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La comida no se bota en Caracas

El hambre no discrimina cuando apremia. Las bolsas de basura se han convertido en los comedores comunales de los caraqueños más golpeados por la crisis. Sin embargo, quienes están tras mostradores y atienden en restaurantes siguen preguntándose qué comerán. De los establecimientos ubicados en el centro del valle salen menos desperdicios cada día

La comida no se bota en Caracas

Las fronteras y puertas de los establecimientos de comida del centro de Caracas no detienen el hambre —se filtra, como el humo de los carros o el mal olor de la basura. A diario, Luis García es testigo de cómo los platos de parrilla o de pollo en brasa, que entrega a cada comensal como mesonero en el restaurante Zambo Grill, quedan vacíos, ni rastros del festín. “Creo que si no estuvieran en un restaurante les pasarían los dedos a los platos para limpiarlos”. Asegura que en el comedor, donde trabaja desde hace más siete meses, la crisis se evidencia en el vacío. Cada vez son menos las mesas ocupadas y más las vajillas limpiecitas. Los clientes escasean como el pan.

Es muy poco lo que la gente deja. El resto se lo llevan, a veces hasta los mismos huesos. Dicen que son para los perros, pero yo creo que son para rematarlos en sus casas”, cuenta. En 2016 ha atendido a menos gente, ergo recibe menos propinas. De igual forma sucede con la brecha de personas que comen tres, dos o una comida diaria. El informe La Alimentación en Venezuela —realizado por la encuestadora More Consulting y presentado por la Comisión Permanente de Desarrollo Social Integral de la Asamblea Nacional (AN)— denota que los venezolanos prueban menos bocados.

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El informe explica que la cifra de personas que comen tres veces al día presentó una disminución significativa entre febrero y agosto de este año. Hace seis meses 70,4% de los venezolanos se sentaban a hacer sus tres comidas. En agosto el número bajó a 41,2%. Con un escenario culinario cada día más restringido, aprovechar al máximo los pedidos del menú es, también, la regla en los restaurantes. El encargado de un local de pizzas, que optó por el anonimato, saca cuentas sin necesidad de calculadoras de los comensales e indigentes. “En mis 15 años en el sector de alimentos nunca había visto esto. La gente está pasando hambre. Se comen todo”.

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Las bolsas negras de basura —que salen del establecimiento de marras— contienen menos desperdicios comestibles. “Son muy pocos los que dejan comida en los platos. Antes se veía mucho que la gente dejaba el borde del slice, ahora ni eso. Capaz un poquito de refresco en las botellas, el resto son platos, latas y pitillos. Los slices de pizza que no logramos vender los repartimos entre los empleados, no sobra mucho”, ríe el encargado, quien estima entre una y ocho tajadas restantes.

Hace un año, el restaurante de comida rápida Parrilla La Quijotica, cerca de la plaza Bolívar de La Candelaria, desechaba hasta seis bolsas de basura en un día. Hoy tiran cuatro —dependiendo de la jornada. “Yo no sé qué recogen los que rebuscan en la basura, de verdad, porque quienes vienen a comer acá se llevan lo que les quedó del pedido. Se bota muy poca comida. Los restos se los llevan para sus mascotas”, explica el encargado Francisco Jardín. Un lustro trabajando en aquel rincón de La Candelaria le asegura que en 2016 sus platos se recogen menos sucios.

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Frente a la efigie del Libertador, Tostadas El Nuevo Milenio produce restos puntuales. “Más que todo son huesos de pollo, que se los lleva el patrón para sus perros”, cuenta el encargado Jesús Joaquim, quien se ha familiarizado rápido con la dinámica laboral en sus cortos tres meses de trabajo.

Es de las pocas areperas de la zona que aún abre 24 horas. Incluso así, la abundancia de quesos, jamón, pollo, perico que se ve en el mostrador es calculada. “No nos quedan muchos restos porque tratamos de producir para el día a día. Pero lo que se nos pasa de maraca lo botamos. Después nos reclaman que qué vamos a hacer con eso viejo ahí”. Entre lo poco que abandonan los clientes y lo que desecha el local, se acumulan en la acera de tres a cuatro bolsas diarias de basura, en contraposición con las cinco que producían hace un año.

En la avenida Fuerzas Armadas, Paulo Triana lleva ocho años como mesonero en El Mesón de Cervantes. Ahora despacha menos pollos en brasa y hallaquitas. Al punto que de cuatro bolsas de desperdicio pasó a una en diez meses.

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Indigencia en el menú

La tarde trae a quienes rebuscan hasta encontrar el más mínimo trozo de pollo pegado al hueso. En el centro de Caracas, es frecuente presenciar cómo muchos viandantes rompen o despellejan las bolsas de basura. Triana es, tras la barra, testigo silente del hambre en la Avenida Fuerzas Armadas. “Acá vienen hombres, mujeres, niños, viejos a aprovechar antes de que el aseo se lleve la basura. Hace poco vi a una familia que vino a lo mismo. Una tarde, la mamá sentó a los tres niños en la acera y se puso a buscar rápido, a ver qué conseguía. Seguro los había buscado del colegio porque tenían puestas sus camisitas rojas”, dice.

El Mesón de Cervantes dejó de ser un punto de encuentro, incluso de disfrute. Triana confiesa que debe prepararse psicológicamente para afrontar la escasez. Son más quienes le piden agua de chorro en lugar de botellas de agua mineral. También debe hacerse el ciego ante los pedigüeños que quieren consumir, no pagar. Calcula entre quince y veinte. “Se les acercan a las mesas de los clientes y se molestan cuando les responden que no les van a dar nada. Comienzan a pegar gritos, groserías, decir que les va a caer mal la comida, por decirte lo más leve. Es raro que ese cliente vuelva. Imagínate, si uno como productor se siente mal cuando ve eso, cómo se sentirá el cliente”, explica.

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En Tostadas El Nuevo Milenio, Joaquim asegura ver entre 30 y 40 personas al día, prácticamente exigiendo comida. “Antes venía solo gente en situación de calle. Ahora también vienen personas abuelitos bien vestidos. Todavía no he visto al primero con corbata, pero no todos son indigentes”. Sin embargo, la respuesta es unánime entre los mesoneros del sitio. “Nosotros no podemos regalarles comida porque si no se acostumbran a pedir. Tendríamos una cola de gente pidiendo comida como la cola de la panadería de al lado”, dice Joaquim. Un “pudieran estar trabajando” se escucha al otro extremo de la barra.

En la avenida Urdaneta, el encargado de la pizzería antes mencionada comprende que no todos pueden pagar 990 bolívares por el slice más económico que ofrece su carta. De igual forma, evita darlos gratis a quienes vienen con los bolsillos y estómagos vacíos. “Uno tiene que ponerles cara dura para que entiendan que no pueden venir y acostumbrarse a que siempre les vamos a dar las sobras. Un pedazo un día, puede ser, pero todos los días, no. Se me descuadra el presupuesto”.

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La encuestadora More Consulting corrobora el lamento de las calles de Caracas. El hambre abunda mientras la crisis económica devora —tamaña paradoja— las posibilidades de alimentarse correctamente. En agosto de 2016, 41,3% de la población comió dos veces al día y 14,3%, solo una. La situación ennegrece cuando La Alimentación en Venezuela revela que 15,7% de los venezolanos reconoce buscar residuos en la basura como una de las dos principales formas para conseguir alimentos.

La respuesta de Maduro

Quince personas en promedio entran a su local, con ropas harapientas y ojos desorbitados. “Es un grado de indigencia deplorable, de hombres y mujeres por igual. Se nota que muchos están en algún tipo de droga. Todos están muy flacos. Acá vienen a pedir comida niños de seis a 12 años, adolescentes, adultos de como 30 años, de la tercera edad. ¡Todo el mundo! El hambre es muy grave y a ellos no les importa”, dice y señala, a lo lejos, las sedes del Ministerio de Interior y Justicia y del Ministerio Público. Mientras, en un acto celebrado el pasado domingo 11 de septiembre en el Teatro Simón Bolívar de Caracas, el presidente Nicolás Maduro se cuestiona la flacura de uno de sus asistentes, Gustavo Villapol. Ríe cuando escucha la respuesta del público: “Es la dieta de Maduro”. “La dieta de Maduro te pone duro, sin necesidad de Viagra”, dice, entre risas. Sí, se burla del drama.

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