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Apagones ponen a los hospitales en terapia intensiva

PORTADA ALGODONAL
11/07/2018
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FOTOGRAFÍA: DANIEL HERNÁNDEZ

Cuando la luz se va, el desespero llega. Terminar operaciones a la luz de celulares o interrumpir procedimientos quirúrgicos ocurre más a menudo de lo pensado. No todos los centros de salud públicos cuentan con planta eléctrica, y hay algunos que pueden pasar semanas sin suministro reduciendo el recinto a un edificio sin vida

Venezuela se queda sin luz. No son solo los estados que se alejan de la capital en los que impera la oscuridad, sino que la problemática que genera la falta de electricidad llegó a Caracas. Un apagón doméstico o en alguna oficina ya es molesto de por sí, pero vivirlo dentro de un hospital público es aún más dramático, especialmente porque no hay soluciones más que la paciencia, algo que tampoco provee la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec).

Pablo Rojas vive en Carapita y es camillero de la maternidad Herrera Vega del Hospital General José Ignacio Baldó, mejor conocido como El Algodonal. Es viernes en la tarde y espera sentado a las afueras del recinto con su conjunto de mono y camisa blanca. En las entrañas del dispensario se mueven algunos médicos, los milicianos que resguardan el lugar y los uniformados de Seguridad que cuida las puertas y nada más. No hay más personas. Desde hace más de tres semanas no hay luz en el recinto y los trabajadores solo acuden para cumplir horario.

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La maternidad se ubica adyacente al edificio principal del hospital. El sendero que conduce hasta su entrada está invadido por vegetación, con el monte creciendo sin parar. Allá en la puerta, unos celadores hacen guardia pero la inseguridad no escasea tanto como las inyectadoras. Hasta los milicianos apostados en el sitio admiten que han robado hasta motos dentro del perímetro. Hasta allí llegó una patrulla de Corpoelec el viernes 22 de junio. Acudieron para atender el problema luego de que los médicos denunciaran la situación.

Y llegó la luz, parcialmente. No podían hacer más, se justificaron. Por lo tanto, aún no se puede atender a los pacientes. “Dijeron que fue un cortocircuito y únicamente restablecieron la luz en la planta baja. De resto, la maternidad, el quirófano y la sala de parto no tienen desde hace tres semanas”, cuenta Pablo. A las parturientas, por tanto, las refieren a otro nosocomio para que den a luz, con luz.

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Ocurre así desde la primera semana de junio cuando a todas las mujeres se les pidió desalojar la maternidad. “Tuvimos suerte de no tener muchos (pacientes) en ese momento. Desde entonces, no recibimos a más nadie. Con los días, dejaron de venir. Me imagino que se corrió la voz”, dice aliviado el camillero.

El Algodonal está integrado por tres centros de salud: un pediátrico, una maternidad y un sanatorio, pero a pesar de que la falta de luz solo afecta a un área, todo el complejo está igual de solitario. De todas maneras, los batas blancas saben que cuando la luz llega comienza la cuenta regresiva para su nueva huida. Por cada semana “encendida”, pasa otra a oscuras. Es rutina.

Algunos ya han desarrollado un sentido de ubicación extremo. El humano sabe adaptarse. Especialmente cuando no hay otro camino sino vivir a oscuras. Los médicos de la Herrera Vega siguen acudiendo a su puesto de trabajo e incluso haciendo guardias nocturnas, aunque no atiendan a nadie, aunque no haya cómo. Ni siquiera en la habitación donde duermen hay electricidad, y los pasillos son corredores ciegos donde apenas las luces de celulares marcan el camino.

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Entretanto, esperan la hora de irse en habitaciones apagadas, sin aire acondicionado, pero con muchos zancudos. “En la noche son insoportables y sin luz es peor”, revela Pablo, quien también se resuelve como camillero en el Instituto Nacional de Geriatría. La hiperinflación no la apaga nadie.

Los trabajadores de la maternidad de El Algodonal se unieron al paro del sector salud desde el lunes 25 de junio para exigir mejores salarios y los insumos necesarios para trabajar. Esperan una luz al final del túnel.

Con o sin planta, el riesgo es igual

La Encuesta Nacional de Hospitales divulgada en marzo de 2018 estima en 88% la escasez de medicamentos y en 79% las fallas de material quirúrgico en los centros de salud públicos a escala nacional. Si por casualidad un hospital llega a estar en el 12 y el 21 por ciento restante, respectivamente, aún deberá lidiar con un posible apagón, no tan extraños en un país donde hay racionamientos eléctricos, declarados o no, que pueden dejar a oscuras a poblaciones completas durante varias horas.

Alejandro Pérez es anestesiólogo y labora en el Hospital Ortopédico Infantil de Caracas desde hace 25 años. Recuerda que hace un mes el recinto se quedó sin luz por más de media hora. Fue una de las tantas ocasiones en las que se activó la planta eléctrica que permite mantener las operaciones mínimas, las estrictamente necesarias, solamente en áreas críticas como los quirófanos y la terapia intensiva.

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“La planta tiene autonomía de seis u ocho horas y por eso puedes terminar lo que haces. Pero no se empieza ninguna intervención ni operación hasta que se reestablezca el suministro eléctrico. Intentamos garantizarle seguridad al paciente”, explica el médico. Detalla que, cuando se va la electricidad, los pasillos se llenan de cocuyos: son las linternas de los celulares que permiten a los médicos moverse dentro del edificio.

En el Hospital Materno Infantil de Petare también hay una fuente alterna de energía. Pero su uso recuerda a la canción de Serenata Guayanesa: ya no es por la planta que ya la tenemos; ahora es que prenda, cómo lo conseguiremos. “A veces no enciende automáticamente como debería y hay que esperar o buscar la manera de alumbrar con lo que se tenga: linternas de celular o laringoscopios”, confiesa Luisa López, médico anestesiólogo del lugar. El aparato, tan costoso, sufre por la falta de mantenimiento y su disponibilidad no está garantizada.

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Desde 1998 están vigentes unas “Normas que establecen los requisitos arquitectónicos funcionales del servicio de quirófanos de los establecimientos de salud médico-asistenciales públicos y privados”, publicadas en la Gaceta Oficial 36.574 del 4 de noviembre de ese año, justo un mes antes de que Hugo Chávez ganara su primera elección presidencial. El documento no establece como obligatorio tener planta eléctrica. Eran otros tiempos, y los servicios públicos funcionaban con cierta regularidad.

Veinte años más tarde es imperativo que existan en recintos de actividad tan delicada. En caso de no existir, los equipos de anestesia tienen unas baterías independientes que duran un aproximado de dos a tres horas, para que los médicos terminen las operaciones en curso al momento del apagón, así sea alumbrando con sus celulares o con la luz natural que entre por alguna rendija.

 

Protocolo de acción

“El plan de contingencia es terminar lo que se está haciendo. Ningún procedimiento se abre a menos que exista el suministro de luz. En quirófano se termina la operación que se hace y se somete a un riesgo”, explica el anestesiólogo Alejandro Pérez, desde el Ortopédico Infantil. Más al este de la capital, en el Materno Infantil de Petare, la fe no mueve montañas pero quizá prenda algún bombillo. “El proceder es pedirle a Dios que logremos terminar la cirugía con las linternas que podamos conseguir”, desliza Luisa López.

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Con bombillos apagados, los ánimos sí se encienden. “El lunes pasado una paciente se enteró que no podíamos atenderla por no tener suministro y nos agredieron. La gente se enardece y los más inocentes pagamos las consecuencias. Yo no tengo la culpa de que se haya ido la luz”, cuenta Luisa. Una jornada de trabajo durante un apagón trae más estrés a los médicos y demás personal que hacen frente a los casos. Pablo, el camillero de El Algodonal, confiesa sentirse “súper tenso porque el éxito del trabajo depende de que puedas ver lo que estás haciendo”.

En el Materno de Petare, Luisa también se defiende ante pacientes belicosos: “La gente no entiende que no es culpa nuestra”. Sin embargo, su preocupación principal viene de afuera. “La inseguridad también está muy fuerte y no sabes si se mete alguien en esa oscuridad”. El hampa es lo único que en Venezuela ve luz.

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*Por seguridad de las fuentes, sus nombres fueron cambiados.