Phantom Thread: El inconmensurable amor

Hay películas que muchísimo antes de poderlas ver, nos intimidan. Cuando se intenta escribir sobre alguna de ellas, más. La sensación de no poder dar con algo, de no poder leer bien al director, de no saber por dónde comenzar. Recientemente me pasó con Paul Thomas Anderson, quien posiblemente es el mejor director estadounidense vivo. Y uno de los directores que más admiro. Recuerdo un texto que leí hacer ya un par de años, en donde un amigo se instalaba por cuartillas y cuartillas a analizar minuciosamente Inherent Vice, su película anterior. Cuando pensé en escribir sobre Phantom Thread, lo primero que pensé fue en hacer algo así.

Phantom Thread: El inconmensurable amor

Pero Phantom Thread es otra cosa. Es el film más lúdico del cineasta estadounidense, desde todas las decisiones. Anderson decidió, desde un principio, trabajar sin un director de fotografía. Esta decisión, quizás tomada por el hecho de que sus colaboradores usuales no estaban disponibles, pero al fin y al cabo una importante decisión, da pie para muchas de las cosas que deja el film.
Reynolds Woodcock (interpretado por un magnífico Daniel Day-Lewis), es un aclamado diseñador en la Londres de los años cincuenta. Lo más importante que veremos en un principio es la primera interacción de Woodcock con Cyril, su hermana, quienes desayunan en la misma mesa junto a una joven mujer que es la pareja de Woodcock.
Sin darle demasiada importancia a este hecho, Woodcock, con el consejo de su hermana, se deshace de la mujer y toma unos días libres en una casa en la costa. Allí, en un pequeño restaurant, conoce a Alma, una mesera que se tropieza con una mesa. Ese es el inicio de la relación entre Woodcock y Alma, la protagonista y narradora del film, un tropezón seguido de una mirada. Este momento es el que da a pie a una de las relaciones más interesantes que ha dado el cine reciente.
La relación entre Alma y Reynolds progresa. Una de las firmas de Anderson es esto. El progresar del tiempo de forma rápida y efectiva. La música de Jonny Greenwood ha sido un elemento esencial en esta sensación de máquina del tiempo en la cual pareciera que Anderson suele montarse en todos sus films. La música marca el avance de la película, sin caer en el penoso acto del montaje tedioso y vacío. Hay una larguísima secuencia en The Master, en donde el personaje de Joaquin Phoenix realiza uno de los ejercicios más genuinamente desesperantes de ver.
Conforme al paso del tiempo, empezamos a entender las dinámicas que conforman a este trío de personajes importantes. Y los detalles empiezan a surgir, y a darnos una pista sobre lo que Anderson intenta hacernos descubrir con el film. Estos actos de poder, de Reynolds y Cyril, son lo que subyace en lo más superficial del relato. Reynolds es un hombre que aparenta ser una figura de absoluto poder en su vida. Su ruptura con su anterior pareja, su ascensión en la comunidad londinense y europea de la clase más alta, su nueva relación con Alma, su facilidad de estarse rodeado de mujeres y tener la certeza de que es el centro de atención entre ellas, derivan todas como fruto de su trabajo. Así como Reynolds es capaz de implantar esta sensación de superioridad sobre todos, es capaz de plantar en el interior de las telas y las capaz de la ropa que diseña, pequeños mensajes y detalles de los cuáles son el está al tanto.  Esta naturaleza lo hace ser un hombre impenetrable. Y así se muestra, por su incapacidad de abrirse, de ser vulnerable, de dejar de ser el Reynolds que su vida y su trabajo le han hecho forjar.
Hasta que llega Alma.
Da la sensación, durante largo rato de la película, que la figura de Alma está en una especie de túnel sin salida en la relación con Reynolds. Pero es ella quien verdaderamente posee la llave para dar con lo más íntimo de Reynolds. “Creo que son las expectativas y presunciones de otros lo que causan dolor”, es una de las primeras cosas que Reynolds le dice a Alma. Acá, quizás proyectando él mismo lo que posteriormente sucederá con él. Alma logra entrar en la vida de Reynolds, y finalmente quedarse, yendo a contracorriente con las presunciones de Reynolds, quien ve en Alma una mujer sin gusto, sin planes y sin norte, a diferencia de él.
Esta diferencia en el cómo los personajes se ven a sí mismos y se proyectan, es lo que logra esto que el título del film predica. Esta conexión anómala que no podemos nombrar, pero que está. Que existe y que, tan extaña como es, es verdadera. Hay una libertad inquietante sobre lo que Anderson expone en la relación entre Alma y Reynolds, quien se apropia de conductas “tóxicas” para crear algo más allá.
Esta relación florece a raíz de una mujer que entra en desesperación por encontrar una vía hacia el interior de este hombre que se muestra impenetrable. A través del más inédito de los detalles. En el momento de mayor crisis, Alma decide enmendar la relación con lo único que para Anderson sería capaz de enmendarlo todo: el veneno.
Anderson ha tomado el riesgo de contar una relación sin precedentes. Y decide mantenerla de la misma forma. Phantom Thread brilla por estas decisiones, y es muy poco probable que volvamos a ver en el futuro próximo un film que presuma de tanta lucidez.
Es difícil escribir sobre películas que se revelan en contra de todo lo que se ha dicho sobre algo. En este caso, sobre el amor, sobre las relaciones y los dinamismos. En cada una de sus pieles y sensaciones. Phantom Thread es una película que logrará quedarse para la posteridad. Y que se convertirá en uno de los films más importantes de la carrera de Paul Thomas Anderson, sino su mayor obra. Siempre queda por parte de los que amamos el cine, de esperar siempre un salto en el próximo film de nuestros directores favoritos. Phantom Thread es su mayor obra. ¿Qué vendrá ahora?]]>