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Carta abierta a don Luis Almagro

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Una respuesta al “regaño” que el secretario general de la Organización de Estados Americanos profirió a los sectores democráticos que concurrieron a las elecciones transformándose, según dijo Luis Almagro, en “instrumento esencial del eventual fraude”

Muy estimado don Luis Almagro, amigo de Venezuela, latinoamericano excepcional y figura internacional a quien los venezolanos estaremos agradecidos por generaciones.

Ya sabe usted que en las últimas horas su nombre y su reciente pronunciamiento han estado en el centro de la polémica. Esta vez no ha sido la dictadura que nos oprime la que ha rechazado sus decires de afanoso vigilante de la tragedia de Venezuela. Y, aunque los voceros de oposición que han mostrado desacuerdo con cierto punto de vista suyo no le han respondido con las groserías que son habituales en el tirano y sus repetidores, sí es verdad que su declaración ha producido incomodidad. Me temo, don Luis, que me cuento entre quienes escuchamos sus palabras con rechazo y no poca mortificación.

Usted ha sido un gran aliado de Venezuela. Probablemente, las sanciones que hoy castigan a nuestros verdugos no se hubieran aplicado en el número y severidad registrado si no hubiera sido por las diligencias de su despacho como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). Pero un aliado deja de serlo cuando, incluso para mejor proteger la institucionalidad democrática venezolana, comienza a adoptar el tono de un tutor.

Y eso fue lo que me perturbó al escucharlo decir: “Es muy claro que cualquier fuerza política que acepta ir a una elección sin garantías se transforma en instrumento esencial del eventual fraude, y demuestra que no tiene reflejos democráticos como para proteger los derechos de la gente. En este caso, el voto”.

En realidad, don Luis, eso no está tan claro. Aunque lo parece, desde luego. Pero en su contundente regaño a la Unidad Democrática de Venezuela desestima usted varios hechos, que trataré de exponer con respeto y brevedad. Lo primero es que este evento electoral dista mucho de ser el primero al que los venezolanos concurrimos sin garantías, como usted muy atinadamente observa. Los venezolanos estamos más que curtidos en la experiencia de ir a votar en medio de flagrantes trampas, burlas y abuso, que el régimen no se molesta en disimular. Pero seguimos acudiendo a las urnas porque es nuestra manera de protestar contra la tiranía y de volverle a repetir que nosotros creemos en el voto, en las instituciones, y que es de esa manera como queremos renovar nuestras autoridades y sacar del poder a quien ha destruido nuestro país.

Lo otro, y creo que lo más importante, es que quien aceptó ir a las elecciones de este domingo 15 de octubre no fue solamente la fuerza política organizada en partidos y coaligada en la MUD. Fue la gente. Yo estuve allí, don Luis. Muchas horas, porque el régimen me convirtió en un “ratón loco” más. Me refiero a que mi centro de votación fue cerrado pocas horas antes del evento y tuve que ir a votar en otro centro, que entonces atendía a los electores de dos. Y como se dio el caso de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) mandó a aplicar una operación morrocoy (avanzar con la lentitud de una tortuga para desanimar al votante y que desistiera), lo que debió ser un trámite de pocos minutos se alargó hasta retenernos a muchos durante varias horas (más de cuatro en mi caso).

La prolongada permanencia en las filas me permitió ver la llegada de decenas de personas mayores, algunas muy mayores, algunas muy pachuchas, acompañadas de parientes, que a veces eran hasta tres para poder llevar a su anciano. Vi personas muy impedidas, en sillas de ruedas, incluso en camillas. Me conmovió ver un muchacho que venía en una especie de silla extendida porque no podía tenerse en pie, tal era el compulsivo temblor de sus extremidades. Vi mucha gente humilde, que no se movilizó hasta allí por ningún cálculo político sino porque creen en el voto y no están dispuestos a que este pierda significado.

Esa gente no es instrumento del fraude. Al contrario. Fueron defraudados. Lo han sido una y otra vez. Son víctimas del fraude y ahí estaban. Y creo que muchos seguiremos estando. Porque creemos en el voto y porque no tenemos otra manera de poner gobernadores y de desalojar al dictador.

Me despido con dolorosas interrogantes: si los venezolanos no expresamos nuestra voluntad mediante el voto, cómo lo vamos a hacer. ¿Con las armas? ¿Con manifestaciones que el tirano acaba a tiros, sin que se inmuten sus esbirros con la sangre derramada de inocentes y de bachilleres? O es que nos sugiere usted que no hagamos nada, porque la tarea nos la va a hacer la comunidad internacional, incapaz hasta ahora de hacernos más leve el castigo cotidiano que la tiranía nos impone.

Tiene usted mi reconocimiento y, esta vez, mi respetuosa disensión.