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Allanamientos fuera de ley, miedo que acecha

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17/07/2017
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FOTOGRAFÍAS: SKAKIRA DI MARZO

Los malos augurios del martes 13 se hicieron realidad hace un mes en el Conjunto Residencial El Paraíso. Fue una noche de terror. No había luz, pero sí muchas detonaciones y gritos prolongados como siglos. Distintos cuerpos de seguridad hicieron de las suyas. No hubo ninguna orden legal, pero igual se sentían con la potestad de hacer desmanes: destrozaron apartamentos y carros

Entre el aviso y la arremetida apenas pasaron 15 minutos. “Van las tanquetas”, leyó en la pantalla de su celular. Ese martes 13 de junio, Adelis Mejías, chofer ejecutivo, no salió de su apartamento en el Conjunto Residencial El Paraíso, Los Verdes. Pasó el día resguardado junto a su hijo de tres años de edad. La alarma la recibió de un amigo que vive en La Paz, quien además tuvo tiempo de identificar el logo del Comando Nacional de Antiextorsión y Secuestro (Conas) de la Guardia Nacional  Bolivariana (GNB) pintado en la carrocería del vehículo de guerra. “Seguro los van a allanar”, le advirtieron ante el desfile de tanquetas y jeeps.

La opinión no era infundada. El 19 de abril marcó un punto de no retorno. La marcha convocada ese día por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) tenía una de sus salidas a escasas cuatro cuadras de la urbanización de marras, pero la caminata no pudo avanzar. Desde entonces, entre los habitantes de esa parroquia del municipio Libertador y la GNB se vive una desigual batalla, que ni el allanamiento en Los Verdes ni la arremetida contra los edificios de la avenida Páez con gases lacrimógenos nocturnos han logrado aplacar. Segar como la mala hierba.

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El horror no tiene horario. El martes 13 de junio comenzó con la luz del día y terminó bien entrada la oscuridad. “Los muchachos estaban protestando desde temprano por no estar de acuerdo con la constituyente. Supuestamente hubo unos guardias heridos, que nosotros nunca pudimos confirmar, y eso fue lo que les dio pie para venir. Lo que yo creo es que simplemente estaban esperando un motivo”, elucubra Mejías sobre las razones que pudieron originar el despliegue.

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El reloj marcaba las seis de la tarde. Adelis vio al primer vehículo blindado demoler cual “palitos chinos” la reja de entrada del que ha sido su hogar por nueve años. “Llegaba camioneta tras camioneta, también jeeps. Creo que había poco más de 300 funcionarios todos reunidos en el área de entrada. Llegaron como 50 o 60 motorizados y yo lo que me preguntaba era: ‘Dios mío, cuántos más van a entrar’. Era impresionante. Desde mi balcón vi como entraban al sótano con bates, tubos, palos. Me mentalicé sobre el posible destrozo de los carros. Eran demasiados, y seguían llegando. Entonces sí sentí miedo”.

Él no distingue. Afirma que en ese grupo había funcionarios de la GNB, el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC); el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y de colectivos armados; en lo que no duda en calificar como un “allanamiento ilegal” del conjunto residencial. Algunos tenían el rostro cubierto, otros no. La saña, en todo caso, era la misma.

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En algún punto de esa tarde-noche, el hombre no pudo ver más por su balcón. La nube blanca de lacrimógenas cubrió las áreas comunes. Saca cuentas y recuerda que a los diez minutos de la entrada de la primera tanqueta entraron otras dos, tumbaron la otra reja que hacía las veces de entrada principal al conjunto. Los sitiaron.

Hubo gritos  que, como sirenas, advertían el horror, el averno. Eran alrededor de 5.000 almas asustadas. El estruendo no cesó hasta la medianoche. “¡Fuera de aquí!”, retumbaban las voces de las mujeres. Su leco lo acallaban las explosiones. Podían ser balas, perdigones, lo que sea, a estas alturas todavía no lo saben. Lo que sí escuchó con claridad Mejías fue la amenaza de los hombres armados: “Las vamos a violar”. El miedo escaló por cada uno de los 17 pisos de las 12 torres de Los Verdes.

La incursión

A las nueve de la noche tocaron a su puerta. El ruido no lo sorprendió. Ya sabía lo que pasaba. Tuvo suerte de que no sacaran la madera de sus bisagras, como sí hicieron con los vecinos de la tercera etapa —la primera que invadieron los uniformados. “Quédese tranquilo”, escuchó. Había cuatro hombres y una mujer armados detrás de la reja. Vestían el uniforme de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Solo entraron dos.

No mostraron orden de allanamiento. Él tampoco la pidió. “No tengo nada que ocultar”, se defiende. Tampoco le pidieron la cédula.

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“¿Cuántas personas hay en la casa?”, preguntaron. Nada más estaba él y Salomón, su hijo de tres años de edad. Ese fue su salvoconducto. Apenas vieron al niño se retiraron sin hacer mayor desorden. Al menos en el apartamento. A Mejías no le falló la intuición. Los tubos, y bates con los que entraron a los sótanos sí fueron utilizados. Los destrozos que no hubo en su hogar los hicieron en su carro, un Palio del año 2002.

No pudo confirmarlo sino hasta entrada la madrugada, cuando los funcionarios se retiraron y los vecinos finalmente se atrevieron a salir de sus apartamentos para hacer el recuento de los daños. No quedó lámpara con bombillo, ni vidrio sin romper. En la torre destrozaron además la caseta en la que estaban las conexiones de Cantv. Con todo y eso se consideran sortarios porque ahí no despedazaron los ascensores. En el estacionamiento de nuevo hubo bramidos y chillidos y lágrimas, esta vez no se miedo sino de indignación.

El piso del sótano estaba cubierto de cristales. Sin distingo, más de 200 vehículos fueron violentados, baleados, robados. “Me partieron cuatro vidrios, me robaron el reproductor y una corneta. Además revisaron la guantera y todo lo que tenía en el carro”. Esa noche el cálculo mental de lo que le costaría repararlo ascendía a 800.000 bolívares. Se quedó cortó: sustituir los cuatro vidrios vale 1.100.000 bolívares. Solo recogió la silla para bebés del vehículo y lo dejó así.

Regresó a su apartamento, pero no a dormir. Nadie pegó un ojo en Los Verdes. La vigilia la hicieron pegados al balcón, esperando una nueva arremetida. Él cree que lo harán.El 28 de junio el Ministerio Público solicitó medidas de protección para los habitantes del Conjunto Residencial El Paraíso.

“Yo ahora veo más unión entre los vecinos, más compañerismo. Algunos tienen miedo, temor de volver a protestar. Pero el lunes salimos —el 10 de julio, cuando hubo el trancazo de diez horas. Empezamos a las 9:00 am y estuvimos hasta las 8:00 pm. Llegó un piquete, nos quitó las barricadas, pero los vecinos nos quedamos ahí tocando cacerolas, aunque teníamos a los guardias al lado. Creo que eso fue un desahogo para la impotencia que aún se siente. Y la rabia. Hay mucha rabia”. No es mucho lo que han podido rescatar en el edificio. Las rejas de la entrada no las han vuelto a ubicar, por si acaso los siguen amedrentando. Todavía quedan tres personas detenidas, incluyendo el plomero de las residencias. Adelis dice que no se muda: “Tenemos la esperanza de que este gobierno va a terminar pronto y podremos recuperar el conjunto”.

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Luis Duque: “Aquí nos van a matar”

Luis Duque es uno de los fundadores de Los Verdes, este conjunto residencial, a guisa de superbloques, se popularizaron en el siglo pasado por emular la modernidad. Ha vivido allí por más de 30 años. Eran tiempos más apacibles. “La vida era buena”, recuerda. Ahora, en cambio, afirma que vive bajo un asedio que se ha prolongado por más de 100 días.

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Lo peor ocurrió el 13 de junio. Ese día le apuntaron con un arma en la cabeza. Vive en la etapa tres. La zona que más sufrió, de acuerdo con la opinión generalizada de parroquianos. En el apartamento estaba él, de 67 años de edad, su esposa de 53; y sus dos nietos ocho y siete años. Primero vieron las tanquetas pasearse por las áreas comunes del edificio. Esas que hacen las veces de parque, pero por las que esa tarde era incapaz de corretear ningún niño. Vio cómo uno de esas moles tumbó sin resquemores una de las rejas internas de la urbanización. Y al poco rato tocaron a su puerta. “Arriba las manos”, le ordenaron.

–¿Cómo le abro la puerta si tengo arriba las manos?

La pregunta se respondió sola. A punta de cizalla y mandarria los oficiales se encargaron de romper la reja. Su mujer se escudó detrás de él y los dos niños detrás de ella. Los encañonaron dentro en la sala. Dos tenían armas largas y el otro oficial una corta.

Dice que en esos momentos no se piensa nada bueno. “Aquí nos van a matar”, fue lo primero que pasó por su cabeza. “No sabemos qué buscaban. Nosotros no teníamos nada. Había uno que escupía chimó. No revolvieron mucho y se fueron”. A los diez minutos regresaron. Esta vez pidiendo agua. Nadie dijo nada. En esa oportunidad solo habló el nieto más pequeño. “Ustedes ya estuvieron aquí”, advirtió. Se tomaron el agua y se fueron.

Al cabo de un rato salieron a evaluar los daños. Aún son visibles. La entrada principal de la torre la soldaron. Quedó clausurada como una medida de protección. En esa área no se salvó ni el vidrio de las carteleras informativas. En la caseta de entrada permanecen los cristales en el suelo apilados unos sobre otros. Nadie se ha atrevido a recogerlos. Los 12 ascensores de esa etapa quedaron inservibles.

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“Yo tengo miedo. Estamos asustados. Todos los días pienso que podría pasar otra vez”. Sin embargo, no piensan irse. Los Verdes son suyos. Su hogar y sustento. Allí tiene un taller mecánico desde hace trece años. Esa era su otra preocupación: que le saquearan el negocio. No tocaron ninguno. “Uno no sabe qué pensamiento traía en la mente esa gente. Desbarataron todo”.

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