¿Qué es lo que más extrañan de Caracas los que se fueron?

De un choripán de la Calle del Hambre a un profiterol en la pastelería La Mozart; de la cercanía al mar a la bulla de La Candelaria; del Ávila al estadio Olímpico, estas son algunas de las confesiones de los venezolanos que dicen extrañar muchas cosas de la capital del país que cumple 454 años. ¿Te ves reflejado en estos testimonios?

¿Qué es lo que más extrañan de Caracas los que se fueron?

La pregunta suele saltar entre los que emigran. A veces ni siquiera hace falta la interrogante, cualquier conversación informal se convierte rápidamente en una enumeración de añoranzas. «Extraño el clima», «la comida», «la rumba», «el ron», «las playas» y así la lista se va alargando en un intercambio que concluye en el lugar común:  no se apreció tanto lo que alguna vez se tuvo cerca.

«Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos», decía Marcel Proust en «En Busca del Tiempo Perdido». Y obviamente no se refería a los expatriados sino a quienes buscan perpetuar la felicidad, retornando a aquellos lugares que les hicieron felices cuando jóvenes.

Precisamente, pensando en esa Caracas que hizo felices a muchos, y que este 25 de julio cumple 454 años, nos preguntamos en El Estímulo qué extrañarían de la ciudad los que ya no hacen vida diaria en Venezuela. ¿Será la comida? ¿Algún lugar en especial? Estas son las respuestas de un grupo de emigrantes.

Todo esto es mío

Si hay una figura pública que expresa a esta ciudad, esa es Erika De La Vega. Locutora, animadora, actriz, modelo, conductora de televisión, ella es casi patrimonio caraqueño. Seguramente por eso explica así su relación con la cumpleañera: «De Caracas lo que más extraño es ese sentido de pertenencia. Caracas es como parte de ti. Me hace sentir que es una parte mía, que somos una extensión cada una de la otra: ella de mí, yo de ella. Creo que no me dará chance de sentirme igual en ninguna otra ciudad donde viva».

Y si bien la ciudad siempre ha sido suya, el desarrollo de su carrera y los espacios, la cotidianidad del oficio, marcan sus añoranzas ahora que vive en Miami:

«Hay muchos lugares que recuerdo: el kiosco de Rui, cerca de la 92.9. Pasé muchas tardes ahí, estaba empezando mi carrera, haciendo nuevos amigos que me han durado toda la vida. Ahí me empaté, ahí terminé. Ahí lloré, ahí celebré cosas cheverísimas. Los lugares donde trabajé me traen muchos recuerdos. La radio, La Mega en La Castellana… La subida de Altamira la tengo como una fotografía en mi mente porque no hay un espectáculo como ese: subiendo por la Luis Roche viendo el Ávila tan cerca… Y en cada lugar donde uno iba siempre había una cara conocida, un saludo, un ‘epa mi pana, cómo está la cosa’… esas son cosas que extraño».

De pronto Erika hace una pausa y casi se le escucha suspirar: «Lo que sí me puede llevar a que se me agüe bastante el guarapo son los lazos que uno fue haciendo con los años. Y no solamente los lazos con la gente, también con los lugares: el abasto, la peluquería. Y, claro, con la gente con la que crecí en la radio. Caracas es irremplazable».

El hojaldre

Para José Alí Vivas, científico experto en Física, la añoranza por Caracas se aferra a la cercanía de los afectos y a los sabores. Aunque muchas comidas las encuentra en Estados Unidos, no le saben igual que acá.

«En lo humano, extraño la calidez y la cercanía afectiva y continua de los amigos que cotidianamente frecuentada. Y estar con mis primos, los González Vivas. También me hace falta esas ganas de hacer algo nuevo todos los días.

También extraño el crujir del hojaldre de la (pastelería) Danubio, un milagro exquisito en el ahora lejano Chacao. El sabor único de la hallaca en mi país. El ramen del Shoga los mediodía, los atardeceres en La Cuadra Creativa.

Palmeritas de la Danubio. Foto Archivo de Bienmesabe

Y el clima parejo, donde nada abrupto acontecía, solo lluvias. Extraño incluso que se inundara siempre Las Mercedes y eso fuera noticia».

Las librerías

Adriana Medina, Head of Operations de Platzi en Colombia, lleva muy bien la cuenta del tiempo desde que dejó la capital venezolana para establecerse en Medellín: tres años y siete meses. Su relato es nostalgia pura: «De Caracas extraño tantas cosas que es difícil enumerarlas. Extraño la movida cultural caraqueña, los eventos en librerías como Kalathos, El Buscón, Lugar Común. Extraño mucho el Trasnocho Cultural y todo lo que se hacía allí, los festivales de cine, el teatro, el encontrarse caras conocidas. Extraño comer en El Tizoncito, el legendario restaurante mexicano allí en Paseo Las Mercedes».

Lugar Común, un sitio emblemático para la intelectualidad caraqueña

Y las añoranzas siguen: «Extraño subir al Ávila los domingos, encontrarme de casualidad con los amigos de subida o bajada, no sé porqué eso me encantaba. Me gustaba comerme un helado en Sabas Nieves cuando llegaba. Otra cosa que echo de menos de Caracas es su cercanía al mar, el decidir bajar a la playa un domingo o simplemente ir a comer pescado fresquito a La Guaira. El poder ver el Ávila desde cualquier lugar, manejar por la autopista del Este con ese imponente cerro de vista, es algo tan cotidiano que realmente añoras cuando caes en cuenta que ya no lo tienes que no hay forma de deleitarse con él».

Medina continúa con su discurso y sus referencias a la comida despiertan las papilas gustativas del entrevistador: «Ir a la Unión a comer cachapas, los churros del Hatillo, las reinas pepeadas de Misia Jacinta se me hacían las mejores de Caracas o las de La Casa del Llano, los Tacos de Santa Sofía… Desayunar en Azahar o cenar en el Mezzanote con aquella hermosa vista de Caracas. Y aunque no rumbeaba mucho, me gustaba ir con amigos a 360 en Altamira y en algunas ocasiones al salir del Teatro en El Trasnocho ir a cenar y luego quedarme a bailar en Gourmet 54».

El Ávila

«Lo que más extraño, en primer lugar, es el Ávila. Sin duda, mi montaña», dispara de una Carla Castillo, ingeniera en petróleo que Vive en París, Francia. «Poder subir, estar arriba un rato, ver toda la ciudad desde ahí. Al bajar, hace unos años, era comer un helado de maní, más recientemente tomarme una cocada. También cuando subía en la mañana, tomar un jugo de naranja natural».

Luego toma unos segundos para reflexionar y enumera: «Extraño el clima. Creo que uno no valora cuán agradable es el clima en Caracas cuando uno está allí. Los calores no son demasiado extremos, los fríos tampoco. Y eso de verdad hace muchísima diferencia. Extraño los cielos azules, especialmente los de enero. Para mí son los más bellos. Porque aunque haya días en los que llueva mucho, eso no dura tanto. O al menos así lo recuerdo. Aquí yo he pasado hasta dos o tres semanas sin ver el cielo azul, porque es gris y gris y gris…».

Castillo, que dejó Caracas en 2017, se detiene en la oferta culinaria: «Extraño las cachapas de la Unión; las empanas en Chacao, los profiteroles de La Mozart (pastelería). Aunque vivo en el paraíso del dulce, no se compara». Y finalmente cierra con un clásico: «Extraño vivir cerca de la playa. Escaparme los fines de semana y llegar en un hora».

El clima

Manuel Lorenzo Fernández, médico, pediatra y especialista en adolescentes, y actual director de la clínica Salud Madrid, lleva 11 años fuera de Venezuela y siete sin volver. Aún así, de Caracas lo que más extraña son los amigos y la amabilidad del clima.

En el benigno clima de Caracas, la ropa nunca incomoda

«En Caracas puedes estar de traje o con ropa informal y nunca te incomoda la ropa. La noche siempre es fresca y, además, tiene ese ruido de grillos o sapitos típicos, que uno percibe es cuando se va. En Madrid, vivimos con calefacción casi seis meses al año y con aire acondicionado, tres meses. Y eso es costoso. Necesitas un closet para el invierno y otro para el verano. ¡Y es que ni los zapatos te sirven todo el año!».

Colinas de Bello Monte

Comediante, orgullo de San Cristóbal, Víctor Medina, mejor conocido como Nanutria, ha llegado lejos: primero a Ciudad de México y desde hace ya más de un año a Buenos Aires. Desde que se fue de Caracas y dejó su oficina en la productora Plop! no ha regresado.

En medio de una gira de shows que arrancó por Estados Unidos y lo llevó otra vez al DF, responde que en principio extraña «el clima, esos 23-28 grados todo el año es algo que uno extraña demasiado cuando vive en un país con diferentes estaciones. Nunca hay tanto calor como para querer morir, ni tanto frío como para tener que meterse papel periódico entre la ropa. Un balance perfecto».

¿Y el lugar que más extraña? «Mi casa en Colinas de Bello Monte, una zona que tiene buenos lugares para desayunar y yo soy una persona de desayunos».

club táchira

Construcción del techo del Club Táchira, Colinas de Bello Monte, 1955

La brisa y los miradores

Gabriel Ruiz (Gabo), comediante de las eternas franelas negras, se puso nostálgico y casi poético desde Santiago de Chile, donde lo sorprendió la pandemia: «Lo que más extraño de Caracas es ese momento cuando la brisa sopla y pega en los árboles, esos árboles que son hogar para muchas guacamayas, y se desprende un olor particular que te llega como en las tardes. Sobre todo si hizo mucho calor en el día y la brisa llega con frío: ese olor de Caracas lo extraño demasiado porque me sugiere -irónicamente- un aroma de libertad».

Los lugares que le despiertan una especie de saudade son varios, pero llevan a una misma idea: «Extraño ir a una casa, cualquier casa, que tenga mirador. Eso lo aprecio desde aquí porque solo el presidente del país tiene casa con mirador y en Venezuela hay muchas casas que lo tienen. Eso me encantaba: quedarme horas viendo la ciudad y después puedes llegar a tu casa tranquilo y tener una discusión con tus padres porque llegaste muy tarde».

El estadio

Fernando Aristeguieta, delantero de 29 años de la selección venezolana, tras vestir los colores del Caracas en 2012 (tuvo un breve regreso en la 2017-2018), ha pasado por Francia (Nantes, Red Star), Portugal (C. D Nacional), Colombia (América de Cali)  y México (Morelia y Mazatlán). Precisamente desde este último país, escribe para El Estímulo la respuesta a este trabajo.

«Lo que más extraño es a mi gente. Mi familia y mis amigos. He vivido fuera de Caracas siete años y medio y no he tenido la primera vacación en la que no haya regresado», comienza diciendo el jugador que tuvo un destacado trabajo como líder de la Vinotinto, en la accidentada Copa América que se celebró en Brasil. «Extraño reunirme con mi gente a hacer una parrilla, a jugar dominó, ir a casa de mi abuela a los almuerzos cada fin de semana».

Sobre lugares en concreto, explica: «Extraño volver a los sitios donde he estado miles de veces, pero que no me canso de ir, como el club Altamira, algunas panaderías, el colegio San Ignacio a ver a mis amigos jugar fútbol, el Olímpico con su vista al Ávila, las cenas interminables de navidad».

El estadio Olímpico y El Ávila, una imagen imborrable para los asiduos a los partidos de fútbol

La Caracas nocturna

El escritor venezolano Leo Felipe Campos ha vivido en Brasil, Colombia y actualmente hace vida en Barcelona, España. «Tal vez» por eso se se declara como «desarraigado». Dice que no es «el venezolano que más extraña a su tierra». Guayanés de nacimiento, advierte que se siente «un poco caraqueño». Y apunta sobre su pasado en la capital:  «Lo que más extraño de Caracas o los lugares que más extraño de Caracas son los que les daban vida nocturna. Ese circuito de bares que iban desde El Maní es Así, El Puto Bar, Juan Sebastián Bar, hasta el Yesterday o Grenwich, por decir algunos. Además de las tascas».

Campos, que en  2020 publicó el libro de crónicas «Concierto para delinquir» (El Taller Blanco) y es autor de «Gancho al hígado» (Tusquets editores, 2018), “Sexo en mi pueblo” (Ediciones Puntocero, 2009) y “El famoso caso de las cartas de Lucas Meneses” (2009), reflexiona sobre la ciudad: «Caracas se fue convirtiendo en una ciudad que se refugió en los centros comerciales para que la gente se pudiera divertir. A pesar de que tiene El Parque del Este y el parque del Oeste y bastante verde, no es una ciudad de mucha vida pública, o de lugares públicos y era lo que yo buscaba y es lo que más extraño de esa ciudad, si es que extraño algo la verdad. Sin embargo, si me pongo a pensar en lo que más me gustaba, y quisiera que todavía existiera en Caracas o si volviera que estuviera ahí, sería eso, los bares y las tascas, y los locales nocturnos, no las discotecas, que le daban cierta vida y cierto color y cierta cultura nocturna a la ciudad».

Juan Sebastián Bar, Av. Venezuela El Rosal

El ruido

Victoria Blandín es estudiante y emigró a la provincia de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, cuando tenía apenas 11 años. Hoy tiene 19. Confiesa que le costó recordar qué hizo la última vez que recorrió la ciudad, pero después de unos minutos responde: «La Candelaria». Ese fue el lugar donde tuvo que retirar su pasaporte y escuchó lo que cree caracteriza más a Caracas, el ruido.

«Lo que más extraño, sin duda, son los altos edificios del centro. El bullicio y el estilo de vida movido, característico de Caracas», dice.

De hecho, rememorar la capital venezolana es algo que le sucede cuando camina por la zona central de Santa Cruz: «Aunque sea un lugar geográficamente diferente, algunas calles del centro porque es una zona muy transitada y con muchos edificios juntos. Eso me recuerda bastante a las calles de Caracas».

Sin pensarlo mucho, Victoria también afirma que tras ocho años entre panaderías cruceñas, no ha encontrado el olor y sabor de las panaderías caraqueñas: «Extraño mucho los cachitos y pastelitos, no hay nada que se les parezca».

Su mayor recuerdo, especialmente porque era parte de su rutina de camino al colegio, es la compañía de la radio nacional. Desde su punto de vista, «los locutores le ponían más emoción y siempre andaban con una broma. Siempre escuchábamos la radio. Mi papá cambiaba de frecuencia hasta que escuchara La Mega, 92.9 o Radio Capital. Algunas veces ponía la emisora que te decía por dónde había tráfico y por dónde no».

Cuando se le pregunta por su programa favorito, la voz de Porfirio Torres viene a su mente, y contesta con seguridad: «Nuestro insólito universo».

La Candelaria, uno de los lugares más transitados de la capital

La cercanía del mar

René Bernal es abogado egresado de la Universidad Santa María y salió hace casi 4 años de Venezuela para residenciarse en Buenos Aires, Argentina. Allá trabaja como repartidor, y en su día a día lo que más echa de menos de Caracas es la cercanía de la playa: «Su belleza, su clima. Son nuestras playas y el sentido de pertenencia es mayor».

Si pudiera regresar por un momento, tomaría su moto y recorrería la autopista Francisco Fajardo para luego visitar El Ávila y ver un atardecer desde lo más alto de la ciudad.

Restaurantes de Vargas

La comida de la madrugada

Amadeo Ferreira vive desde hace 20 años en Estados Unidos y hay algo que extraña cada día: la comida de la madrugada. Esa que se sirve en los puestos de perros calientes y hamburguesas. «Esa comida después de salir… unos perroscalientes, un choripán en la Trinidad, una hamburguesa 4×4 en la Calle del Hambre o una ‘Grosera’, eso era lo mejor del mundo».

Ferreira, que dirige una empresa de procesos, asegura que no le encuentra razón a por qué le sabe diferente la comida rápida en Estados Unidos: «No se consigue aquí, no importa a donde vayas. Y si se consigue, te aseguro que no sabe igual. No sé por qué. También extraño los jueguitos de béisbol y las caimaneras, y esas cosas que hacíamos… De verdad fueron tiempos muy bonitos».

No hay buena rumba, si no se cierra con unos perritos o cualquiera de sus variantes

La energía

Lisbeth Dugarte, una administradora en recursos humanos que vive en la ciudad de Panamá, añora de Caracas las rumbas salseras, su gastronomía y el clima, especialmente el de diciembre porque «es cuando baja Pacheco».

Para ella, Caracas es muy especial porque pasó 33 años de su vida hasta que se mudó a Puerto Ordaz: «Migré de Caracas hace 16 años. En ese momento, sabía que no solo iba a extrañar a mi familia, amigos y compañeros de trabajo, sino también a mi ciudad. Sin embargo, como estaba dentro de Venezuela, tenía la oportunidad de regresar, ya fuera por placer o trabajo, lo que me permitía recargarme de su energía».

Claramente, las cosas cambiaron cuando decidió partir a otro destino con su familia hace 5 años, pero a pesar de todo, afirma que la esencia caraqueña se mantiene en su ser y pensamiento. «Llevo el ritmo de la ciudad vibrante, acelerada, rápida, como que si siempre tuviera un cohete», describe.

Con un tono nostálgico, Lisbeth manifiesta: «Recordar la ciudad es ver el cerro El Ávila, contemplar su majestuosidad, subirlo, llegar a la cima y observar el valle. Es una fotografía permanente en mi memoria. Caracas siempre será la sucursal del cielo. Te amo, Caracas».

La llegada de Pacheco, un clásico de diciembre en Caracas

Es difícil encontrar palabras para cerrar este artículo. La nostalgia que desprende cada testimonio nos afecta, sobre todo por el presente de Caracas. Por eso preferimos despedirnos con un fragmento de Vuelta a la patria (1877), de Juan Antonio Pérez Bonalde (Caracas, 1846 – La Guaira, 1892), que nos recuerda que no importa el tiempo que pase, Caracas siempre estará allí:

De pronto, al descender de una hondonada,
“¡Caracas, allí está!” dice el auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.
Caracas, allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos.
Caracas, allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
odalisca rendida
a los pies del sultán enamorado.
Hay fiesta en el espacio y la campiña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos en las flores
a los dorados pistilos se abrazan;
besa el aura amorosa al manso Guaire,
y con los rayos de la luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.

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