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Fedosy Santaella: bicho raro que lee

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16/05/2016
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FOTOGRAFÍA: ANASTASIA CAMARGO

Como buen fabulador, desconfía de sus recuerdos, porque no podría asegurar que no se los inventó. En su memoria conviven imágenes tan diáfanas como fotografías, con historias tan increíbles que parecen leyendas. Pero como así las recuerda, algunas de ellas le han servido para sus libros.  Recientemente, ganó en España el XLVII Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro por su obra Los nombres

Como la historia de su nacimiento, ocurrido en Puerto Cabello, el dos de enero de 1970. Aunque, según afirma, debió nacer el 30 de diciembre. “Mi madre tuvo dolores de parto ese día. Buscaron al médico, no lo encontraron. O eso dice mi madre. De modo que yo nací después de las fiestas, pues imagino que el médico andaba de parranda”. Según esa versión, nació azul y creyeron que había muerto. Cuenta también que, mucho tiempo después, lo hipnotizaron y lo llevaron al momento de su nacimiento. “Vi a la Virgen que me decía que había muerto pero que debía regresar al mundo, estar con mi madre”, y aunque tampoco puede asegurar que eso sea cierto, considera que, como leyenda, es hermosa, por lo que la incluyó en Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, uno de sus libros.

Fue hijo único durante mucho tiempo. Su padre tenía una agencia aduanal y naviera que levantó con mucho esfuerzo, ya que estaba acostumbrado a trabajar desde niño a causa de la muerte de su padre. No pudo terminar la primaria. Sin embargo, hasta aprendió a hablar inglés a la perfección, sin cursos. Leía y veía mucho cine, hábitos que heredaría el pequeño Fedosy, quien crecería leyendo los libros que su padre compraba y “leyendo” las películas que traía del Video Color Yamín de Valencia. Su madre, tenaz y perfeccionista, es hija de campesinos ucranianos. Según el relato que atesora su memoria, su abuelo era, además de criador de caballos, el hijo bastardo, finalmente reconocido, de un capitán del ejército zarista. Esa historia aún no está recogida en alguno de sus libros, pero nadie quita que algún día lo esté.

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La historia del bicho raro

De su infancia en Puerto Cabello guarda imágenes muy nítidas. En ellas siempre está el mar. “Recuerdo a mi papá recostado de un carro, y mis primos y yo jugando a la orilla del mar. Recuerdo otro día, en Tucacas, caminando —con mis primos— por la playa y descubriendo en cierto momento la huella de un pie gigante en la arena”. Y la zona colonial de Puerto Cabello. Esos pasajes están en su libro El elefante. En la plaza Sucre de Puerto Cabello había un elefante de hierro y latón, sobre el que se montaban “y nos poníamos a hablar tonterías, a disfrutar del mundo, con el mar al fondo”.

De sus estudios recuerda la burbuja de felicidad que fue el colegio Sagrado Corazón de Jesús, en el que estudió con otros cinco varones y veinte niñas, para luego pasar a La Salle, donde descubrió lo duro que podía ser la vida fuera de esa burbuja. Llegó como un muchacho inocente y consentido a un ambiente de adolescentes varones, necesitados de hacer sentir a alguien tan mal como se sentían ellos. No hay que agregar que le tocó padecerlos durante un tiempo. No sólo era el tipo raro que leía, sino que además era el tipo raro que leía en Puerto Cabello. “Nadie entendía nada de nada en Puerto Cabello, y yo menos, pero me preocupaba por entender”, comenta. En cuarto y quinto año las cosas fueron mejorando, porque entonces ya era oficialmente un bicho raro, “y la gente le tiene un poco de miedo a los bichos raros que leen”.

Una anécdota ilustra el asunto. El hermano director del colegio, que les daba clases de religión, les dijo un día que llevaran sus dudas a clases, que él procuraría darle forma y contexto. “¿Qué es la eternidad?” Fue la que llevó a esa clase. El cura no supo responder a esa pregunta, y esa situación terminó de asentar su fama de bicho raro que lee.

Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Es profesor de pre-grado y post-grado en Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, y del diplomado de Narrativas contemporáneas (ICREA-UCAB), el cual coordina. “Dar clases es como una vía de autoconocimiento, de profundizar en lo que sabes, de meditarlo una y otra vez, de buscarle nuevas aristas al conocimiento, de adentrarte en cierta sabiduría”, señala, para agregar que “repetir hasta simplificar, hasta entender la esencia de lo que dices, es un ejercicio espiritual valioso”.

Oficialmente fabulador

Como en el caso de muchos escritores, su vocación comenzaría a labrarse en la biblioteca paterna. En ella se topó con la Odisea y se puso a leerla. “No la terminé, pero ese mundo de dioses y hombres interactuando, la idea del viaje y del héroe, todo eso creó maravillas en mí. Recuerdo que hasta me puse a escribir mis propias historias de dioses y hombres en una agenda de esas de oficina”, comenta. Luego vendría Edgar Allan Poe. Luego Herman Hesse. Luego Jorge Luis Borges. Luego Julio Cortázar, y luego de querer imitar la Odisea, cayó en sus manos Historia de spaguetti western, de Armando Sequera, “el otro libro que me hizo querer escribir y ser narrador”. De esa manera se siguieron sumando nombres a ese imaginario. Stephen King le inyectó amor por la narrativa. Y Demian, de Hermann Hesse, le “torció el cerebro”. Y Kafka, terminó de torcerlo. Y Julio Garmendia, y García Márquez… “Me hubiera gustado escribir La carretera, de Cormac McCarthy, y algún poema, por lo menos uno, de Mark Strand, de E. E. Cummings o de José Watanabe”, enumera acerca de sus héroes literarios. Y así como hace veinte años se imaginaba escribiendo, dentro de veinte años se imagina “más en paz conmigo mismo y con el mundo”, pero igual escribiendo. Y al final del camino, quiere imaginarse habiendo escrito sin miedo las historias que le gustan, habiendo llevado la palabra a las alturas que la ha querido llevar. “Y tener paz, ya satisfecho de haber dado cuenta de mí mismo en mis libros”, puntualiza, acotando que le hubiese gustado que su padre, ya fallecido, pudiese verlo ahora. “Siempre quise escribir y que mi padre estuviera orgulloso de ello”.

Tanto recuerdo y tanta fábula rondando por su cabeza han propiciado una obra prolífica. En un lapso de trece años ha publicado los libros de textos cortos Cuentos de cabecera (2001), El elefante (2005), Postales sub sole (2006), Piedras lunares (2008), Ciudades que ya no existen (2010) e Instrucciones para leer este libro (2012); los textos para lectores jóvenes Fauna de Palabras (2007), Historias que espantan el sueño (2007), Verduras y travesuras (2009), Miguel Luna contra los extraterrestres (2009), Pasapuertas (2011) y Miguel Luna contra la bestia del bosque (2013); además de las novelas Rocanegras (2007), Las peripecias inéditas de Teofilus Jones (2009), En sueños matarás (2013) y Los escafandristas (2014), además de preparar las antologías Cuentos sin palabrotas (2009) y Con el susto al cuello (2014).

Escribe a diario. Escribe o revisa, que es también escribir. Incluso los días que tiene que dar clases. Siquiera unas líneas, algo, un poco. “Si no lo hago, siento que he sido perezoso, un sinvergüenza de la literatura”, señala. Le pregunto qué diferencia hay entre escribir para un público joven y escribir para adultos, y señala, sin vacilar, que en la manera de tratar los temas. Cuando escribe para niños tiene un mayor compromiso de contar una anécdota sin subestimar a los lectores, teniendo en cuenta que nunca, en ninguno de los casos, se ha de ser preceptivo.

“La literatura es metáfora, no una orden de acción. Tampoco es compromiso político, es compromiso de vida”.

Y en que los lectores más pequeños son de una franqueza conmovedora. “Una vez fui a un colegio, y al fondo, en un salón donde me tocaba entrar, los niños gritaban mi nombre, una y otra vez. Me sentí una estrella de rock”, cuenta sonriendo, mientras se quita los lentes para limpiarlos.

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“Cada logro es un compromiso, no una meta”, acota antes de confesar que, aunque varios de sus libros le han proporcionado diferentes niveles de satisfacción, vino a ser uno que aún no ha visto la luz el que le ha producido la mayor alegría: El dedo de David Lynch, que en 2013 estuvo en la short list del premio Herralde. Ese resultado lo envalentonó para enviarle el manuscrito a la editorial española Pre-textos, la cual lo publicará el año próximo en su colección Narrativa Contemporánea.

“Espero que esta publicación contribuya un poco a bajarle los malos ánimos a todos aquellos que dicen la literatura venezolana no le interesa a nadie fuera del país”, comenta sin ocultar su alegría.

“A mí me ha costado este camino, me ha costado libros y errores. Así que estar en esa lista es un reconocimiento a todos los golpes que me ha dado”, concluye.

La vida siempre allí

Fedosy está casado desde hace trece años. Ya antes había probado esa experiencia. Tiene un hijo de nueve años y una niña de uno. “Yo nunca me imaginé con hijos. Tuve que cambiar muchas cosas en mi vida antes de tener mi primer hijo. Es decir, tuve que madurar mucho. Tener hijos te hace crecer, y crecer duele”.Y no es corta la lista de cosas que lo han hecho crecer. “O que, si no me han hecho crecer, me han dado golpes con mucha fuerza, una y otra vez, hasta hacerme caer en conciencia”.

Y si la vida fuese una escuela, los golpes serían los exámenes.

De resto, disfruta de la soledad. O, al menos, no le teme. “Creo que los escritores necesitan soledad”, acota. Su fin de semana ideal consistiría en no tener que salir de casa, no hacer mercado, no hacer diligencias. “Claro, también sería perfecto tomar un avión e irme a dar una vuelta por Nueva York. Pero ni modo”. De resto, se siente un tipo normal que lee y escribe a diario. “No creo en los rituales ni en las excentricidades, no sé, no me hago cuentos de escritor”, señala cuando le pregunto si se considera una persona excéntrica o peculiar. “Escribir es ya una excentricidad suficiente”, asevera.

Mientras, sigue registrando historias de una memoria de la cual no se fía del todo, pero que le sirve para crear. Y para creer. Creer que necesitamos belleza, que necesitamos leer “y dejar que algo ocurra adentro, que nos arrope la sensación que estamos cerca de una verdad, aunque no sea cierto”. Y, bajo esa premisa de búsqueda sin garantía, escribe todos los días, manteniendo la constancia y la humildad como norte. “El escritor es un pobre pendejo que eligió uno de los oficios menos productivos del planeta, ¿para qué sentirse la gran vaina siendo escritor?”, se pregunta con ese tono del que le habla a un público, con una mirada que parece haber encontrado algo que vale la pena anotar.

Quizá acababa de cruzársele otro recuerdo, tan increíble, que decidirá usarlo para su próxima historia. Quizá descubrió que, después de todo, la vida es como deseamos recodarla.