Andrea Santolaya, narradora en imágenes

La fotógrafa española está en Venezuela, donde se exhibe su obra Waniku. Donde retumba el agua. La muestra es una interpretación de la mitología warao. Santolaya no solo relata la historia de una pequeña comunidad, convive con ella. Su próximo reto está en Alaska

Andrea Santolaya, narradora en imágenes

No quería ser nómada y terminó siéndolo. El hogar de Andrea Santolaya es su cámara fotográfica. Es su refugio y su vicio; el objeto en el que se encuentra cada vez que toma un avión a San Petersburgo, Nueva York, Madrid, Alaska o el delta del Orinoco, en Venezuela. Lugares que solo tienen en común haber sido retratados por la fotógrafa española.

Pero no es el paisaje lo que interesa a Santolaya. Son las historias. Los ecos mínimos de la convivencia, de lo cotidiano y de lo típico. Aprendió a capturarlos a los 16 o 17 años, gracias a su padre, un economista en la petrolera Shell, cuyo empleo los obligaba a cambiar de país cada tres años. En ese entonces, la espigada adolescente no quería seguir yendo de un lado a otro, quería asentarse, y lo consiguió a través del regalo del padre economista: su primera cámara. “Va a ser complicado”, decía la madre. A lo que el otro respondía que no, que le iba a encantar. “Será perfecto, le va a entusiasmar y va a ser una manera de conocer la ciudad”. Lo fue. Desde entonces, la joven que no quería mudarse se adentró en su nueva ciudad de una manera distinta. Cuando no estaba retratando a Londres la podían encontrar encerrada en el cuarto oscuro del colegio, revelando los negativos y sacando las copias en papel. “Hasta el punto en que verdaderamente me echaban. Iban a buscarme: ‘Todavía está ahí, Santolaya. Hace cuatro horas le dijimos que se fuera’, me decían”.

El periódico escolar, Standard, se convirtió en su primera ventana. Las historias que allí contaba no se narraban en letras sino en imágenes. “Nunca se me ha dado escribir. Me gusta mucho la literatura, me gusta leer, me encanta, me apasiona; pero no sé escribir. Escribo en imágenes”.

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De ahí en adelante lo tuvo claro. Regresó a Madrid —en donde nació en 1982— para estudiar Bellas Artes. Hizo luego una especialización en Bélgica y otra en la School of Visual Arts de Nueva York; pero del cuarto oscuro nunca se fue. Todavía puede pasar días encerrada en uno buscando la perfección. Su trabajo es, si se quiere, artesanal. En Waniku. Donde retumba el agua, —obra expuesta en la Galería Freites, de Las Mercedes, hasta el mes de septiembre—, la fotógrafa practicó sus dotes de alquimista. Cada imagen, de las 40 que componen la muestra, fue revelada a mano. Unas, las más grandes, las mujeres warao que representan las siete estrellas que componen la constelación Noji Jabasi u Osa Mayor para los occidentales, las logró mediante un proceso inverso al que se utiliza en la fotografía tradicional. Creó un negativo gigante de cada una de ellas y en el laboratorio logró el positivo. El resto de las fotos quedaron grabadas en papel baritado, gracias a una técnica de orimulsión de plata que utilizan los archivistas para que las imágenes se conserven mejor en el tiempo, y para lograr la tonalidad que caracteriza su obra. “Están viradas para alcanzar ese tono rojizo. Cada una es un original distinto, se trata de un trabajo individual que se hace imagen por imagen. El proceso las hace únicas”, explica.
Si no están bien de contraste, densidad o si se dobla el papel, se vuelve a empezar.

Historias mínimas

Si bien la fotografía apareció en su vida casi por casualidad, el arte siempre fue una constante. Santolaya creció rodeada de pintores, escritores, literatos y dibujantes. Su abuela, Eugenia Niño, dueña de una galería de arte en Madrid desde 1969, se encargó de que así fuera. Ese ambiente no la intimida. La motiva.

“Siempre he sido una persona muy creativa, desde niña, y siempre me ha interesado lo emocional, y también tenía mucha facilidad para dibujar, para pintar, lo que ocurre es que la fotografía para mí es una prolongación de mis ojos”. Esos ojos la llevaron a retratar el día a día de uno de los gimnasios más antiguos de los Estados Unidos, Gleasons, —el mismo donde entrenó Hillary Swank para Million dollar baby. Allí pasó dos años. Llegó pensando que se encontraría con las mismas asperezas que había en la escuela de Nueva York en la que estudiaba y no fue así. Salió con una familia, a la que procura volver cada vez que pisa el asfalto neoyorquino. “Nueva York fue una experiencia muy fuerte. Muy dura. Yo me metí en el boxeo porque estaba asfixiada de la competitividad en la universidad. Son dos años para desarrollar un proyecto y los compañeros de clase son el jurado, son tus amigos, pero también son tus rivales, tu crítico más feroz. En cambio, en el boxeo encontré a mi gente, mi lugar para estar, para crear, para llorar, para reír, para pasar la tarde”.

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Esos dos años decantaron en un libro, Around, cuyas imágenes versan no sobre el estruendo de la pelea, sino sobre los silencios que la preceden. Luego vino Prelude, en la que Santolaya abandonó la rudeza de los golpes para adentrarse en la delicadeza de la danza. Esta vez no fueron dos años, pero sí varios meses viviendo junto a los integrantes del Ballet Mikhailovsky en San Petersburgo. “Se puede pensar en un ballet ruso como lo más rígido que hay; pero una vez que rompes el cascarón, y te integras, te das cuenta que esa calidez no la tenía ni el más mediterráneo de los españoles”.

Santolaya no queda contenta con su trabajo hasta que no consigue esta cercanía; para insertarse pasa meses estudiando, sin informarse de más porque a la larga lo que busca es desengranar al ser humano que está detrás de los guantes de boxeo o de las zapatillas de ballet. Ante la pregunta de si lo logró, calla, piensa y responde: “Siento que di una imagen humana de quiénes son esos bailarines, intenté no estereotipar, ni mostrar arquetipos, tanto en el ballet, como en el boxeo. Quise centrarme sobre todo en ellos como individuos, como seres humanos. Si lo logré o no, lo tiene que saber el espectador. Yo estoy muy contenta con cómo salió ese proyecto y cómo pude convivir con un cuerpo de baile ruso, tan complejo, tan difícil y con una profesión tan agotadora; y sí pienso que di una imagen distinta a la que se suele dar del mundo ruso soviético”.

Ese interés en pequeñas comunidades la llevó hasta el extremo norte de América. Su próximo proyecto busca mostrar a antiguos creyentes ortodoxos, que se escindieron de su iglesia alrededor del año 1600 para continuar con su fe. De Siberia, pasaron a China, de ahí a Brasil, luego a Oregón, hasta terminar en Alaska. “Cinco familias en concreto fueron a Nikolaus y generaron una comunidad de 250 personas. He estado trabajando con ellas, fotografiando la pascua rusa en Alaska, que es territorio americano, aunque antiguamente lo fue ruso. Es interesante que con todo lo que pasa en el mundo permanezcan culturas tan fuertes y tan arraigadas”.

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Estrellas caídas

Sus tomas adquieren la atemporalidad del blanco y negro. A la fotógrafa no le interesa el color y se reconoce radical en ese aspecto: “Me gusta mucho la parte artesana y el no saber ligar si una fotografía está hecha en 2016, 2015 o en 1800, porque siempre elijo temas universales, a través de pequeñas comunidades, y ese juego con el espectador me atrae”. Su lienzo venezolano fueron las aguas del Orinoco, pero su relación con el país no comenzó en 2012, cuando surgió la idea de retratar a los waraos, sino desde su infancia.

Su abuela, la galerista, era criolla y desde pequeña le mostró parte de la idiosincrasia del país. La posibilidad de ir a la selva se abrió hace cuatro años, en una “piñata”, cuando una pareja que asistía a la reunión le habló de la antropóloga Diana Vilera, su “ángel del Orinoco”, y quien le presentó a Waniku, la luna en lenguaje warao. “La mitología warao se ha pasado de manera oral. Cuentan que ellos vivían por encima de las nubes y que había un gran cazador que se llamaba Buen Brazo, que tiró una flecha intentando cazar a un pájaro, esa flecha abrió un hueco en las nubes. Entonces, fueron bajando uno a uno. Todos a excepción de una mujer que se quedó atrapada en el medio y esa mujer se convirtió en la constelación de Noji Jabasi y se quedó vigilando para la eternidad todo lo que pasaba en la tierra”, relata.

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La historia le permitió dividir la exposición haciendo foco en siete mujeres, cada una nombrada en honor a una de las estrellas de la Osa Mayor, y todas vestidas con el ropaje que les legaron los monjes capuchinos cuando llegaron a evangelizarlos. Esas warao flotan en el agua, miran directo a la cámara. Son las estrellas que caen del cielo. “Es una manera de estar en el mundo muy distinta, donde el tiempo está suspendido. Donde las prisas son otras y todo fluye a través del río. El agua es vida, pero también es muerte, es una cosa circular. Es muy interesante desde el punto de vista personal, humano y étnico”. Su fotografía le dio virtud al mito. Allí radica su genio: no muestra lo que se ha modificado o corrompido. Enseña lo que se mantiene.

“Estar de un lado a otro me ha ayudado, yo espero, a ser mejor persona. A entender mejor el mundo, a valorarlo más y a respetar lenguajes distintos, gente distinta, lugares distintos. Lo que uno conoce es una cosa, pero hay mucho más allá”. A la larga, Santolaya continuó con su vida nómada. Se replantea, se acomoda, vive, fotografía y vuelve a empezar.

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