Karina Velásquez, la política le jugó una mala pasada

Karina Velásquez, la política le jugó una mala pasada

Karina no goza de popularidad, pese a que su desempeño en el mundo de los falsos moqueos y lloriqueos la reconoce como una actriz de postín. Sus actuaciones en el cine muestran a una mujer polifacética que no ha conseguido la fama —tampoco el papel de explosivo, al menos protagónico. Su gran problema o suerte, todavía no lo sabe, fueron sus amores con el Alcalde de Caracas Su nombre, si tuviera algún significado encriptado, sería prudencia, que se confunde con ambivalencia. Su verbo, conmensurado y reprimido, no hace jactancia, acaso porque no gusta meterse en camisas de once varas. Y, su cuerpo, ay, ese bien formado, elque arranca suspiros y babeos, se deja poseer y abandonar cuando ensaya parlamentos. Ella es de andares sinuosos y titubeos por su empeño de deambular siempre por la calle del medio o del miedo. Esa manía la aleja de su fin: ser reconocida como artista. Es que Karina Velásquez no suscita retintín menos confianza por ser la mujer de quien es. A pulso e histrión ha obtenido más de una veintena de papeles, eso sí, todos muy bien interpretados, en el cine y en las tablas. Es la que la crítica no anatemiza pero tampoco adula. La que mantiene, pese a sus ganas de comerse al mundo, perfil bajo. La que se puso el inri por arroparse en los brazos del hombre de mando y votos. La que mira el poder, como a los toros, desde la barrea. O sea: su cama. La que se enamoró de Jorge Rodríguez —el alcalde de Caracas.

No hay quien no la mire con repeluzno. Sí, con escalofrío y cierta cautela. No se ha ganado las simpatías sino de una claque de fanáticos que la siguen y la prodigan de admiraciones en las cuatro paredes de un teatro, más asible y cercana, o al frente de la gran pantalla, etérea como un holograma. Pero siempre aplaudida. “Puede ser… estoy en un limbo extraño. Es un lugar que no puedo explicar. Uno donde la gente no me da trabajo. Tampoco me atrevo a decir que es por mi relación. No. Simplemente me desestiman”, quiebra su silencio. “No creo que por ser novia de Jorge me rechacen. Pero paso inadvertida. Mis colegas lo comentan. Tampoco me he valido de él para conseguir papeles. Lo poco o mucho que tengo lo he conquistado sola. Sin tratar de ganar indulgencia con escapulario ajeno. Yo le he echado pichón a esto, con mis manos, con mi talento y con el valor que considero tener. Desde el primer día, desde la semana que empecé con este señor: ‘soy la novia de fulano’, los diarios me habrían llamado. Hubiera sido fácil”. No lo hizo. No le dio la comidilla que tanto arregosta a la prensa del corazón. Al contrario, son pocas las páginas que desgranan su carrera y origen: andino y andariego. Poca la cobertura y tráfico de su paso por la farándula. Alguna que otra reseñita y portada por acá y acullá —entre ellas una de la revista UB. Por eso desteje la ristra de insidias de quienes intentan escarnecerla o difamarla. “Por favor, si yo le hubiera pedido algo a Jorge, con una llamadita de él bastaba. Venevisión nunca me ha contratado, por ejemplo. Me he presentado en castings y nada. En una oportunidad, hice una película en la que necesitaban filmar en el centro de Caracas, porque está bonito y es un atractivo. Producción tramitó sus gestiones y permisos. Si hubiera intervenido no habría tenido un papel secundario”, se burla. Y remata, como para extinguir rescoldos y dudas: “Hay que ser muy barato para valerse de posiciones ajenas. Vocear que tengo este poder y puedo acudir a él. De ser así, hace rato habría sido protagonista”.

A pesar de que no se ha valido de puestos, jerarquías y charreteras, la ignoran. “Quizá por mis inicios. Yo empecé en esto como modelo. Por mostrar mi cuerpo y un poco de piel me menosprecian. Pensaba que ese era el camino. Me equivoqué. Tuve que meterme un puñal para demostrar mis capacidades. Que dijeran: ‘no es solo tetas, tiene talento’”, suelta la primera de muchas de su pertrecho de perlas. Como el comercial que, bien liguerita de ropa y bochorno, contoneó para MaxPrime. Del mismo modo que no obsta de la cuña para el canal de softporn, al contrario, se esponja porque columpió sus voluptuosidades —“Lo hice de lo más safrisca. Y el cuerpo, ¿dónde lo voy a dejar después?”, se pregunta pizpireta— menos reniega de su cuna.

Un recuerdo vívido relampaguea y vuelve a su campesina infancia. Se espigó entre campos y montañas de Mérida. Cuando aún no pensaba en escotes, cámaras y minifaldas. Cuando sorteaba charcos lo mismo que pantanos. Cuando, en búsqueda de un hogar estable, erraba, junto a sus siete hermanos, de un estado a otro, siguiendo los brincos de su madre —cuya compulsión a las nacionalidades hizo que contrajera cinco veces matrimonio. Políglota epactas y esponsales. “Se casó con un chino, un español, un holandés y un italiano, mi padre”. Quien no la reconoció, quien “por su falta de hombría”, como asegura su retoño, le colgó el sambenito de espuria. Su cédula: Karina Velásquez, a secas. “No tengo su apellido. Antes eso me atormentaba, pero hace mucho tiempo me liberé”, canta. Del mismo modo que se desembarazó del fastidio del qué dirán o de los ridículos prejuicios y majaderías del medio. Dizque: “las que hacen comerciales no pueden hacer cine, porque tienen vicios y son exageradas; las que hacen cine no pueden hacer novela. Esta industria es complicada y hay que probar que una es mucho más que una cara bonita”. Hubo de evaluarse, de someterse al escrutinio de aquellos que se ensoberbecen por conocimientos. Estudió y mucho para no saberse sinsorga. “Me formé y me siento segura. Actualmente, digo que soy tremenda y con calidad de exportación, pero no me he…”, se detiene, lo piensa y proyecta, como un pescador en río revuelto, su señuelo: “pero tengo cuatro años con Jorge y yo creo que eso ha sido un poco…”, vuelve a encapotarse.

A veces triste, a veces retadora, su vacilación, no obstante, abre espacio a la especulación. Tirios y troyanos marcan distancia. Karina sabe que Venezuela está dividida. Los ditirambos son para Maduro o la oposición y para ella la discreción. Ni rojos ni opositores la veneran. “Porque no estoy de un lado ni de otro. Es imposible que alguien me haya visto en una tarima del chavismo. Yo no me he pronunciado. Es que ni siquiera me han considerado para decirme: ‘¿Quieres montarte aquí o allá?’. Es como si no existiera”. Ese empecinamiento que terquea, que pareciera ser la razón de los respingos y anonimato, que la convierte en nada y gazapo, pasa por sus ojos y la impide a tomar postura. Por tanto, se endilga la peor de la etiquetas en un país político y politizado: Karina la “Ni.Ni”. “Soy neutral. Trabajo en pro de un país y del respeto ante todo”, zanja muy tranquila. He ahí el problema. El por qué de un lado y de otro, la mosquean. “He ido a compromisos suyos. ¡Claro! Soy su compañera de vida y lo acompaño. Sus amigos me reciben. Son receptivos con discreción. Y aunque no me han hecho desplantes, he escuchado cosas: ‘ella es como extraña, rara. Puede ser una espía’”.

Aunque seductora como Mata Hari, abjura de la militancia: “no me inscribiría en el PSUV ni tampoco en otro partido. Hasta que yo me sienta identificada con uno”, punto final. Si bien gravita en la incorporeidad del que no es ni chica ni limonada, la actriz, que estira y encoge, que en este momento aparece en dos películas que se proyectan, al alimón, en el celuloide, Secretos de confesión, del director Henry Rivero, en la que encarna a la ex esposa de un policía, y Liz en septiembre, de la afamada Fina Torres, no deja de reconocer los problemas que diezman a Venezuela: inflación, violencia, desabastecimiento. “Yo los veo. Quiero abundancia para todos. Desde los que ahora tienen y están incluidos hasta los que siempre han tenido”. No consiente, asimismo, el hecho de que algunos artistas hayan saltado la talanquera para politiquear fuera de las fronteras de la ficción. “Porque zapatero a su zapato. Si tú cantas… cantas. Cada quién en su cosa”.

Como ella en los escenarios y Jorge en el proscenio de la Alcaldía. Ella con sus aspavientos y fingimientos, él con sus omnímodos y dictámenes. Ella en la duda y él en su lucha. “Confía en sus ideales y lo respeto. ¡Qué bonito que tenga esas razones de vida! Yo aprendo de él, pero también respeto a la gente de la oposición. Agradezco a unos y otros por lo que hacen si son buenas labores”, suscribe generosa. Y como no se trata de una novela rosa, a la sazón, Karina y Jorge, como cualquier pareja, tienen sino y diferencias. Aun cuando ella traslucía complacencia y felicidad empalagosas, esas que hacen suspirar a adolescentes en plazas abiertas entrelazados por sus lenguas, unas semanas antes de que esta revista saliera a la calle, Karina por teléfono, sin previo aviso y sin anestesia, espetó: “Jorge y yo terminamos”, a pesar que en el artículo de la revista Dominical, publicado el domingo 16 de febrero, aclara no estar soltera.

Con la boca abierta y ojos desorbitados muchos, incluido su interlocutor, vieron, como en un desfile, el ayer. Desde ahora ya no es, sino fue. Desde entonces, los verbos se conjugan en pretérito. En pasado sus riñas maritales, como las que caldeaban en tiempos de incendio, marchas y comicios; en pasado las noches que compartían sorbiendo besos y vino —“Jorge es un hombre de paladar fino. Le gusta la buena mesa. Incluso, cocina. Prepara unas ricas costillitas de cordero”, se relame—; en pasado la noche que lo conoció sin saber que era el hombre que susurraba consejos a Hugo, el que con ímprobo trabajo recuperó Caracas: “no ha sido soplar y hacer botella. Es tan injusto cuando escucho a alguien decir que no se ha hecho. Es mentira. Yo viví en la Av. Urdaneta. Era nefasto. Era una ciudad caída del anterior del anterior. Se ve el cambio. ¿Falta? Claro. Pero veo, siento y respiro y camino Caracas. Y se lo digo: ‘Qué lindo trabajo. Me conmueve mucho’. Por eso: Yo apoyo a este hombre”. ¿O lo apoyaba? No. Karina bulle, se agita, escarabajea y tiembla, como una quinceañera, cuando el nombre de su hombre retumba en ecos. Lo admira. “Soy jorgista”, lo ratifica. Por eso lanza zarpazos, araña, como una gata en celo, cuando un advenedizo lo critica —para ella el infinitivo es calumniar.

   “Porque es mentira que es rico. Yo no he conocido la riqueza con él. Tiene una casa en La Florida. Es un hombre sencillo y culto. Un gran lector. También escritor. Un hombre que adoptó a mi hija como si fuera suya, que la incluyó con sus tres hijos. A mí el dinero no me ‘afoca’. Yo sé lo que es tener vida cara, compras, fiestas, aviones privados y no ha sido con él”.

Para ella el santo varón de la revolución, pese a su lengua incendiada de improperios, que quema a todo aquel que no rece ni comulgue con el “eterno”. “Además, tiene esa sensibilidad artística y en ella nos encontramos”. Es esa misma sensibilidad la que la empuja y acicatea a cumplir su sueño de actuación. Disciplinada, interesada y muy crítica, estudia cada uno de los retos que le imponen. “No hay ninguno que me haya atrapado. Más o menos, a todos los he amado. Todos me han dolido. Con todos he sufrido y reído. Me ha tocado interpretar personajes muy oscuros, tristes. Pero ellos me mantienen tan humana, tan sensible y vulnerable. Se los agradezco. Con ellos me he formado, por ellos vivo…”. Pero sabe que aún no ha llegado la interpretación de su carrera, la que la catapulte a un firmamento de estrella.

“Me han tocado personajes muy dolorosos. Fui a un sicólogo y me dijo: ‘a través de tu cuerpo puedes sanar, a través de tu arte puede llegarle a la gente. Tienes la capacidad de llegar al corazón de otras personas. Puedes moverle las fibras’. Por eso soy la elegida. No vivo atormentada”, discurre sin avinagrarse. De su rimero salen cada una de esas participaciones en largometrajes y obras que la muestran: Wayuu, la niña de Maracaibo, de Miguel Curiel. Un film que da cuenta de magia, reyes indígenas, detectives y princesas. Karina, como un ardid, habituada a los escalofríos del desnudo, se despojó del vestido. Chinita puso el acento. Tamara, de Elia Shneider. Sin mayores prolegómenos, es la historia de Tamara Adrián, la transgénero que ha consagrado su otrora pectorales hoy lolas para defender los derechos civiles de la comunidad GLBT. Karina hace las veces de la primera esposa de Tamara, cuando era Tomás, antes de cambiarse de sexo y devenir “voz de Eva”. Las caras del diablo 2 de Carlos Malavé. La vida y muerte de los hermanos Faddoul. “Los personajes te buscan. Esta oportunidad, no le iba a llegar a una persona sin guáramos. Me tocó un personaje de mala. La que organiza todo el secuestro. Actué con Elba Escobar, Miguel Landa, Laureano Olivares, etc.”.

Y un pare de contar en los que destacan Hasta que la muerte nos separe de Abraham Pulido y Canción de sombras, de Roque Zambrano —que está en pleno rodaje y filmación. Este es el año de Karina Velásquez no solo porque su estampa parpadeará en las salas de cine y quizá conquiste otros escenarios, sino también porque pondrá a prueba la enseñanza que hace tiempo aquilató y que hace bis: “aprendí a ser independiente en todo el sentido de la palabra. Económico, emocional. Uno tiene que ser independiente porque el camino se hace menos doloroso. Sobre todo cuando estás enamorado. Porque uno sufre, sucumbe al sufrimiento sin necesidad muchas veces”, comparte con su audiencia. La misma que la crítica y vitorea. La que, sin embargo, mientras fluía esta entrevista, recibió muestras o pistas sueltas, que ahora, como una centella, brillan con fuerza, de no poseer la relación perfecta. “No sé si casarme porque lo del matrimonio no me va. No me va…”. Karina deja interrogantes abiertos. Torea la lección griega que siempre ha tenido, allí, cerquita, en sus narices: Zoon politikon de Aristóteles. Desconoce si es o no una femme fatale soltera. “Estoy feliz. Estoy con él, pero no puedo decir que es mi príncipe azul”, lo dijo ella, la que se enamoró de Jorge Rodríguez —el alcalde de Caracas.

Maquillaje: Christian Gil

Estilismo: Jairo Díaz

Vestuario: Bimba y Lola – Colección Primavera-Verano 2013

Silla: Kare