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Un adolescente viendo a Cerati por última vez

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15/05/2019
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FOTO: CORTESÍA

Gustavo Cerati se presentó en directo por última vez el 15 de mayo de 2010, en Caracas. Un campo de fútbol serviría de puente entre el argentino y un coma prolongado que lo llevaría a la muerte. Tuve el privilegio, entre miles, de ser testigo de ese concierto

Todos saben cómo es tener 16 años. Eres muy grande para las cosas de niño y muy niño para las cosas de los grandes. Siempre fui un adelantado (en todo menos los estudios). Fumaba, bebía y rumbeaba. Entre las cosas que no tenía en común con los chamos de mi edad era que no me interesaban mucho Alexis y Fido.

Entre tanto rock anglosajón que escuchaba pocas cosas me hacían conectarme tanto con la música como Soda Stereo y Gustavo Cerati.

Igual le pasaba a Julio y Diego Prato, mis amigos. Ambos músicos (ellos tienen mucho, muchísimo más talento que yo para ese mundo). No recuerdo cómo empecé a escuchar a Cerati, pero lo hice en orden.

Obviamente desde sexto grado venía oyendo “De música ligera” cada vez que algún dj peinado con gomina decidía masacrar la canción en una miniteca de puros pubertos malagradecidos, pero comencé realmente escuchando “Colores santos”, después “Amor Amarillo”, “Bocanada”, “11 episodios sinfónicos”, “Siempre es hoy”, “Ahí vamos” y finalmente, “Fuerza natural”.

De hecho, el disco que nos interesaba menos era el último, aunque lo disfrutábamos. Pero no era nuestro favorito. Ese vino a promocionar y a ese concierto lo fuimos a ver.

Nos llevó la mamá de mis amigos, en una Grand Vitara azul que servía de corneta móvil para lo que quisiéramos escuchar nosotros. Le agradezco mucho a ella por tanta paciencia.

Pocos planes hoy en día me levantan la euforia que sentía ese día. El nerviosismo que hace que hables sin control, el vacío en el estómago por el que no se nota ni el hambre: son ganas de vivir.

Cualquiera que haya ido alguna vez a ver a su ídolo sabe de lo que le hablo.

Llegamos a una universidad lejana para quien todavía no manejaba y pasamos a los puestos en el sector “platino” que teníamos. Lo platinado se traduce en estar a más o menos 15 metros de la tarima. No cabíamos de la emoción.

No recordaba con cuál canción había “abierto” el concierto así que lo busqué en un video: eligió el single “Fuerza Natural” y me pareció contundente. Es una canción que te levanta y te abre el apetito.

Tenía una chaqueta plateada y negra increíble. La corista estaba buenísima. Rumoramos con morbo que seguro “se la cogía”, porque claro: es Cerati.

Entre cada 3 canciones, mas o menos, se escondía y salía con un nuevo trago.

“Esta es una Brahma (todavía la vendían aquí)… Éste es un Old Parr… Este es un ron de acá…” y así sucesivamente.

Me impresionaron los músicos, la luces, el viaje. Pero, sobre todo, la voz del carajo. Qué vaina tan impresionante lo profesional que es. Que era.

También lo adicto que era, lo ebrio que estaba, pero resaltaba el profesionalismo. No se peló una nota, no desafinó ni una vez, ni en el peor de los estados.

“¿Bajo una nube o es que todos están fumando?”, dijo después de cantar Cactus, creo. Desde el área general hacia el escenario se movía una gran masa de humo de marihuana. Igual no la necesitabas.

Un idiota no paraba de gritar “¡Paseo inmoral! ¡PASEO INMORAL!” como si fuera la única canción del argentino. En algún momento lo complació.

Recuerdo un problema que tuvimos con un miembro de seguridad que regañó a uno de los menores del grupo porque “los conciertos no son para saltar”. Una horda de carajitos rebeldes (o al menos cuatro) estaban a punto de entrarle a patadas por tal blasfemia, hasta que un amigo cagón nos recordó que nos iban a botar.

La energía era impresionante, se sintió muchísimo cuando empezó a tocar temas de “Ahí Vamos”, que son los más rock, si se quiere. Ahí comenzamos a tomar cerveza. Más de la que podíamos manejar.

Después de 15 minutos todo el mundo saltaba. Adultos, nosotros, viejos en blazers (¿quién va en blazer a un concierto de Cerati? ¿Un banquero?). El vigilante debió haberse molestado bastante.

Era una fiesta, poco sabía que iba a ser de las mejores en las que estaría en mi vida. Mucho menos sabría él que era su última.

Te llevaba de arriba hacia abajo, te metía contra las paredes del sonido y te mecía entre las imágenes que cantaba. En un momento querías armar un pogo y al rato ponerte a llorar, abrazar a alguien. Un verdadero artista.

La primera bolsa de cocaína que vi en mi vida estaba en un baño portátil cercano a la tarima. Le comenté a mis amigos riéndome, seguro asumimos que la energía del público se debía al abuso de sustancias, como muchos asumirían que a eso se debía el aguante de Cerati en el escenario. Tanto nosotros entonces, como aquellos que hoy piensen eso están tremendamente equivocados.

El ex vocalista de Soda Stereo no era mejor gracias a la coca, como muchos pensarán que le pasaba a un jugador argentino que no voy a mencionar. Era el mejor a pesar de ella.

Si no me equivoco, con “A merced” comenzó la segunda parte del espectáculo, en toda la extensión de la palabra.

“…Tomar la dosis y levitar
Atado a tu belleza inconsciente…”

Ahora cantaba con una guitarra electroacústica en un traje blanco más que cool. Como galáctico. No sé si ese era el concepto o las “birras” estaban haciendo efecto.

Veo unos videos escribiendo esto y me río viéndolo bromear con Ricardo Montaner.

“Te llevo para que me lleves”, “Pulsar”, “Vivo”. La segunda parte fue la mejor, porque no era de “Fuerza Natural”. Ya estábamos borrachos, drogados o simplemente extasiados escuchándolo.

No sé en qué momento la hilera de guardias que separan al área general de la VIP fue sobrepasada, pero esa marea de gente se juntó. Y a nadie le importó.

Tampoco entiendo cuándo se volvió tan mierda. Cuándo se rascó o se drogó tanto como para que le diera un ACV. Entiendo el cómo, por los tragos, lo que se sabía que consumía y algún antecedente médico del que se supo después, pero el cuándo es un misterio. Tal vez fue el acumulado de la gira, ya que Caracas era el último destino.

Eran dos días, por cierto. Solo hubo uno. Ese.

“Tengo una langosta en la cabeza. A veces me habla”, ese comentario me aterrorizó. Qué loco. Tan genio como loco, el mejor cliché de todos.

Pero después tocó un par de canciones más y presentó a todos los músicos, incluyendo a la corista. Lo hizo perfectamente.

Cerró con “Lago en el cielo”. Irónico solo por el título y el final que tuvo.

Recuerdo que se terminó el concierto y la gente seguía concentrada ahí. Nosotros, tal vez como muchos, queríamos saber si iban a algún lado, a algún local y perseguirlos: a él y a su magia.

Un argentino del staff, rodeado de seguridad, apuntaba a mujeres jóvenes con una linterna a la cara y con un sellito les marcaba la mano y después pasaban al backstage. Eligieron a una amiga que no había ido con nosotros y la encontramos después de que ella lo hubiese visto.

“Algo le pasó” me dijo. “Estaba rodeado de gente de seguridad y no te dejaban acercarte”.

Fue la primera vez que vi a Cerati. La última para todos.