de cuatro meses antes del día del acto. Las chicas del salón comenzaron a jactarse de ser amigas “de los muchachos de la banda”. Cuatro meses. Compraron instrumentos, asistieron a clases de música, decidieron quién iba a cantar y qué. En esa aventura estaban, entre otros, Piti González y Gabriel Millán, miembros fundadores de Famasloop (que primero se llamó Sigel), aunque ambos se irían del país antes del primer disco. Piti para instalarse en Perú y Gabriel en Holanda.

Pero, con todo en contra, el toque fue un éxito. “Todas las historias que contábamos eran inventadas. Historias de amores y desamores que no habíamos vivido. Pero a raíz de eso empezamos a vivirlos, porque las bandas atraen eso: amores y desamores”, evoca con una sonrisa.

Los caminos de la vida

Alain creció en un hogar apacible junto a sus padres (ella Urbanista, él Ingeniero de Computación) y una hermana cuatro años menor. Su padre tenía una próspera empresa que él iba a heredar, por lo que decidió inscribirse en la Universidad Simón Bolívar para estudiar Ingeniería de Computación. Pero antes, estudió inglés en Estados Unidos. Fue en tierras del norte donde un tío le preguntó por sus planes de vida. La respuesta fue recitar el futuro diseñado por la familia, a lo que su tío le dijo, casi como premonición, que la vida daba muchas vueltas y no debía hacer planes en base a los de otros. Al volver a Caracas, esas palabras contribuyeron a que asistiera a las aulas dudando de su vocación para los algoritmos y el lenguaje binario. Y de pronto, como para terminar de hacer tambalear su convicción académica, sucedió lo de Naiara, su hermana.

Corría el año 2000 y ella, entonces con 17 años, sufrió un accidente cerebro-vascular que la mantuvo en coma durante mucho tiempo. Cuando despertó, ni siquiera recordaba cómo se llamaba ni reconocía a nadie. “Pero yo le tocaba una canción y ella era capaz de seguir la melodía”. La neuróloga les explicó que hay un lugar del cerebro, el reptil, que no se había visto afectado por el accidente porque es el más profundo, donde está el instinto de tener sexo, de comer cuando tienes hambre… ahí está también la música. “En ese momento decidí que me iba a dedicar a algo que estuviese en ese lugar del alma. Algo realmente importante. Decidí entonces cambiarme a Comunicación Social en la UCAB, porque lo que quería era hacer música y tenía que escoger una carrera que estuviese relacionada con lo audiovisual”.

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Fue un antes y un después. “Esa situación tan cercana a la muerte te recuerda que no tienes nada que perder si haces lo que quieres hacer, y todo que perder si no lo haces. Y yo no quería que me pasara eso sin haber dicho lo que tenía que decir. Y solo lo puedo hacer a través de la música”, concluye. De hecho, puesto a elegir entre hacer la tesis o irse a grabar el álbum debut, “elegí irme a grabar el disco. Y así. Los otros planes funcionan siempre que vayan atados a la música”.

La vida es un astuto contendiente que juega con cartas marcadas. Por eso fabrica tan complejas paradojas. Alain iba a estudiar Ingeniería de Computación para dirigir una empresa que heredaría. Pero con el paro petrolero la empresa sufrió un fuerte revés y él terminó haciendo de los sonidos el negocio que salvó a su familia de un difícil momento económico.

Cronopiosloop sonaba feo

Famasloop es un proyecto en el que la música es la herramienta de comunicación más importante y es la que da cabida a todas las otras, pero no es la única. El diseño de sus portadas, sus videoclips, sus conciertos, forman parte de una propuesta estética coherente. Su sonido es muy versátil y abarca diversos géneros. Incluso en una misma canción. Sus letras son agudas y con un sentido del humor que no pocas veces hila un significado más denso de lo que aparenta. Actualmente está integrado por Vanesa Gouveia (percusión y coros), Rafael Urbina (batería), Ricardo Martínez (bajo), Luis Daniel González (piano) y Alain en las voces y la guitarra. Pero en 2004, cuando nació, no estaba ninguno de los integrantes actuales, salvo él. Fue el año en que ganaron el “Alma Mater”, que los acreditaba para participar en el Festival Nuevas Bandas en cuya edición, sin embargo, no fueron incluidos porque su concepto era muy extravagante. Hacían cosas como salir a escena en faldas y maquillados, y tocar piezas sin letras que podían durar nueve minutos.

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¿Por qué Famasloop? Porque Cronopiosloop sonaba feo, aunque son más cronopios que famas. Y lo de Loop viene de que la electrónica es el único hilo conductor visible musicalmente en la banda.

A finales de 2005 grabaron su primer disco. En ese entonces estaban llenos de inseguridades y no tenían muy claro el camino a seguir. Decidieron abarcar las tres maneras de hacer la música: pensando desde el bolsillo, desde la cabeza y desde el corazón. Así surgió 3 Casas, con una casa pop, otra intelectual y otra espiritual. Para ello dividieron el disco en tres grupos de tres canciones con una puerta musical para cada casa, para un total de doce piezas. La idea era que cada espectador armara el disco como quisiera.

Luego, en 2009, grabaron Casa 4, que vendría a ser aquella cuyas ventanas aparecen en la portada del disco anterior. La casa del espectador. Con ese empaque fueron nominados por primera vez a los Grammy Latino. Fue el año que Gustavo Cerati cayó en coma y ganó todos los premios a los que estuvo nominado incluyendo, por supuesto, mejor empaque por Fuerza Natural. Ambos discos de Famasloop fueron coproducidos por el famoso argentino Tweety González.

Después vendría La Quema, en 2012, un álbum que seguiría consolidando el sonido de la agrupación. Y actualmente están trabajando en Las Cenizas, que saldrá este mismo año, culminando una serie análoga al país. “Cuando nosotros comenzamos esto estaba comenzando el chavismo, y ahora, cerrando esta serie, está terminando el chavismo. Por lo menos así lo siento yo. Así tome años, sigue siendo el final. Yo pienso que Venezuela está en las cenizas, justo donde estamos trabajando nosotros. Pero todo el mundo sabe que de las cenizas surge el Ave Fénix”, explica el compositor, para agregar que “a simple vista La Quema y Las Cenizas son discos pesimistas, pero en realidad son esperanzadores. Sin dejar de ser sinceros ni dejar de reflejar lo que tenemos alrededor”.

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Símbolos extramusicales: una chamuscada pero sólida caja de madera será lo que se salve de ese proceso. Adentro albergará los cuatro discos, intactos, que componen la tetralogía.

Coño, es tu mamá

Alain es un tipo elocuente y buen conversador. Nuestro largo encuentro incluyó muestras de maquetas del próximo disco, como la pieza ‘Lo más seguro es que quién sabe’, una exhibición de baile tuki y un almuerzo hindú en compañía de Luis Daniel, su socio y tecladista de la banda, y del personal de Pararrayos. Sus influencias (en música, la más importante en la actualidad es Simón Díaz), abarcan diversos géneros. Como el cine de Tarantino y de Wes Anderson. O series como Black Mirror. O las novelas En busca de Klingsor (Jorge Volpi) y La conjura de los necios (John Kennedy Toole). Además, lee con mucho interés literatura venezolana contemporánea.

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Famasloop posee mucha fuerza cuando está en escena. Han paseado sus emotivos conciertos por diversos escenarios de América y Europa. “Hay venezolanos en todos lados. Donde toques hoy en día vas a meter a 300, 400 venezolanos, porque es una comunidad muy grande que extraña su tierra, y de alguna manera uno se las recuerda. Y más una banda como Famasloop que tiene que ver mucho con Venezuela, con Caracas”, asevera, agregando que cuando está frente al público siente mucho agradecimiento. “Tenemos una conexión muy profunda y muy real con la gente con la que compartimos. Odio la palabra fanático. Creo que el mundo tiene suficiente fanatismo que no nos ha llevado a nada bueno”.

En medio de la conversación, que se fue trasladando a diversos espacios del estudio, surgió la inevitable pregunta: ¿Te ves viviendo fuera del país? En respuesta señaló que la cura a enfermedades del alma como la xenofobia y el racismo es viajar. “Básicamente, esa ha sido mi filosofía de vida y la de Johanna (González, su pareja desde hace 8 años). Queremos vivir en muchas partes, precisamente para nutrirnos. Ese era el plan original para esta edad. Pero esta circunstancia, que ha llevado a muchos a escapar, ha causado un efecto contrario en mí. Porque imagínate que tú tenías pensado irte de tu casa y de repente a tu mamá le da cáncer. Coño, es tu mamá. Lo mismo digo: esta es mi casa. A mí nadie me va a sacar a patadas de mi propia casa”, y agrega que en caso de que “nos tocará emigrar, que sería un exilio, Venezuela estaría más presente que nunca en nuestro sonido, porque uno se va pero el país no se va de uno”.

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