Chile: ¿llamar al diablo o verlo llegar?

Un venezolano en Santiago, atrapado entre lacrimógenas, estaciones de Metro incendiadas y gritos de inconformidad, se ve en el espejo del país que dejó atrás, temeroso de que el comunismo capitalice el malestar social en su nuevo hogar

“No es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar”. Es una frase hecha, sí; de esas que por formación periodística uno evita utilizar para referirse a cualquier cosa. Pero esta vez cobra total sentido para geolocalizarse en el tablero sur de América: en Chile, a 3.047 millas de Venezuela, país del que decidí huir por razones que muchos podrían adivinar, aún sin conocerme.

Migré con expectativas claras a la tierra de Los Prisioneros y su “Tren al sur”. A un territorio que a casi dos meses de mi llegada (y haciendo gala de su condición sísmica) fue sacudido por un terremoto social y político que tiene en riesgo una de las democracias más estables de América. Pero también una de las más lesionadas por deudas sociales que existen, ¡claro que existen!

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Sebastián Piñera, en una maniobra por entender el país (bajo presión y en poco tiempo), suplicó perdón a los que exigen su renuncia en las calles. Otros, en cambio, observan en él un estadista que mantiene la institucionalidad. Empecé a comprender este escenario días antes entre gases lacrimógenos, cerca de La Moneda, cuando me tocó correr por las manifestaciones cerca del palacio presidencial.

El desprecio a la prensa

Luego vino la declaración de un Estado de Emergencia, toque de queda, el incendio de la sede corporativa de Enel (la corporación eléctrica nacional) y de estaciones de Metro. En llamas también ardió la sede de El Mercurio en Valparaíso. Pasé horas analizando las transmisiones de Canal 13, Chilevisión, TVN y Mega, y revisando la web del diario La Tercera. La prensa reconoce las iniciativas cívicas y las separa de las violentas. La situación con los medios no es distinta a la de Ecuador con la reciente quema de la sede de Teleamazonas y agresiones contra el diario El Comercio.

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En el sexto día del conflicto, en el tren de Estación Central un cantante de esos que improvisan con las reacciones de la gente pidió a los pasajeros no creer en la prensa audiovisual. “No crean lo que dicen en la tele, chiquillos. Los dueños de esos medios son los mismos que nos roban nuestros sueldos. ¡Esos malditos empresarios!”, dijo el hombre, de unos 32 años, condecorado en aplausos en pleno vagón.

Otros más jovencitos, durante las protestas antigubernamentales desplegaron una creativa pancarta que decía: “La tele miente más que tu ex”. Me dio risa, pero igual me dejó pensando que así nos acusan a los periodistas en Venezuela de no decir la verdad en nuestro país. Más de lo mismo. ¡En fin, demasiada información por procesar!

Colapso mientras revivo la pesadilla de conflictos sociales que me llevaron a poner mis pies sobre la obra de Carlos Cruz-Diez en el aeropuerto de Maiquetía y aterrizar en Santiago. Necesitaba otro paisaje, respirar otros aires y terminé respirando lacrimógenas en Chile. No estaba en el radar.

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Desigualdad en Chile

Ahora bien: ¿cómo se llegó a esto?, ¿fue una explosión social espontánea? Y si no fue tan espontánea: ¿son acaso menos ciertas las razones de chilenos que fijaron posición firme ante el sistema? Son preguntas que poco a poco me he ido respondiendo.

Mucho más cuando al indagar supe que un jubilado puede recibir un tercio del salario mínimo, después de una vida productiva pagando impuestos; que los pacientes de enfermedades crónicas empeoran al no recibir una respuesta médica oportuna. Chile necesita reformas urgentes, pero no improvisadas.

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Por el equivalente a 0,04 centavos de dólar (30 pesos) de aumento en el pasaje de Metro explotó este conflicto que abre el debate sobre la desproporción en las maneras de protestar, que en los primeros cuatro días dejó 19 personas fallecidas, 102 civiles y 95 uniformados heridos, así como 335 supermercados y 667 comercios saqueados y quemados. Asimismo, hasta la sexta jornada de protesta ocurrieron 2.840 detenciones en todo el país.

Esto ocurre justo después de que un astuto Nicolás Maduro lograra hacerse miembro del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pese al informe del propio organismo que lo coloca como flagrante violador de estas libertades. Ocurre todo esto poco luego de la celebración del Foro de Sao Paulo y la cita textual que se le atribuye al mandatario venezolano de cumplir sus planes de desestabilizar Santiago. “El plan va como lo hicimos, va perfecto. Ustedes me entienden”, dijo suspicaz.

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Ciudad Gótica

Nada que no corresponda con alguien que bien ha sabido comprar lealtades y desestabilizar la región desde Venezuela, con una seguidilla de escenarios de violencia en Ecuador, España, Chile, Colombia y las tensiones electorales en Bolivia y Argentina; esperando que esta ola no salpique a Paraguay, como uno de los países más estables de la región, y a El Salvador, donde soplan vientos de cambio con el joven presidente Nayib Bukele.

Sería más simpático echarle la culpa a las psicopatías sociales de El Guasón o el Joker, cuyo estreno coincidió con el “¡booom latino!” y un ingenioso meme dónde se le ve causando destrozos en el Metro de Santiago, enfrentándose a carabineros (policía). Pero no, esto supera la ficción… existe algo mucho más desequilibrado y perverso que las miserias del archivillano de DC Cómics. Es el comunismo.

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Como reportero de la fuente Ciudad jamás podría estar de acuerdo con una protesta que -por muy legítima que sea- propicie o vea con indolencia la quema de estaciones de Metro, con pérdidas de más de 330 millones de dólares. Pensé, de pronto, que lo mismo le pudo ocurrir a tres de mis favoritas en Caracas: Petare, Parque del Este o Sabana Grande, y me dolió. En los primeros 7 días de conflicto se precisaron 118 estaciones agredidas: 25 incendiadas y 7 de ellas completamente calcinadas.

El chileno promedio dice que “esto es un mal necesario porque con el seguro, esos daños se pagan y se recuperan», dijo el conserje del edificio donde vivo. El sistema subterráneo puede que tenga seguro, es verdad, pero las democracias no. A los que lo quemaron, respaldan o les es indiferente el Metro: sepan que no es el Presidente ni su gabinete los que lo usan.

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Lo que todavía funciona en Chile y muy bien: un mercado que dure hasta fin de mes, vestirse, trasladarse puntualmente en Metro o micro (autobús), un teléfono inteligente, y hasta una vida social modestamente activa, con un sueldo mínimo. Todo eso está en riesgo si esta rabia colectiva la capitaliza quien no debe.

Por eso: aunque son válidas y respaldables muchas de las exigencias de los ciudadanos chilenos, preocupa oírlos en la avenida Alameda o en la plaza de la comuna de San Bernardo invocar consignas revolucionarias. Esas que mantienen a Nicaragua y Venezuela sumidas en la desgracia castrochavista. Mientras democracias como las de Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera han demostrado ser imperfectas pero corregibles, las dictaduras y el propio comunismo se hacen cada vez más perfectibles. A los que piden revolución en Chile: ¡No es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar!

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