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Cuarentena desde NY: “Mejor me aferro a la idea de que todo va a estar bien”

¿Cómo es vivir en la ciudad que se convirtió en el mayor foco de Covid-19 en Estados Unidos? Una y otra vez le han hecho la pregunta a una fotógrafa y videógrafa venezolana radicada en NY. Aquí lo cuenta: así llegó el virus / Por: Mariana Vincenti

Cuarentena desde NY: “Mejor me aferro a la idea de que todo va a estar bien”

Siempre me ha gustado ver por la ventana cuando voy en un carro. Así lo hice la primera vez que llegué a Nueva York, tratando de absorber todo: las luces, la gente, los rascacielos, el movimiento. Era como electricidad corriendo por las venas de la ciudad: NY, al fin.

Así lo hice de nuevo, tres años después: la nariz pegada al vidrio mientras el carro recorría las avenidas de Brooklyn.

Pero ahora todo es diferente en la ciudad con más de 8 millones de habitantes, la más poblada de Estados Unidos.

En lugar del despliegue de diversidad de peatones, las calles están casi vacías, ocupadas solo por unos pocos con mascarillas en la cara. En Times Square, las pantallas, con mensajes alusivos a la salud y medidas de higiene, iluminan la plaza vacía.

Fuera de los mercados, líneas de personas esperando entrar. Graffitis nuevos en las paredes con palabras como “pandemia” o “Covid-19”. Parece una escena salida de una película distópica.

Y el silencio -tan inusual y ajeno a la ciudad que nunca duerme- ahora aturde: el coronavirus obligó a Nueva York a tomar la siesta. Y esta tranquilidad aparente es interrumpida solo por el ruido de las sirenas. Incesante, como un reloj marcando la hora, pero con un mensaje mucho más perturbador.

NY

(@Mariana_Vincenti)

Tomamos la autopista, usualmente congestionada, esta vez libre. Manhattan al otro lado del río. Todo esto sería una visión normal si no fuese por la máscara que lleva el papá de mi novio, que va al volante. Voy en el asiento de atrás, lo más lejos posible: la distancia como medida para evitar cualquier posibilidad de contagio.

Ninguno tiene síntomas, pero tampoco tenemos la certeza de estar sanos.

“¿Cómo va el negocio?”, se me ocurrió preguntar, tratando de aflojar el ambiente.

“Difícil”, respondió él, “como todos los negocios estos días. Ahí vamos”.

El resto del viaje fue en silencio. ¿De qué más se puede hablar cuando todo está tan inerte y al mismo tiempo tan amenazador? No supe qué más decir.

Salir y ver. Un concepto tan simple que se ha vuelto tan complicado en un par de meses en la ciudad que es el centro de la pandemia en Estados Unidos.

Un mes antes de la cuarentena – 0 pacientes en NY

Empezó en las noticias. Desde enero se escuchaban historias aquí y allá sobre una nueva enfermedad. Lo único que sabía en ese entonces sobre el coronavirus era que se llamaba así porque el virus tenía forma de corona, que llegó a ser tendencia en Twitter y que estaba en China.

En Nueva York la vida nunca para. Uno corre del trabajo a casa y viceversa, sin tener mucho tiempo para pensar en cosas que se sentían en ese momento tan lejanas. Pero la forma sombría como las noticias lo presentaban hizo que de pronto se sintiera un nerviosismo en las conversaciones. Un “¡Lávate las manos!” entre risas nerviosas. Nada más allá.

El año nuevo chino llegó en febrero, y con la fecha, los primeros efectos visibles del para entonces “novel” coronavirus.

NY

Aún no había casos en la ciudad, pero el Barrio Chino estaba inusualmente solo. Restaurantes cerrados, personas usando tapabocas, y videos de discriminación contra gente con apariencia asiática circulaban por las redes sociales

El primer síntoma en este lado del mundo fue la xenofobia.

De camino al trabajo, una mañana paré en la bodega para comprar desayuno. Frente a la caja había un grupo de niños, entre ellos una niña de ojos achinados. “Tú no juegas con nosotros porque tienes el virus chino”, le dijo uno de ellos. “Pero yo soy de Taiwán”, respondió confundida y apenada a la vez.

No pude sino pensar en tantas cosas que estaban mal con esa escena, desde la enseñanza de los padres, hasta la culpa que tiene el presidente de este país.

Pero más allá de hashtags, comentarios racistas y titulares cada vez más insistentes, el virus seguía siendo algo de las noticias. El metro iba igual de lleno, Nueva York estaba igual de ocupada y el trabajo igual de incesante.

Dos semanas antes de la cuarentena – primer paciente positivo en NY

Todo fue cambiando a finales de febrero y en marzo se concretó el desastre. El primer caso de coronavirus en la ciudad fue detectado el domingo 1 de marzo, y en cuestión de una semana la dinámica comenzó a ser distinta.

El metro pasó a ser un lugar de tensión, lleno de caras nerviosas si uno de los pasajeros mostraba el menor signo de tos. Las empresas empezaron a recomendar a los trabajadores quedarse en casa. Las noticias falsas se convirtieron en el tema de las conversaciones de pasillo y de los chats en todos lados.

Las medidas de cuarentena aún no cobraban forma, pero ya no había dudas de que llegarían. La pregunta era cuándo.

En el instituto de fotografía donde trabajo cada día había nuevas instrucciones: desinfectar los teclados de las computadoras cada hora, usar guantes o asegurarse de poner desinfectante en cada mostrador. Los correos aseguraban que, a menos de que el gobernador diera la orden, no iban a cerrar la escuela.

Mi buzón de correo se llenó de “Medidas respecto a Covid-19” de organizaciones como escuelas y gimnasios, hasta servicios de ayuda para preparación de impuestos. Leí los primeros cinco, decidí ignorar los demás. Suficiente con los titulares para que a uno se le pongan los pelos de punta.

En esos días fui al mercado porque ya no me quedaba nada en casa, y vi el primer estante vacío. Más allá de los recuerdos poco placenteros que me trajo la visión, me hizo gracia ver a la gente tomándole fotos.

Por primera vez pensé en una de las consecuencias de esta pandemia: mucha gente de ahora en adelante podrá entender a qué se refiere uno cuando cuenta historias de países en desarrollo. El concepto de escasez ya no será un término tan ajeno para muchos.

La ciudad estaba dividida entre la paranoia y la exasperación de aquellos que pensaban que las medidas eran absolutamente exageradas y que si era “solo una gripe”, qué tanto había que temer.

Yo misma me contaba en el segundo grupo, con más miedo de lo que pasaría con mi sueldo si cerraban el instituto que por el virus. Además, con tanto trabajo por hacer no había mucho tiempo de pensar en el asunto más allá de las conversaciones tensas con mi novio que sí se lo tomaba absolutamente en serio, con premisas como “deberías dejar de ir al trabajo” o “tenemos que hacer mercado para la cuarentena”. A lo que mi respuesta era “tampoco es para tanto”.

Al fin y al cabo, pensaba yo, Estados Unidos no tenía hospitales con falta de insumos, o agua, o electricidad.

¿Qué podía salirse de control?

Cuarentena. Semana 1 – Aprox. 1.500 casos de Covid-19 en NY

Empezó un viernes 13. No quedó otra opción.

Mi escepticismo se convirtió en miedo cuando me enteré de que un par de amigos se habían enfermado con el coronavirus. Los números de contagiados en Nueva York pasaron de unos cuantos pocos, a cientos y a miles, en menos de dos semanas.

Puse en perspectiva qué pasaría si yo me enfermaba y la cuenta no era alentadora: desde contagiar a mis compañeras de cuarto, a mi novio y a su familia (incluyendo a sus padres y abuelos mayores de 60 años) y a su roommate con asma, hasta una deuda insostenible por los costos de servicios de salud en este país.

Llamé a mis jefes buscando más opiniones al respecto. Si bien parte de mí quería no estar en contacto con nadie, la otra parte estaba en pánico: mi sueldo depende del instituto y de eventos que quedaron todos cancelados en cuestión de días.

Tuve la suerte de escuchar que, aunque el instituto cerraría, igual nos pagarían cierto número de horas.

NY

Con más preguntas que respuestas y sin mucho tiempo para pensar, empaqué un bolso con las cosas que consideré importantes y me fui a casa de mi novio. Mejor acompañados en este alboroto que a distancia sin saber hasta cuándo.

Aún no se había hecho oficial el llamado a quedarse en casa y la mitad de la ciudad seguía sin acatar la recomendación. Pero el miedo había llegado para quedarse y la incertidumbre también.

Mi cerebro corría y no dejaba de lanzarme preguntas. ¿Ajá y ahora? ¿Cómo hago el dinero que me falta? ¿Cómo hago para que mi novio, su roommate y yo no nos queramos matar en los próximos días? ¿Qué hago? ¿Qué pasa en la ciudad? ¿Cuántos casos van? ¿Y si alguno de nosotros está infectado pero no ha mostrado síntomas?

Esa noche en la cena hablamos poco y brindamos por el comienzo de algo que ninguno tenía mucha idea de cómo sería.

Un mes en cuarentena. – Aprox. 100.000 casos de Covid-19 en NY

Va poco más de un mes desde el viernes 13 de marzo. Hemos salido cuatro veces, dos a comprar comida y otra a caminar por la cuadra.

La primera vez que salimos a pasear generó tanta ansiedad que nos regresamos poco después de llegar al parque, a ocho cuadras.

Ya es oficial quedarse en casa y ahora es cuando falta: el gobernador dijo que las medidas de confinamiento se extienden hasta el 29 de abril y las autoridades sanitarias afirmaron que lo peor está por venir.

El número de contagiados en el estado de Nueva York, el más afectado, supera los 236 mil casos. Y las muertes pasan de 13.000. Estados Unidos ya supera los 39 mil muertos por Covid-19.

El sonido de las sirenas no para, día y noche.

Por la ventana veo la tienda de bicicletas de alquiler que sigue abierta porque está entre la lista de proveedores esenciales y nunca había estado tan llena. La librería de al lado y la tienda porno no corrieron con la misma suerte.

NY

Pero la primavera está llegando y el árbol de la ventana se empieza a llenar de capullos. Cuando hace sol, la vista desde la ventana se convierte en el paraíso.

Los días pasan entre “qué puedo hacer hoy”, miradas desesperanzadas y “todo va a estar bien”. Buscando las mil maneras de ponernos creativos con las reservas de comida, con el tiempo y con los ingresos. Recordando que no estamos solos, que en todo el mundo hay quienes tienen las mismas angustias y quienes también ven por la ventana esperando que aparezca alguna respuesta.

No faltan las llamadas por Facetime, Skype y Zoom, que al principio uno no quiere hacer y termina sin querer colgar. Así le conté a una de mis mejores amigas en Venezuela que me había pintado el pelo de rojo: “estaba aburrida, cosas radicales pasan cuando estoy aburrida” comentamos entre risas.

He aprendido que hay que tener paciencia,  que aguantar no siempre nos hace fuertes,  que hay cosas pequeñas que pueden hacer que uno pierda el balance y que también las cosas más simples traen la alegría de regreso.

He descubierto aspectos de mí en los que quiero mejorar, y algunos que no quería ver antes. He descubierto cosas nuevas que me gustan y que me sacan de quicio de mi pareja. Y que organizar fiestas de disfraces con la roommate hace que los fines de semana sean mejores.

NY

Pero lo más difícil es pensar en qué pasará luego. Entre la situación de la economía y la forma en la que han cambiado las dinámicas sociales, no puedo evitar preguntarme cómo vamos a navegar este nuevo estado del mundo.

Hay quienes me preguntan cómo es estar en NY, la ciudad con más casos del país, y no sé qué contestar. Estar todo el tiempo fuera de contacto con el mundo exterior te hace vivir en una especie de realidad paralela. Desde casa se siente igual que en cualquier otro país infectado por la Covid-19, excepto porque tenemos la amenaza muy pegada al otro lado de la puerta.

En pocos momentos habían estado tantos países en situaciones tan similares.

Si algo me enseñó ser de Venezuela es a tener resiliencia. A entender que en toda crisis siempre hay algo en lo que puedes creer, que siempre hay alguien al otro lado del teléfono dispuesto a escuchar, a entender y a estar de tu lado.

Así que mejor me aferro a la idea de que todo va a estar bien, ojalá sea pronto.

Aprendí a respirar profundo y entender que esto es lo que nos tocó, pero que uno siempre tiene la decisión final, incluso cuando en el proceso de levantarse pase por llorar hasta el cansancio.

Que esto es solo un momento en nuestra historia y que saldremos. No sé cómo ni cuándo, pero saldremos.

Instagram: @Mariana_Vincenti