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Nayib Bukele: Anatomía de un instante

El presidente salvadoreño se enfrenta a una situación compleja, en la que su imagen pasó de ser la de alguien comprensivo y dispuesto a negociar, a la de un déspota dispuesto a hacer con tal de cumplir su objetivo

Nayib Bukele: Anatomía de un instante

Dicen que “en política no hay sorpresas, sino sorprendidos”. Y, esta vez, confieso que estoy entre quienes quedaron atónitos, al ver al presidente Nayib Bukele irrumpir en la Asamblea Legislativa de su país, escoltado por un grupo de militares armados, para reclamarle al Parlamento la aprobación de un préstamo gubernamental.

Las imágenes hablan por sí solas y hacen recordar, guardando las distancias históricas y políticas, a la novela de Javier Cercas: Anatomía de un Instante, en la que se narra el Golpe de Estado en España de 1981, mediante el cual un grupo de militares, bajo el mando del coronel Antonio Tejero, entraron en el Palacio de las Cortes y trataron de dar al traste con la recién fundada democracia española.

Sin embargo, lo insólito en este caso fue que la revuelta era liderada por el propio Presidente de la República, quien después de entrar al Parlamento con hombres fuertemente armados y de sentarse en la silla del Presidente de la Asamblea, se puso a orar como lo haría un pastor frente a su feligresía.

La escena no podía ser más extravagante y tercermundista. Y la foto -que ya le dio la vuelta al mundo- debe tener más “vistos” que el selfie que se tomó el Presidente antes de su discurso en la Asamblea Anual de las Naciones Unidas.

Bukele reclamaba la aprobación de un préstamo de 109 millones de dólares, solicitado al Banco Centroamericano de Integración Económica, que serviría para desarrollar la Fase III del Plan Control Territorial, el cual resulta fundamental para combatir la inseguridad de su país.

El joven Presidente ganó las elecciones de 2019 con un amplísimo margen del 52% de los votos, gracias al cual no hizo falta una segunda vuelta. El resultado fue -indudablemente- contundente, aunque la abstención no fue nada despreciable, al alcanzar poco más del 51% del Padrón Electoral.

Muy atrás quedaron el candidato del tradicional partido ARENA, Carlos Calleja, con apenas el 31% de los votos; y peor aún fue el resultado que obtuvo el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, con Hugo Martínez de candidato, quien escasamente alcanzó un 14,5%.

Desde ese momento, Bukele se convirtió en uno de los presidentes más jóvenes del mundo -con apenas 37 años- y en una referencia para muchos de los que aspiran a convertirse en políticos desde edades muy tempranas, y les toca sortear los obstáculos que ponen los caudillos enquistados en los partidos tradicionales, que se empeñan en no dar paso a las nuevas generaciones.

Además, Bukele asumió su investidura con mensajes contundentes y alentadores, condenando a los regímenes de Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Juan Orlando Hernández. Lo que parecía dejar ver su compromiso con la democracia, más allá de las ideologías políticas.

No obstante, se encontró con una Asamblea Legislativa que seguía siendo controlada por los partidos tradicionales, el ARENA y el FMLN. Bukele tendría que esperar a las elecciones de 2021, para intentar ganar también las elecciones parlamentarias, con su incipiente partido “Nuevas Ideas”. De hecho, todos los pronósticos apuntan que eso es lo que irremediablemente pasará.

Pero, de momento, a Bukele le tocará gobernar con un parlamento donde es minoría y que -según parece- le va a resultar bastante hostil. No sería el único en esa situación, ni tampoco el primero en la historia.

El Presidente Carlos Alvarado de Costa Rica, por ejemplo, no tiene la mayoría en el suyo, y se las ha tenido que arreglar para Gobernar a su país en tiempos difíciles, cuando un preocupante déficit fiscal amenaza con arruinar la economía tica.

Sería difícil imaginar al presidente Alvarado asaltando con hombres armados la Asamblea Legislativa de su país, en una de las democracias más emblemáticas de América Latina.

Sin embargo, Bukele, guapo y apoyado, le dio una patada a la mesa y se saltó el orden constitucional. Y lo peor fue que lo hizo invocando a un supuesto “poder divino”, como si se tratase de un Monarca del siglo XVII: “Yo le pregunté a Dios y me dijo paciencia”, dijo el mandatario ante la estupefacción del mundo.

Dice defender una causa noble. Y, ciertamente, debe serlo, porque conseguir un financiamiento para combatir a las pandillas que azotan al país con una de las tasas de homicidios más alta del mundo, sería indudablemente una prioridad para cualquier Gobierno.

Pero solo los dictadores se comportan de esa manera. Y solo a un populista embriagado de poder y con delirios de grandeza, se le ocurriría hacer una cosa tan descabellada como bochornosa.

En Venezuela, Hugo Chávez fue un hombre muy popular que destruyó las instituciones con el apoyo de muchos venezolanos, que -entre aplausos y vítores- lo dejaron acabar con el país. Y a él también le hicieron creer que era el Elegido.

Y aunque Bukele no llegó a cerrar el Congreso, al menos no de momento, su brutal actuación hizo recordar los tiempos de Alberto Fuyimori en el Perú, de 1992, y los de Jorge Serrano Elías en Guatemala, de 1993. Ambas historias son suficientes como para saber que por ese camino Bukele jamás alcanzaría un final feliz.

Las reacciones nacionales e internacionales no se hicieron esperar. El Parlamento Centroamericano, Amnistía Internacional y la Unión Europea se pronunciaron preocupados sobre el hecho, mientras que el Gobierno de los Estados Unidos calificó como “inaceptable” el ingreso de tropas al Congreso.

Peor, aún, fue que los propios diputados del partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), que lo apoyaron en las elecciones de 2019, también condenaron el hecho.

Nadie sabe lo que pasará en los próximos días. Y si lo que presenciamos el domingo desembocará en una crisis constitucional para El Salvador. Ojalá que no. Quizás solo se trató de un error de principiante o del arrebato de un inexperto.

No obstante, en cualquier caso, lo que ya no podrá cambiar Bukele, es la imagen del instante preciso en el que bajaba la cabeza para rezar, mientras los militares exhibían sus fusiles de asalto M-16, en un Parlamento democrático.

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