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"Este gobierno va a caer", gritaban en el entierro de Lisbeth Ramírez en Táchira

En un ataúd negro herméticamente cerrado, con una etiqueta colgando de una de las manillas, con el nombre de Lisbeth Andreína Ramírez Mantilla, cédula de identidad y número de causa 124-01-18, llegó la noche del sábado 20 de enero a la sala velatoria del cementerio jardines de la Consolación, en el sector Caneyes del estado Táchira, la joven abatida el 15 de enero en el operativo policial contra el ex Cicpc Oscar Pérez en El Junquito.

"Este gobierno va a caer", gritaban en el entierro de Lisbeth Ramírez en Táchira

Eran las 9:00 de la noche y luego de más de ocho horas de espera en el cementerio jardín Metropolitano del Mirador, donde se creía sería la sepultura, los familiares de Lisbeth corrieron desesperados a encontrarse por última vez con ella.

Previo al ingreso al camposanto hubo un impasse con funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), con equipos antimotines que solo autorizaban el ingreso a los familiares.

Los ánimos se caldearon y luego de dialogar fue permitido el paso a la caravana de tachirenses que acompañó hasta el último momento a la familia Ramírez Mantilla.

Una vez adentro, la tribulación y el llanto se apoderaron de la sala, al constatar que la joven no podría ser sacada del féretro para vestirla con la ropa nueva que habían dispuesto.

La impotencia se hacía cada vez más evidente en los rostros de quienes clamaban justicia y aún no entendían, “por qué la asesinaron si era una inocente”.
Los parientes de la joven tachirense buscaron inútilmente una abertura que permitiera un último contacto pero solo veían el cuerpo inerte, guardado en una bolsa gris, con una pequeña rendija en la parte superior que permitía ver apenas parte del rostro.

En medio de plegarias y cánticos de un grupo religiosos cristianos, la familia compungida exigía a los presentes no tomar fotografías y no grabar la dramática escena.

Funcionarios de cuerpos de seguridad del Estado, vestidos de civil, exigieron a los medios guardar sus teléfonos, inclusos a algunos periodistas les pidieron apagarlos.

Mientras la tristeza contagiaba más y más el ambiente los mismos funcionarios apresuraban el ritual cristiano para dar paso a la sepultura.

 

Antes de salir de la sala de velación, una bandera nacional y un ramo de flores fueron puestos sobre la urna. La procesión apenas comenzaba.

– “Este gobierno va a caer” –

La oscuridad acompañó el camino del cortejo fúnebre de quien llamaron “una heroína”. Apenas las luces de los teléfonos móviles marcaban el paso por la empinada cuesta de arena que llevaba a la fosa.

El himno nacional de Venezuela acompañó el recorrido en la fría noche, hasta llegar al lugar donde se daría el último adiós.

“Ahora sí, tomen fotos, que el mundo se entere cómo estamos enterrando a Andreína”, vociferaba un pariente de la joven.

Gritos desgarradores, llanto y las consignas “…y va caer, va caer, este gobierno va a caer” y “Venezuela quiere libertad”, estremecieron el momento final en el que el ataúd fue abierto para la despedida.

El pabellón nacional, gorras tricolor, fueron dispuestas sobre el vidrio que separaba la humanidad de Lisbeth del mundo exterior. El llanto desconsolado de los padres de la abatida completaba la cruel escena.

Quienes acompañaron a Lisbeth Andreína hasta su sepultura no escatimaron calificativos para describir su muerte: “la asesinó la dictadura”, aun a sabiendas que funcionarios de organismos de seguridad, vestidos de civiles se encontraban en el lugar.

Con marcada indignación los presentes gritaban frente al féretro que no descansarán hasta que se haga justicia y la muerte de la tachirense y los demás integrantes del grupo llamado de “resistencia”, no quede impune.