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Escenarios de espanto que esconde Caracas

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05/11/2018
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FOTOGRAFÍAS: DANIEL HERNÁNDEZ

Las historias, mitos y leyendas de miedo abundan en las carreteras del país pero la capital acumula estructuras que albergan miedos o, al menos, estéticas espeluznantes. Estructuras desoladas serían escenario perfecto para más de un susto. De oeste a este, hay espacios que suman atributos para hacer de Caracas el set ideal de un filme de terror

Los fanáticos del cine venezolano reconocen a la urbanización El Paraíso como la cuna del lugar donde fue grabada la película La casa del fin de los tiempos, pero ese inmueble no es la única propiedad que cumple con todas las características para servir como escenario de espanto y brinco.

Una de las calles de la avenida Loira se pierde en la soledad desde que la concurrencia de quienes hacían vida en el sector comenzó a mermar. Sus vecinos la califican como “la calle de los muertos”, pero no por la aparición de espectros sino porque los propietarios de las edificaciones se fueron todos al más allá. Ahora quedan herederos y construcciones desvencijadas, que enmarcan un tramo de asfalto poco transitado.

Con la clínica Loira a un costado y el estadio Brígido Iriarte al otro, en aquel trecho, más allá del sonido de los niños del preescolar Juan Pablo López, solo se oyen los ladridos de algunos perros que custodian una pequeña quinta destartalada. Sus paredes, agrietadas, sucias y en tono sepia, se pinta de sombras por el frondoso árbol que la corona. Muros que se divorciaron del cemento y la pintura desde hace décadas. Rejas que vistieron de óxido. Un espectáculo de la decadencia, y una mina para cualquier setting de terror.

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María Patiño trabaja desde hace 10 años en el preescolar que se ubica a dos casas de esa quinta. No recuerda nunca haber conocido a un dueño, pero sí haber observado a hombres entrar y salir. Desde hace algún tiempo el movimiento, no obstante, es nulo. Allí solo se escucha a los furiosos guardianes, albaceas de facto de una familia que pereció. La propiedad luego fue residencia estudiantil, hasta que quedó deshabitada. Lo explica Rebeca Hernández*, una vecina enterada, secundada por Judith Silva. Ella sí ha visto a un muchacho en la casa alimentando a los perros, el nuevo dueño.

A cuatro casas de esa quinta lúgubre, una vivienda permanece aún con un brillo singular. Aunque no lo parezca, también está sola. Sus dueños murieron hace un año y el linaje se resume en una hija que transitó por la obra de Cruz-Diez, y un varón que permanece en estas fronteras. La fachada del lugar no es tan tenebrosa, pero sí la historia que tuvo que afrontar el joven, el heredero, gracias al espeluznante socialismo del siglo XXI: un intento de invasión protagonizado por un grupo de personas que, portando supuestos contratos de arrendamiento, intentaron forzar las entradas. Las casas solas dan miedo, pero los invasores aún más.

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Son construcciones viejas, de recovecos y sinuosas formas, apiladas en una calle que se fue vaciando de gente y llenándose de almas. Rebeca las siente de cerca, porque aunque en las quintas vacías no ha escuchado más que a los perros, en la suya, dice, hay apariciones. Tiene 62 años viviendo en esa calle, y su vivienda aún alberga el espíritu de su abuelo. Hernández jura haberlo visto durante una semana entera, a diario, y una vecina comentó haber interactuado con él durante un juego de La Ouija. En otras ocaciones ha escuchado ruidos tenebrosos, y alguna vez algún invitado le ha confesado haber sentido el tacto invisible de algún ente en aquella quinta.

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Escenarios de terror abundan en El Paraíso. Una de esas joyas es el Auditórium del Instituto Pedagógico de Caracas, con todo y sus mitos y leyendas. Los conoce Sandra Linares, quien ha trabajado desde hace 23 años labora como mensajera. Ella recuerda con exactitud la sala original de actos del Pedagógico y cómo por orden de la Alcaldía de Caracas fue demolida. Así se dio paso a la construcción de un nuevo recinto, mucho más grande. Pero la obra repentinamente fue paralizada. Y desde entonces quedó pasmada.

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La memoria de Sandra ya no tiene fijada aquella fecha en que el reloj de esos trabajos paró, pero cree que se remonta a finales de la década de los noventa. Tampoco le viene a la mente el nombre que identificaría el espacio. A ella, como a todo el cuerpo administrativo de la institución, preciera habérsele borrado la memoria. Así, aquella estructura es un lugar olvidado dentro de la psique de la comunidad del Pedagógico. Un sitio del que nadie habla ya.

Si alguien lo hiciera, tendría que pasarse por un sinfín de historias que le han dado una reputación de horror. Sandra se atreve, y masculla algunas: el lugar ha sido templo para la droga, para el sexo, para el robo, para servir como santuario del crimen y hasta como escenario de peleas que terminan con heridas de gravedad. Yolimar Valderramo, estudiante de Dibujo Técnico en esa institución, admite que ni se acerca por aquellos predios. Menos aún desde que escuchó que allí se han dado ritos de santería, y hasta violaciones de jovencitas. Para Aideé Hernández, con sus 33 años de servicio, serán relatos que seguirán acumulándose, especialmente porque la estructura nunca será terminada. Afirma que ni Aristóbulo Isturiz, a quien conoció en el Pedagógico, cuando llegó al Ministerio de Educación quiso rescatar y temrinar el famoso auditórium. Una deuda convertida en un fantasma de concreto.

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Más lejos, en la avenida Washington, los vidrios panorámicos en la fachada de un edificio evidencian su abandono. La construcción ubicada al lado del liceo Vargas II albergaba, alrededor del año 2006, a la Procuraduría Agraria Nacional, y luego en 2009 fue hogar de una cooperativa de la que el vecino Rayner Jaurel no recuerda detalles. Después el edificio fue invadido y posteriormente usado como refugio de damnificados. Desde 2013 está desalojado, acumulando polvo, abandono y miradas, especialmente la de ls funcionarios de la Guardia Nacional que verifican se mantenga vacío, congelado en el tiempo, esperando algún espectro o a algún cineasta avezado.

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En Colinas de Bello Monte, justo frente a la sede del Iutirla, un pequeño edificio amarillo parece estar abandonado. En 1958 en esos espacios fue fundada la Clínica Caurimare, la cual operó hasta 2010, cuando solo los laboratorios quedaron activos, al fondo de la planta baja. Entonces, la soledad inundó el lugar.

Entrar a la vieja edificación es encontrarse con pocas luces encendidas, pasillos oscuros y salas de espera vacías. Las 20 habitaciones, los consultorios y quirófanos hace ocho años que se cubrieron de polvo. Tan solo el viento se pasea por aquellos espacios. Un escenario que espeluca, como bien lo saben los productores audiovisuales que aprovecharon el recinto en los últimos años para filmaciones.

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Ahora, la nueva adminsitración de la clínica Caurimare no tema reactivarla. Carlos Álvarez, director del lugar, anuncia que ya funciona el área odontológica y aspira completar la puesta a punto pronto, cuando la crisis lo permita.

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Los caminos del Country Club, cerca de uno de los tantos campos de golf, esconden una mansión que permite ver las estrellas. La quinta se llama Mamá y es conocida por los caraqueños como la casa de la familia Pérez Jiménez.

La quinta, ubicada en la calle Mohedano, se alza en un terreno de 5.500 metros cuadrados y la habitó Francisco Pérez Jiménez, hermano del dictador, junto con su esposa y su madre, Adela Jiménez de Pérez.

En agosto de 2014, el fotógrafo Ed Vill sorprendió a muchos con sus fotos y videos del lugar, en donde evidenció no solo el diseño arquitectónico sino la distribución en cuatro niveles: un sótano con áreas de servicio, discoteca y bar; la planta baja con salones para eventos sociales, cocina y una capilla; el primer piso donde están las habitaciones; y la terraza, famosa por poseer no solo un mirador sino también un observatorio. Todo conectado por un ascensor interno. Afuera, una piscina una piscina con forma de guitarra, además de jardines con fuentes palaciegas.

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Tras el asesinato de Francisco Pérez Jiménez, la quinta fue vendida por su esposa a Morella Pacheco de Mendoza, y desde la última década del siglo XX, la mansión ha sido usada para grabaciones de novelas, comerciales y hasta fiestas. Pero los años no pasan en vano y los alrededores de la casa lo demuestran. Los jardines se encuentran en el olvido y una serie de candados vestidos con telas de araña, decoran las rejas de entrada.

La quinta Mamá está al final de una calle ciega y aunque la rodea un silencio sepulcral, no está vacía. El recinto es utilizado por dos casas productoras independientes, que el guachimán de turno se niega a identificar. Eso sí, el celador niega que allí haya fantasmas, apariciones, episodios sobrenaturales, a pesar de que la leyenda urbana afirma que esa casa incluso albergó una mazmorra, con todo e inquilinos.

En Caracas hay otro lugar, vinculado a la familia Pérez Jiménez que muchos aseguran es el más tenebroso de la ciudad: el Centro de Salud Mental del Este, mejor conocido como el Manicomio El Peñón.

La otrora casa de verano del dictador fue en 1962 tomada por el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, para instalar allí un recién fundado centro para la atención psiquiátrica. Sin embargo, hace más de una década una parte de aquella casona de 22 hectáreas sufrió un incendió que destruyó gran parte de su estructura. Las cenizas dieron paso al abandono.

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Hay valientes que han entrado al lugar, y salen afirmando que la sensación no es agradable. El fotógrafo Regulo Gómez describió su visita a aquel lugar. on la piel erizada por historias de terceros, y acompañado por algunos amigos, ingresó a la estructura aún dominada por los escombros.

Lo que vio en su interior le dejó mal sabor de boca: fichas médicas e historias clínicas a medio quemar, paredes rayadas con grafitis esquizoides, hechos posterior a las llamas, objetos regados por todos los pisos, juegos de luces y sombras escalofriantes, y un silencio ensordecedor.

En el ala que aún funciona, los horrores son otros. Las condiciones precarias de funcionamiento se suma al incumplimiento de lineamientos sanitarios y a una galopante escasez de medicamentos no permiten atender de manera adecuada a los pacientes que siguen llegando en la búsqueda de diagnóstico y tratamientos.