Juan Pablo Pernalete, "el alma de la fiesta" que apagaron hace dos años

Hay una silla vacía en la mesa de un comedor familiar, un pupitre sin alumno en el medio del salón de clases, una posición desocupada en la cancha de básquet, un trago sin dueño en alguna fiesta universitaria y unos cachorros confundidos esperando a su amo detrás de la puerta principal. Se cumplen dos años del asesinato de Juan Pablo Pernalete.

Juan Pablo Pernalete cantó su último cumpleaños con una hallaca. Cumplía el 28 de diciembre y no había torta, pero sobraba comida navideña. Lo que sus amigos recapitulan como una anécdota graciosa, se convertiría inesperadamente en un recuerdo nostálgico. Se trataba de su aniversario número 20. Entre risas, sopló la vela que torpemente uno de los presentes había enterrado en el centro del ocurrente postre. Quién sabe qué habrá deseado.

“Sonará raro, pero Juan Pablo lo hacía todo bien”, confiesa José Bueno (responsable de la torta-hallaca), riéndose de su propio»chinazo» (expresión utilizada en Venezuela para referir una frase con doble sentido). Sus conocidos coinciden en que Pernalete era un destacado atleta, excelente estudiante y mejor persona, dedicado amigo e hijo consecuente.

Juan, el pana

Juan era increíblemente sociable, de esos que las mamás llaman amigueros. Tenía conocidos en todas las universidades capitalinas, influenciado en gran medida porque el deporte se lo permitía; y poseía, además, un gran sentido del humor, del que presumía en su canal de Youtube “No es asunto tuyo”, donde junto a su compañero, Eduardo Páez, intentaba contagiar a la gente su jocosidad y ganas de vivir.

Era el alma de la fiesta. Sus amigos lo describen como alguien que no se sentaba en toda la noche. «Bailaba de todo», tanto que tenía incluso sus propios pasos: “el baile del choque”, dicen casi al unísono José y Cesar Rodríguez, otro de sus compinches.

«Un día, Juan dijo que era Gente de Zona y se puso a cantar en un cumpleaños frente a un poco de gente, y de repente yo terminé siendo Nacho, y este -señalando a César- era el de Los Cadillacs».

 

Al margen de las rumbas y su activa vida social, Juan era en el amor casi tan comprometido como en las canchas. Solo tuvo una novia: Fabiana, «la niña de sus ojos». Se juntaron cuando él estaba en quinto y ella en tercero de bachillerato, y desde entonces fueron inseparables. Mantuvieron una relación de cuatro años y sus amigos alegan que tenían un vínculo envidiable. “A simple vista se notaba que Juan la quería muchísimo”, asegura Oscar Olivares, artista plástico y amigo de la infancia. “Juan era entregado a Fabiana completamente”, confirma César.

Para propósitos de esta semblanza se intentó contactar, sin éxito, a Fabiana Marchesi.

Juan, el deportista

Juan Pablo comenzó en el mundo de los deportes en segundo grado. Se inscribió en el equipo de fútbol de su colegio – María Santísima en El Marqués (Caracas)- con su mejor amigo de pequeño, Oscar Olivares. Entre risas, el pintor cuenta lo “terrible” que eran jugando: «no anotábamos nunca».

Tendrían que pasar algunos años para que Pernalete descubriera su verdadero talento: el baloncesto.

Para sorpresa de todos, a pesar de que seguía siendo pequeño de estatura y que todos sus compañeros lo habían superado en tamaño, demostró tener un talento innato. Ya no era el niño que no metía ni un gol, era el jugador estrella, el que se llevaba todos los trofeos y el terror de aquellos que tenían que competir contra él en los amistosos del colegio. Durante la secundaria, fue parte de La Liga Nacional Estudiantil y llegó a representar al país con la cuadrilla venezolana en la Eurobasket.

Ya graduado fue admitido en la escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV), otro de sus más grandes anhelos, asegura César. No obstante, ese sueño fue desechado tan pronto Juan se enteró de que allí no podría jugar baloncesto. Cursó par de meses y se retiró. “Él necesitaba jugar”.

Se decantó por estudiar Contaduría en la Universidad Metropolitana (Unimet) de Caracas y su talento le consiguió una beca por excelencia deportiva.

“Él nació para jugar baloncesto”

Juan Pablo ocupaba el puesto tres dentro del equipo de la Unimet. Era el alero, el que más alto brincaba y el único que podía clavar el balón directamente en el aro, de acuerdo con el relato de sus compañeros de juego. Pero, más allá de sus cualidades deportivas, Andrés Toth, uno de sus socios en la cancha y gran amigo fuera de ellas, lo identifica como un segundo entrenador. “Juan podría decirse que era el coach motivacional”.

Toth lo describe como un líder y una motivación para todo su equipo. Si perdían, él era la voz del ánimo que los impulsaba para hacerlo mejor en el próximo partido.

“Sacaba lo mejor de nosotros; nos hacía jugar como nosotros no sabíamos que podíamos”.

 

Con Lebron James, para ese entonces el 6 de los Cleveland Cavaliers, como modelo a seguir, Pernalete se visualizaba en la máxima instancia este deporte. “Juan era un soñador; él de pana creía que podía llegar a la NBA. Cuando sabemos en que es casi imposible, habrá uno o dos venezolanos en la historia…”, dice César, mucho más aterrizado.

El 25 de mayo de 2017, su familia recibió una carta remitida por el departamento de fans de NBA. “Su sueño se cumplió”, comentó José Pernalete, entre la amargura y el duelo, durante una entrevista para RunRunes. «El llegó a la NBA».

«Lamentamos profundamente oír del fallecimiento de su hijo Juan Pablo. Sabemos que era un gran fan de la NBA, y quisimos extender nuestras condolencias. Les deseamos lo mejor durante este momento tan difícil», indica el documento oficial.

26 de abril de 2017, en voz de sus amigos

“Juan era demasiado arriesgado”, dijo de entrada Andrés, con un tono de voz que desdeñaba resignación, más que reclamo.

Para Juan Pablo ese 26 de abril comenzó como la mayoría de sus días. Fue al gimnasio con su compañero de baloncesto, Andrés. Entrenó desde la mañana y, a eso de la 1 p. m., su amigo lo dejó en su casa. Esa tarde, salió a marchar -a pesar de la desaprobación de su madre- en contra del Gobierno de Nicolás Maduro, como acostumbraban miles de personas desde hacía casi un mes.

Ese miércoles la marcha convocada por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se dirigía a la Defensoría del Pueblo. Hubo varios focos de enfrentamientos directos entre la Guardia Nacional y los manifestantes y uno de ellos fue en Altamira, donde se encontraba el unimetano.

César, que también era asiduo en las concentraciones, cuenta que ese día le vio frente a la plaza Francia, se saludaron brevemente, y siguió su camino sin saber que en los próximos 15 minutos lo vería tendido en el piso con una muchedumbre a su alrededor.

“Veo como un tumulto y pienso ‘me voy a acercar para ayudar, para ver quién es’. Cuando me acerco veo que es él, yo mismo de la adrenalina lo levanté del piso. Gritaron ‘moto’, lo monté en la moto y fuimos. Yo realmente nunca pensé que Juan… que era grave (…) Me acuerdo que en la moto pensaba ‘cuando lleguemos a Salud Chacao le van a echar agüita en la cara, se va a despertar y vamos a quedar como los imbéciles. Tanto show para nada porque lo que está es ahogado’”, rememora.

 

Muerte y legado

La catastrófica noticia se oficializó poco después. César habla, con las manos en la cara, del momento en que los padres de Juan entraron al centro Médico Salud Chacao. Es una imagen que, notoriamente, quiere arrancarse de la memoria. «Es uno de los momentos más duros que he vivido en toda mi vida».

La información se difundió rápidamente, y de inmediato una interrogante colmó al país: ¿qué lo mató?, puesto que el proyectil causante de su deceso no había sido identificado. Inicialmente se argumentó que se trataba de una bomba lacrimógena disparada a quemarropa.

El asesinato de este joven convulsionó la ciudad en pocas horas. «Pude haber sido yo», se convirtió en el mantra de los estudiantes del país.

Al día siguiente, la Unimet recibió a cientos de venezolanos que, lo conocieran o no, fueron a demostrar su dolor y sus condolencias. Se realizó una misa y un homenaje, ambos eventos solo adornados por el color negro de las camisas y el blanco de las rosas. Los presentes marcharon silenciosamente desde la universidad hasta el sitio exacto donde fue asesinado (frente a la Torre Británica, en Altamira). Declaraciones llenas de lágrimas, el himno nacional y mensajes dirigidos hacia el cielo fue parte de lo vivido aquel emotivo día.

72 horas después, el Gobierno nacional, por medio del para la fecha ministro de Comunicaciones, Ernesto Villegas, alegó que había “una aproximación policial» que mostraba «con un alto grado de veracidad la posibilidad de que este joven venezolano haya sido asesinado con una pistola de perno cautivo”, atribuyéndole así la supuesta responsabilidad a quienes auxiliaron a Pernalete.

El 24 de Mayo, casi un mes después, el Ministerio Público (MP) desmintió esta teoría y confirmó que la muerte de Juan Pablo fue producto del impacto de una bomba lacrimógena.

“De acuerdo a nuestra investigación la muerte del estudiante se produce por un shock cardiogénico por traumatismo cerrado de tóxax, él fue impactado por un objeto como este (mostró un cartucho de bomba lacrimógena en la rueda de prensa). Esto es una bomba lacrimógena. Nosotros llegamos a la conclusión luego de una serie de experticias (…) tenemos cinco testigos en este caso (…) realizamos acoplamiento físico de las dimensiones del cartucho con la lesión en el tórax, presencia de residuos en la franela”, dijo Luisa Órtega Díaz, fiscal general. Una acción que confirmó su ruptura con el chavismo.

La víctima 34 

Este periodo de protestas contra el régimen chavista se desencadenó luego de que el Tribunal Supremo de Justicia emitiera las sentencias 155 (27 de marzo 2017) y 156 (29 de marzo). Este dictamen dejaba sin poderes a la Asamblea Nacional y otorgaba nuevos poderes al mismo Tribunal Supremo y al Presidente.

Tras cuatro meses de enfrentamientos diarios, el MP contabilizó más de 110 víctimas fatales, pero números extraoficiales hablan de casi 140 fallecidos. Juan fue el víctima 34, según un listado realizado por RunRunes.

Juan Pablo no es solamente un número. Para los que lo conocieron será, por siempre, un ejemplo de amor, alegría, talento, esfuerzo, dedicación y humildad; pero también un doloroso recuerdo de lo que perdieron.

La avenida Ávila, que llevaba el nombre de la montaña que abraza la capital, ahora se titula Juan Pablo Pernalete Llovera. Así, Juan, el hijo, el amigo y la promesa del baloncesto, quedó literalmente grabado en las calles de Caracas.

“El día de mañana cuando yo tenga mis hijos y me meta por la avenida Juan Pernalete les podré explicar ‘él era un amigo mío que jugó baloncesto y que luchó por su país’ y cuando vivamos en un país libre les podré decir ‘nosotros vivimos en un país libre gracias a Juan Pernalete, que es el nombre de esta calle’”, dice Andrés con una sonrisa a medias.

Este texto fue escrito originalmente en julio de 2017

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