Julie Andrews cumple 85 años: el drama detrás de la sonrisa

Al llegar a los 85 años, la actriz británica, que tuvo una infancia azarosa, mantiene su relevancia como una de las pocas leyendas que quedan del Hollywood clásico a través de tres películas icónicas: “MaryPoppins”,“La Novicia Rebelde” y “Víctor Victoria”. En el pasado Festival de Venecia le dieron un premio a su trayectoria.

Julie Andrews cumple 85 años: el drama detrás de la sonrisa

Una de las pocas leyendas que van quedando del Hollywood clásico es Julie Andrews. Al llegar a sus 85 años de edad, que cumple este 1° de octubre, forma parte de la memoria de millones de espectadores de todo el mundo, que la recuerdan por Mary Poppins, aquel delicioso filme de Disney que estelarizó con el gran Dick Van Dyke, por el que ganó un Oscar en 1964. También está en la mente colectiva de la cultura popo por La Novicia Rebelde, el mítico musical cinematográfico rodado íntegramente en el maravilloso entorno natural de Salzburgo. Sin pasar por alto la divertida comedia, Víctor, Victoria (1982), dirigida por su marido, el fallecido Blake Edwards, considerada por muchos la mejor interpretación de su dilatada carrera de actriz, donde las circunstancias la obligaban, en un guión lleno de humor blanco, a simular ser hombre.

Estos tres títulos, que aparecen en la lista de los más icónicos del cine de todos los tiempos, lo cual no es decir poco, hablan por sí solos de la coherencia de esta gran  dama a la hora de escoger sus roles. Sus trabajos podrían perfectamente ser contemplados por una familia entera, grandes y chicos. O lo que es lo mismo, que estarían siempre “autorizadas para todos los públicos”, para utilizar el lenguaje de las juntas clasificadoras.

En Mary Poppins (Estudios Disney)

Sin embargo, no dejó de intentar otros registros, como cuando en 1966 trabajó bajo las órdenes de Alfred Hichcock en La cortina rasgada, protagonizando con Paul Newman, el galán del momento. Es una historia de espionaje que transcurre en la República Democrática Alemana, en plena guerra fría, donde deben fingir ser traidores a su patria con el objetivo de contactar con la única persona que puede ayudarlos a neutralizar una peligrosa tecnología nuclear soviética. La cinta pasó sin pena ni gloria.

Un padrastro acosador

De nombre real Julia Elizabeth Wells, nacida en 1935 en Surrey, Gran Bretaña, se enteraría que no era hija de quien ella creía, que en realidad era su padrastro, sino que su progenitor había sido amante de su madre y nunca quiso saber de ambas cuando la niña vino al mundo.

Esa historia la mantuvo en secreto, hasta que en 2008 publicó la primera parte de su autobiografía (a fines del año siguiente editaría el segundo volumen), donde detallaba cómo ese padrastro alcoholizado quiso abusar de ella, sin conseguir nunca sus oscuros propósitos. Estos antecedentes sirven para situar a la futura gran estrella del espectáculo en un ambiente sórdido, de miseria, pasando infinidad de privaciones. Cuando era pequeña, actuaba subida a una caja de cervezas en el vodevil que interpretaba junto a su madre y Ted Andrews, que así se llamaba su padrastro, un artesano con voz de tenor de quien tomó el apellido. Luego se convirtió en el sostén familiar de ambos cuando cayeron en una espiral de alcohol y ruina.

Julie Andrews en «Víctor Victoria», una de sus mejores interpretaciones. (Universal Pictures)

Bordeando la adolescencia, su primera interpretación en el teatro fue en el London Hippodrome, en 1947, con la obra Starlight Roof  y posteriormente en una versión de Cinderella. Su suerte cambió al marcharse a los Estados Unidos en 1954, donde se fue dando conocer en pequeños papeles en musicales de Broadway, entre ellos The Boy Friend, que fueron creciendo en importancia a medida que demostraba sus cualidades para la interpretación y el canto.

En 1956, los compositores Frederick Loewe y Alan Jay Lerner la contratan para protagonizar, junto al actor británico Rex Harrison, el  musical My Fair Lady, basado en la obra  de 1913 Pygmalion, de George Bernard Shaw, que resultó todo un estruendoso éxito, tanto de taquilla como de público. En 1961, los mismos productores vuelven a solicitarla para encabezar, con Richard Burton, el elenco de su nueva pieza de teatro musical, Camelot, una adaptación de la leyenda del Rey Arturo. La obra vuelve a ser un suceso y acrecienta la fama de la actriz.

El desaire de Hollywood

Si algo habría que decir del éxito de My Fair Lady en Broadway en 1956, es que fue rotundo. Las críticas lo definieron como “el musical perfecto”. Arrasó en los Tony (el máximo galardón del teatro neoyorkino), el disco de las canciones resultó el más vendido del año, alcanzó más de dos mil representaciones (algo inédito en la época) y se estableció como un clásico contemporáneo de la cultura pop estadounidense. Estuvo representándose sin interrupciones hasta 1962 y Julie Andrews se encargó también del papel protagónico femenino en la versión del West End londinense. Era cuestión de tiempo para que Hollywood pusiese sus ojos en la adaptación cinematográfica, para la cual su estrella principal femenina en el teatro fue olímpicamente ignorada, no así Rex Harrison, quien repitió en la versión al celuloide.

¿Qué ocurrió? Que Jack Warner, el todopoderoso jefe de la Warner Bros, estaba de acuerdo en que Harrison repitiese, pero no así Julie. Ella era una desconocida más allá de la escena teatral, y para atraer al público quería una estrella glamorosa y reconocible. Además, la definió como “no lo bastante fotogénica”, que era una forma de decir que no era lo bastante guapa para el cine.

En su lugar, eligió a la hermosa y sofisticada Audrey Hepburn, selección que desde el principio recibieron mediáticamente como un oprobio hacia la joven que había sacado adelante el complicado personaje de Eliza Doolittle en el teatro. Para muchos, era “un robo y una afrenta”. Pero resultó que la Hepburn también recibiría otra afrenta, ya que su voz fue doblada por Marni Nixon, la actriz-cantante que ya había puesto voz a Natalie Wood en West Side Story. En esta ocasión el ardid llegó a la prensa, lo que no contribuyó a que el trabajo de Audrey fuera mejor valorado.

Julie Andrews con Audrey Hepburn, falsa rivalidad.

La venganza de Mary Poppins

En la ceremonia de los Oscar de 1965, My Fair Lady partía con 12 nominaciones, entre las cuales no figuraba la de Audrey Hepburn en el rubro de mejor actriz. Pero paradójicamente sí lo estaba la “demasiado poco famosa para el cine”, la “dotada con una cara que no quedaba bien en pantalla” Julie Andrews. La británica había desembarcado en Hollywood con una película para la historia, Mary Poppins, y la Academia terminó premiándola por ese papel icónico, que contrastaba con los ocho que terminó llevándose My Fair Lady, entre ellos los de mejor película, actor (Rex Harrison), director (George Cukor), banda sonora (André Previn) y diseño de vestuario (Cecil Beaton).

Alimentada por el típico morbo que gusta de enfrentar a las celebridades, aquella fue conocida como la edición de “las dos ladies”, pero nunca llegó a existir rivalidad entre ellas; de hecho, se dejaron fotografiar juntas con amplias sonrisas. Con una elegancia digna de su personaje de la reina en Diario de una princesa (2001), la galardonada declaró “Creo que Audrey debería haber sido nominada y siento mucho que no lo estuviera”.

De esta manera, además de sacarse la espinita del desaire de la Warner, Julie Andrews entraba por la puerta grande al mundo del cine.

Recuerdos van y vienen

En la gran pantalla dio vida a la niñera más famosa del séptimo arte, pero también viviría no pocas vicisitudes, que enmascaraba detrás de su rostro angelical y su maravillosa voz. A través de sus memorias, sugestivamente tituladas Home Work, la actriz reveló el difícil camino que tuvo que recorrer antes de convertirse en la cara amable de La Novicia Rebelde, donde volvía a ponerse el atuendo de niñera, un rodaje que significó un calvario para ella, ya que por entonces, a los 30 años, estaba en pleno divorcio de su primer marido, Tony Walton.

Filmar las escenas en las que aparece corriendo por las colinas de Salzburgo, entrañaban más dificultad de la que aparentaban, principalmente por culpa del helicóptero que la perseguía con una cámara: “Todo lo que tenía que hacer era caminar, girar y respirar. La corriente descendente de las aspas del helicóptero era tan poderosa que a veces me arrojaba al suelo. Me levantaba, escupía barro y hierba, me sacudía el vestido y volvía a mi posición inicial”, cuenta.

Y lo dice quien tuvo unas palabras con Walt Disney después de chocar criterios en cómo enfocar unas escenas de Mary Poppins, el papel que le valió el único Oscar de su carrera: “Puedo tener un buen gancho de derechas”, admite al referirse a la célebre escena en la que desciende sobre Londres en paraguas, que estuvo a punto de costarle la carrera: “Hubo un día muy peligroso, justo al final de la escena, cuando estaba sujeta al terriblemente doloroso arnés”, explicó en su día, contando que estuvo “dando vueltas colgada del paraguas”. Los cables que la sujetaban empezaron a fallar y ella pidió que la bajaran de inmediato: “Caí en picada al escenario”.

Encuentro con Blake Edwards

En cuanto a su vida sentimental, ya divorciada y tras salir de una consulta con su terapeuta, la oscarizada actriz se encontró con Blake Edwards, director de Desayuno en Tiffany’s. Cuenta que sabía que no le convenía y estuvo años rechazando su propuesta de matrimonio, pero finalmente accedió a casarse con el cineasta, trece años mayor que ella y con quien estuvo hasta su muerte por neumonía en 2010. Además de Emma (del matrimonio con Walton) y de Joanna y Geoffrey, los dos que ya tenía Edwards, con el realizador de La pantera rosa adoptó dos niñas vietnamitas, Amy y Joanna.

Foto: A Rodriguez/BEI/Shutterstock. Julie Andrews y Blake Edwards. Instituto Henry Mancini, gala aniversaio. Los Angeles 17 Jun 2006

Durante los 41 años que duró la convivencia con Edwards, puso por encima de todo, incluyendo incluso su carrera, la estabilidad de la pareja. No se cansaba de prodigarle su cariño, de ensalzarlo públicamente, dando a conocer su sentido del humor, su capacidad creativa, que desarrollaba no sólo en sus trepidantes y divertidas películas. Pero lo más dramático fue que en los últimos años de su vida Blake Edwards cayó en un estado depresivo, que se agudizó cuando dependía de ciertas sustancias adictivas. Siete fueron las películas que rodaron juntos, entre ellas Darling Lili (1970), la primera, un absoluto fiasco, y luego 10, la mujer perfecta (1979), S.O.B, (1981), y  Victor Victoria (1982).

La escritura como refugio

En cuanto al dolor más profundo que padeció profesionalmente, data de 1997, cuando estrenó en Broadway, donde no pisaba un escenario desde hacía treinta y cinco años atrás, un musical inspirado en Víctor Victoria. En una de las primeras representaciones advirtió cierta ronquera en su garganta. En la consulta inmediata de un especialista le diagnosticaron nódulos en las cuerdas vocales. Nada importante, al principio; algo común entre cantantes como ella. Lo urgente era operarla, si quería reaparecer en plena forma, tras seis meses de convalecencia. Como así hizo. Pero al día siguiente de la intervención quirúrgica se dio cuenta de que su voz ya no era la misma. Y en adelante, su día a día se tornó en una tortura, que derivó en un episodio depresivo del que tardó en recuperarse.

En ese largo espacio de reposo, escribió una treintena de libros para niños, junto a Lucía, su hija con Tony Walton,  quien, por cierto, ilustró doce de ellos. Lucía también sería coautora de la segunda parte de la autobiografía de su madre,  que apareció en octubre pasado. Allí la actriz “se desnuda” sentimentalmente, contando lo mucho que ha gozado (y sufrido) en su vida. Pero siempre con gran entusiasmo, con ganas de ir superando toda clase de obstáculos.

De ese modo, pudo en los últimos tiempos volver al cine, rodar alguna película de ambiente musical, otras de animación, reapareciendo en 2015 en la ceremonia de los Óscar, donde la aclamaron, al hacer su entrada en el escenario junto a lady Gaga, como una estrella rutilante, una muy querida leyenda. Y en 2017 participó en una serie de Netflix, El cuarto verde de Julie. Su esplendorosa sonrisa, tan familiar, no se ha apagado todavía.