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Fuerza motorizada acabó con el comercio en Los Teques

portalosteques
23/05/2017
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TEXTO: NATALIA MATAMOROS | FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ANDREA HERNÁNDEZ

La noche del miércoles 17 de mayo, encapuchados se apoderaron del centro de la capital mirandina y destruyeron decenas de negocios. Cargaron con ropa, zapatos, lencería. No estaban movidos por el hambre, sino por un apetito destructivo y delincuencial. No buscaban comida sino caos. Nadie los detuvo. La Guardia Nacional, de hecho, es señalada de compartir el botín

La tienda Imperio Wrangler Jeans, ubicada en la avenida Bermúdez, la más transitada de Los Teques, exhibía los pantalones de moda, de corte bajo y los sweaters de capucha, al estilo de Justin Bieber. De ella solo quedaron restos: trozos de vidrios salpicados de las vitrinas y maniquíes mutilados apilados a un lado de la acera. Los mostradores y los gabinetes que guardaban las franelas, chemises y corbatas, se convirtieron en escombros. El paso dentro del negocio se dificulta. El que se atreva a recorrerlo corre el riesgo de sufrir una cortadura por los fragmentos de los cristales rotos por las piedras lanzadas.

El imperio de las últimas tendencias se desmoronó. No hay esperanzas de reconstruirlo a corto plazo. A un lado de la tienda, con los ojos hinchados por el insomnio y el llanto que detonó la pérdida material, estaba el encargado: Fouad Jazzan, un hombre de origen sirio y que hace más de 30 años se instaló en Venezuela. Aquí consiguió la estabilidad y la tranquilidad que anhelaba, pero la perdió en los 20 minutos que duró el saqueo del local de su mejor amigo. La tarde del miércoles 17 de mayo fue testigo de la turba de motorizados que se detuvo en el comercio, reventó los candados con una pata de cabra y arrasó con la mercancía.

Ellos usaban sus franelas como capucha para cubrir sus rostros e intimidar. Se bajaron de los vehículos y agarraron piedras que sacaron del bulevar que está en remodelación y las estallaron contra las vidrieras. Fouad conversaba con un vecino frente a la tienda y al ver la escena quedó paralizado. Su mirada atónita captó cómo desnudaban los maniquíes, se repartían las franelas que sacaban de los gaveteros, cargaban en las motos la última colección de una línea de ropa urbana que recientemente había comprado en el exterior. “No pude reaccionar. Quedé impactado y tenía miedo de que me mataran por enfrentar a esos lobos hambrientos. Solo veía. Veía cómo las mujeres se probaban las blusas y las metían en las carteras, cómo sacaban las billeteras de cuero y entre ellos se peleaban por el botín”.

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Mientras él observaba, la impotencia y una mezcla de tristeza y angustia lo invadió. Minutos más tarde llamó por teléfono al dueño del local –que una semana antes había viajado a Siria– para contarle lo ocurrido. Al conocer la noticia se le subió la tensión. Ese local era el sustento de su familia y de otros siete empleados que tenía a su cargo. Una de ellas, parada frente a la santamaría destruida, intentaba mantener la calma y una actitud serena, aunque no podía contener las lágrimas. Se preguntaba: “¿Dónde voy a buscar trabajo, si muchos negocios quedaron igual o en peores condiciones?, ¿con qué voy a comprar la poca comida que consigo para alimentar a mi hijo de tres años?, ¿cómo le digo a la señora que me alquila el cuarto que no se si voy a pagarle el próximo mes?”.

Esa noche los motorizados, sedientos por abastecerse de prendas de marca, fueron por más. No fue suficiente la fortuna que amasaron entre la ropa y el dinero que había en la caja registradora. Amparados por la ausencia de la Guardia Nacional. Los militares no aparecieron para frenar el vandalismo, pues sus funcionarios estaban enfocados en reprimir la protesta que desde hace más de 40 días se mantiene en la entrada de la urbanización Los Nuevos Teques, El Barbecho y El Cabotaje.

Como hormigas tras la búsqueda desesperada de dulce, los sujetos se dirigieron al Centro Comercial Hito y se dieron banquete. Vulneraron los sistemas de seguridad de 51 establecimientos, entre ellos una venta de lencería. Tulio, el dueño, llegó y le imploró a uno de los delincuentes: “Pana, por favor no te lleves nada, de esto es que vivo”. La respuesta que recibió fue un sonoro “cállate, pajúo” seguido de un duro golpe en la frente y empujones para encerrarlo en el baño del local. Entretanto, los maleantes cargaban con almohadas, edredones, cortinas y carteras. Desde las azoteas de los edificios cercanos los vecinos veían y registraban fotos y videos de las sustracciones, denunciando por redes sociales. Uno de los malhechores cargó sobre su cabeza un juego de sabanas y huyó a pie hacia el sector El Cabotaje. Mientras que otros escondían la mercancía en unas tuberías de concreto ubicadas en el bulevar.

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La herida abierta que le produjo el golpe no dejaba de sangrar. Las gotas quedaron en el piso del baño donde Tulio había sido encerrado. Como pudo, dos horas más tarde, forzó la cerradura y salió a buscar ayuda. Otros comerciantes que habían acudido para ver lo que quedaba de sus establecimientos le limpiaron la frente con agua oxigenada y alcohol, pero no pudieron atender la herida más profunda: haber perdido el patrimonio que tardó años en levantar.

Se enteró por las redes

Mayani Hernández, dueña de un local de calzado deportivos llamado Inversiones Auvermayor, se enteró por Twitter de que su zapatería fue desvalijada. Estaba revisando las noticias sobre la vigilia en honor a los caídos –aún 44– que se desarrollaba en Caracas y vio un “trino” que decía: “8:00pm. A esta hora saquean negocios del Centro Comercial Hito”. Luego de leerlo le sobrevino una crisis de nervios. Su hija intentó calmarla con un té, pero no pudo. La desesperación era mayor por ser de noche y no poder ir hasta el sitio. Las calles del barrio donde vive fueron cerradas con escombros y cauchos envueltos en llamas. En la mañana, encontró el comercio vacío. Los vándalos se llevaron hasta el cajetín del teléfono local.

En seis años Mayani se había hecho de una tienda espaciosa, con un salón de 45 metros cuadrados para exhibir zapatos y bolsos deportivos y un pequeño cuarto de depósito. “Pasé 15 años de trabajo para ahorrar y alquilar algo mejor y en minutos esos malandros acabaron con todo. Me dejaron sin nada, sin la posibilidad de seguir creciendo. ¿Cómo vuelvo a surtirlo con esta crisis que ahoga, que desespera, que desmotiva?”, se pregunta.

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La vista no tan gorda

A la frutería Kanawat 2007 del Centro Comercial Paseo Mirandino la invadieron esa noche del miércoles 17 de mayo. Su propietario prefiere resguardar su identidad. Asegura que funcionarios de la Guardia Nacional, mentada Bolivariana, participaron en el saqueo. Según la denuncia, los uniformados se llevaron guacales de guayaba, mangos y hortalizas. Hasta dos sacos de maíz que tenía guardado en un rincón fueron arrasados. Una vecina le mostró los videos que captan a los militares cuando entraron, no precisamente para arrestar a los delincuentes sino para cargar con la mercancía que fue montada en un vehículo. “¿A quién le voy a denunciar, si ellos son cómplices y partícipes del vandalismo?”, se pregunta mientras asegura que tardará meses en recuperar lo robado.

La mañana le acompañó mientras limpiaba los destrozos del local, y las horas pasaron sin que llegara comisión alguna del Cicpc ni de otros cuerpos de seguridad, siquiera para registrar lo ocurrido. Al frente del negocio pasaron dos funcionarios de Poliguaicaipuro: “Mira, saquearon la frutería del árabe”, le dijo uno al otro antes de seguir su camino. No hubo autoridad policial que chequeara los negocios vulnerados. “Nos robaron y así quedamos. No hay investigación de lo ocurrido”, añade el dueño de la frutería. Al mediodía de ese 18 de mayo, el alcalde del municipio Guaicaipuro, Francisco Garcés, ofreció un balance preliminar que daba cuenta de 70 comercios violentados, pero los afectados aseguran que hubo más.

La mañana del jueves, solo unos cuantos negocios abrieron las santamarías. Varios mostraban puertas reforzadas, y cerradas. A las 3:00 pm la capital del estado Miranda, el segundo más poblado del país, parecía un pueblo fantasma, sus calles solas, desiertas. Solo unos cuantos individuos deambulaban. No había transporte público. El bullicio que normalmente se escucha en el centro por el sonido estruendoso de las motos, las cornetas de los carros y el continuo transitar de la gente en dirección al trabajo o a la escuela, fue sustituido por silencio, un mutismo con olor a miedo, a tristeza.

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En las calles de la ciudad aún había vestigios de la anarquía impuesta la noche anterior: vidrios rotos, restos de barricadas, postes caídos y pedazos de barandas que eran arrancadas de las pasarelas. Al caer la noche los motorizados volvieron a salir, a toda velocidad. El objetivo era San Pedro de los Altos. Allí intentaron forzar los candados de los negocios del casco central de la parroquia pero no pudieron, y descargaron su ira contra un módulo de Polimiranda, lanzando una lluvia de bombas molotov. Los forajidos también se pasearon por las angostas calles del pueblo haciendo acrobacias con sus motos. Los vecinos se encerraron. Nadie durmió.

Ese grupo de vándalos forma parte de un “colectivo”. Una habitante de Los Teques se guarda su nombre pero dice que esos motorizados quieren dominar las comunidades El Vigia, Santa Eulalia y El Nacional. Como otros residentes de la localidad, sostiene que los hombres tienen prontuario, montan alcabalas para robar y hasta controlan la venta de los productos regulados. Nada se les escapa, ni siquiera los rostros de cada vecino. A todos los tienen fichados. Son los dueños de la ciudad y las policías lo saben. “Solo tenemos la certeza de que lo vivido esta semana, se va a repetir y nadie va a reparar los daños”, lamenta la mujer.

Según la agencia gubernamental AVN, un total de 132 ciudadanos fueron detenidos por funcionarios de la Guardia Nacional la noche de ese miércoles por su participación en acciones vandálicas en Los Teques. El comandante de la Zona de Defensa Integral (Zodi) número 44 Miranda, general de brigada Isidro Becerrit, explicó que los detenidos también fueron aprehendidos en flagancia por obstaculizar el libre tránsito con barricadas en principales arterias viales de la zona, lanzar objetos contundentes a funcionarios de la GN y “causar terrorismo en la población”.

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Según un boletín de prensa, funcionarios de la Policía del estado Miranda adscritos a la Dirección de Investigación Penal (DIP) recuperaron mercancía robada en los saqueos registrados durante la noche de 17 de mayo en Los Teques. El director de la DIP, comisionado José Armando Chacón, informó que recibieron una denuncia en la cual indicaban que en una vivienda del barrio El Nacional escondían productos robados. “Una comisión que se trasladó al sitio encontró una casa sola con las puertas abiertas, en donde incautaron cuatro maniquíes, dos televisores, una balanza industrial, material de papelería, juguetes, utensilios de cocina, adornos, juegos de mesa y zapatos”, destacó el funcionario. Añadió que, de acuerdo con las investigaciones preliminares, la casa fungió como centro de acopio para las personas que participaron en los saqueos. El caso quedó a cargo de la Fiscalía Primera del Ministerio Público.