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Haití: una dura mirada 5 años después del terremoto

La tierra tembló por más de un minuto. El sismo, de 7 grados en escala Ritcher, dejó una ciudad en ruinas y más de 300 mil cadáveres entre ellas. Hoy, cinco años después, Haití ha recogido 97% de los escombros, según el PNUD, pero poco de los recuerdos de casi 80 mil personas que aún viven en campos de desplazados

Las primeras imágenes difundidas fueron las del periodista venezolano Juan Barreto, de la agencia France Press (AFP), que llegó en el primer vuelo que aterrizó en Haití después del sismo, junto con una comisión diplomática. Una Nikon desechable le sirvió para mostrarle al mundo el escenario más trágico que vivía el país más pobre de América desde 1970.

Los familiares de los fallecidos, con los cuerpos envueltos en sábanas, los cargaban por la ciudad, con cuidado de no pisar otros muertos, para ubicarlos en una acera. Se metían “como ratones” en las fisuras que habían dejado los edificios caídos, buscando agua, alimentos, parientes perdidos.

h21_21711211«La gente me hacía señas para que fuera en una dirección. Llegué a una plaza donde había 300, 400 cadáveres, uno encima de otro. Había un señor levantando las personas, como buscando a sus familiares. Fue un impacto visual para mí»

 

De las entrañas de la ciudad de Puerto Príncipe salía un olor a carne podrida del que era imposible escapar. Hasta el agua, después de varios días, parecía tener ese sabor. “Había momentos en los que no podía respirar”, dice Barreto. Julio Justini, un haitiano de 30 años que reside en Venezuela desde hace 5, cuenta lo que vivió con el lenguaje parco del que no domina el español. “Pasó un camión a botarlos porque se murieron muchos”, alcanza a decir sobre una de los recuerdos que siguen con él.

El aroma de los cadáveres se mezclaba con los gritos nocturnos de los haitianos que con cada réplica volvían a la tarde del 12 de enero.

“El sonido es como un rasguño de un perro en el piso, pero gigantesco.Todo se empezaba a mover y el grito de los haitianos de susto y dolor era increíble. Era un grito de miedo”, relata Barreto.

Uno de los compañeros de Justini, que pertenece a una cooperativa de 70 heladeros que trabajan en Caracas, murió al quedar atrapado en un edificio que cayó. También varios familiares. «Pero todo está bien. Así es la vida», asegura. Para él, el terremoto es solo uno de “muchos problemas” de su país: 80% de su población vive en la pobreza, y desde finales de octubre Haití está inmerso en un brote de cólera que hasta 2013 había causado más de 9000 muertes.

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Para Barreto, es de las experiencias que se quedarán con él para siempre. Al volver a Venezuela no podía dormir entre los recuerdos y la sensación de claustrofobia que lo asaltaba cada vez que se encontraba en un espacio cerrado. 

14_000_Mvd1130019«Iba caminando y escucho a un niño llorando y gritando, tirado en el piso, con la cara destrozada. Hice la foto y después lo agarré, lo cargué, lo llevé a un lugar, le di agua y le eché un poco para refrescarlo. Esa noche no podía dormir»

Días después, mientras tomaba fotografías al carnaval de Brasil, pensaba en el contraste. Fue una cobertura difícil después de ver a ancianos golpeando a niños para robarle un paquete de galletas. “Pasé de ver la pobreza extrema y cómo el ser humano se va convirtiendo en nada…a una fiesta”, dice. No pudo sacarse a Haití de la mente.

“Eso te queda. Eso no se olvida”

 

haiti-earhquake«Algo que conmueve es cuando encuentran a la primera sobreviviente. Eran las dos de la mañana, la rescató un grupo francés. Ella empezó a cantar el Ave María. Me alegré»

 

Un Mercedes que rueda en calle de tierra

Al productor de varios canales de televisión pública alemana, Carlos Rodríguez, también le impactó la pobreza. Pero sobre todo contrastada con la opulencia de una pequeña parte de la isla:

“Mientras yo veía que una parte se moría de hambre, una pequeña porción alquilada de Haití se llenaba de cruceros con turistas y su comida que disfrutaban del sol y de la playa”

Haití no dejó de ser un paraíso turístico para los que sí tenían dinero después del terremoto. Incluso algunos haitianos, los “agraciados” como los califica el productor argentino, mantenían su estilo de vida luego de que el terremoto dejara a 1,5 millones de personas sin hogar.

“Un día venía por una calle de tierra y me encontré un Mercedes Benz bajando por la calle de tierra destruida”, dice incrédulo después de cinco años. Rodríguez cuenta que si te fijabas bien en esa misma vía encontrabas gente que vivía en las aceras con sus maletas bajo un techo de lona. Madre, padre y cinco hijos.

A diferencia de los edificios gubernamentales, los concesionarios Porsche sí se mantuvieron en pie. Sobrevivieron el terremoto. “Carros para las 20 calles asfaltadas del país. ¿Por dónde andaban?”, se pregunta el productor.

 

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Rodríguez explica que participó en la producción de un documental que expuso la corrupción del gobierno haitiano. La conclusión fue que las edificaciones públicas cayeron porque fueron construidas con arena de playa, en lugar de arena normal para construcción.

Pero este tipo de vivezas no fue las únicas de las que fue testigo. Era la ley de la selva. El más débil o lento siempre perdía:

“Los obligaban hacer filas a palazos y luego a compartir los sacos de 10 kilos entre dos. A un señor mayor le tocó ir a buscar el saco con un joven que podía cargarlo en su hombro. Cuando el señor se volteó, el joven había echado a correr con el saco”.

El hombre se quedó con las manos vacías y llorando en el suelo. El productor argentino comenta que injusticias como esa eran lo habitual. No obstante cuenta que él y su equipo intentaron colocar su grano de arena para construir:

“Le regalé mi carpa, mi bolsa de dormir, un candado y un colchón inflable a una camarera del hotel. Ella se lo llevó a su mamá, quien había perdido todo. Y eso fue como que si le hubiese regalado un apartamento en Altamira pegado a la Cotamil. La mujer no paraba de llorar”.

No obstante, esclarece que él no mezcla lo emocional con lo profesional. Relata que aunque al principio es desgarrador, luego llega un punto en el que se convierte en el día a día: “No es que te resbala, pero la piel se pone más dura”. Vivió en Haití -o como él la llama, la “zona de guerra”- durante un mes después del terremoto.