Tumbar los íconos chavistas

Estatuas del fallecido expresidente Hugo Chávez caen progresivamente como piezas de dominó. Han sido quemadas, atacadas, derribadas, desaparecidas en 2017. El único y último símbolo rojo se derrite entre las flamas de la crisis

Tumbar los íconos chavistas

Un liderazgo se funde cual vela que se apaga. El cabecilla de la revolución bolivariana, Hugo Chávez, ha caído de su pedestal y se ha fracturado contra el asfalto. En 2017, la crisis lo convierte en cenizas, trastos, despojo, basura. Las estatuas del expresidente que se erigieron en su honor luego de su muerte el 5 de marzo de 2013 son blanco de ataques cuatro años después. Lo que fue muestra de lealtad dentro del chavismo por parte del gobierno de Nicolás Maduro, hoy es recuerdo amargo que la sociedad aborrece.
El precedente se fijó en Nueva Esparta, cuando presuntos manifestantes de la oposición intentaron derribar la estatua de comandante, ubicada en una plaza con su nombre, luego de la movilización del 19 de abril. De acuerdo con Caraota Digital, un grupo de marchistas llegó a las barreras que impiden el acceso al monumento y fueron dispersados con bombas lacrimógenas por cuerpos de seguridad. En el ínterin, 42 personas fueron detenidas por la embestida a la efigie de 3,20 metros vestido de civil, plantado en la prolongación de la avenida La Auyama, en Porlamar.
La noche del 24 de abril no dio tregua ante la exaltación política. En Mariara, estado Carabobo, tumbaron e incendiaron una imagen del exmandatario. Duró en pie dos años desde su inauguración, que conmemoraba la fecha de su fallecimiento. Su cara de bronce mordió el cemento, su traje verde militar se quebró con el impacto. La figura de 3,80 metros de alto ardió en el suelo de la redoma “La Revolución” y se esparció por Twitter como dinamita. Quedaron solo restos.
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Desde entonces, la violencia se avasalla sobre los Hugo Chávez de yeso y bronce. El boicot en contra de la máxima figura del socialismo del siglo XXI se ha repetido en distintas zonas del territorio nacional. Han atacado 6 de 17 bustos y representaciones de Chávez que hay en “su patria querida”. Es la cantidad reseñada por la prensa al momento de su develado, de la que se tiene conocimiento público. La historiadora y miembro de la Academia Nacional de la Historia, Inés Quintero, asegura que la necesidad de invadir a Venezuela del expresidente en distintos tamaños y formas remite a una necesidad de cargar históricamente un hombre que encarna un significado político: “No le puedes dar calidad histórica a alguien que todavía el proceso no le ha dado ese carácter. Por eso la reacción es política. Como tiene simbolismo político tan fuerte, la gente reacciona. Y lo más grave es que se hace desde el mismo Estado, con los recursos públicos. Esa no es la representación de toda la sociedad”.
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Efecto dominó
“Lo van a tumbar. Grabá”, gritaba el autor de un video aficionado tomado en Villa del Rosario, Zulia, mientras un grupo de liceístas se acercaba premeditadamente a atacar en capaya otro vaciado de Chávez. Inmortalizaba el acto a punta de zoom. “Ahí está, ahí está”, pronosticaba el videógrafo anónimo: los muchachos jalaban con saña al mamotreto de dos metros aproximadamente que los saludaba con la mano derecha en la frente. Lo arrancaron de su base, con sus caras destapadas y sus chemises beige. Sin mayor pudor que la rapidez del acto.

La figura hueca cayó al suelo y los jóvenes saltaron al estrellato con su hazaña cumplida ese 5 de mayo. Incluso rebotó: dos hombres la tomaron por los extremos y la lanzaron repetidas veces. La misión era quebrarla sin miramientos ni delicadezas. Ese mismo día, Venezuela había amanecido con una cara menos del hijo de Sabaneta. Algo faltaba en la entrada al municipio Pedro María, en la localidad tachirense de Ureña. El busto de Chávez desapareció de la pequeña plaza que se había construido en su honor, con una estrella roja en el soporte. Ni su boina ni su traje de campaña saludarán a los propios y foráneos después de su misteriosa desaparición. Hasta el sol de hoy, se desconocen los iconoclastas.
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La facilidad con que se rompen estos moldes abre la interrogante sobre los materiales utilizados y la pertinencia de las mismas en las zonas donde se ubican. La especialista en estatuaria nacional clásica y profesora de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela (UCV), María Teresa Novoa, elucida: “No solo es el cuestión de símbolos, sino de emplazamiento, de calidad plástica. Que existan esculturas de presidentes no los descalifica, pero sí la calidad con la que están hechas, su valorización y el deterioro que pueda causar al espacio público”.
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En el estado Lara, desconocidos intentaron destruir otra estatua el 9 de mayo, ubicada en la intercomunal Florencio Jimenez en Barquisimeto, con bombas molotov y objetos contundentes. El ataque dejó al “líder” del MBR-200 mutilado e inestable, sin nariz y con el ojo derecho extirpado. Ahora se sostiene con manchas y grietas. En el estado Anzoátegui, frente al Centro Diagnóstico Integral (CDI) en la avenida Sucre de Pariaguán, quedaron solo cenizas de otro modelo, sostenía una espada con su mano derecha, luego de que fuera prendido en llamas la madrugada del 13 de mayo. Cuando rompió el alba, los restos incinerados del “Supremo” ensuciaban la plaza en la que una vez se respingó invicto.
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¿La lucha sigue?
“El amor de muchos se convirtió en repudio, a veces hasta en odio”, afirma el sociólogo Ramón Piñango. Considera que las estatuas derribadas son la punta más visible del iceberg. La crisis nacional ha hecho mella en la popularidad del otrora héroe revolucionario. Para el historiador y ensayista Rafael Arráiz Lucca no hay dudas: “Es evidente que hay una reducción muy grande del respaldo popular del chavismo. Eso trae esos niveles de desafecto hacia los símbolos”. Las cifras lo evidencian. De acuerdo con la encuestadora Datincorp, 78% de los consultados tiene una valoración negativa de la gestión del gobierno de Nicolás Maduro. 57% de ellos la considera pésima. Hercon Consultores calcula que 88,5% tampoco ve con buenos ojos las políticas del actual Ejecutivo.
Sin embargo, el pueblo no tiene imágenes de Maduro para tirar al piso. Es por ello que el sociólogo lo encuentra particularmente significativo. “Es el último símbolo de los recursos emocionales del colectivo que le queda al régimen; y hasta eso lo están repudiando”. Admite que las quemas y ataques y las desapariciones dejan al gobierno actual “sin nada con qué apoyarse para defenderse, nada que se pueda evocar”.
Piñango recuerda lo que algunos intentan desligar. “Muchos le atribuyen a Hugo el hecho de que Maduro sea el actual presidente”. El líder chavista pidió “de corazón” que eligieran al entonces vicepresidente como el primer cabeza de Miraflores en caso de que no pudiera sentarse por tercera vez en la silla presidencial. Y sus seguidores obedecieron, una vez se anunció su muerte el 5 de marzo de 2013: los resultados electorales lo dieron como ganador en los comicios de abril de 2013 con 50,61% de los votos, contra Henrique Capriles, que obtuvo 49,12%. Cuatro años después, el delfín, con sus medidas de control, ha generado un rechazo que se hace extensivo.
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La conexión carismática del oriundo de Barinas con sus discípulos era auténtica, indiscutible incluso. El escenario actual era impensable años atrás, de acuerdo con la psicólogo social y profesora de la Universidad Central de Venezuela (UCV), María Fátima Dos Santos. La sensación de continuidad resultó un arma de doble filo. “No todo el mundo interpreta el gobierno de Maduro como algo distinto a la gestión de Chávez. Existe un cambio de sentimiento con el proyecto que defienden. No se ve que estén atacando estatuas de Simón Bolívar, por ejemplo. Es una rabia dirigida a los íconos que el gobierno ha tratado de imponer”.
Pero el desdén no se reserva exclusivamente a tallas y otros volúmenes, la propaganda colgó afiches, retratos y los omnipresentes ojos. El pueblo volcó su inconformidad y arrete contra todo. La casa donde Chávez pasó parte de su infancia en Barinas fue uno de los casos más resaltantes. El 23 de mayo, la residencia fue incendiada por supuestos manifestantes opositores en medio de disturbios que dejaron al menos tres fallecidos, oficinas públicas quemadas, comercios saqueados y una instalación de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) atacada, reseñó El Estímulo.
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Aquí y en Pekín
No es la primera vez que una escultura de un presidente con tendencias autoritarias se erige en Venezuela. Tampoco la primera vez que sus mismos gobernados se precipitan para destruirla. La historiadora Inés Quintero recuerda los tiempos de Antonio Guzmán Blanco. El Congreso de la época dictaminó por decreto que se construyeran dos figuras en su honor. El pueblo las apodó “El saludante”, por su brazo levantado, y “El manganzón”, con su pose inactiva, ubicadas en el centro de Caracas. Ambas cayeron cuando Guzmán Blanco estaba fuera del país, ya en el ocaso de una de las dictaduras más largas que ha vivido esta “Tierra de Gracia”. “Eran dos y seguramente había algunos bustos, pero el país no estaba sembrado de su representación física. Las de Chávez están más asociadas a crear identidad de un mito con la sociedad. Eso es muy de regímenes totalitarios asociados, entre comillas, a movimientos de izquierda. Se trata de dar una connotación histórica a una figura que está siendo valorada políticamente”, asegura.
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Resalta ejemplos mundiales. La caída —figurativa y política— del dictador Sadam Husein en 2003 es uno de ellos. En media hora, soldados estadounidenses demolieron uno de los emblemas más grandes de un régimen obsesionado con los símbolos. Escenarios similares se presenciaron en Hungría (1956) y Georgia (2010), con el desmoronamiento de Iósif Stalin; y en Ucrania (2016), cuando por orden de las autoridades se desmontó el último monumento a Vladímir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, que quedaba en el país. Aunque Quintero descarta cualquier norma de sincronía entre el retrato y el gobierno: “No necesariamente indica que está caído”.
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Los grandes héroes de la historia remiten socialmente a representaciones de gran escala, especialmente aquellos sobre los cuales no hay mayor discusión al respecto. El sociólogo Piñango concuerda. Son símbolos importantes en las comunidades que permanecen en la memoria. En el escenario actual, se cuestiona: “La adoración que ha habido hacia Hugo Chávez ha sido exagerada. Se convierte en algo peligroso tener estatuas tan pronto”.
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