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La cabra Petkoff, así era el Teodoro guerrillero

teodoro joven
12/11/2018
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TEXTO: DANIELA MEJÍA BARBOZA

Casi no hay titular escrito sobre la muerte de Teodoro Petkoff, ocurrida el 31 de octubre de 2018, que no incluya la referencia a su pasado guerrillero. Han pasado casi cinco décadas desde que el político bajó de la montaña para nunca más volver a ella. Desde entonces renegó de la lucha armada sin rehuir de su propia historia. Este es un extracto modificado de Teadoro Petkoff: La historia de un político desde la perspectiva femenina, trabajo de grado presentado en la Universidad Católica Andrés Bello

Rómulo Valero, estudiante de sexto año de Medicina, montaba guardia unos metros más abajo del campamento instalado entre la Sierra de San Luis y la montaña de Ícara, en el estado Falcón. Corría una noche de principios de abril y, al contrario del resto de las noches solitarias —en las cuales no se escuchaba más ruido que el de los insectos—, oyó pasos y sonidos aparatosos de un grupo de hombres que venía subiendo.

Valero, que pasaba la vigilia sentado sobre una piedra, rápidamente se incorporó. Logró ver entre los matorrales unas linternas. Nervioso, esperó a que los sujetos se acercaran un poco más y dio la voz de alto: “¿Quiénes son?”. Después de un tenso silencio, que ni los insectos se atrevían a quebrar, la voz del recién llegado se alzó: “Es Teodoro”.

Teodoro-cita5Todavía escéptico, Valero le pidió que se alumbrara la cara con la linterna, aunque ya estaba al tanto de que por esos días recibirían al camarada Teodoro Petkoff, quien se incorporaría como comandante del Frente José Leonardo Chirinos. Al corroborar quién encabezaba el grupo, subió con ellos para llevarlos hasta donde estaba el “comandante Andrés”, como le decían entonces a Douglas Bravo.

Los seudónimos eran, en aquel tiempo, una regla muy estricta. La vieja militancia del Partido Comunista Venezolano (PCV) mantenía la tradición de clandestinidad desde tiempos de Marcos Pérez Jiménez y esta era necesaria durante la lucha armada contra el gobierno de Rómulo Betancourt. Petkoff se presentó por su nombre en esa ocasión porque tenía mucha notoriedad en el partido. Era inútil esconderse bajo un alias. Además no conocía los nervios del camarada con fusil que lo interpelaba.

“Él era una figura, era necio que tuviera seudónimo, pero todos los que no éramos públicamente conocidos teníamos un seudónimo. Para las comunicaciones escritas jamás se ponía Teodoro. Un papel que podía caer en manos de la policía, ese iba siempre con seudónimo. Incluso los organismos del partido tenían nombre propio de persona, por ejemplo, en un momento el Comité Central se llamaba como una mujer (…) Eso era sumamente estricto, tremendamente estricto. A tal punto de que yo estuve preso siete años con gente a la que todavía no le conozco el nombre verdadero”, declara Valero, hoy médico neumonólogo.

“Quintín” fue uno de los seudónimos que más usó Teodoro Petkoff durante su activismo en la lucha armada. Aunque en las postrimerías aseguraba que ese es un dato irrelevante: “Yo usé muchos seudónimos, pero hubo uno que se quedó pegado a mí, que era Quintín. Todavía hay viejos compañeros que me dicen Quintín”.

El Frente José Leonardo Chirinos fue formado a principios del año 1962. Douglas Bravo, oriundo de esas tierras falconianas, fue el fundador del grupo que sufrió varias bajas antes de que Petkoff llegara, en abril de ese mismo año: “El primer grupo queda disuelto y el segundo empieza a formarse; en esos días estaba comenzando el año 62. Ya yo había estado en otro frente guerrillero que se estaba organizando. Teníamos en el sur un grupo de guerrilleros y Teodoro y yo estuvimos al norte, que es la Sierra de San Luis, que tiene una tradición de lucha desde los indígenas de 1532. Ahí nos daba apoyo mucha gente que no tenía nada que ver con nosotros ni con los miristas (militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR, de tendencia marxista y surgido de una división de AD). Daban apoyo porque estaban en contra del gobierno. Teodoro estaba en Caracas, yo lo recibo y se amplía más esto. Este grupo del norte era mayor que el del sur. Para que veas, nosotros, para enero del 64, llegamos a tener 100 guerrilleros, sin contar con los de la ciudad. Te estoy hablando solo de los de la montaña. Y sin contar los grupos de campesinos que se suman y después se van a su casa, a su actividades”, indica Bravo.

En 1962 Petkoff era uno de los principales defensores de la idea de guerrilla rural, y coincidía con Bravo en que había que seguir el modelo cubano del foco guerrillero. Ambos creían en la tesis del Partido de la Montaña que planteaba el filósofo francés Régis Debray. Petkoff describe su amistad con Douglas Bravo y las coincidencias que había entre ambos en el libro Solo los estúpidos no cambian de opinión, del periodista Alonso Moleiro:Teodoro-cita4“En aquella época estábamos plenamente de acuerdo. Nosotros entonces teníamos, por ejemplo, un debate con (Guillermo) García Ponce, que pensaba que el combate debía tener un acento urbano y nosotros creíamos en la guerra de guerrillas. Mi viaje a Caracas fue hecho para trabajar desde allá en la recomposición de ese frente, que en las primeras de cambio quedó devastado”.

Estas ideas partían del impacto emocional que había causado la Revolución Cubana en toda América Latina. El ejemplo de Cuba dejó en muchos jóvenes izquierdistas la idea de que la experiencia cubana se podía repetir en Venezuela. Fue, como lo explica Petkoff en el documental Los guerrilleros al poder (1997) de Miguel Curiel: la primera demostración de que se podía “avanzar por un camino que uno entendía como muy progresista, de avanzada, muy de grandes cambios, de confrontación con los poderes, con los grandes poderes de la sociedad, con los grandes poderes internacionales”.

“Nos dio por pensar que aquí se podía repetir la experiencia y que lo que bastaba era irse a la montaña, dejarse crecer la barba y fajarse. Por supuesto, la idea inicial era que nos fajaríamos unos pocos meses y resultó que estuvimos ocho años en ese plan”, agrega Petkoff bajo el lente de Curiel.

A pesar del paso de Teodoro por la montaña, su esposa para la fecha, Beatriz Rivera, asegura que él “no era ningún guerrillero” y que “ese es el epíteto que siempre le ponen”. Riverita, como le decía entonces Teodoro, argumenta que la partida a la montaña había sido impuesta por la persecución que le había montado el gobierno y que él nunca había tenido intenciones de irse. Asimismo, recuerda con ternura las cartas que le enviaba desde la montaña. En ellas escribía que la guerrilla no era tan excitante como muchos pensaban; todo lo contrario: se trataba de una aventura realmente extenuante y fastidiosa. “Él se tuvo que ir a Falcón y siempre me escribía: ‘Viendo la ciudad de lejos, desde la montaña’. No le gustaba eso”, expresa Rivera.

La vida en la montaña se resumía en levantarse temprano, hacer una comida fuerte y realizar caminatas agotadoras hasta que cayera la noche. Tal como lo cuenta Rómulo Valero, “se caminaba todos los días para conocer la zona y mantenerse en forma”, establecer rutas, buscar sitios potenciales para montar campamentos y fijar puntos de ataque. La ventaja geográfica del Frente José Leonardo Chirinos es que estaba localizado en una zona rocosa y había recovecos. “Podríamos disparar desde las cuevas y cuando los tipos vieran cosas raras, como unos huecos de donde salían tiros, dirían ¡vámonos! No sabrían cuántos éramos”.

Las caminatas no eran la única actividad de quienes hacían vida en la montaña. Algunos días se adiestraban en el manejo de armas y hacían prácticas de tiro; por las noches, bajo la luz de la luna, se planteaban discusiones sobre historia de Venezuela, historia contemporánea y formación política. La comida, que era precaria, se componía básicamente de enlatados enviados desde los pueblos y caseríos cercanos con los que existía cierta relación, pues parte del trabajo guerrillero era establecer conexiones con los campesinos.Teodoro-cita3Los momentos de esparcimiento y relajación sí que eran escasos. Conversaban entre ellos para pasar el rato, pero lamentaban que la lectura no fuera objeto de deleite, ya que en el día siempre andaban caminando y en la noche debían conformarse con el claro de la luna. Una fogata u otro tipo de iluminación podía delatarlos con la Guardia Nacional.

Los instantes de mayor regocijo durante estos días era la segunda comida del día, que se hacía en la noche antes de dormir. Entonces un poco de calor recorría el cuerpo de los hambrientos guerrilleros, quienes, después de saciar su apetito, hacían las hamacas y, sin quitarse las botas, se iban a dormir.

Una noche mientras dormían, un guerrillero se deslizó hasta la reserva de comida y tomó una ración extra de papelón. A pesar de que se trataba de una mínima porción —un cuadrito, según la descripción de Valero—, a la mañana siguiente fue reportado como robo dentro del frente. El culpable fue rápidamente identificado y todo el pelotón se puso en su contra. “¡Esto es criminal! ¡Aquí comerse el papelón es criminal!”, sentenció el comandante Teodoro, a quien uno de los camaradas campesinos le dio la idea de fusilar al ladrón de papelón. Al desbordarse los ánimos, el comandante Andrés y el mismo Petkoff debieron llamar a la calma y establecer un juicio. El guerrillero descarriado deseó devolver el tiempo y aguantarse las ganas.

Valero recuerda que Petkoff y otros camaradas abogaron por el muchacho y explicaron que tenían suficiente con la amenaza de la Guardia Nacional y la intemperie para tener que matar a uno de los suyos, lo cual además sería un error porque eran pocos. La sentencia fue aplicarle al ladrón de papelón la ley del hielo por un mes; pero no solo era que todos los camaradas le quitarían el habla, sino que él también debía guardar silencio. Así lo refiere Valero:

“El que sugirió el fusilamiento, claro, era un tipo de origen campesino: estamos en la guerrilla, este tipo se nos está comiendo la comida y a lo mexicano, a lo Pancho Villa, dale. Nosotros no podemos permitir que nadie se coma nada. A lo mejor, como Teodoro fue tan enfático y dijo ‘¡esto es criminal’… Y verdad que era criminal porque estábamos pasando el hambre hereje. Claro, ‘criminal’ entre universitarios tiene una connotación muy diferente a que entre campesinos”.

Al contrario de lo que piensa Beatriz Rivera, que “guerrillero” es un calificativo que no define a Teodoro, compañeros como Douglas Bravo o Rómulo Valero, quienes sí lo consideraron tal, lo describen como un combatiente muy práctico, inteligente y valiente.

Bravo, amigo de Petkoff a pesar de las diferencias que tuvo con él posteriormente -Douglas mantuvo la insurgencia-, destaca la “sencillez” que un guerrillero debe tener, una cualidad que abunda en el trato y la personalidad de Teodoro. Esta peculiaridad, explica Bravo, es necesaria para sobrellevar los días en la montaña y además establecer familiaridad con las personas del campo. También considera que es determinante para mantener el liderazgo en un pelotón guerrillero.Teodoro-cita2“Teodoro era un hombre de mucho carácter, de muchísimo valor. Él siempre fue un tipo muy valiente, muy valeroso, inteligente, mediador, con un liderazgo natural (…) Toda la vida ha sido una persona de una gran sencillez, creo que lo que no tolera son las poses de los demás. No las tolera”, dibuja Valero sobre su valentía.

Teodoro Petkoff también fue un destacado estratega. El último día que Rómulo, el médico del frente, bajó de la montaña para hacer contacto con el partido —o como ellos llamaban, la labor del correo— Teodoro le había dicho: “Mira, Rómulo, ¡esta vaina no puede ser, chico! Tú eres un tipo importantísimo aquí porque tú eres el único aquí que sabe hacer ciertas cosas y entonces te van a poner a bajar y subir. Esta es la última vez que bajas”. Efectivamente, fue la última vez que bajó, porque al descender lo agarraron la Policía de Coro, que conocía mejor el terreno, y el Ejército, que venía haciendo los primeros intentos en controlar el movimiento armado insurgente.

Con Rómulo Valero bajó también Rafael García Lovera y José María “Chema” Saer. Mientras ocurría la detención, Douglas Bravo había ido a hablar con Pompeyo Márquez, el comisario político del frente, que llegaría por Cumarigua con noticias de un levantamiento militar que se suscitaría en esos días, el Carupanazo.

Mientras, en el campamento, Teodoro esperaba que volviera otro grupo, encabezado por Domingo Urbina, que había ido a explorar. Pero su espera fue interrumpida por uno de los guerrilleros llamado Gonzalo González, quien subió corriendo a avisar que el Ejército estaba cerca.Sin perder el tiempo, la decena de hombres corrió a atrincherarse y mantuvo un enfrentamiento que duró 35 minutos.

De ese momento, Petkoff recordaba que en medio de la “plomamentazón” no pensaban mucho, ni tenían plan de acción, simplemente actuaban por inercia, por instinto. Asimismo, se acordaba de haber cargado a un compañero herido durante varios kilómetros y que otro perdió la vida. De esta manera lo relató al periodista Ramón Hernández para el libro Teodoro Petkoff: Viaje al fondo de sí mismo: “En el zafarrancho uno de los compañeros se extravió y caminando la montaña lo agarró la policía de Pueblo Nuevo. Lo mataron. Después supimos que Chema Saer, Rómulo Valero y García Lovera habían caído presos. Douglas y Alejandro Mariño estaban perdidos para nosotros. Quedábamos siete. Pero esa noche, para colmo, llegamos a un sitio donde había un ranchito con un platanal, un compañero bajó dizque a buscar unos plátanos y no regresó. Esa fue en verdad una noche triste (…) En ese mismo período el grupo de Aroa fue liquidado completamente. Varios compañeros murieron y otros fueron capturados, entre ellos mi hermano Luben [en el frente de Yaracuy]. El grupo de Portuguesa también fue reducido a su mínima expresión; y el grupo de La Azulita fue capturado literalmente a sombrerazos por la policía del pueblo. Este primer período fue trágico, pero no deja de tener sus elementos de comiquería, de una inexperiencia que se pagó en algunos casos muy cara”.

Teodoro-cita1Un mes después de ese enfrentamiento se produjo la insurrección de Puerto Cabello. A Petkoff le sorprendería la noticia saliendo de Coro, cuando venía de regreso a Caracas para avisar que el frente necesitaba mayor apoyo logístico, armas y hombres. Petkoff no volvería a la montaña, pues al llegar a Caracas se ocupó de otros asuntos del partido y la clandestinidad. Cuando estuvo acumulando toda la utilería necesaria para enviarla al frente guerrillero Simón Bolívar, en Lara, del cual Teodoro había sido designado como comisario político, fue detenido por la Digepol y encarcelado por primera vez en el Cuartel San Carlos.

periodico teodoro cuartel san carlos

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Desde 1969 se instaura en Venezuela una política de pacificación, impulsada por el presidente Rafael Caldera. Teodoro Petkoff había publicado al año anterior su libro Checoslovaquia: el socialismo como problema, en el cual criticaba la invasión militar ordenada por Moscú para acallar las voces de libertad que despertaron con la “Primavera de Praga”.

El texto refleja los desvíos del comunismo soviético y la necesidad de romper con ese esquema, generando reacciones en la izquierda mundial. Leonid Brézhnev, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo atacó en el informe del XXIV Congreso del Partido Comunista.

Desde entonces, defendió el camino civil y democrático. Fundó el MAS en 1971 e impulsó la idea de una izquierda democrática con sentido social no autoritario, desde las bases trabajadoras. “Me arrepiento de haber participado en el error garrafal que fue la lucha armada”, le dijo a Milagros Socorro varias décadas después, ratificando la postura que mantuvo desde finales de los años 60.