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NO-prah: Basta de elegir al más “pana”

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Después de dar un discurso inspirador en la 75º edición de los Globos de Oro sobre el acoso sexual, la periodista y presentadora de televisión, Oprah Winfrey, fue impulsada para ser candidata presidencial en las elecciones de 2020 en Estados Unidos.

Tras el emotivo discurso, un tweet eliminado de la cadena de television, NBC, decía lo siguiente: “Nada sino respeto para nuestra futura presidente”.

 

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Declaraciones de Meryl Streep, e incluso el ex-jefe de campaña de Obama en el 2012, que twitteó “Llámame Oprah, tengo unas sillas del condado de Iowa que les gustaría saber de ti”.

Todo este show me hace llegar a una sola conclusión: América del Norte y del Sur comparten a la gente pendeja.

 

Así como me gustaría que Oscar D’León fuera presidente de Venezuela (solo por curiosidad), entiendo que esta persona no posee la preparación política o profesional requerida para asumir tal cargo.

Entonces me obligo a preguntarme: ¿Por qué las personas continúan queriendo una celebridad en los cargos políticos?

Mejor outsider conocido

Según el profesor de ciencias políticas en la universidad de Columbia, Robert Erikson, la celebridad como figura tiene la ventaja de que los votantes ya los conocen y muchas campañas empiezan por contarle a las personas quiénes son. Además, muchos votantes no reconocen, según Erikson, a los candidatos sino se identifican con un partido a la hora de elegir. En el que caso de que la celebridad esté ubicada en el partido “favorito”, aumentan sus probabilidades de ganar.

No es solamente eso, las celebridades tienen más habilidades para manejar audiencias que los políticos de profesión. Si tomamos a Trump como ejemplo, sus talentos bajo el lente de la cámara se evidencian en como maneja y logra “fugarse” de tantos escándalos. Es como si ser celebridad lo hubiese preparado para ser un “mejor” político. Pero no es así, este caso refleja una muestra de anti-política. Trump es consecuente tomando acciones que complazcan a su base electoral o le permitan beneficiar intereses propios.

La falta de experiencia, que considero la peor desventaja que tiene cualquier celebridad aspirando a un cargo político, se hace un beneficio en campaña. En la de Trump, por ejemplo, hablaban de su falta de preparación como un “plus” para encuadrar su producto político.

“¡El outsider!” piensa la gente “Ahí viene el que es diferente y está fuera del sistema, a cambiar todo”. No necesariamente para mejor.

El caso Venezuela

Aunque aquí en el concepto de celebridad se incluye hasta a La Divaza, estamos afectados por el mismo problema que Estados Unidos. Cada vez que alguien se asoma en un momento crítico en el país, todos lo retratan como un héroe y quieren lanzarlo a la presidencia de una vez.

Por pasajero que parezca este sentimiento, llama la atención que muchos de nuestros personajes políticos del momento son productos de este fenómeno, como Oscar Pérez. Un hombre que nadie sabe si es un “peine” o no, muchos quieren que progrese en su lucha, que de ser cierta, nos aseguraría un segundo golpe de estado en menos 20 años. Otro Chávez. Otro showman.

El peligro de una celebridad apuntando a un cargo político no radica en que son todos malos, sino en que nos falta criterio para poder elegir a alguien apto para el cargo y entre la ignorancia, la celebridad como producto genera confianza y posee una ventaja injusta.

En este caso, los peligrosos somos nosotros. Las personas que buscan la solución de sus problemas en celebridades o mesías, como si una persona fuera capaz de arreglar la cantidad de problemas que tiene Venezuela o Estados Unidos. Aquellos que le damos, ingenuamente, aliento a personas que resaltan, alimentamos un monstruo que es imparable.

Probablemente Oprah no pensaba en lanzarse a presidente hasta que vio el apoyo que generó, igualmente pasó con Trump.

Y les recuerdo que Chávez ganó elección tras elección, porque una gran mayoría se reconocía y se sentía cómoda en él, no porque hiciera nada bueno.