La crisis económica que vive Venezuela es la más grave de toda su historia. El país está altísimamente endeudado; no tiene capacidades para generar ingresos y presenta unos desajustes fiscales, monetarios y cambiarios sencillamente apocalípticos. Lo fundamental del momento que vivimos en la economía es su carácter nunca antes visto. El viernes negro del 83; el fraude cambiario de Recadi, en 1989; la crisis financiera de 1994: frente a lo que estamos viviendo hoy, cada uno de estos eventos del pasado luce como un jueguito de Play Station.
En ese orden de ideas, el palmarés exhibido por Nicolás Maduro, el lanzador abridor, el conductor del carro, el capitán de la nave, el Presidente de la República, es particularmente desolador. A nadie debe extrañarle el celo que Maduro y Nelson Merentes han evidenciado para que estos años no se conozca el desempeño económico de la nación. En la economía, como en el Béisbol, no valen las consignas, las bravuconadas, ni las acusaciones a terceros: mandan los números. Los resultados. Usted puede afirmar a los cuatro vientos que nadie lo habrá hecho mejor; la historia se encargará de colocarlo en su puesto bajo el helado veredicto de las estadísticas.
Podemos acompañar estas reflexiones con algunos apuntes elementales: la vida es una sola; el tiempo productivo de los venezolanos de esta hora se escurre. Tal y como dijo Keynes: el mediano plazo no sirve en el gobierno; a mediano plazo todos estaremos ya muertos. Venezuela no tiene por qué estar viviendo esta situación. Venezuela tiene derecho a estar mejor.
El balance neto de las cifras de lo labrado en la economía durante los años 13, 14 y 15 es algo confuso, en virtud de la opacidad deliberada con la cual obra el alto gobierno. Las cifras varían de acuerdo a lo que emana cada uno de las fuentes, que por fuerza nunca serán las oficiales, o de los cálculos que hacen algunas firmas asesoras especializadas interpretando el comportamiento de los precios y los índices de escasez en los anaqueles.
Lleva el país, de la mano de Maduro, tres años de escandalosa contracción económica y otros tres con unos niveles de inflación que no se registran, en este momento, en ninguna otra parte del globo. Desde 2013, la economía nacional se ha contraído a tasas interanuales de -6 y -8 por ciento, que son dignas de una economía de guerra como Siria o Irak.
El récord de Maduro en 2015 sería digno de una sonora rechifla en cualquier estadio de pelota: cerca de 200 por ciento de inflación. Con esta cifra, nuestro inefable Presidente rompe los récords de 1989 y 1996 –los años de Blanca Ibañez y la crisis bancaria–, y rompe su propio récord, gestado el año pasado, cuando el aumento de precios sobrepasó con tranquilidad el 100 por ciento.
Luego de 3 años, lo que todo venezolano responsable debería estar pensando es por cuánto tiempo más tendrá el país que vivir este suplicio. Y al respecto, la palabra no la tiene Maduro, que es el problema, sino el pueblo venezolano. Cualquier análisis sereno en torno a los mecanismos constitucionales previstos para atender esta crisis, que también es política e institucional, y por lo tanto es histórica, debe apartarse de los tecnicismos y las leguleyerías especulativas. La discusión debería girar sobre la responsabilidad política de las decisiones tomadas y el cotejo razonable de sus resultados.
El único parámetro para convenir los pasos para una consulta que nos permita salir del actual Presidente por la vía constitucional consiste en interpretar de forma responsable la infernal situación que vivimos. Situación esta que fue creada por quiénes han administrado los recursos de la nación y han puesto en práctica políticas que están arruinando y matando a la gente, de hambre o de mengua.
No es únicamente un tema de precios. Los daños sobre el país se van extiendo a una velocidad inquietante. ¿Qué es la guerra económica? ¿Cómo se expresa? ¿Puede Maduro neutralizarla de una buena vez, si tal cosa existe? ¿Cuáles serán los índices de violencia social y de delitos con este cuadro económico, si todo sigue como va? ¿Puede alguien comer completo con el actual salario? ¿Cómo atenderá Nicolás Maduro la escasez actual de medicamentos? ¿Cuánto tiempo más le puede llevar a Venezuela salir de esta desgracia mientras los gestores de la cosa pública sean Jorge Arreaza, Ricardo Menéndez o Marcos Torres? Las cadenas de producción están rotas; la ruina industrial es desalentadora.
Poco, o nada, queda de los mitos chavistas: el empoderamiento, Barrio Adentro, los comités de tierra. El anecdotario propagandístico rojo de la década anterior luce indefenso frente a lo que se asoma. El daño patrimonial causado al país es inaceptable: por Corpolec, Pdvsa, la CVG y Cadivi se le fue el futuro a los venezolanos. Estamos frente a un Presidente con atributos muy limitados; con una enorme capacidad para triangular culpas y mentir.
La dinámica que estamos describiendo se seguirá agravando, como de hecho se ha venido agravando luego de cada anuncio de Maduro. Repito: no estamos en 1983. Tampoco en 1989, ni el 96, ni en el 99 ni en el 2002.
Sin comida, sin medicinas, sin luz, sin agua, con las calles en manos del hampa, Venezuela debe superar el chantaje de la clase dirigente actual para hacer valer su voluntad. La situación que estamos viviendo no se puede seguir extendiendo. Para eso fue que se hicieron las Constituciones: para tener previsto qué hacer en un caso como este.