La nación incivil, un libro con ecuanimidad y valentía

La sucesión de hechos que narra Alonso Moleiro se atropellan en la mente. Los que nos parecen insólitos en un primer momento son inmediatamente sobrepasados con asombro por los que les siguen, todavía más desconcertantes. Tanto así, que muchas veces se dice uno: ¡No puede ser! Pero fue, así nos pasó. Aquí estamos hoy, tres décadas más tarde

La nación incivil, un libro con ecuanimidad y valentía

El libro que acaba de entregarnos Alonso Moleiro enarbola una proclama en su título: La nación incivil: El Caracazo, sus consecuencias y el fin de la democracia.

Quien lea con regularidad los artículos periodísticos del autor no sentirá sorpresa alguna por la calidad de este trabajo, tan oportuno como enjundioso, en línea con sus intereses intelectuales, o por su pasión por comprender, como quizá lo habría expresado Manuel Caballero.

Oportuno, digo, porque es un valioso aporte al registro y análisis de aquellos hechos que fracturaron el esqueleto social de esta Venezuela que, 32 años pasados, sigue con férulas en sus extremidades y vértebras. Enjundioso por el rigor documental, respaldado por la atrevida travesía que decidió surcar en las turbias aguas de los tiempos vividos.

Entre otros aportes al mejor entendimiento de lo que nos ha pasado como nación desde aquel último lunes de febrero de 1989, Moleiro despliega un acto de justicia. Es esa justicia apaciguadora de los demonios que la injusticia alborota en el alma de los que aún creemos que no es posible esconder para siempre las perversidades. Y de los que creemos que la letra escrita, cuando incluye la palabra justa ¬–como lo es en este caso– es en sí misma un veredicto implacable que procura un aliento de satisfacciones reivindicativas.

Desmontar del altar a los tramposamente ungidos y ubicarlos en la oscuridad de sus miserias es un acto de ecuanimidad y valentía.

La antipolítica

Es lo que hace Moleiro al desnudar a varios de los responsables de primera línea en la producción y realización de la película de esta tragedia que la absoluta mayoría de los venezolanos presenciamos desde las punzantes butacas de la corrupción, el hambre y la miseria, la violencia, el exilio, la enfermedad, el aislamiento.

Divinidades encumbradas desde antiguo en el espectro de los famosos, a quienes, queda aquí demostrado, los movió mucho más la ambición individual que la preconizada recomposición del conjunto de la sociedad venezolana a la que dicen –o decían– servir.

Moleiro establece muy temprano en el libro la tesis que va a sostener a lo largo de poco más de trescientas páginas:
El 27-F constituye el verdadero certificado de nacimiento de la anti política como fenómeno social. Fue la espoleta que liberó el pesimismo descreído, el cinismo individual frente a la crisis colectiva. Colocó en las calles la gimnasia del pillaje tolerado y vulneró la dimensión sagrada de la propiedad privada.

Este fue el día en el cual, desarrollando hasta sus últimas consecuencias el vicio de la imitación cultural, legitimando la rapiña y el provecho parcial en detrimento del interés colectivo, feneció entre las masas el horizonte del respeto a la ley, la honestidad y la contención. Lo indebido pasó a ser comúnmente aceptado.

Fechas atadas

El libro ilumina la ruta que siguió el país a partir de aquel momento para comprenderla mejor. Tengamos en cuenta que en la mente de no pocos en el ancho espectro nacional parece aún prevalecer la convicción de que los golpes militares de 1992 fueron una inevitable respuesta vengadora, la llegada de los justicieros, los que mandaron a parar, según el apologético Carlos Puebla.

Pusieron todo el empeño en hacer ver ambos eventos como al padre y a su hijo. Lo lograron, pues no parece ya posible separar lo que ocurrió el 27 de febrero de lo que hicieron otros el 4 de un febrero distinto.

El cuento de esos va así: lo primero en llegar fue la justa materialización del descontento; lo segundo, la gesta heroica que comenzó tres años más tarde y que, bajo el disfraz de la búsqueda del bien común, terminó en realidad con la consagración del vandalismo como praxis política para el provecho propio. Encarnaron en un teniente coronel el espíritu que faltaba para completar la divina trilogía.

Deja muy claro el autor que el preso en Yare echó mano de su astucia narrativa –seguramente con la asesoría de uno de sus hombres de la mayor confianza y complicidad– para ponerle rostro a los culpables, a los enemigos contra quienes se manifestaron los saqueadores del 27-F.

Eran los expoliadores, los culpables de todos los males, que ¡Oh casualidad!, vestían los mismos trajes, eran los mismos contra quienes se rebelaron él y los suyos el 4-F. Esta es la foto de un imaginario a la que muchos les siguen encendiendo las velitas de una jugosa devoción.

Personalismo como ideología

Registra Moleiro que en rigor sociológico no existe una relación causa – efecto entre aquellos acontecimientos. Sin embargo, muy tristemente, la realidad es que el mero hecho de que casi siempre en Venezuela hablar de uno significa también tener que hablar del otro, es un triunfo de la narrativa chavista. Es más, que aún sin creerlo a cabalidad, el hecho de que al menos se dude sobre si pudo o no ser así, es ganancia para el nacido en Sabaneta y su proyecto personalista, su auténtica ideología.

Quien domina la palabra domina la mente es un mantra que Chávez entendió con claridad y practicó sin miramientos desde que se aposentó en Miraflores. Se propuso alcanzar la hegemonía comunicacional. Y lo logró. El país pagó el altísimo precio de perder la libertad de información y pensamiento, acaso la más preciada, puesto que cuando esta falta, las demás libertades se van quedando poco a poco sin oxígeno.

Un análisis de esta Venezuela que no incluya el asunto de la libertad de información y pensamiento sería como una mesa de apenas dos patas. Este asunto ocupa en este libro, pues, la relevancia que merece y por eso el autor dedica especial atención y espacio a reseñar y analizar el caso de los medios y de la comunicación en general durante este período histórico.

El operador mediático por excelencia de Chávez desde el mismo comienzo de su carrera política, la ficha con la que contó siempre para la creación de la fábula y de la liturgia chavistas fue el periodista José Vicente Rangel, reconocido experto de la denuncia y de la acusación –con o sin fundamento, muy poco le importaba, acoto yo–.

De él dice Moleiro:

Su llegada al Gobierno con Chávez concretó una de las paradojas más amargas del ejercicio público contemporáneo en Venezuela: a partir de ese momento Rangel se despojó progresivamente de su disfraz de periodista libertario y retomó su verdadera identidad: un político de la izquierda ortodoxa que se aferró a un proyecto de poder con ambiciones de perpetuidad… El hombre del contrapoder, el amante de las libertades públicas, resultó ser todo un profesional en el ejercicio del mando impuesto y arbitrario.

Esta apreciación de Moleiro es ejemplo perfecto del veredicto de la palabra justa, alentadora de aquella frescura que mencionábamos más arriba en esta entrega.

Como novela de suspenso

La nación incivil: El Caracazo, sus consecuencias y el fin de la democracia es un trabajo que describe y analiza en profundidad hechos de gran relevancia para los venezolanos. Han ocurrido eventos que han dejado marcas muy intensas en todas nuestras instituciones; la enorme mayoría ha visto severamente dañada su calidad de vida. Es por ello que creo que a este libro le correspondería con propiedad la calificación de ensayo o reportaje histórico.

Probablemente, sin embargo, y porque el relato produce tanto desconcierto –a pesar de haber vivido tan de cerca aquellos acontecimientos– en ocasiones llegué a pensar que lo que tenía en las manos era más bien una excelente novela de suspenso.

La sucesión de hechos que narra Alonso Moleiro se atropellan en la mente. Los que nos parecen insólitos en un primer momento son inmediatamente sobrepasados con asombro por los que les siguen, todavía más desconcertantes. Tanto así, que muchas veces se dice uno: ¡No puede ser! Pero fue, así nos pasó. Aquí estamos hoy, tres décadas más tarde.

Pero no se trata solo de que el autor haya sabido elaborar una adecuada estructura para describir la sucesión de los eventos de los que se ocupa. Son, no hay duda, de mucho interés para los venezolanos y, visto el efecto pandémico que ha tenido en la región, también para paisanos de otras comarcas.

Hay en estas páginas un par de elementos que agregan valor al libro: el talento para escribir del que hace gala Alonso Moleiro, por una parte. Por la otra, su capacidad para tomar la distancia del científico social y analizar desde allí una sucesión de hechos que por razones de su propia formación con seguridad le habrán impactado en lo más sensible de sus emociones.

Celebro la entrega de La nación incivil: El Caracazo, sus consecuencias y el fin de la democracia como un estupendo aporte al conocimiento que de sus propias miserias y grandezas debe tener el venezolano para alcanzar su ciudadanía. Este libro me hace pensar que estamos a tiempo.

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