Nerio Hernández, el inmenso

Todos te queríamos, Nerio, no conocí a nadie que me hablara algo mal de ti. Allá dónde ibas dejabas un legado: Zamora, Trujillanos, Carabobo, Atlético, Minervén... Un sin fin de equipos, 28 en total dónde trabajaste durante 50 años

¿Por dónde empezar, Nerio querido? He pasado la noche y toda la mañana desde que me enteré de tu partida recordando tantas anécdotas juntos, tantos cuentos que me echabas al borde de la cancha mientras el equipo entrenaba, mientras la ciudad apenas se levantaba para ir a trabajar, o cuando regresábamos de algún partido y tú nunca dormías por las noches haciendo de copiloto en el bus, acompañando al chofer.

No parabas nunca de hablar. No te gustaba estar solo porque así no tenías con quién compartir tus palabras. Era lógico que no disponía de tanto tiempo muchas veces para sentarme a conversar, pero tus historias eran tan buenas que me quedaba prendado escuchándote. Y cuando me daba cuenta y no podía seguir charlando, te buscabas otro interlocutor. ¡Imposible verte solo en algún lugar del campo de entrenamiento!

Mi viejo querido, ya te echaba en falta desde que te fuiste a vivir a Madrid. Terminaron siendo esos tus últimos días en medio de esta tragedia mundial que nos amenaza. Los últimos días en este país fueron siempre al lado de tu amado hijo José, con quien entablaste una relación paternal – profesional – amistosa – laboral que los hacía ser una sola persona. Sí, eran uno solo. No miento. Estaban juntos para arriba y para abajo, trabajaban juntos, nos veíamos en el estadio siempre, sin falta cuando había un partido profesional en el Olímpico. Terminaban los entrenamientos y te ibas con José a una panadería a seguir conversando, a tomar decisiones.

Nerio Hernández fue asistente técnico de su hijo. Nunca dejó de trabajar para el fútbol desde que por allá en sus Islas Canarias natales comenzó a dirigir en colegios y luego equipos de Tercera, de Regional Preferente. Vino a Venezuela a repartir conocimientos en el fútbol de colonias y su vigencia fue tal que se sostuvo a pesar de la extinción de aquellos equipos con nombres relacionados a España, Portugal e Italia.

Comiste del llano, de Los Andes, de la Capital, de Guayana. Allá dónde ibas dejabas un legado. Zamora, Trujillanos, Carabobo, Atlético, Minervén… Un sin fin de equipos, 28 en total dónde trabajaste durante 50 años de labor profesional. A los 83 todavía me llamabas al teléfono para preguntarme qué partidos y en qué horarios iban por televisión los juegos del fútbol nacional, porque tú y mi papá son los hombres que más fútbol han visto en la vida.

Te picaban los pies por ir a la cancha. Te operaron de los ojos y así te ibas, con aquellos lentes fashion que te protegían del sol a ayudar a José en su trabajo. ¡Es que no te estabas quieto nunca!

Todos te queríamos, Nerio, no conocí a nadie que me hablara algo mal de ti, solo tu señora, que me dijo que eras muy testarudo y tacaño, que eras más duro que una tuerca de submarino para aflojar plata. Siendo tú asistente técnico, el árbitro Valenzuela me contó que una vez te expulsó porque lo puteaste. Cuando terminó el partido le ofreciste disculpa, como buen caballero que eras, Nerio, mientras el pobre Valenzuela tuvo que recibir un montón de llamadas de gente de la FVF preguntándole qué había pasado, todos extrañados y defendiéndote.

Nunca olvidaré cuando recordabas a Minervén. Aquel equipo me enamoró y me enseñó que el fútbol nacional era mi verdadera pasión porque por más que era un acérrimo adepto del Marítimo, claudiqué ante la maravilla que era en la cancha aquel ballet azul. Me encantaba escucharte hablar de tu equipo porque lo describías con tanto cariño, con tanta saudade, que tus ojos se ponían chiquitos y aguados del brillo y emoción que te generaba la remembranza. «Ese equipo jugaba solo, mano», me recordabas una y otra vez mientras me recitabas el once inicial: «Angelucci; Pájaro Vera, Tortolero, Eleazar García, McIntosh; el negro Grueso, Laureano Jaimes, el argentino Erramuspe, Martín Balcucho, Stalin Rivas y el Lagarto Juan García».

Fue Chuy Pineda, quizá el mejor narrador de fútbol de nuestro país, el que por las ondas hertzianas me descifraba al oído lo que mis ojos no podían ver por el desprecio que le daba la TV nacional a la actuación de los nuestros en la Copa Libertadores. Escuchaba el audio ambiente: «Ooooh Minervéeeeen, Ooooh Minervéeeeen…» y luego explotaban aquellos redoblantes al compás del calipso que siempre acompañaba en el viejo Parque Cachamay al equipo que aún ama toda Guayana. Y luego, se escuchaba el «Neeeerio, Neeeeerio» y yo lo imaginaba, todo el estadio ovacionándote y tú con el ceño fruncido, porque añitos atrás eras bien cascarrabias, no como hace poco, que eras un viejito cariñoso.

Viejo, gracias. Gracias por enseñarme tanto, por permitirme entrar en la intimidad de tu hermosa familia con la que me une un aprecio y respeto sin igual. Te fuiste pronto, te fuiste a hacer lo que no te gustaba: descansar. Porque siempre pregonaste que el cansancio era una vagabundería. Que el cansancio se mataba trabajando más. Quizá estabas equivocado, pero esa ha sido la filosofía de vida que adopté… y creo que mal no me ha ido.

Alguna de tantas veces que te entrevisté me dijiste algo que me marcó: «El fútbol cambió, el trabajo cambió, las ideas cambiaron, pero sigo insistiendo que el cansancio sale con el trabajo. Cuando hay un receso en las prácticas les digo a los muchachos que no se pueden sentar, tienen que recuperar caminando, haciendo otra cosa”.

Y te tocó descansar, mi viejito.

Chao, Nerio.