Opinión

¡Qué rico es ser rico!

En su espacio de opinión, la articulista Carolina Jaimes Branger recuerda algunos episodios que evidencian que pese a las consignas y los discursos no es tan malo ser rico

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De verdad que entre cielo y tierra no hay nada oculto. Está circulando de nuevo el video de un escrache en enero de 2020 por parte de un militar retirado venezolano, José Antonio Colina, al ex magistrado del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, Héctor Manuel Coronado Flores, mientras caminaba, bolsas en mano, por un centro comercial en Florida, Estados Unidos, donde realizaba compras acompañado de una mujer, supuestamente una abogada que, según ella, “había trabajado para cuatro gobiernos”. No aclaró, sin embargo, si los gobiernos eran todos chavistas, que pareciera lo más probable. Dos de Chávez y dos de Maduro.

Y es que la mayor parte de nuestra tragedia radica en que los supuestos “revolucionarios”, los defensores de los pobres, los creyentes en las teorías de Marx, descubrieron muy pronto, casi apenas llegaron al poder, lo rico que es ser rico.

Desde hace años hemos recibido denuncias de las extravagancias y los caprichos de esta nueva camarilla de corruptos, esa formada por quienes decían que los adecos y los copeyanos lo eran y que venían, como cirujanos (Chávez dixit) a extirpar ese “tumor”. Hoy, los adecos y los copeyanos son unos “idiotas” comparados con éstos y el tumor creció a dimensiones insospechadas.

Desde aquellos camaradas que denunció Nelson Bocaranda en sus Runrunes en mayo de 2009 y sobre quienes Miro Popic escribió en Tal Cual el mismo mes, protagonistas de una muy “revolucionaria” cena en París, reportada por la revista La Revue du Vin de France.

La cena fue “revolucionaria” porque los asistentes eran compatriotas, de esos que por estos lares se dicen «socialistas». “Revolucionaria” porque el restaurant La Tour d´Argent -obligado lugar de encuentro de nuevos ricos- se revolucionó con la orden de los comensales de terminar la cena con un vino Petrus, cosecha 1982, que costó 17.000 euros la botella. Así como lo lee, amigo lector: die-ci-sie-te mil euros una botella, que en estos tan difíciles momentos equivalen a unos 64.088.640.000 bolívares soberanos. Sí, leyó bien: son más de sesenta y cuatro mil millones de bolívares por CADA botella de vino. Ojalá, como dijo Miro, lo hayan pagado ellos (con sus muy revolucionarios sueldos, añado yo).

La pregunta que se cae de madura es qué piensan -o qué sienten- esos revolucionarios cuando su máximo líder se desgañitó y el de ahora sigue desgañitándose cada vez que dice que “ser rico es malo” o cuando usa los peores calificativos en contra de los “capitalistas”, cuando “capital” es lo que se necesita para pagar una botella de Petrus de 17 mil euros y salir del restaurante tan campante.

El hecho que subyace en esta historia es que, contrario a lo que decía Chávez y ahora repite Maduro, ser rico no es nada malo y a todos los seres humanos nos causa placer darnos gustos. Malo es ser rico robando a la nación, haciendo negocios turbios o cobrando peajes, comisiones y matracas. Malo también es hacerse los locos ante las denuncias de estos actos.

El papagayo se les enredó a los muy socialistas jerarcas de la Unión Soviética cuando las empresas que entregaron en propiedad social a los obreros comenzaron a producir ganancias que debían, «socialísticamente», entregar al Estado… y se negaron a hacerlo. No pudieron desenredarlo cuando, fieles a los preceptos de Marx de que el valor depende únicamente del trabajo, todos debían ganar lo mismo, desde un neurocirujano hasta un peón. Y se les anudó irremediablemente cuando descubrieron los placeres capitalistas, el mundo más allá de la Cortina de Hierro.

En fin, que es muy humano que a alguien que le gusten los carros prefiera manejar un Audi que una chatarra; que a quien le guste la ropa si la ponen a escoger entre una franelita chimba y una blusa de Carolina Herrera opte por esta última, que es más rico ir de tiendas en Bal Harbour que en un mercado libre, o que quien disfrute de las bebidas espirituosas prefiera un Petrus a un aguardiente de mala muerte.

Venezuela fue un país de infinitas posibilidades para quienes trabajaron duro. Des de los años 30 hasta los años 70 y a pesar de las erráticas políticas económicas que tuvimos, nuestra clase media creció para convertirse en la mayor de América Latina. Y podríamos volver a tenerla si en vez de seguir con la mentalidad de la ruta de la empanada y el jugo de caña, nos sinceramos y aceptamos que es mucho más agradable un Petrus en La Tour d´Argent. Los revolucionarios nos enseñaron una lección: no hay socialismo que resista un Petrus.

Dicen que hay cosas que no se pueden esconder: el amor, la tos, el humo y el dinero. Y los revolucionarios de hoy se diferencian de los «ta´baratos» de ayer en que aquellos disponían de muchos dólares baratos y estos disponen de muchos dólares muy caros. En nada más. Y uno se pregunta de dónde sacan tantos dólares (¿o serán todos viáticos?) porque es difícil explicarse cómo con un sueldito de funcionario se puede salir de la tienda de Vuitton, de la de Ferragamo y de la de Gucci con sopotocientas bolsas llenas de carteras, ropa y otras «menudencias».

Hace como diez años, en una perfumería en Aruba donde yo estaba, entró un señor con una gorra roja con siglas de una institución del Estado venezolano, cargado de bolsas todas de marcas conocidas (en bajo perfil definitivamente sacó cero), se acercó a una de las dependientas, que casualmente estaba muy cerca de donde yo estaba y le preguntó cuál era el perfume más caro que había en la tienda.

«¿Mascaro?» le preguntó ella mientras miraba a su alrededor, como buscando… «no hay… esa marca no la tenemos». El hombre no se dio por vencido y rehízo la pregunta: «El más caro, ¿cuál es el perfume que cuesta más?». La muchacha seguía sin entender. «¿Qué marca busca usted?… «Mascaro» no la tenemos». Suena a chiste, pero no lo es. Es una tragedia. Y es difícil creer que alguien busque un perfume solamente por su precio, siendo que los perfumes son de uso personalísimo y el aroma final es una mezcla particular de la esencia y la piel de quien lo usa. Por eso para la vendedora era imposible entender que el señor estuviera buscando un perfume sin saber si le gustaba o no y encima de todo, pidiera el más caro y no, como era de esperarse, el más económico.

El cliente logró finalmente que la joven entendiera que «Mascaro» (más caro) no era una marca sino un precio, y ella le entregó un perfume de Bulgari. Con gesto triunfante, tomó la caja y le gritó a la esposa: «mi amor, mira, este es el más caro, ven para que te lo compres»… «Pero esa es una colonia para hombres», le dijo la muy confundida joven.

Y es que si antes la consigna era «ta´barato, dame dos», en revolución ha sido «mascaro, dame cuatro». De los «ta´baratos» a los «mascaros»: los gorilas de hoy frente a los monos de ayer. Eso sí, con diferente cachimbo.

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