El primer medallista de Colombia pudo haber sido venezolano

El catire Helmut Bellingrodt, nieto de un alemán que se casó con una maracucha y después se mudó a Barranquilla, ganó plata en tiro en Múnich 1972. Es el semidesconocido pionero del país que se convirtió en una potencia olímpica mediana en Río 2016, con las tres preseas doradas de Caterine Ibargüen, Mariana Pajón y Óscar Figueroa  

El primer medallista de Colombia pudo haber sido venezolano

¡Yo no sé qué vaina es esa del jabalí, pero medalla es medalla, hermanito!”, recuerda Helmut Bellingrodt Wolff lo que le dijo un ciudadano anónimo que le estrechó la mano cuando lo sacaron a pasear en un carro descapotable en caravana por las calles de Barranquilla.

En parte por su nombre y apellido de musiú, en parte porque practicaba una disciplina muy poco popular (el tiro al blanco móvil, también llamado tiro al jabalí, aunque no se le dispara a un animal real), o quizás también porque unos días después de su hazaña ocurrió la más grave tragedia terrorista de la historia olímpica, el barranquillero Bellingrodt es mucho menos conocido en Colombia que el Pibe Valderrama o James Rodríguez. Sigue siendo visto como un fenómeno foráneo.

Y sin embargo, el catire que en Múnich 1972 lucía una melena digna de Chris Hermsworth es el primer medallista oficial de la historia del país que en Río 2016 se convirtió en una potencia olímpica mediana, con un total de siete preseas, entre ellas los tres oros de Caterine Ibargüen (salto triple), Mariana Pajón (ciclismo BMX) y Óscar Figueroa (levantamiento de pesas), además de 12 diplomas olímpicos. Pajón fue tan dominante en su prueba como Usain Bolt en la pista de atletismo, mientras que la carismática Ibargüen dio una cátedra sobre la diferencia entre ganar y hacerlo con estilo.

Bellingrodt, que a los 23 años de edad ganó plata en tiro deportivo en la tierra de sus ancestros antes de que dos boxeadores colombianos también obtuvieran bronce en Múnich 1972, estuvo a punto de ser venezolano. Su abuelo paterno, Friedrich Bellingrodt, era un alemán de Hamburgo que a principios del siglo pasado vio un aviso en la prensa en el que una empresa multinacional solicitaba personal para trabajar en Maracaibo. Emigró a Venezuela y se casó con una maracucha, Albertina Ortega. Pero años después, Friedrich se estableció como comerciante por cuenta propia en Barranquilla.

Casualmente, la esgrimista Ursulla Selle, una de las dos pioneras femeninas de Venezuela en Juegos Olímpicos en Helsinki 1952, también es hija de un alemán que se estableció en Maracaibo. La también odontóloga Ursulla hoy se mantiene en admirable estado de salud a los 81 años y vive en el sector caraqueño de La Florida.                

Colombiano hasta la muerte

“Para mí ha sido un pecado capital tener nombre y apellidos extranjeros, eso lo tengo claro. Muchos se confunden  y piensan que yo no nací en Colombia  y menos en Barranquilla. Soy colombiano hasta la muerte y por eso no acepté cuando me ofrecieron la nacionalidad alemana para competir como tirador de ese país después de mi participación en Múnich”, señala el arquitecto Bellingrodt en un reportaje que le realizaron en el blog La Cháchara. La pistola con la que ganó plata en la histórica fecha del primero de septiembre de 1972 fue remendada con cola de zapatero por su padre y entrenador, Ernesto Bellingrodt. Después participó en condiciones mucho más profesionales en Los Ángeles 1984 y repitió la plata.

En realidad hubo un medallista colombiano extraoficial en los Juegos de París 1900: Francisco Henríquez de Zubiría (1869-1933), un hijo de neogranadinos nacido en la Ciudad Luz que compitió junto a cinco franceses y quedó subcampeón en el desaparecido deporte de jalar la cuerda, y luego sirvió como médico en la Primera Guerra Mundial.   

Colombia, que no ganó medalla de color alguno en Atlanta 1996, ha acumulado 21 preseas olímpicas desde Sidney 2000 (5 oros / 6 platas/ 10 bronces), lo que le sitúa en el puesto 45 desde esa fecha, por encima de México o naciones europeas como Eslovenia, Bélgica, Finlandia o Austria. En Río 2016, antes del domingo, figuraba en la casilla 22 en el medallero, solo detrás de Brasil, Jamaica y Cuba en América Latina.

La prensa de Colombia habla de una auténtica “revolución olímpica” basada en un plan de detección de talentos en sectores populares, un programa de becas que se financia en parte con un impuesto a los servicios de telefonía celular y el apoyo de las ciencias aplicadas al deporte (la bicicleta de Mariana Pajón fue diseñada con apoyo de ingenieros de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín). También se ha reconocido el aporte de entrenadores extranjeros como los cubanos Rafael Iznaga y Ubaldo Duany.

Por supuesto, como en cualquier país, todo dista de ser perfecto. Cuatro meses antes de Río 2016 renunció el director de Coldeportes (equivalente al viceministerio venezolano), Andrés Botero, en parte debido a un escándalo de corrupción en los Juegos Nacionales Ibagué 2015. También se ha criticado que el rendimiento de los deportes colectivos, como el fútbol o el baloncesto, sigue estando muy debajo de lo que consiguen individualmente los pesistas o los ciclistas. En todo caso, Colombia celebra por todo lo alto y ya no con un Bellingrodt, sino con apellidos tan criollos como Figueroa, Pajón e Ibargüen.

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