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Un cupo universitario por mediocridad

AVN-Pedro-Mattey
29/06/2015
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: AGENCIA VENEZOLANA DE NOTICIAS- PEDRO MATTEY

Este año se estrena el nuevo Sistema de Ingreso Universitario, que da al Estado la potestad de asignar el 100% de los cupos universitarios, cambiando, además, los valores a evaluar, dándole al estrato socio-económico del estudiante un peso casi similar al de las notas

Desde que, el 28 de marzo de 2001, un grupo de trabajadores y estudiantes identificados con el oficialismo tomará la Sala de Sesiones del Consejo Universitario de la Universidad Central de Venezuela (UCV), el chavismo ha señalado que las universidades públicas venezolanas solo reciben como estudiantes a alumnos provenientes de las clases medias y altas. Entonces, incendiada por una retórica de lucha de clases, se siguió promoviendo la idea de acercar las casas de estudio al pueblo llano, supuestamente excluido de ellas. Finalmente el 16 de diciembre de 2014 se concretó el cambio y el Ministerio de Educación Superior anunció que los criterios para la asignación de cupos cambiarían. Hasta ese momento, el 90% de ponderación para las notas obtenidas en bachillerato eran la garantía del ingreso a la universidad; ahora el sistema distribuirá las cargas de la siguiente manera: 50% el índice académico, 30% las condiciones socioeconómicas, 15% la territorialización y 5% la participación en procesos de ingreso anteriores y actividades extracurriculares. Además, por primera vez el Estado central se reservó el derecho de asignar el 100% de los cupos en todas las universidades públicas del país.

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Se trata de la segunda medida que se anuncia este año y que afecta de manera directa la autonomía universitaria, conjunto a la discusión de la Ley de Acceso al Conocimiento Libre en la Asamblea Nacional. Sin embargo la reacción ha sido bastante tímida, porque el país está absorbido por otros bretes; de ahí que el propio conflicto gremial de los profesores universitarios exigiendo mejoras salariales haya pasado un poco desapercibido en el foco de la opinión pública.

¿Cómo han recibido los estudiantes la medida? ¿Cómo les ha afectado? A la luz de este trabajo, se presume que hay un gran miedo a represalias. Estudiantes que resultaron directamente perjudicados por la medida, prefieren no increpar directamente al Estado, a riesgo de arruinar sus posibilidades a futuro, ahora que deben integrar listas de espera o esperar un año más para volver a intentar el ingreso a la educación superior. Del otro lado, estudiantes beneficiados no quieren ser señalados por ello. De allí que con una excepción, todos los entrevistados pidieron el resguardo de su identidad para brindar testimonio en este reportaje.

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Pedro González vive en Los Teques, en el barrio La Matica. Así puso en su solicitud, pero evadió un detalle: no es arriba en el cerro donde vive, sino en sus faldas, en las Residencias Parque Las Américas. También evadió que buena parte de su bachillerato lo hizo en la Unidad Educativa Teorema, también en Los Teques; un liceo privado, bastante modesto en su estructura, pero privado al fin, aunque al final se graduó de bachiller en uno público, donde hizo sus dos últimos años. Hizo todo sin mala intención, pero a sabiendas de que estos datos le ayudarían mucho a obtener un cupo universitario, aunque su promedio era de 11 puntos. Funcionó. No se arrepiente, comenzará a estudiar Comunicación Social en la UCV. “Yo quiero estudiar, no estoy pidiendo el cupo para otra cosa. Voy a terminar la carrera, quiero echarle bolas”. Rápidamente agrega: “Yo no me siento pobre, mi mamá es enfermera, mi papá trabaja en lo que sea, los últimos años se ha enfocado en la construcción. Siempre hemos vivido bien, sin lujos, pero bien. Me siento medio mierda porque sé que el nuevo sistema no está pensado exactamente para gente como yo, pero al mismo tiempo quiero estudiar”.

Luego de volver a pedir anonimato, entra en confianza y dice: “El peo es que todos se aprovechan. Tú bajas a la plaza —dice refiriéndose a la Plaza Guaicaipuro, ubicada en el centro de Los Teques— y ves a un carajo con un carro que vende una bolsa con productos de PDVAL. Ese pana vive aquí, yo lo conozco, ese bicho compraba en el Mercal directamente a los camiones, y luego se va allá abajo a venderlo al precio que le da la gana. Y eso no es de ahorita que están de moda los bachaqueros, sino de antes, desde que pusieron los primeros mercales aquí. Así es todo. Yo sí voy a terminar la carrera, yo no lo hago por sinvergüenzura”, comenta convencido de su honradez.

El suyo puede que sea uno de los casos que señala el informe elaborado por la Secretaría de la Universidad Central de Venezuela, firmado por los profesores María Angelina Rodríguez e Iván Flores Vitelli, la licenciada Victoria García y el estudiante Emerson Cabaña, según el cual unos 1.261 estudiantes que obtuvieron cupo en la principal casa de estudios del país, lograron el ingreso con notas que representaron menos del 50% del promedio total.

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También podría ser el caso de Elena García, quien también pide un seudónimo para hablar. Sus 12 puntos de promedio le impedían acceder a un cupo en el CULTCA para estudiar Fisioterapia, la misma carrera de su hermana. Vive en San Antonio de los altos, hizo su bachillerato en el Boris Bossio Vivas, un liceo público ubicado en la urbanización las Minas, donde vive, una comunidad de clase media-alta. Cuando fue a inscribirse en el nuevo sistema, llenó sus datos en el orden establecido: primero cargó sus notas y luego, cuando llegó al renglón de estrato socioeconómico, se bajó el nivel, puso la dirección de su tía, residenciada en el centro de Los Teques, en un apartamento modesto donde tiene un cuarto en el cual se queda regularmente. “Lo hice porque ya sabíamos que el estrato social influía mucho. Mi mamá trabajaba bastante cuando yo era niña, muchas veces me quedaba con mi tía. Ella me cuidaba en las tardes. Cuando comencé el liceo, mi tía muchas veces me decía que me fuera en las tardes libres a su casa; allá me cocinaba y a veces me lavaba la ropa. Es como mi segunda casa. Por eso cuando me tocó registrarme en la OPSU puse su dirección y no la de mis padres”, comenta muy tranquila solapando su mentira. También le funcionó, este año comenzará a estudiar Fisioterapia en el CULTCA. No lo lamenta. Quiere estudiar y piensa que eso es solo un detalle.

Tal vez si conociera el caso de Daniela Esté, quien sí acepta declarar con su nombre y apellido real, cambiaría de opinión. Daniela siempre soñó con estudiar Fisioterapia. Consultó y su promedio de 16 puntos le permitía acceder a la carrera sin problemas. “Mi promedio tal vez no es el mejor, pero sí cumplía para esa carrera. Yo me sentía confiada, y cuando dieron los resultados de la OPSU, me desilusioné mucho, porque quedé en el listado de cola, tanto en el CULTCA como en la Rómulo Gallegos. Me sentí muy mal y molesta también, porque conozco a varias personas que sí quedaron designadas por la OPSU, en la misma carrera de hecho, con promedios mucho más bajos que el mío. Me molesta un poco esa modalidad, porque yo estudié en un liceo privado y la OPSU le dio prioridad a los que vienen de un liceo público, porque dicen que las personas que estudian en privados tienen plata, tienen dinero para pagar una universidad privada, cuando en muchos casos no es así, en mi caso no es así”, dice con serenidad.

“También tengo amigos que tienen promedio de 18 y 19, y no quedaron ni siquiera en el listado de cola. Ellos también están súper molestos, porque así como hay compañeros de clase con promedios altos que no quedaron en nada, también hay conocidos que con promedio de 11 y 12, sí quedaron asignados por la OPSU, en carreras muy demandas como ingeniería, que además es muy exigente”, agrega.

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Esté se permite un comentario adicional. “Uno queda desilusionado, porque tú te esfuerzas para tener un buen promedio, para que a la hora de presentar una opción de carrera por la OPSU quedar asignado, te esfuerzas muchísimo y a la hora de la verdad no quedé en ningún lado. Es triste”, dice evadiendo el comentario político y expresando, sí, su frustración personal.

Otros casos llegaron a la hora de cierre de este trabajo. Un muchacho que con 19 puntos de promedio no obtuvo ni siquiera la esperanza de estar en cola. Se niega a declarar, solo dice a través de una nota de voz en Whatsapp, un simple: “Me quiero ir de esta mierda, estoy cansado de todo”. Otros son solo rumores, comentarios de pasillo sobre cartas de residencia falsificadas y cupos a la venta, que no pudieron ser confirmados. Es el caos típico de este tipo de controles que al final distorsionan todo.  Hay miedo e incertidumbre, pero también una certeza en el horizonte: Venezuela pierde su capital humano cada día más y su educación superior comienza a atestiguar el golpe de forma cada vez más evidente.