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Jesuitas, la buena fe de los sospechosos habituales

Foto Cristian Henández
05/09/2017
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FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

La Compañía de Jesús tiene cien años en el país. Un siglo de logros y no pocas dolencias. Mucho han hechos estos sacerdotes, mejor conocidos por jesuitas. Fundadores de la Universidad Católica Andrés Bello, Colegio San Ignacio, Centro Gumilla y la admirable Fe y Alegría, con los intentos de censurarla. Portavoces de la educación y exigencia, de la democracia, el pensamiento libre y la reconciliación, los hijos de Loyola no titubean cuando la lucha contra la pobreza y esclavitud, y de luchar saben, son ejército, se calienta 

Las camisas arremangadas, los ojos al cielo y las plantas “donde no llega el asfalto”, los jesuitas, que no son ni monjes, ni sacerdotes, pero constituyen la congregación católica masculina de servidores más numerosa de todas cuantas en el mundo hay —casi 18 mil en todos los continentes, cada vez más en África y Asia, y punteando en India, de entre los 127 países donde están—, son una legión de caballeros compasivos y tesoneros, que trabajan en la salvación del prójimo, sirven en el terreno que sea —literalmente—, con preferencia a favor de los más pobres, y tienen entre ceja y ceja divulgar la fe y promover la justicia, a riesgo de lo que sea. Misioneros comprometidos y cultísimos, no solo no se cruzan de brazos; polemistas que no le temen a la beligerancia, tampoco se muerden la lengua.

“No tengo claro el panorama y la gente quiere oír cosas que yo no puedo decir”, declarará a la prensa el jesuita venezolano Mikel De Viana, en 2004, “pero hasta el momento, le creo a Chávez, y él lo que dice lo hace, y él ha dicho que aquí no habrá referendo, por lo que me pregunto qué está haciendo la Coordinadora Democrática al respecto”, soltaría sin eufemismos el exprofesor de Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). “O la dirigencia opositora entiende el momento que vive Venezuela o será barrida junto con Chávez”, añadirá categórico el sociólogo que afirmaba ya desde entonces que la pobreza ha crecido en el país y que “la tarea fundamental de un Estado es hacer que los hombres sean autosuficientes”.

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Sectores del chavismo lo tildarían de “fascista” y le lanzarían las ofensas del manual, “es como todos los facinerosos que pretende robarle la esperanza al pueblo”; mientras que gentes con igual sentir, pero desprovistas de iracundia, lo verán como uno de los miembros de la Iglesia con más autoridad para cantar la verdad sobre “el comprometido panorama político nacional”, tal como él lo definió antes de tener que hacer sus maletas y abandonar el país. Como en 1773, cuando los jesuitas fueron proscritos en el mundo, cobra fuerza la demoledora sentencia: que la doctrina que profesan, “es incompatible con la tranquilidad de los Estados”.

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Luego de 149 años de exilio, en octubre de 1916 regresan a Caracas “y de esa forma se superaba el dogma cultural de que el destino común del devenir humano es el olvido y se rompía la teoría de la ley del exilio sin retorno y la de la fatalidad, que es la historia de las decepciones, y que es tan vieja como Homero”, escribió el padre José del Rey Fajardo, académico y autoridad universitaria de la UCAB y miembro de número de la Academia de la Lengua, el 7 de agosto de 2014 en El Nacional, en el aniversario 200 de la restitución de la orden, proscrita por el papa Clemente XIV el 21 de julio de 1773, orden que este 2016 cumple 100 de haber vuelto a Venezuela.

Tras ser rechazados por José Tadeo Monagas, que los consideraba una peligrosa junta de armas tomar, e ignorados por el anticlericalismo guzmancista, de manera medio clandestina y movidos por el deseo de socorrer a los religiosos que subsistían en la precariedad y el desdén, los jesuitas se aventuraron a estas costas que conocieron desde la Colonia y convirtieron en casa durante la Independencia. Regresaron en tiempos oscuros, durante la dictadura gomecista.

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Vinieron izando una de las banderas emblemáticas, la de la educación, para colaborar en el Seminario de Caracas, en la formación de los religiosos, y hacer escuelas. Líderes intelectuales del catolicismo, los jesuitas entienden la educación como ejercicio evangelizador y senda liberadora. Con una formación que es fama e incluye, para empezar, estudios de filosofía, teología, idiomas, disciplinas sagradas y profanas, y persuadidos per sé de la importancia del conocimiento —“el aporte dado al Renacimiento se centra en crear el deber de la inteligencia, que consistía en enseñar y en crear ciencia”, como apunta el estudioso de la historia de los jesuitas y sesudo autor, José del Rey—, argüirán con ilustración y devoción cristiana, sin hallar en ello contradicción. Fundadores de centros educativos en todos los continentes: bajo su ala, 231 universidades, 462 escuelas de secundaria, 187 de primaria y 70 institutos técnicos. Ahora mismo en Venezuela administran siete universidades con el mismo lema: formar no apenas profesionales que, como decía San Ignacio, “sepan discernir”, sino servidores que entiendan el trabajo con sentido social, de país.

Al llegar no pierden tiempo. En 1923 abren el celebérrimo colegio San Ignacio, entonces en el centro de Caracas, y de seguidas, el internado de San José de Mérida, el San Luis Gonzaga de Maracaibo, el San Javier de Barquisimeto, el Jesús Obrero de Catia, el Loyola-Gumilla de Puerto Ordaz. Privados unos, otros públicos, sobre los últimos dirá el filósofo, hombre de Letras, sociólogo y teólogo Luis Ugalde, quien hasta hace poco fuera el rector de la UCAB, que “su defensa significa creer que, aunque no seamos educación oficial, los pobres deben tener libertad de escoger la mejor educación para sus hijos, pagada por el presupuesto público nacional”. Bienvenida la diatriba.

Durante el trienio adeco, los jesuitas protestan en las calles porque el gobierno apuesta por una educación desde el estado que deje a un lado la formación religiosa, debate que aún persiste. Sin embargo, contra viento y marea, mientras el Congreso delibera si debe expulsarlos o no, en 1953, el padre Plaza, de la cofradía, exhibiendo el arresto jesuítico que es leyenda, funda la Universidad Católica Andrés Bello.

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Es santo y seña de la congregación, insignia o quizá sambenito, la divisa de guerreros. De los jesuitas —el término, que data del siglo XVI, pierde el tono peyorativo apenas en 1975— decía un conquistador, Napoleón Bonaparte: “Son una organización militar, no una orden religiosa, su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio, y el objetivo de esta organización es el poder en su más despótico ejercicio”. Puede añadir leña al fuego lo que apuntaría el escritor judío vienés Fritz Hochwälder: “La verdad y la paz no son nada si no se encarnan; pero, tan pronto como lo hacen, se ven perseguidas y tienen que refugiarse en el desierto. El hombre aspira sin cesar al reinado de la justicia, pero desde el momento en que éste se perfila en el horizonte, tiene que sacar la espada para defenderlo…”, y añade “…pero entonces la mística, al convertirse en política, se degrada y reniega de sí misma”.

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Historia sacra

Esta dialéctica, la de buscar lo sublime y andar con las botas puestas, la imprime como sello de origen su fundador: el vasco Íñigo López de Loyola. Nació el 23 de octubre de 1491 y murió el 31 de julio de 1556. Él, la encarnación de esa fisiología característica que combina pensamiento y acción. En documentos que suscribe con muy buena letra —era un magnífico escribano—, confiesa que fue “dado a las vanidades del mundo” y que se “deleitaba en el ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra”. Una epifanía produciría el cambio en el hombre de jerga con dejo a cuartel pero ¡antibelicista!, que, como se sabe, llega a santo —fue canonizado en 1662. Aunque podría decirse que su biografía es, más que una paradoja, un oxímoron —¿balas y virtud? ¿Cómo? ¿Cuándo?—, acaso resulte su trayectoria esperanzador milagro.

Loyola descubre el misticismo en convalecencia, mientras sortea el inmenso dolor de la herida infligida en combate. Encuentra a dios en la penosa recuperación. Alcanzado en combate por una bala de cañón que, ¡oh milagro!, no lo mata sino que pasa entre sus dos piernas, rompiéndole una e hiriéndole la otra. En el reposo, el guerrero al que han lastimado en Pamplona las tropas franco navarras lee poesía, y se rinde al influjo misterioso de los evangelios; es cuando ¡oh prodigio! se la aparece la Virgen María. En estado de gracia y contrariado por la irrupción del protestantismo, decide, con un puñado cofrades, que han de llevar el mensaje de Jesús al mundo —China, Japón, Corea en sus bitácoras—, y el día 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de la Virgen, juran en la capilla del Martirio, en Montmartre, “servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo”.

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Así funda, el autor de los celebérrimos ejercicios espirituales, la Sociedad de Jesús, que luego sería llamada la Compañía de Jesús; renunciando a la mundanidad pero no al mundo al que pertenecen y al que se deben; la cofradía es bendecida como congregación por el papa Pablo III, el 27 de septiembre de 1540. Han decidido emprender la colosal tarea de vivir junto y por los pobres, ser con ellos, desde la devoción por Jesús —inclúyase saber poner con coraje la otra mejilla—, el dios encarnado al que han de buscar “en todas las cosas”, pero sin apegarse a ellas. Para un mortal común, equivale a existir dentro de una pesada armazón: votos de castidad, obediencia y pobreza, y agréguese el mandato de peregrinar.

Por eso no fundarán parroquias porque deberán estar listos para ir donde sean llamados a luchar por los desventurados. Algunas excepciones se permiten, sin embargo, en Venezuela, donde pasan de la cautela a asumir “hasta 22 parroquias en áreas de gran necesidad pastoral”, como explica Luis Ugalde. Además de Paraguaná, “en las dos últimas décadas del siglo pasado se abre un nuevo frente parroquial en las fronteras de Guasdualito, El Amparo, El Nula y Ciudad Sucre, regiones apartadas y carentes del clero, y esta, de Apure, con problemas fronterizos especialmente agravados con la presencia de la guerrilla colombiana”.

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Curtidos en la palestra —no son religiosos de claustro o de contemplación—, queda claro que no se arredran pese al devenir más implacable, que así ha sido el suyo: expulsiones, restricciones, humillaciones, cárcel, muerte. Y pese a que han sido objeto tanto de admiración como de odio, y provocados por igual la reticencia, la apología o la calumnia —pero nunca la indiferencia—, estas gentes de trabajo ingente, profundo y a la vista han permanecido históricamente en la mira de sus no pocos adversarios, “como jamás los ha producido ninguna agrupación católica”, como dice el escritor Rafael Olaechea, “y han conocido justo con sus pares, en el interior de esta agrupación, los peores sinsabores y humillaciones, incluida la mayor de todas: su supresión en 1773”.

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El 21 de julio de 1773, en efecto, fue suprimida la Compañía de Jesús por el papa Clemente XIV, presionado por el absolutismo borbón, especialmente el rey Carlos III de España que, seis años antes los había desterrado acusándolos de “ser los instigadores del Motín de Esquilache de 1766”, un alzamiento contra el marqués de Esquilache, a quien culpan el pueblo por la escasez de pan, ese manjar mítico por el que han rodado cabezas; el ministro salió de su cargo, pero a la vez que salía el figurón fueron sacados a empujones los jesuitas, supuestamente, hombro con hombro con los soliviantados. Fueron sentenciados a muerte legal 22.847 jesuitas dispersos por todo el mundo. Se les expoliarán los bienes y serán condenados a la pérdida de su identidad religiosa.

Antes, en 1763, Luis XV de Francia los ha acusado de malversación de fondos —un malentendido en Martinica— por lo que el rey decretó la disolución de la orden en sus dominios y el embargo de sus propiedades. En España también perdieron su patrimonio —haciendas, edificios, bibliotecas— aunque no se encontró jamás el supuesto tesoro que los indiciaba como ricos egoístas. Los jesuitas, eso sí, serían innovadores en la explotación de sus posesiones en América y alzaron emporios agroindustriales con métodos de asombrosa actualidad. Lo que recaudaban era luego distribuido pero entre indígenas, esclavos y empleados, que obtenían, demasiada equidad, títulos de propiedad. Con las ganancias sostenían sus colegios, que, debido a una rigurosa concepción del voto de pobreza, eran gratuitos. Claro que aquel rédito hizo salivar muchas testas coronadas y particulares y, a la larga, tan exitosa abnegación rebasó el vaso de las sospechas —los jesuitas no pagaban diezmos— lo que derivaría en incordios. En la supresión de la Orden.

Toda Europa se las tenía jurada. En 1759 el ministro Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal, encierra en el calabozo a 180 jesuitas en Lisboa y expulsa del país y sus colonias a más de mil para que el Papa entendiera que no toleraría intromisiones pontificias en los asuntos del Estado. Al calco se repite en la historia la bofetada a los jesuitas en las misiones del Paraguay —recordar la película La misión. Lo cierto es que por un largo tiempo los océanos serán testigos asombrados del trasiego de centenares de hombres, considerados “mercancía no deseada y sin gran valor”, como consigna el también miembro de la Academia Nacional de la Historia, José del Rey. En la mira, hasta el santo Pedro Claver estuvo a punto de ser separado de la orden por su “hacer oprobioso”: se dedicó a dar consuelo e instrucción a los esclavos negros en Cartagena de Indias.

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Los jesuitas encontraron refugio en el imperio ruso; aceptarían la oferta hecha por la zarina Catalina la Grande. Quién sabe si Francisco de Miranda tuvo que ver en ello. El amador de Catalina los tenía en gran estima y en sus textos anota que “unos doscientos noventa jesuitas colaborarían en las tareas de la emancipación de las nuevas naciones hispanoamericanas”. Su causa. Pudieron sobrevivir en la inopia 41 años hasta que la congregación fue restaurada por Pío VII el 7 de agosto de 1814. Estos días de julio y agosto evocan sendos aniversarios: muerte y resurrección.

No podrán, pues, ser liquidados, ni dejarán de ser, y de estar en la tribuna, la plaza pública, la calle, aunque la ojeriza haya seguido per secula seculorum: el 23 de enero de 1932, la Segunda República los disuelve en España. Si ofician como capellanes y camilleros en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, en la Segunda va más allá el paleontólogo, filósofo y místico francés Pierre Teilhard de Chardin que trató de reconciliar la fe con la teoría de la evolución. Pues arremetió en sus sermones contra el nazismo y fue enviado a un campo de concentración. Válgame dios: tomar partido será equivalente a correr riesgos para los jesuitas. Y el tema político es asunto crucial.

Considerados próximo al comunismo por asumir la causa de los desposeídos como línea y trinchera, cierto que algunos abrazaron por su cuenta el marxismo pero, como se preguntaba Pablo VI en 1971 ¿puede un cristiano ser socialista? Sobre todo luego de ver el desengaño del paraíso socialista en la URSS invasora y represiva y sus filiales—. Empeñosos en abordar la “cuestión social” y apalancar “las cosas nuevas” —Rerum Novarum— se zambullen en la reflexión de la defensa de la dignidad humana que produce la doctrina social de la Iglesia (DSI).

Orden religiosa que se asume a sí misma como llamada a estar presente en las encrucijadas de la historia y por ello acaso es cuestionada y perseguida, abrazan de manera incondicional el Concilio Vaticano II, que luego ha sido leído ideológicamente por sus enemigos como una cercanía al comunismo. Así como también, serán los principales promotores de la doctrina Teología de la Liberación que produjo tanto revuelo en el mundo y entusiasmó a tantos izquierdistas. Tesis sobre el ser y el pasar “del cautiverio y la exclusión a la liberación” y a la responsabilidad de construir y producir una sociedad más justa “con los valores del Reino de Dios”, se convirtió en biblia en América Latina, y colocó a los jesuitas en el ojo del huracán. Más.

No todo tan claro, no todos tan rojos, o sí, los que participan en regímenes comunistas de Europa Oriental y de China, sin embargo, limitan su actividad, y, para colaborar con la confusión, en 1961, 26 jesuitas son expulsados de Cuba por un muy mal alumno cristiano del colegio Belén, Fidel Castro, que deja ver, una vez más, el teflón que es su alma (si la tiene). Peor infortunio para quien eleva sin ambages mensajes revolucionarios, como el sacerdote James F. Carney —el “padre Guadalupe”—, quien es asesinado por militares hondureños. O en El Salvador, donde también los militares acribillan, en 1993, al jesuita Ignacio Ellacuría y a otros cinco religiosos de la Compañía que abogan por los derechos humanos. No se salva el santo Arnulfo Romero, asesinado por apostar desde el púlpito por la reconciliación. Y son muchos más los muertos —en guerras civiles en África, India y el sureste de Asia, realizando acciones de ayuda social. El llamado Obispo Rojo, Helder Cámara, comentaría muy a propósito: “Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal me dicen que soy un comunista”.

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Como decía Jesús, “por sus obras los conoceréis”. Bajo la rúbrica jesuítica están la Radio Vaticana, el Observatorio Astronómico Vaticano, el Hogar de Cristo —obra social presente en Chile, Perú y Ecuador—, y, amén de centenares de misiones y centros sociales, el Servicio Jesuita a Refugiados, fundado por Pedro Arrupe en Caracas. Los creadores de la revista SIC, que, paradójicamente en algún momento se le endilgó el remoquete de falangista —a los jesuitas también se les ha vinculado a las corrientes socialcristianas para despecho de socialdemócratas y comunistas, ateos que en el mundo hay—, también fundan el Centro Gumilla para el estudio y práctica del afán social, y un programa estelar, nunca lo suficientemente aplaudido: el Movimiento de Educación Popular Fe y Alegría, obra intercongregacional fundada en Venezuela, que cuenta con 2.600 centros en Hispanoamérica.

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Con mucha fe

Inspiración de José María Vélaz, Fe y Alegría nace en marzo de 1955, en una modesta escuela en Catia, y nadie imaginará el alcance y la importancia que en Venezuela, en América Latina y en otros continentes logra esta ocurrencia educativa y social que avanza como tibio y dulce líquido por 20 naciones y más allá, para beneficio de más de millón y medio de alumnos. Un orgullo, sin duda, cuyo desarrollo ha dado origen al IUJO —Instituto Universitario Jesús Obrero en Catia— que, a su vez, va sumando: al momento son 5 IUJO, en Catia, Petare, Barquisimeto, Guanarito y Maracaibo.

Además, un red completa de emisoras de radio que educan en informan, aunque ahora bajo amenaza. El 5 de septiembre, Radio Fe y Alegría Maracaibo 88.1 FM cesó sus transmisiones por orden de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel), que argumentó que la emisora no poseía de concesión para operar la frecuencia. La respuesta se dio en un comunicado oficial, seguido por una nueva orden “desde Caracas”: que vuelva al aire.

“Fe y Alegría ha solicitado a Conatel todas las frecuencias que está operando desde el año 1975, sin recibir ninguna correspondencia sobre la transformación de títulos, la habilitación y la concesión de las mismas. Ante esa negativa, Fe y Alegría ha seguido con su proyecto educativo y comunicacional en el país. Es esa misma ausencia de respuesta la que hoy se está argumentando para solicitar la salida del aire de Radio Fe y Alegría 88.1 FM en Maracaibo. Fe y Alegría ratifica que ha solicitado a Conatel en el plazo debido todas las frecuencias que está operando en el país con su proyecto educomunicativo. Estas solicitudes han tenido como respuesta un silencio más que administrativo, ha sido un silencio político. Fe y Alegría ratifica seguir trabajando y seguir construyendo un país con una educación de calidad, una información libre y un pensamiento positivo para construir una Venezuela con todas las voces”.

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Siempre en sus trece, la solidaridad, siempre bajo sospecha, la compasión, siempre loados, la obra irrefutable, los jesuitas persisten contra viento y marea y forman además la comunidad de jesuitas con indígenas Yekuana en Kakuri (Alto Ventuari) dirigida por el carismático hermano Korta, así como también constituyen una pequeña comunidad de sacerdotes-obreros en Antímano cuya agenda incluye trabajar en las fábricas de La Yaguara y hacer vida en los barrio de la parroquia —mudarse allí— y luego en Los Canjilones de La Vega, “con una opción decidida de repensar su vocación sacerdotal evangélica”, sostiene Ugalde. Cuando el Caracazo serán apresados. ¿En huelga de hambre? ¿Viviendo en barrios? ¡Comunistas!

El padre jesuita Jesús María Aguirre, egresado en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello y también en Filosofía, Comunicación Social y Teología, por ahora, preserva una colección de títulos o ejemplos de la malquerencia como mancha en la prensa. “Gobierno de Cuba y Nicaragua y la orden religiosa jesuita suministran armas a los guerrilleros salvadoreños”. “El Papa se prepara para batallar con los jesuitas”. ¡Hasta en el diario La Religión, dice, tienden a usar sin mayor discriminación este tipo de cables! “Exmilitares y sacerdotes han liderizado las guerrillas en Latinoamérica” o “El Papa interviene a los jesuitas por considerar como peligrosas su desempeño en Latinoamérica”. Progresistas, izquierdistas, traidores, religiosos rebeldes, divisionistas, guerrilleros, cabezas calientes que se alían a los asesinos, y a los comunistas, y apoyan a la subversión continental, se les ha atribuido todo cuando dios creó, y no, no es tan bueno.

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Lo cierto es que están, no cejan, y les duele el país como dice el líder de la casa Arturo Peraza, “estamos profundamente dolidos”, pero persisten. Siguen. “Estamos empeñados en la reconciliación del país”. Y pregunta Aguirre: “¿Qué prefieres, una confrontación de 50 años a la colombiana para llegar por encima de miles de cadáveres a una mesa de negociaciones o esta resistencia ambigua, si quieres, pero pertinaz para no dejarse arrastrar por un modelo fracasado?”

Los jesuitas y su influjo en la formación del pensamiento criollo; y su cooperación a la gestación de economías creativas y abiertas; y su inserción en la historia de los pueblos aborígenes esparcidos en las que se consideraron zonas marginales de las tierras descubiertas por Colón; y su inspiración para plasmar en el arte un barroco criollizado; y su ingente producción científica y literaria sobre un mundo nuevo en hombres y libertad. Así sintetiza la patente obra de sus cofrades José Ignacio Rey. Y así son, según Pablo VI: “Donde quiera que en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles o de primera línea, ha habido o hay confrontaciones, en los cruces de ideologías y en las trincheras sociales, entre las exigencias del hombre y mensaje cristiano, allí han estado y están los jesuitas”.

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Al Vaticano no habían llegado formalmente, pero ya lo lograron. Jorge Mario Bergoglio es el primer papa jesuita desde Pedro. Con su báculo vive en Roma —aunque no duerme en el Vaticano— el Papa Francisco.