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Contra el trabajo infantil en Venezuela

Aunque desde 2007 el Instituto Nacional de Estadística (INE) no ofrece cifras oficiales, la última medición habla de unos 800.000 niños trabajando en Venezuela. Un grupo de estudiantes de la UCAB decidió hacer algo al respecto en la comunidad de Las Casitas en el barrio La Vega del oeste capitalino. Clímax estuvo allí el pasado jueves, horas antes de que esa comunidad estallara en un pandemonium de protestas y represión

Contra el trabajo infantil en Venezuela

El trabajo infantil es una realidad tan antigua como el ser humano. El programa Scream nació con el objetivo de educar a los niños de todo el mundo al respecto. Scream, siglas en inglés de Supporting Children’s Rights through Education, the Arts and the Media —Defensa de los derechos del niño a través de la educación, las artes y los medios de comunicación—, era un programa que existía en unos 88 países del mundo, incluyendo muchos latinoamericanos, pero no en Venezuela.

En 2012 la entonces estudiante de Relaciones Industriales, Andreina de Rufino Figueiras, ganó por mérito académico el derecho de viajar a la ciudad de Ginebra en Suiza y conoció esta iniciativa a través de unos diplomáticos con los que tuvo contacto. “En ese momento nos dieron una cifra realmente alarmante de unos 200.000.000 de niños en el mundo que trabajaban, algunos en condiciones infrahumanas que son utilizados como guerrilleros de grupos armados, para pagar deudas de los padres, en prostitución, etc. Era una situación sumamente alarmante y eso me llamó mucho la atención, pero en aquel momento yo era solo una estudiante y no pude traer el proyecto a Venezuela. Ahora, que ya estoy graduada y que trabajo en la universidad en el área de Proyección Externa, que es la encargada de coordinar proyectos de impacto social en las comunidades, decidí que había que implementar ese programa en el país para alertar sobre esta grave situación”, dice la joven que ahora trabaja en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), donde también se formó.

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El colegio escogido para implementar el plan piloto fue la Escuela Canaima, una preciosa estructura que se erige en la comunidad de Las Casitas en el barrio La Vega del oeste capitalino y que en buena parte depende de la Asociación Venezolana para la Educación Católica (AVEC). Se trata de un edificio de unos tres pisos, con un pequeño huerto de cultivo orgánico, un patio modesto y una envidiable vista desde la azotea, una terraza que por momentos hace olvidar que se trata de uno de los barrios más pobres de Caracas, donde en tan solo horas se desataría un pandemónium que culminó con varios oficiales policiales y militares heridos, así como varios intentos de saqueo.

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Allí un grupo de alumnos de octavo y noveno grado reciben formación para prevenir el trabajo infantil. Los voluntarios, estudiantes de sociología de la UCAB, fueron formados por Rufino para poder dirigir el plan a los adolescentes. “Yo los tuve que formar. Hay una guía del usuario que ofrece la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para dirigir el programa. Los instruí desde el 28 de marzo hasta el 28 de abril, exactamente un mes de formación, en los cuales ellos aprendieron como serían las sesiones, como se tenían que relacionar con los chamos, cuál sería la dinámica y el material que les presentaríamos, que incluyó una obra, un collage, un video y una serie de dinámicas de interacción. Hoy, en la sesión de cierre, organizamos una jornada de impacto en la comunidad: los niños hicieron unas pancartas y material de divulgación que vamos a mostrar a los vecinos”, agrega la ahora coordinadora local del programa Scream Venezuela, quien debió adelantar el cierre del programa algunas semanas debido a la conflictividad en el sector, motivada a la escasez y cortes de servicios.

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El trabajo infantil: una realidad incómoda

El pasado domingo 12 de junio se conmemoró el Día Mundial Contra el Trabajo Infantil, fecha instaurada por la OIT desde 2002, para ejecutar acciones de concientización respecto. Este año el foco de atención está puesto en la erradicación del trabajo hecho por niños en las cadenas de producción. Según Andreina de Rufino, “desde el año 2007 no existen cifras oficial emitidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Según la última medición realizada, la cantidad de niños y adolescentes trabajando en el país era de 5 %, lo que en ese momento equivalía a unos 800.000 niños. Eso en aquel año, ahora imagínate cuál será la cifra actual con esta coyuntura económica y política que vivimos actualmente”.

A pesar de la carencia de cifras oficiales que permitan la real apreciación del problema, Rufino y los voluntarios del programa Scream cuentan con la experiencia de primera mano dada por los propios estudiantes a los que tratan de concientizar. “Es una realidad muy común de la cual ellos no estaban conscientes. Ni siquiera sabían que eso era algo perjudicial. Por ejemplo: ellos iban todos los días del colegio a su casa y veían siempre al mismo niño vendiendo los dulcitos de guayaba. Ellos asumían que era normal que un niño estuviera vendiendo dulces en la calle. Es a través de nuestro programa que han caído en cuenta de que eso es trabajo infantil, que ese niño está dejando de estudiar, está dejando de recrearse por llevar algo de dinero a su casa. Ellos no solo no eran conscientes sino que no sabían las consecuencias que eso tiene para esos niños y para el país. Incluso ahora se dan cuenta de que ellos mismos tuvieron en algún momento en la necesidad de considerar desertar de los estudios formales para ir a trabajar”.

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Algo que también confirma la joven Grecia Peinado, de 15 años de edad, estudiante de octavo grado y beneficiaria de las jornadas de Scream en la Escuela Canaima, quien comenta que se trata de una realidad cercana a su comunidad en el sector Las Casitas de La Vega: “Sí, yo conozco niños que trabajan en camionetas —como colectores— o vendiendo pepitos en la calle. Ellos no estudian. Desde la mañana que salgo al liceo y hasta que regreso en la tarde están en la calle trabajando”.

Sixta Cortez, directora de la institución y quien tiene 29 años trabajando en el plantel —lo dirige desde 2008—, cree que ha sido una realidad en la comunidad desde hace mucho tiempo: “La escuela ha pasado a lo largo de su historia de tener muchos niños trabajadores a periodos en que hemos tenido muy pocos casos de niños que ni siquiera se puede decir que son trabajadores porque laboren para otras personas, sino que de pronto puede ser que estén ayudando en casa, o que se trate de una casa donde vendan galletas o vendan pan y ellos en las tardes sean parte de eso, o colaboran cuidando a sus hermanos o a niños vecinos. En la escuela hemos conocido a niños que salían de clases a limpiar botas, vender velas y embolsar en supermercados, eso en algún momento fue bajando, pero recientemente ha vuelto a aumentar”.

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Esta realidad social es lo que hizo que cuando desde la UCAB surgió la iniciativa de utilizar a la Escuela Canaima como el plantel piloto para desarrollar el programa en Venezuela, Cortez lo recibiera de manera positiva: “Esta iniciativa me pareció excelente, porque es posible que muchos estudiantes nuestros no estén conscientes de lo que pasa con algunos compañeritos con situaciones de trabajo o de hambre. Creo que esto los está fortaleciendo, están investigando, aprendiendo y haciéndose conscientes de esta realidad”.

La Escuela Canaima siempre ha estado ligada con la realidad social circundante: “Es posible que en los últimos meses las actividades con la comunidad hayan ido bajando un poco, pero desde los inicios de la escuela, cuando se fue generando la aceptación por parte de los vecinos —ya que esta es una comunidad de damnificados— la relación ha sido muy cercana. Hace mucho tiempo la comunidad es la que se encarga de cuidarnos. El éxito de la escuela siempre ha sido esa relación con la comunidad, porque incluso nosotros no tenemos dinero para pagar vigilantes, la escuela queda sola de noche, y a pesar de ser una escuela muy abierta la misma comunidad la cuida y es parte de ella, más allá de algunos incidentes menores causados por actos de vandalismo o por personas que se meten a sacar los mangos del pequeño huerto que tenemos y en el proceso nos dañan un tubo o algo así”, concluye la directora.

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Una característica de este proyecto es que no forma parte de las horas de servicio comunitario obligatorio establecidos por ley desde 2004. Rufino explica por qué decidió sacar a Scream de esta obligatoriedad que deben cumplir los alumnos de la UCAB: “Yo creo fielmente en la buena voluntad de las personas, en que las cosas se hagan sin interés, solo porque quieran aportar algo al país o a la comunidad sin esperar nada a cambio más allá de la recompensa espiritual que puedan recibir, además del impacto positivo que esto pueda generar”.

Jesús Padra de 23 años es estudiante de sociología y, a pesar de que no recibiría ninguna puntuación ni validación de trabajo social por participar en estas jornadas, no dudó en ofrecerse como voluntario: “Me llamó la atención este proyecto porque es la primera vez que este tema se trata de esta forma en Venezuela. Y también porque la sociología y las ciencias sociales en general, están muy relacionadas con la sociedad y sus problemas, en este caso con los niños y adolescentes que son el futuro del país. Muchos de ellos serán los líderes del mañana y me parece importante que estén conscientes de esta realidad que es el trabajo infantil, que manejen estas herramientas y hagan algo al respecto”.

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Dora Guerrero de 19 años también quiso ser voluntaria del proyecto: “Yo me ofrecí de voluntaria a pesar de que no tendría ninguna puntuación, porque pienso que más allá de la formación académica que te pueda dar la universidad, tienes que formarte en otros ámbitos y tienes que tener vida en la universidad. Y qué mejor forma que trabajar para un bien que a lo mejor no es para ti sino para los demás. Yo creo que he vivido en una burbuja, creada por mis padres, el colegio de dónde vengo y mi clase social, y la situación país es muy diferente. Conocer esta realidad de una escuela donde han tenido que reducir comidas, donde pueden pasar una semana comiendo lo mismo, donde los niños trabajan y ni siquiera están conscientes de ello y además enseñarles algo nuevo es muy satisfactorio. Estas siete semanas de haber subido a hacer actividades con los niños han sido muy bonitas. Hoy que fue el día de cierre estuve a punto de llorar porque se terminaba y eso va mucho más allá de la formación académica que me puede dar la universidad”.

Virginia Archundia estudiante de octavo grado, es otra de las alumnas que ha sido concientizada al respecto. Al preguntarle sobre el tema brota en ella algo cada vez más escaso en esta Venezuela en crisis, la esperanza. “Nosotros como adolescentes vemos el trabajo de los niños, pero no lo tomamos en cuenta realmente. Nos pueden perjudicar en nuestro desarrollo como personas. Yo quisiera dar un mensaje: Esta es una situación muy grave y quiero alertarlos a todos, los niños pueden incluso morir por hacer trabajos forzados, por eso estoy aquí hoy para decir basta al trabajo infantil”.

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